Emie se metió en su do rmito rio , recitando mentalmente to das las cancio nes que se sabía so bre estar lo camente enamo rada. O no estar tan lo ca, mejo r dicho . Sí, Gia Mendez era encantado ra, dulce, genero sa, divertida, precio sa, sexy, co nvincente…
Vale, aquello no estaba ayudando .
Se había enamo rado de aquella mujer, pero la realidad era la que era: aunque Gia tenía mucha labia y la había dejado precio sa, ya le había hecho daño a Emie do s veces en el po co tiempo que se co no cían. En aquello s mo mento s no po día permitirse pensar co n el co razó n si no quería unirse a las huestes de descerebrado s que enriquecían a lo s cantantes de baladas.
«¿Pero acaso ha sido Gia la que te ha hecho sufrir? »
—Ah, basta ya —refunfuñó , dirigiéndo se a su o bstinada co nciencia.
Irguió lo s ho mbro s, fue al armario y co gió el vestido enfundado . Ento nces se detuvo en seco . Estaba acalo rada y no pensaba co n claridad. Ya que había decidido pasar de las estrechas medias, más le valía po nerse crema en las piernas. Empezó a po nerse nervio sa al pensar en la velada que tenía po r delante y su patético plan. A decir verdad, no lo había planeado demasiado . Esperaba recuperar la dignidad que le había ro bado Vito ria, pero más allá de aquello no le había dado demasiadas vueltas. Tenía la cabeza… en o tra parte. ¿Qué diablo s iba a hacer? Se mo rdió el labio . La tensió n y lo s nervio s hacían que le empezaran a sudar las palmas de las mano s. En la fiesta to do el mundo sabría lo que había pasado en El show de Stillman. Seguro que estarían pendientes de la actitud de Vito ria y ella to do el tiempo , co nteniendo el aliento . Emie o diaba ser el centro de una atenció n tan negativa. Maldita Vito ria.
Gia le había dicho que no tenía po r qué ir. Que no tenía nada que demo strar. Ni a la Elizalde ni a nadie.
Titubeante, Emie se ro deó el to rso co n lo s brazo s y se miró a lo s o jo s en el espejo del to cado r, co n expresió n preo cupada. Sí, sí que tenía que ir. Si no po r o tra co sa, al meno s para demo strarles a sus co legas que era una pro fesio nal. Era una jo rnada de la facultad, po r amo r de Dio s. No se trataba de ella. Puede que no tuviera nada que demo strarle a la Elizalde, pero sí tenía que demo strárselo a sí misma.
Emie Jaramillo no era la más bella, pero no se retiraba de una batalla co n el rabo entre las piernas ni agachaba la cabeza ante la humillació n. No pensaba basar su auto estima en la o pinió n de una zo rra arro gante.
¿Pero no era eso precisamente lo que estaba haciendo ? La reco rrió una so mbra de duda, pero la desterró de su mente.
—Esa no es la cuestió n —le dijo a su reflejo —. Vito ria Elizalde se merece… ¿Qué?
No estaba segura y no quería pensar en ello . «Vale ya.»
Tenía que vestirse. Al vo lverse hacia la cama so nrió pese a sí misma al ver co n cuánto cuidado lo había dispuesto to do Gia. Se so rprendió un po co al darse cuenta de que no había o ptado po r las bo tas hasta lo s muslo s de pro stituta que se había temido . Aliviada, examinó lo que había elegido Gia co n atenció n. Lo s zapato s de saló n de ante co lo r gris perla no eran ni demasiado alto s ni demasiado co rrientes, sino fino s zapato s de tacó n de aguja mo derno s que le harían las piernas muy bo nitas. Había uno s pendientes de perlas grises y un co llar junto a un bo lso de mano de ante a juego . Perfecto . Elegante. Exactamente lo que quería. Tenía que admitir que Gia era una mujer sensible y perspicaz.
«Eso sin mencio nar encantado ra, dulce, genero sa, divertida, precio sa, sexy, co nvincente…» —¡Vale ya! —murmuró para sí.
Estaba co mpo rtándo se co mo una ado lescente ridícula e inexperta que se reía co mo una bo ba y suspiraba sin cesar en cuanto la chica más guapa del instituto le hacía el meno r caso . Aparte, ¿có mo po día Gia decir que la quería haciendo tan po co que se co no cían? Aunque, po r o tro lado , hacía el mismo tiempo que Emie la co no cía a ella y estaba co mpletamente segura de que la quería.
«Pero ¿la rubia quién era? »
Si no la hubiera visto … Si supiera la verdad… Tendría que preguntárselo a Gia y punto … «Maldició n. Basta ya de darle vueltas.»
Ni siquiera tenían veinte año s, sino treinta y tanto s. «Esto no tendría que ser tan difícil.»
Pero si la rubia no era nadie, ¿no le habría hablado Gia de ella? ¿No se merecía al meno s eso de una mujer que decía amarla?
A lo mejo r la rubia era… a lo mejo r era… la mujer de la limpieza.
Emie so ltó una carcajada. Sí, claro . Aquella mujer tenía pinta de no saber siquiera que las co sas no se limpiaban so las. No era una criada ni de bro ma. Tenía que o lvidarlo . Al fin y al cabo , Gia no le debía ninguna explicació n. Había dicho que quería a Emie, así que ¿po r qué tenía que dudarlo ? ¿Po r qué? Po rque… po rque… Mierda. Sencillamente lo dudaba. ¿Po r qué iba a quererla Gia? Esa era la cuestió n. No quería que le hicieran daño . Nadie, pero Gia meno s que nadie. ¿Tan inco ncebible era que quisiera pro teger su co razó n? Empezaba a sentirse frustrada co nsigo misma.
«Se acabó .»
La rueda de la fo rtuna estaba en marcha. Iba a ir a la fiesta. Punto . —Venga, espabila —murmuró .
Se le estaba haciendo tarde, a juzgar po r lo s número s verdes del relo j despertado r… Y ento nces fue cuando vio la ro sa. Gia le había dejado una ro sa en la almo hada.
Era un detalle tan increíblemente dulce que le do lió po r dentro . El do lo r la reco rrió a o leadas, inundándo la, aho gándo la. Se dirigió lentamente a la cabecera de la cama, se sentó , co gió la flo r y la o lió . Gia sabía que estaba de lo s nervio s co n la fiesta y, en lugar de ro garle que no fuera o reírse de sus mo tivo s, había o ptado po r demo strarle su apo yo y su cariño .
Co n una ro sa. Sin espinas. Si la vida fuera igual de amable…
—Ni se te o curra —se riñó , al no tar que se le llenaban lo s o jo s de lágrimas o tra vez.
que llevaba vario s minuto s enfrascada en una co nversació n co nsigo misma. ¿A la gente no les daban favo recedo ras chaquetas blancas y bo nitas habitacio nes aco lchadas po r co mpo rtamiento s similares? Risueña, llevó la ro sa al lavabo y la puso en una taza co n agua. Tras o bservarla uno s instantes, decidió llevársela a la habitació n y la puso en la mesita de no che para po der o lerla después, mientras se do rmía.
Al mirar el relo j de nuevo , se puso las pilas. Tenía que po nerse en marcha de una vez, antes de que vo lviera a co nvertirse en una bo ba que no veía más allá de sus narices.
«Strike tres y eliminada», se reco rdó .
Vo lvió a repasarse las piernas para asegurarse de que no necesitaba las medias, to rciendo lo s to billo s a lado y lado hasta quedarse satisfecha. Luego fue a abrir la funda del vestido y se le escapó un respingo reverente. Dentro estaba el vestido de có ctel de seda co lo r ciruela que había estado admirando el día que fuero n a co mprar maquillaje. Dio s, Gia le prestaba mucha atenció n. Aquel gesto , co mo el resto de lo s detalles que Gia había tenido co n ella a lo largo del día, le subió muchísimo el ánimo , po r mucho que quisiera co ntro lar sus emo cio nes.
Sacó el vestido de la percha co n mucho cuidado y se lo puso . Le iba co mo un guante y le encantaba. La tela le ajustaba en lo s muslo s, hasta justo po r encima de las ro dillas. Y po r cierto , tampo co las tenía tan huesudas.
Algo mareada, llo ro sa y peligro samente cerca de tragarse el o rgullo y lanzarse en brazo s de Gia, se apartó del espejo y se puso las jo yas y lo s zapato s co n mano s temblo ro sas. Metió lo imprescindible en el pequeño bo lso de mano y salió del do rmito rio a to da prisa. En el umbral, titubeó , pues el espejo la llamaba una última vez.
«Espejito , espejito mágico . ¿Quién es la más bella de to das? »
La respuesta a aquella pregunta nunca había sido Emie Jaramillo . Y a ella siempre le había dado igual, po rque estaba co ncentrada en o tras co sas. Sin embargo , apareció Vito ria y puso su mundo patas arriba. Lo s pilares en lo s que había basado su vida se habían desmo ro nado . Al mirarse aho ra en el espejo , vestida co n aquel vestido de có ctel tan elegante, co n su suave maquillaje y lo s o jo s relucientes de amo r, Emie se sentía hermosa, brillante y poderosa por primera vez. Gracias a Gia.
No o bstante, quedaba el pequeño detalle de su dignidad. Necesitaba empezar el semestre co n paso firme.
Sabía que Gia estaría esperando que se despidiera de ella, pero si la veía estaría vendida. Antes de que lo s sentimiento s la hicieran cambiar de o pinió n, apagó la lámpara, bajó las escaleras y se escabulló po r la puerta delantera sin hablar co n Gia. Iba a ir a la fiesta. Tenía que hacerlo y no esperaba que Gia lo co mprendiera.
* * *
Emie llevaba una ho ra en la fiesta y aún no se había cruzado co n Vito ria Elizalde. El distinguido saló n de baile del ho tel, iluminado po r candelabro s de cristal, aco gía a lo s pro feso res y demás miembro s del perso nal universitario que deambulaban entre risas y co nversacio nes y disfrutaban de la barra libre y el surtido bufé. El aire estaba cargado de lo s delicio so s aro mas del o régano italiano , la salsa marinera, lo s espárrago s asado s y el suculento ro sbif. El ambiente era animado y festivo y Emie ya no se sentía tan angustiada co mo antes de llegar.
Apuró su co pa de vino y la dejó en la bandeja vacía que llevaba un camarero al pasar. Había charlado co n vario s co legas y, aunque mucho s habían co mentado lo bo nito que era el vestido o le habían preguntado desde cuándo llevaba lentillas, Emie no tuvo la impresió n de que estuvieran pensando secretamente en el pro grama so bre lo s rato nes de biblio teca mientras le hacían cumplido s. Claro que no , cuanto más pensaba en ello más ridícula le parecía la idea. Era una respetada miembro de la co munidad universitaria y una científica de prestigio a lo s treinta año s, po r amo r del cielo . La mayo ría de la gente de su círculo eran pro fesio nales educado s que la respetaban po r su inteligencia y sus apo rtacio nes a la universidad. So lo po rque la Elizalde la hubiera engañado para ir a un pro grama no quería decir que el resto de sus co no cido s le dieran impo rtancia a algo tan superficial co mo las apariencias.
Lo sabía.
De verdad que sí.
Fue co mo recibir un puñetazo en el plexo so lar.
¿Cuándo se había desviado tanto su perspectiva de las co sas? Emie cabeceó , agarró el bo lso y fue a buscar el to cado r de seño ras para empo lvarse la nariz. Sin embargo , Verno n Schell, uno de lo s co mpañero s que estaba po r encima de ella en el equipo de investigació n, la detuvo co giéndo la del brazo al pasar entre las mesas.
—¡Emie! —atro nó , al tiempo que le daba uno de sus famo so s abrazo s de o so —. No sabía si vendrías. Me alegro de verte.
—Y yo a ti, Verno n —le so nrió . Se fijó en las manchitas que aso maban bajo el fino cabello blanco que apenas le cubría la bro nceada calva. Las arrugas de la risa en to rno a sus o jo s eran muestra de una vida vivida co n alegría—. ¿Qué tal el verano ?
—¡Genial! He estado pescando agujo nes en la co sta de Flo rida y po niéndo me al día co n mis lecturas —rio él.
Intercambiaro n unas cuantas banalidades más antes de que Verno n co mpusiera una expresió n grave en su rubicundo ro stro y bajara el to no .
—Llevaba un rato queriendo hablar co ntigo en privado , Emie —le dijo en to no co ntrito , co n lo s labio s apretado s—. Tendría que haberte llamado .
Oh, o h. Emie no tó que se le helaba la sangre. Hasta el mo mento había lo grado esquivar to da menció n a El show de
Stillman, pero estaba al caer. Se armó de valo r para so po rtar la co mpasió n de Verno n, levantó la barbilla y se o bligó a
esbo zar una so nrisa. —Dime.
—El estudio que publicaste en JAMA la primavera pasada, so bre el papel de la clo nació n en lo s tratamiento s de fertilidad, ha sido no minado para un premio . Estamo s muy co ntento s.
El aso mbro debió de no társele en la cara, po rque el do cto r Schell se echó a reír de buena gana y le dio una palmada en el ho mbro .
—No te so rprendas tanto , do cto ra. Era una investigació n impecable y el artículo estaba perfectamente escrito . La ló gica era tan aplastante que hasta nuestro s detracto res más recalcitrantes tendrán que pensárselo do s veces antes de atacarlo —explicó , radiante. Se llevó un dedo lleno de pecas a lo s labio s mientras la o bservaba—. Igualmente, eso so n las buenas no ticias. Las malas so n que la recto ra querrá que viajes a Washingto n al po co de empezar el semestre, para presentar lo s dato s a una co misió n gubernamental. —To rció lo s labio s—. Eso te va a descuadrar to das las clases, que es po r lo que tendría que haberte avisado co n tiempo . Mis más sinceras disculpas.
Emie recuperó su destartalada co mpo stura y le dio un apretó n en la mano . Eso le pasaba po r creer que el estúpido
—¿Estás de bro ma, Verno n? —Se llevó una mano al pecho —. No te disculpes. Esto y encantada. El o ro ndo Verno n se sacudió co n o tra so no ra carcajada.
—Es muy pro pio de ti adaptarte a las co sas tal co mo vienen. Deja que te diga una co sa, do cto ra Jaramillo . —Se inclinó hacia ella y arrugó la frente al mirarla po r encima de las gafas de media luna que Emie siempre había creído que le daban un aire de Papá No el—. Vas a tener que aprender a co mpo rtarte co mo una esno b capricho sa si quieres dejar huella en lo s anales del pro feso rado pagado de sí mismo —le dijo , co n o jo s chispeantes.
Emie meneó la cabeza, entre risas. Lo que más le gustaba de Verno n era que no se to maba a sí mismo ni a su puesto demasiado en serio . Si alguien tenía «derecho » a sentirse impo rtante era el estimado pro feso r Verno n Schell. No o bstante, no lo hacía. Po día aprender un par de co sas de él.
—Trabajaré en ello —dijo , en to no de bro ma.
—Oh, no , do cto ra, po r favo r —le suplicó , co n un suspiro melancó lico —. Ojalá hubiera más co mo tú.
Se inclinó hacia delante y le dio una palmadita en la mejilla, antes de dejarla y desaparecer entre la multitud. Emie to davía estaba animada y co nmo vida po r lo s sincero s halago s de Verno n cuando llegó al to cado r de seño ras. Al atravesar la antesala, amueblada co n refinadas butacas, hacia el área de lo s lavabo s, vio a una cautivado ra jo ven po r el rabillo del o jo . So nrió exactamente en el mismo mo mento que ella y ento nces se quedó helada.
«Dio s mío .»
Era su propio reflejo.
Dio un paso inseguro hacia el cristal. El espejo que había a su espalda reflejó la imagen que tenía delante y lo multiplicó hasta el infinito . Aquel tipo de efecto s ó ptico s siempre le habían parecido raro s y un po co mágico s, pero aquella vez era diferente. Mejo r.
Mareada co mo una niña en la mo ntaña rusa, Emie co ntempló su reflejo . No daba crédito a que la mujer que había vislumbrado , incluso admirado , fuera ella misma. Había sido curio so có mo un simple cambio de perspectiva, verse desde fuera durante una fracció n de segundo , le había dejado las co sas más claras que to do el tiempo que había pasado gimo teando so bre su desafo rtunada aparició n en el estúpido Show de Barry Stillman. Qué to nta que había sido . Estaba co mo siempre. Estaba bien.
¿Y no era eso lo que Gia le había dicho desde el primer mo mento ?
Emie ni pestañeó ni respiró ni se mo vió mientras el mo mento de clarividencia zarandeaba to do su mundo . Gia se había sentido atraída po r ella to do aquel tiempo . Desde el principio . Había sido Emie la que había frenado cualquier avance, la que había salido co rriendo del baño después del increíble beso sin dar ninguna explicació n. Obviamente, Gia había malinterpretado su arranque de pánico al salir co rriendo a buscar a Iris co mo … o tra co sa. ¿Asco ? ¿Arrepentimiento ? En abso luto . ¿Pero có mo iba a saberlo Gia?
Claro que se había disculpado ; era una dama y no quería ro mper la regla de Emie so bre ser solo amigas. Aquello era lo que Emie había exigido de ella. La pro feso ra bufó . ¿Había perdido la cabeza?
¿Y exactamente qué había querido demo strar enfrentándo se a Vito ria Elizalde? ¿Po r qué iba a recuperar su teó rica dignidad manipulando las reaccio nes de una mujer a la que no le impo rtaba, en lugar de escuchar a la mujer que amaba? ¿La mujer que la amaba?
Emie se rio y negó co n la cabeza. Co n lo lista que era, a veces po día ser muy to nta.
Deslumbrada, Emie se miró en el espejo que tenía detrás y luego en el de delante. Lo s reflejo s repetido s parecían un co rredo r que se extendía hacia ninguna parte. O quizá un camino hacia un futuro rico y maravillo so . To do dependía de la