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Tras cambiarse de ro pa y po nerse uno s tejano s y un po lo , Gia atravesó el jardín trasero hacia casa de Emie. El so l le calentaba el cabello y le besaba la piel. Caminaba co mo en una nube y no po día dejar de so nreír. El día había empezado de manera desastro sa, pero se había dado la vuelta de la mejo r manera. Se sentía llena de esperanza y se mo ría de ganas de co ntarle a Emie las buenas no ticias y enseñarle el cuadro en el que llevaba tanto tiempo trabajando . A lo mejo r la co nvencería de que Vito ria Elizalde no era más que una zo rra mezquina que le iba a ro mper el co razó n. Aún se hacía cruces de que Emie quisiera algo de aquella buena pieza. Así que le co nfesaría a Emie sus sentimiento s y esperaría que le diera una o po rtunidad. Po dían vo lver a empezar.

Mimi Westmo reland no so lo había elegido Mirada de Amor, sino cinco o bras más de la co lecció n de Gia, y pretendía dedicarle una sala entera de su galería en una exhibició n. La rica pro pietaria de la galería se había mo strado incluso más entusiasmada que Gia de trabajar juntas. ¡Hasta la había abrazado ! Sí, Mimi y su marido pertenecían a la superficial y pretencio sa flo r y nata de la so ciedad, pero Gia to leraría su espaldarazo . En el mundo del arte, lo s Westmo reland eran figuras impo rtantes, que era lo principal.

Gia dio un salto sacudiendo el puño . ¡Sí!

Se sentía llena de energía, viva. Y to do gracias a Emie. Había inspirado a Gia de un mo do difícil de expresar co n palabras, la había ayudado a aceptar a la mujer en la que se había co nvertido y perdo nar a la abuso na furio sa que había sido de jo ven. Gia ya no sentía la necesidad de suplicar el perdó n de to das las perso nas a las que había hecho daño . Sencillamente, debía tener clemencia de sí misma.

Aho ra lo sabía. Gracias a Emie.

Cuando estaba co n Emie, Gia se sentía buena perso na, co sa que no le había pasado nunca co n nadie. Dio s, amaba a Emie Jaramillo , más de lo que se había creído capaz de querer a nadie. Lo único que había necesitado era quererse antes a sí misma.

Se le puso un nudo en la garganta y le co squilleó el estó mago . Ojalá su madre estuviera viva y hubiera po dido co no cer a Emie. Su madre estaría encantada y Gia habría hecho algo para hacerla sentir o rgullo sa. Y Philippe, su hermano , tenía que co no cer a Emie. Y también el seño r Fuentes. No se iban a creer que Gia hubiera enco ntrado a una mujer tan maravillo sa.

Se rio y alzó la cara hacia el so l. Sin darse cuenta siquiera del po der que tenía, Emie había co gido lo s co lo res disparejo s del lienzo desnudo que era la vida de Gia y la había co nvertido en una pièce de résistance.

Gia tenía que co nseguir su amo r. Co mo fuera. Incluso si tenía que co ntro lar sus pro pio s sentimiento s para darle tiempo . Incluso si tenía que vestir a Emie para impresio nar a o tra mujer.

Algo más serena, Gia amino ró el paso . Tenía que admitir que las co sas entre ellas no eran perfectas. Po drían haber dado un paso adelante en lugar de retro ceder do s si Gia no la hubiera cagado tanto la no che anterio r al fo rzar la situació n. Se descubrió apretando la mandíbula, pero hizo un intento co nsciente de liberar la tensió n.

«No es mo mento de dudar. Sé po sitiva.»

Esperaba que, después de sus pro fusas disculpas, Emie hubiera tenido tiempo de perdo narla po r el beso . De acuerdo , había malinterpretado las señales de Emie. Pero es que le había parecido que respo ndía y estaba tan sexy, pese al ho rrendo maquillaje, que en aquel mo mento Gia había estado segura de que Emie la deseaba tanto co mo ella. Hasta que había salido huyendo . Co n suerte lo superarían. Irían de co mpras, bro mearían co mo siempre. La vida sería hermo sa.

Sin embargo , una persistente sensació n de aprensió n enso mbrecía sus pensamiento s. To davía estaba el pequeño detalle de preparar a Emie para la reunió n de la facultad y explicarle po r qué la había engañado en la prueba de maquillaje y peluquería y la había disfrazado de mo nstruo . Eso ya lo pensaría so bre la marcha. Emie no le guardaría renco r para siempre, ¿verdad? Era una mujer inteligente y razo nable y escucharía lo s mo tivo s de Gia antes de apartarla de su lado .

«Po r favo r, que me escuche.»

Gia subió lo s tres escalo nes del po rche a la vez y levantó la mano para llamar co n lo s nudillo s, pero antes de hacerlo vio algo po r el rabillo del o jo y se quedó paralizada, co n el puño en alto .

Era un so bre.

Blanco , cerrado , pegado al cristal en un ángulo extraño . Y justo en el centro estaba escrito su no mbre, Gia, en la pulcra caligrafía de Emie.

El co razó n no le dio ningún vuelco ni se le aceleró . Más bien fue co mo si se le parase de go lpe y se quedara helada po r dentro . Emie le había dejado una no ta en la puerta y aquello so lo po día significar que no quería verla. Nada bueno . ¿Sería una o rden de desalo jo ? ¿Una carta de ruptura? ¿Un mensaje de amenazas?

Gia abrió el puño , sacó el so bre del cristal y lo abrió co n mano s temblo ro sas. El inco nfundible aro ma a lavanda del so bre fue co mo un puñetazo en el estó mago . Olía igual que Emie. En el fo ndo del so bre había algo duro y Gia lo sacó co n el ceño fruncido : ¿la tarjeta de crédito de Emie? Perpleja, sacó la carta y la leyó .

Q u er i d a G i a :

Ho y n o m e en cu en tr o d em a si a d o b i en , h a d eb i d o d e ser co sa d e l a ter n er a co n sésa m o extr a p i ca n te. No esto y d e h u m o r p a r a vi si ta s y to d a vía m en o s p a r a i r d e co m p r a s. Ve si n m í, p o r fa vo r . He a p u n ta d o m i ta l l a d eb a j o y te d ej o m i ta r j eta p a r a q u e n o g a stes n a d a d e tu b o l si l l o . Lo si en to . Co m p r a l o q u e te p a r ez ca m ej o r , n o m e i m p o r ta . Co n fío en ti . No s vem o s m a ñ a n a . Esp er o q u e to d a vía q u i er a s a yu d a r m e co n el m a q u i l l a j e y d em á s.

Em i e

Gia arrugó la carta y levantó la vista hacia la ventana del do rmito rio de Emie, que tenía las co rtinas echadas. ¿Le había sentado mal la ternera co n sésamo ? Sí, claro . Emie no po día ni mirarla a la cara. La asqueaba.

«Jo der, me do y asco a mí misma.»

Le esco cían lo s o jo s y un do lo r so rdo y penetrante le enco gió la garganta y se extendió po r to do su cuerpo . Agachó la cabeza, derro tada. Desesperada. Suplicaría, cambiaría, mo riría… po r aquella mujer. ¿Es que Emie no lo sabía? Gia nunca había querido hacerle daño y, aun así, lo había hecho . Y no una vez, sino do s. A lo mejo r era el destino que le deparaba el karma.

«Le has hecho daño a mucha gente en el pasado , G. Es tu turno de sufrir.» —Emie —susurró , desgarrada.

* * * —¿Gia?

Al o ír su no mbre, apartó la mirada del escaparate de Recuerdo s Precio so s, una tienda de artículo s para bo das, que llevaba vario s minuto s mirando o , más bien, en do nde había fijado la mirada perdida. No sabía cuánto rato llevaba allí parada. Parpadeó al vo lverse hacia la alta y esbelta mujer que se acercaba entre la multitud. Definitivamente era arrebatado ra.

—Me había parecido que eras tú —la saludó Iris, bajándo se las gafas de so l para mirar a la artista. —Ah, ho la, Iris.

Hasta vestida co n ro pa info rmal, gafas de so l y go rra de béisbo l, Iris tenía aspecto de supermo delo . Su intento po r pasar desapercibida le habría parecido gracio so si no fuera po rque se sentía co mo si le hubieran arrancado el co razó n del pecho co n un garfio .

—¿Qué haces?

—De co mpras —ladeó la cabeza—. ¿Tú?

Gia abrió la bo ca, pero no le salió nada. ¿La verdad? Llevaba tres ho ras deambulando po r el centro co mercial co mo una vagabunda sin rumbo , maldiciendo mentalmente al que hubiera inventado la mierda de que «es mejo r haber amado y haber perdido , bla bla bla». Había buscado ro pa para Emie, pero no había tenido ánimo para co mprarle nada to davía. Supo que estaba perdida cuando se descubrió leyendo tarjetas de amo r en la tienda de Hallmark. Hasta hubo una que le había llenado lo s o jo s de lágrimas. ¿Qué estaba haciendo ?

Estaba perdiendo la cabeza, nada más y nada meno s. Levantó las mano s co n desánimo y las dejó caer. —La he jo dido co n Emie, Iris.

Aquellas palabras no alcanzaban a describir la magnitud del desastre, y Gia se sintió frustrada de no po der expresarse mejo r. Aun así, no tó que una pequeña parte del peso que sentía so bre lo s ho mbro s se desvanecía al haber verbalizado la verdad.

Hubo un mo mento de silencio mientras las do s mujeres permanecían do nde estaban y lo s grupo s de ado lescentes y madres co n carrito s típicas de lo s centro s co merciales pasaban junto a ellas charlando y cargadas co n bo lsas. Iris to rció lo s labio s, estudiando a Gia co n atenció n.

—Mira, Gia —dijo al fin—. Eres una mujer muy agradable, pero Emie es mi mejo r amiga. Co mo mi hermana. De ninguna manera vo y a permitir que nadie le haga daño .

—Ni yo —le aseguró Gia.

La actitud de Iris no cambió . Estaba en mo do pro tecto r, recelo sa, co n las uñas sacadas. —¿Qué quieres de ella?

—¿Qué quiero de…? —Gia se le acercó —. Esto y enamo rada de ella —cro ó , cerrando lo s puño s—. Lo camente enamo rada. —Co mo Iris no dijo nada, Gia bufó y añadió —: ¿Qué quiero de ella? To do . Lo quiero to do de ella. Para siempre. Quiero hacerla feliz.

Iris se cruzó de brazo s y exhaló un ho ndo suspiro .

—Eso es lo que pensaba. Pero , Jesús, mujer, ya me hacías dudar. —Le ro deó lo s ho mbro s a Gia co n el brazo y la guio hacia la zo na co n mesas para co mer—. Te pro po ngo un trato . Invítame a un capuchino co n pastas y te dejo co ntarme tus pro blemas. Ento nces te explicaré lo idio tas que estáis siendo tanto Em co mo tú.

Al cabo de quince minuto s, do s cafés, cuatro pastas y una co nfusa explicació n inco mpleta, Iris enarcó una de sus perfectas cejas y apo yó lo s co do s en la mesa.

—No tienes ni idea de lo mucho que me alegro de que no te gustase realmente aquel maquillaje de zo mbi esquizo frénico .

Gia hizo una mueca. —Era ho rrible, ¿verdad? —Espanto so .

—Es lo que intentaba. Al meno s eso me salió bien. —Suspiró Gia, que se pasó una mano po r el pelo y se masajeó la nuca. Miró a la mejo r amiga de la mujer que amaba—. Pero no se supo nía que tuviera que gustarle, Iris. Se supo nía que ento nces se daría cuenta de… algo . No sé, ya ni recuerdo el qué. Además, ¿ya qué más da? Se acabó . Le encantó . No me puedo creer lo mucho que la he cagado . Jo der —musitó , co n la cabeza gacha.

—Gia —o rdenó Iris en to no divertido —. Mírame. Gia o bedeció .

—Te vo y a explicar la parte que no has entendido . —Le to có la sien co n un nudillo —. A Emie no le gustó el maquillaje, to nta.

Gia pestañeó do s veces. —Pero ella dijo …

—Tía, piensa co n la cabeza —rebatió Iris, abriendo lo s brazo s—. Lo o diaba. Lo detestaba. ¿Có mo iba a gustarle? Ni siquiera vo y a repetirte có mo me lo describió .

La so rpresa reco rrió a Gia co mo una co rriente eléctrica. Sus pensamiento s entrecho caban entre ello s co mo bo las en una máquina de pinball y ento nces su mente se sumió en el cao s.

Emie había dicho … Gia pensaba…

Habían hecho un trato para… Pero ento nces…

Iris apro vechó el mo mento de silencio ató nito de Gia para dar un so rbo de capuchino y o bservarla po r encima de la taza.

—Ento nces… ¿po r qué dijo que le gustaba? —balbuceó Gia al fin—. Dijo que le encantaba. —Señaló a Iris co n el dedo y ento rnó lo s o jo s—. Recuerdo perfectamente que dijo que le encantaba.

Iris se limpió lo s labio s co n elegancia y la miró co mo si fuera una po bre idio ta sin remedio . —Po rque, adivina qué, to nta. La que le gusta eres tú.

A Gia le dio un vuelco el co razó n. ¿Sería cierto ? Aun así, no tenía ningún sentido decir que le gustaba el ho rrible maquillaje.

—Eso no explica po r qué… Iris la acalló levantando la mano .

—A Em se le ha metido en la cabeza que so lo te atrae cuando se transfo rma en Elvira pepo na. —Gesticuló en el aire po r la ridiculez de la idea—. Po r no sé qué de un beso .

Gia apretó lo s dientes.

—Sabía que no debería haberla besado .

—Ah, no . Si que debías besarla. Vamo s, deberías haberle arrancado la ro pa y hacerla invo car a Dio s. Sencillamente, no tendrías que haberlo hecho co n la careta de mo nstruo . Ese, amiga mía, fue el erro r crucial.

Gia se centró so lo en parte de lo que le había dicho . —¿Estuvo bien besarla?

—Claro que sí. O lo habría estado hace un par de semanas.

—Pero ella dijo que quería que fuéramo s so lo amigas —alegó Gia, en un tímido intento de justificar no haberla besado antes—. Me dijo que no quería lío s o algo así.

—Esto … perdo na que sea así de franca, pero : bo ba. —Iris po só sus o jo s verdes en lo s de Gia—. Te dijo eso para preservar su dignidad.

—¿Eh?

—Lo juro po r Dio s, so is las do s perso nas más to ntas que he co no cido nunca. Es co mo hacer un trabajo de naturales —suspiró Iris—. El tema es el siguiente. Emie no se cree que una mujer co mo tú se pueda sentir atraída po r su verdadero yo . Y, po r supuesto , tú le has dado la razó n sin querer al besarla co n las pinturas de guerra ano che.

Gia o ptó po r pasar po r alto el co mentario de «una mujer co mo tú», aunque sí que le llegó al alma.

—Eso es una estupidez. No he dejado de decirle a Emie que es maravillo sa desde que puse el pie en Co lo rado . Iris dulcificó el to no y le dedicó a Gia una so nrisita afectuo sa.

—Sí, pero de la manera co mo o s co no cisteis, no la culpo po r po ner en duda tus mo tivo s.

Touché. Gia apretó lo s labio s. La verdad do lía y lo que decía Iris tenía sentido , pero aún había un par de piezas del

puzle que no le cuadraban.

—Hay algo que sigo sin entender en to do este desastre. —¿Y qué es?

—Si se supo ne que me quiere, ¿po r qué quiere impresio nar a la bruja de la Elizalde?

Iris puso cara de so rpresa, echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír a carcajadas. Cuando vo lvió a mirar a Gia, tenía lágrimas en lo s o jo s de tanto reír.

—¡Dio s, Gia! Tienes tan po ca vista que casi pareces un tío . Emie y tú hacéis una pareja perfecta: las do s estáis co mo una cabra.

Gia quiso o fenderse, pero lo único que fue capaz de replicar fue un co nfuso y abatido : —¿Qué quieres decir?

Iris le co gió la mano a Gia po r encima de la mesa y le habló co n vo z clara y calma, co mo si fuera una niña pequeña y no demasiado espabilada.

—Emie no quiere nada co n la Elizalde, co razó n. Quiere que esa bruja se sienta atraída po r ella para po der rechazarla y humillarla igual que esa idio ta le hizo a ella. ¿Lo pillas? —Hizo una pausa para que la info rmació n penetrara en su cerebro —. El objetivo de to do este plan absurdo de cambio de imagen es vengarse. Creía que lo sabías.

—¿Qué? No .

—Sí. Y da la casualidad de que a mí nunca me ha parecido bien.

Jo der, tenía ló gica. Gia empezó a so nreír desde la co misura de lo s labio s hasta hacerlo de o reja a o reja. Emie la quería.

«Me quiere.»

So lo hacía falta que enco ntraran la manera de abrirse camino entre la jungla co nstruida co n la estupidez co mbinada de las do s y to do saldría bien, ¿verdad? Salvo po rque Gia to davía tenía que maquillar a Emie para la «celebració n». ¿Có mo iba a arreglárselas? Se le fue la so nrisa. Emie to davía quería seguir adelante co n su venganza y, aunque Gia estaba vehementemente en co ntra de la idea, lo último que quería en aquello s mo mento s era co ntrariar a Emie. Frunció el ceño .

—¿Có mo salgo de esto , Iris? Ella meneó la cabeza.

—Yo so lo te he dado la info rmació n que te faltaba, Gia, pero tendrás que salir de este lío tú so la. Si la quieres de verdad, céntrate en ella. Ento nces sabrás qué hacer.

—Pero ¿crees que me… —Gia tragó saliva co n dificultad—… perdo nará? ¿Po r el maquillaje? ¿Po r to do ? —preguntó , co n lo s brazo s so bre la mesa y lo s dedo s entrelazado s co n nervio sismo .

Iris se inclinó hacia delante y le dio unas palmaditas en lo s puño s cerrado s.

—Un último co nsejo , listilla. Olvídate del pintalabio s negro . —Se puso de pie y se co lgó el bo lso del ho mbro . Se puso las gafas de so l de «no -so y-quien-crees-que-so y» y so nrió —. Gracias po r el café. Buena suerte.

* * *

Aquel viernes, al caer la tarde, Emie se resignó a enfrentarse co n Gia de nuevo . ¿Qué diablo s? Tampo co es que hubiera esperado que hubiera fuego s artificiales. So lo tenía que aguantar una ho ra… y luego la temida celebració n de la facultad. Después ya po dría esco nderse en su vida segura y predecible de siempre y o lvidar aquel verano po r co mpleto . En lo que respectaba a Gia, Emie estaba bastante segura de que pro nto enco ntraría a alguien más alta y más rubia co n quien entretenerse.

Que así fuera.

El hervido r de agua silbó y ella lo retiró del fuego y vertió el agua hirviendo para hacerse un té de menta. Hundió distraídamente la bo lsita de té en la taza so steniéndo la del hilo . Se le fuero n lo s o jo s a la ventana de la co cina que daba

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