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CAPÍTULO XL

In document Tomas de Aquino COMPENDIO DE TEOLOGÍA (página 36-39)

De qué modo se entiende la generación en las cosas divinas.

En lo dicho antes está la razón de por qué el Símbolo de la fe católica nos enseña a confesar al Padre y al Hijo en la naturaleza divina, diciendo: Creo en Dios Padre y en su Hijo. Por temor de que al oír las palabras Padre e Hijo haya alguno que pueda sospechar una generación carnal, según el sentido que en orden natural damos a las palabras Padre e Hijo, San Juan Evangelista, a quien fueron revelados los secretos divinos. se vale de la palabra Verbo en lugar de la de Hijo, para darnos a entender que se trata de una generación intelectual.

CAPÍTULO XLI

El Verbo, que es el Hijo tiene el mismo Ser y la misma Esencia que Dios Padre.

Es necesario considerar que, siendo en nosotros diferente el ser natural y el acto de entender, el verbo concebido en nuestro entendimiento, y que sólo tiene un ser intelectual, es de una

naturaleza diferente de la de nuestro entendimiento, que tiene un Ser natural. Es así que en Dios el ser y el acto de entender son una misma cosa; luego el Verbo de Dios, que está en Dios, y de quien es Verbo, según el ser inteligible, tiene el mismo ser que Dios, de quien es Verbo; y esta es la razón por que debe tener la misma esencia y la misma naturaleza, y convenir al Verbo de Dios los atributos de Dios.

CAPÍTULO XLII

Así lo enseña la Fe católica.

En consecuencia de lo dicho antes, confesamos en el Símbolo de la fe católica que el Hijo es

consustancial al Padre; y por medio de esta fórmula dogmática evitamos el incurrir en dos

errores: primero, que no podamos entender al Padre y al Hijo en el sentido de una generación carnal que se efectúe por una especie de distracción de la sustancia del Hijo de la del Padre; y segundo, que tampoco se pueda entender al Padre y al Hijo en el sentido de una generación intelectual, como la que tiene lugar en nuestra mente, cuando el Verbo es concebido en ella, como por una introducción accidental operada en el entendimiento, y sin que la existencia proceda de su esencia.

CAPÍTULO XLIII

En Dios, entre el Padre y el Verbo. No hay diferencia alguna e duración de especie ni de naturaleza.

Las cosas que no se diferencian en la esencia, no pueden admitir diferencia alguna de especie, de duración o de naturaleza. Por la misma razón que el Verbo es consustancial al Padre, es claro que no puede diferenciarse del Padre por ninguna de estas tres relaciones. En primer lugar, no hay entre ellos diferencia de duración, en efecto, puesto que el Verbo existe en Dios por la razón de que Dios se comprende a sí mismo concibiendo a su Verbo, que es un acto intelectual de él mismo, necesario es que si el Verbo de Dios no ha existido siempre, Dios no haya tenido siempre inteligencia de sí mismo: es así que Dios se ha comprendido siempre, porque en Dios la

inteligencia y el ser son una misma cosa; luego su Verbo ha existido igualmente siempre, y por esto decimos en el Símbolo que ha nacido del Padre antes de todos los siglos.

Es también imposible que el Verbo de Dios difiera de Dios en cuanto a la especie y sea como inferior a Dios, puesto que la inteligencia en Dios es adecuada a su ser: es así que el Verbo tiene una especie perfecta, porque el ser, de quien es Verbo, es comprendido de una manera perfecta; luego es necesario que el Verbo de Dios sea enteramente perfecto, según la especie de la divinidad. Sin embargo, hay cosas que proceden de otras sin llegar a poseer la perfección de su especie, como sucede, por ejemplo, en las generaciones impropiamente dichas. El sol no

engendra otro sol, pero engendra ciertos animales (4). Para excluir semejante imperfección de la generación divina decimos que el Verbo ha nacido Dios de Dios. Además, una cosa que procede de otra se diferencia de ella; por un defecto de pureza, por ejemplo, cuando se aplica a una materia extraña una cosa en sí pura y simple, el producto, llega a ser por lo mismo defectuoso, con relación a la primera especie; a la manera que se hace una casa material con el plano que existe en la mente del arquitecto; a la manera que se produce el color con la luz recibida en un cuerpo limitado, un cuerpo mixto con el fuego añadido a otros elementos, y la sombra con un rayo solar interceptado por un cuerpo opaco. Para excluir todo esto de la generación divina se añade que el Verbo es luz de luz. Tercera razón: una cosa que procede de otra no toma la especie de ésta, a causa de una falta de verdad, que no recibe en realidad su naturaleza, sino sólo cierta semejanza, como sucede con la imagen reflejada en un espejo, con una pintura o escultura, y aún con la semejanza de una cosa en el entendimiento o en el sentido. En efecto: no se dice que la imagen de un hombre es un hombre verdadero, sino la semejanza de un hombre; ni la piedra está en el alma, sino la especie do la piedra, como dicen los filósofos. Con el fin de excluir de esta generación divina semejante interpretación, se añade que el Verbo es Dios verdadero, de Dios

verdadero. Es también imposible, según la naturaleza divina, que el Verbo sea diferente de Dios,

puesto que es inherente a la naturaleza de Dios el conocerse a sí mismo. Si toda inteligencia conoce por su naturaleza ciertas cosas, como nuestro entendimiento los primeros principios con mucha más razón Dios, que es idéntico a su ser, debe conocerse a si mismo por su naturaleza. Luego su Verbo procede naturalmente de Él, no a la manera que unas cosas proceden de otras, sin un origen natural, como proceden de nosotros las cosas artificiales que nosotros hacemos, sino como las que naturalmente proceden de nosotros, a las cuales llamamos engendradas; Como el hijo. Para que no se entienda que el Verbo de Dios no procede de Él por su naturaleza, sino por el poder de su voluntad, añadimos: engendrado, no hecho.

CAPÍTULO XLIV

Conclusión de estas premisas.

Como de las anteriores premisas se deduce que todas las condiciones de la generación divina se resumen en que el Hijo es consustancial al Padre, se añade, por último, que el Hijo es

CAPÍTULO XLV

Dios está en Sí mismo como el objeto amado en le Ser que ama.

De la misma manera que el objeto de una concepción está en el ser inteligente, en cuanto que es objeto de la concepción, así también el objeto amado debe estar en el ser que ama, en cuanto que es objeto del amor. El Ser que ama es, en efecto, movido en cierto modo por el objeto amado, en virtud de cierto impulso intrínseco, de donde resulta, que estando el motor en contacto con el ser que recibe el movimiento, necesariamente el objeto amado ha de estar en el ser que ama. Como Dios se comprende a sí mismo, es igualmente necesario que se ame, porque el bien comprendido es amable en sí; luego Dios está en él mismo como el objeto amado en el ser que ama.

CAPÍTULO XLVI

El Amor en Dios se llama Espíritu Santo.

Estando el objeto de una concepción intelectual en el ser inteligente, y el objeto amado en el ser que ama, debernos meditar en que esto sucede así por razones y con condiciones diferentes. En efecto; como el acto de entender se ejerce por medio de una especie de asimilación del ser inteligente al objeto de la inteligencia, es necesario que este objeto de la acción intelectual esté en el ser inteligente, por lo mismo que su imagen está en él. La facultad de amar se pone en acción por cierto impulso que recibe el ser que ama del objeto amado; porque el objeto amado atrae a él, al ser que ama; luego la acción de amar no se efectúa por la semejanza del objeto amado, coma se ejerce la acción de entender por la semejanza del objeto de la concepción intelectual, sino en virtud de cierta atracción que arrastra al ser que ama hacia el objeto amado. La traslación de la semejanza principal se verifica por generación propiamente dicha, y en virtud de ella acontece en los seres vivientes que el que engendra recibe el nombre de padre, y el que es engendrado el de hijo. En estas mismas cosas la primera moción se hace según la especie; por consiguiente, así como tratándose de las cosas divinas, el modo con que Dios está en Dios, como el objeto de la concepción intelectual está en el ser inteligente, se expresa por estas palabras, el Hijo, que es el Verbo de Dios, así también el modo con que Dios está en Dios, como el objeto amado en el ser que ama, no es otra cosa que el Espíritu, que es el amor de Dios; luego según el símbolo de la fe católica estamos obligados a creer en el Espíritu.

Notas

4. Los antiguos sabios admitían la "generación equívoca" conforme a la cual algunos

organismos nacían de la materia inorgánica, principalmente en otro tiempo viva, no por virtud de las solas fuerzas de la materia, como quieren los defensores de la generación espontánea, sino ayudados de la influencia de los cuerpos celestes que creían ser de una naturaleza superior.

CAPÍTULO XLVII

El Espíritu que está en Dios es santo.

Teniendo el bien amado razón de su fin, y haciendo el fin bueno o malo el movimiento de la voluntad, el amor que tiene por objeto al Sumo Bien, o lo que es lo mismo, a Dios,

necesariamente ha de estar caracterizado por una bondad eminente, bondad que expresamos con el nombre de Santidad, ya se dé a la palabra santo la acepción de puro, como lo hacen los griegos, porque en Dios la bondad es perfectamente pura, sin defecto alguno, ya se la dé la acepción de estable o fecunda, como lo hacen los latinos, porque en Dios la bondad es inmutable; por esta razón se llama santo a todo la que se refiere a Dios, como el templo, los vasos del templo y todo lo que está consagrado al culto divino. Conveniente es, pues, sea llamado Espíritu Santo el Espíritu que nos da a conocer el amor que Dios se tiene a sí mismo. Por esto el símbolo de la fe católica llama santo a este espíritu cuando nos enseña a decir: creo

en el Espíritu Santo.

CAPÍTULO XLVIII

El Amor de Dios no tiene nada de accidental.

Así como en Dios la inteligencia es su ser, así también su amor es su ser. Dios no se ama según que se agrega a su esencia alguna cosa, sino según su misma esencia; y como se ama porque está en Él mismo, como el objeto amado está en el ser que ama, Dios amado no está en Dios amante de un modo accidental, como lo están en nosotros nuestras afecciones, sino que Dios está en sí mismo sustancialmente, como el objeto amado en el ser que ama. Por consiguiente, el Espíritu Santo, por cuyo medio se infunde en nosotros el amor divino, no es en Dios una cosa accidental; es una cosa subsistente en la esencia divina, como lo es el Padre y lo es el Hijo. Por esta razón el símbolo de la fe católica nos enseña que ha de ser adorado u glorificado juntamente con el

Padre y con el Hijo.

CAPÍTULO XLIX

El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

Debemos considerar también que la acción misma de entender procede de la facultad intelectiva del entendimiento. Desde el momento que el entendimiento entiende actualmente, el objeto de la concepción está en el mismo entendimiento. Por consiguiente, aquello que hace que el objeto comprendido esté en el ser que comprende, procede de la virtud intelectiva del entendimiento, virtud que es su verbo, como dijimos antes. Además, lo que es amado está en el amante por razón del acto afectivo presente. Es así que lo que hace que una cosa sea amada actualmente, procede de la virtud amativa del amante, y del bien amable actualmente concebido; luego lo que hace que el objeto amado esté en el ser que ama, procede del principio amativo y de la

comprensión actual, que es el verbo concebido del objeto amable. Luego así como en Dios, que se comprende y se ama, el Verbo es el Hijo, y aquél de quien Él es el Verbo es e! Padre del Verbo; así también es evidente que el Espíritu Santo, que pertenece al amor, en virtud del cual Dios está en sí mismo como el objeto amado en el ser que se ama, procede del Padre y del Hijo, y por eso decimos en el Símbolo que procede del Padre y del Hijo.

In document Tomas de Aquino COMPENDIO DE TEOLOGÍA (página 36-39)