Gia se apartó del caballete y estudió el lienzo húmedo co n o jo crítico . Po r fin había captado la emo ció n perfecta, po rque lo s cambio s que había aplicado eran exactamente lo s que le faltaban al cuadro . Sintió una o leada interna de placer. Un vistazo a su relo j de pulsera le co nfirmó que ya casi era ho ra de ver a Emie, así que metió lo s trapo s en la cara lata de café manchada de pintura que había heredado del seño r Fuentes y la tapó . El o lo r familiar a aceite de linaza y pintura visco sa le hizo co squillas en la nariz.
Lo s pinceles de pelo de mustela y las espátulas estaban desperdigado s so bre la mesa de trabajo co mo si fuera el juego de las pajitas. Ceñuda, se puso a reco gerlo s. No rmalmente no era tan deso rdenada, pero se había emo cio nado tanto al averiguar lo que le faltaba a la pintura que había co rrido a plasmarlo en el lienzo lo antes po sible, antes de que se le fuera de la cabeza. Había hecho casi to do el trabajo y lo s to ques finales po dían esperar a que vo lviera del centro co mercial.
Co n cuidado de que no go teara mucha pintura, Gia atravesó la habitació n, co n el suelo cubierto de trapo s, y dejó lo s útiles de pintura en las jarras de aguarrás que tenía alineadas en el mármo l de la co cina. El penetrante aro ma casi especiado del co mpuesto llenó la habitació n.
Había sabido adó nde quería llegar co n aquella pintura desde el primer esbo zo a carbo ncillo , pero había algo que no acababa de cuadrarle y no había sido capaz de insuflarle vida. Hasta ahora. Gia se limpió las mano s en el desgastado delantal que llevaba y se vo lvió hacia el retrato de Emie co n una so nrisa.
Sí.
Lo s o jo s eran lo que le había fallado hasta aquel mo mento , pero no se había dado cuenta hasta la no che anterio r, en lo s co lumpio s. Habían co mpartido tanto de sí mismas bajo la luna llena de o to ño que Gia tenía la impresió n de haber visto a Emie de verdad po r primera vez. Había visto su interio r. Y cuando Emie la había mirado de aquella manera había sido … arrebatado r.
Le había añadido lumino sidad a lo s o jo s en el retrato y más pro fundidad a su expresió n, hasta que al mirarla tuvo la sensació n de estar en casa. Seguro que captaba la atenció n de lo s galeristas, aunque el retrato no les pusiera a cien. Esperaba que también le gustara a Emie. Más que cualquier o tra co sa, lo que Gia deseaba era que Emie se viera a sí misma desde una nueva perspectiva: la de Gia. A lo mejo r ento nces Emie reco no cería el po der de su feminidad. Puede que ento nces sanase la herida emo cio nal que le habían causado las descuidadas palabras de la tía Luz, la arro gancia despreo cupada de Vito ria Elizalde y la crueldad de El Show de Barry Stillman.
Gia limpió la paleta de mármo l y metió lo s arrugado s tubo s de pintura que había usado en un táper. Se fijó que no le quedaba mucho Blanco Titanio ni Verde Veridiano . Mientras metía el táper en la nevera, se hizo la no ta mental de preguntarle a Emie si le impo rtaba apro vechar que salían para hacer una parada en la tienda de arte y co mprar suministro s. Co mpraría uno s cuanto s lienzo s nuevo s, marco s extra, más yeso y una cubierta de recambio , ya que estaba. Tenía que almacenar material, po rque sentía multitud de ideas nuevas arremo linándo se en la cabeza. Era increíble lo inspirada que estaba desde que se había mudado allí. Emie encendía su llama creativa a to do s lo s niveles.
Vo lvió a mirar la ho ra. Se estaba quedando sin tiempo . Se quitó el delantal de un tiró n y se sacó la camiseta para limpiarse la pintura de las mano s y lo s brazo s en el fregadero co n jabó n Lava. Luego se metió en la ducha. Tenía que llamar para co nfirmar la cita co n el galerista, pero tendría que esperar. Si la no che anterio r co n Emie era prueba de algo , era de que seguían una direcció n llena de so rpresas y no quería perderse ni un so lo mo mento co n la ado rable pro feso ra.
* * * —¿Miau?
Emie releyó , incrédula, la palabra en el extremo del pintalabio s de veinticinco dó lares. Para empezar, ya le co staba creer que clavaran veinticinco pavo s po r algo tan pequeño y frívo lo en el esquema glo bal de la vida, pero lo que to davía era más impo rtante…
—¿Qué co ño de co lo r es «Miau»?
Gia ro deó el mo strado r, co gió el pintalabio s y lo destapó para mirar. Luego lo tapó y se lo devo lvió , co n mirada traviesa.
—Es, eh… ro jo .
Emie bufó y apo yó el puño en la cadera.
—¿Y po r qué no lo llaman ro jo ? ¿A qué gilipo llas pretencio so se le o currió lo de «Miau» para llamar al co lo r ro jo ? En una parte distante de su cerebro , Emie admiraba a Gia, po rque, aunque era una mujer que no parecía usar ninguno de aquello s pro ducto s, no hería su amo r pro pio el ir a co mprar co smético s. Aun así, no daba crédito a que algún idio ta cro mañó n retro hubiera llamado un pro ducto femenino co n un no mbre tan o fensivo co mo «Miau». Increíble.
—Mi alma feminista declara que debería sentirse ultrajada po r las implicacio nes. Gia so ltó una risilla y le dio una palmadita co ndescendiente en el ho mbro .
—Bueno , igualmente no vamo s a buscarte un ro jo pasió n, así que no saques las uñas, Gatita.
Emie dejó escapar un gruñido gutural de so rpresa y miró fijamente a Gia. Le tembló una co misura de lo s labio s y luego la o tra, hasta que no pudo sino so nreír en co ntra de su vo luntad.
—Gia Mendez, dime que no acabas de decir lo que creo que has dicho .
—Vale, no lo he dicho . —Gia puso las mano s en fo rma de garras y so ltó un bufido de ira gatuna semejante a «¡¡Rio o o rg!!».
—Ah, ah, ah, estás entrando en un terreno peligro so , mujer.
Emie dejó el tubo negro brillante en el mo strado r co n disgusto juguetó n y le dio un palmetazo a Gia en lo s firmes abdo minales. Se lo estaban pasando bien de co mpras y sentía que su amistad había subido de nivel. Gia se veía más có mo da a su lado y Emie también lo estaba. So lo de pasar tiempo co n ella se po nía de buen humo r.
—Gatita —escupió —. Capulla, tendría que…
—Es bro ma, mujer —rio Gia, que le ro deó el cuello co n el brazo y la atrajo para sí traviesamente mientras reco rrían el pasillo hacia el mo strado r de maquillaje siguiente—. Empezaremo s buscando un to no meno s amenazado r de bo rgo ña o ro jo vino , querida. Me gustaría pro bar esa paleta co n tu nuevo co lo r de pelo . ¿Crees que tu alma feminista po drá resistirlo ? —le preguntó , haciéndo le co squillas en la sien co n su aliento antes de so ltarla.
A Emie le ho rmigueó el estó mago cuando Gia la so ltó , pero en el buen sentido . A decir verdad, nunca había estado de tan buen humo r. Aunque no fuera a más, después de la no che que habían salido a pasear, sabía que Gia y ella
co mpartían una amistad especial que nadie po dría ro mper. Se habían co nfiado sus traumas más pro fundo s. Emie tenía la sensació n de que Gia nunca se había abierto tanto co n nadie, pero había co nfiado lo bastante en Emie co mo para co ntárselo , lo cual quería decir que eran amigas de verdad en el mejo r sentido de la palabra. Si no po día tenerla del to do —cuerpo , mente y alma—, al meno s se quedaría co n aquello .
Pese a las cálidas sensacio nes que le despertaba en la bo ca del estó mago , Emie se aseguró de mirar a Gia co n expresió n ceñuda.
—No cambies de tema. Me las pagarás po r llamarme «gatita». Ni que estuviéramo s en lo s cincuenta… Tú ve co n cuidado , que llegará cuando meno s te lo esperes.
—Mira có mo tiemblo —replicó Gia, po niendo lo s o jo s en blanco .
A Emie le llamó la atenció n un vestido de có ctel de seda co lo r ciruela en la tienda de al lado y se acercó para acariciar el sensual tejido co n la yema de lo s dedo s. El co rte al bies hacía que el vestido envo lviera al maniquí de un mo do sutilmente sexy y fuera lo suficientemente co rto para destacar, sin resultar exhibicio nista. Era exquisito . Po dero samente femenino . Era exactamente el tipo de vestido que Emie siempre habría deseado atreverse a llevar.
—Eh, que estamo s co mprando maquillaje, ¿te acuerdas? —le dijo Gia, plantándo se a su lado y echándo le una o jeada al vestido .
—Lo siento , es que… —Vo lvió a levantar un segundo el do bladillo del vestido y luego lo dejó caer y se dio la vuelta—. Lo siento , ¿dó nde me necesitas?
Gia señaló un taburete de vinilo blanco y cro mado que había junto a un prístino mo strado r de co smético s. En el letrero retro iluminado po nía «suave co n las pieles delicadas».
—Siéntate allí, vamo s a dejar de dar vueltas. Le preguntaré a alguna vendedo ra si puedo pro bar alguno s pro ducto s co ntigo .
Emie se remo vió en el taburete y apo yó lo s taco nes bajo s en la barra metálica del asiento . En el hilo musical so naba una versió n ridícula de la canció n «Gettin’ Jiggy Wit it», de Will Smith, y a su alrededo r decenas de co mprado res se afanaban en intercambiar el dinero que habían ganado duramente po r el privilegio de llevarse a casa pro mesas de belleza y de mejo r sexo disfrazadas de pintalabio s y co rrecto res carísimo s.
Al o bservar a las diversas vendedo ras de la secció n de co smético s, Emie llegó a la inquietante co nclusió n de que no querría estar maquillada co mo ninguna de aquellas supuestas expertas. Po día co mprender que era su nego cio , pero parecía que la mayo ría de ellas se hubieran puesto el co lo rete co n una espátula y a o scuras. Se trataba de un caso claro de exceso de celo en las ventas. Le resultó divertido que vario s clientes se desviaran para evitar a una vendedo ra de perfume co n un frasco de pruebas y demasiada diligencia. Finalmente dejó la cartera en el mo strado r co n un ruido so rdo y buscó a Gia co n la mirada. Había ido al mo strado r co ntiguo y levantaba la mano para captar la atenció n de una esteticista de mirada seducto ra y tendencia a caminar co n la pelvis po r delante. O eso o , po r el mo do en que se co nto neaba al acudir junto a Gia, so lo lo parecía; Emie no po día estar segura.
La mujer de las caderas co nto neantes se detuvo junto a Gia y le dedicó una so nrisa que redefinía po r co mpleto el co ncepto de atenció n al cliente. Mientras Gia gesticulaba y le explicaba lo que quería, ella pestañeaba y asentía. Se le acercó más de lo necesario cuando Gia sacó un do cumento de la cartera para enseñárselo . La esteticista lo estudió y luego sacó una cadera y miró a Emie co n una frialdad y envidia nada disimuladas que cargó el aire de tensió n eléctrica. En un gesto impro pio de ella, Emie se irguió y le regaló una so nrisa radiante de «ya te gustaría a ti estar aquí» a la sacrificada dependienta. No sabía de dó nde le venía aquel pro nto de valentía mal entendida, y la sensació n la animó y la so rprendió a partes iguales. Vaya, ¿cuándo se había vuelto tan malicio sa? A lo mejo r Gia tenía algo de razó n en lo de llamarla gatita. Gro ar. Se echó a reír ante la idea.
Gia regresó co n la seño rita Mo vimiento Pélvico . —¿Qué te hace tanta gracia, Em? —quiso saber Gia. —Ah, nada. So lo estaba aquí entretenida.
Emie le so nrió a la o tra mujer, esta vez co n sinceridad, y se dio una palmadita en la cara. —¿Qué? ¿Le ve alguna esperanza?
La seño rita Mo vimiento Pélvico , cuyo verdadero no mbre según la etiqueta plateada que llevaba en la chaqueta era Inga, le devo lvió la so nrisa.
—Po r supuesto .
Le ro deó a Gia el bíceps co n una mano —co n las uñas pintadas de co lo r Miau— y le dio un ligero apretó n.
—Vo y a preparar una bandeja co n nuestro s pro ducto s y le daré a Gia vía libre, ya que es una pro fesio nal del gremio .
Pestañeo, pestañeo.
—Fabulo so —co ntestó Emie, so rprendentemente divertida po r to da la situació n.
Aunque estaba co mpletamente fuera de su ambiente, no se sentía nada intimidada. Miró a Gia y le dedicó un par de pestañeo s estratégico s a su vez. Esta frunció el ceño , co nfusa, pero le regaló una so nrisita có mplice. Mientras tanto , Inga entró tras el mo strado r y empezó a dispo ner lo s pro ducto s de belleza sin dejar de hacer aspaviento s y ruidito s de placer. Aunque Gia le dio co nversació n educadamente, no sucumbió al co queteo y eso hizo que ganara mucho s número s para Emie. Inga se quedó co n ellas más tiempo del necesario , pero finalmente se marchó a regañadientes y Gia se puso mano s a la o bra. Emie resistió el impulso de hacer algún chiste so bre el flagrante intento de ligar de Inga, po rque prefirió cerrar lo s o jo s y perderse en la sensació n de lo s dedo s cálido s y suaves de Gia aplicándo le crema hidratante a la cara. Se imaginó aquello s mismo s dedo s acariciando o tras partes de su cuerpo , pellizcándo le lo s pezo nes.
Penetrándo la. Emie gimió . —¿Qué pasa? «Ups.»
—Eh, nada, perdo na.
Dejó vagar la mente, pensó en el rato que habían pasado en el patio de la escuela y sus labio s se curvaro n en una so nrisa.
—Muy bien, suéltalo . ¿En qué piensas? —quiso saber Gia.
—En nada. —Emie hizo una pausa—. Bueno , en realidad pensaba en ayer po r la no che. Me lo pasé muy bien. Gracias. —No me des las gracias; yo también lo pasé bien.
Gia dejó las mano s quietas y vo lvió lo s dedo s para acariciarle a Emie la mejilla co n lo s nudillo s. —Yo también.
Co mpartiero n una mirada que hizo que a Emie se le enco giera el co razó n. Co n vo z trémula, añadió : —No quiero interrumpirte. Es muy agradable. Que me to ques, quiero decir.
Cerró lo s o jo s, incapaz de afro ntar lo atrevido de sus pro pias palabras. —Sí, ¿verdad?
—Gia —la riñó Emie, jugueto na.
Su amiga dejó escapar una suave carcajada y siguió trabajando .
—No te vo y a maquillar entera —le dijo —. So lo quiero pro bar uno s cuanto s co lo res y asegurarme de que la piel no te hace reacció n. Ento nces no s llevaremo s lo s pro ducto s a casa.
—Ladro na —bro meó Emie.
Gia bufó y co gió un triángulo blanco de espo nja de la bandeja para fro tarle la cara. —Ah, créeme, no vamo s a infringir la ley. Pasarás la Visa Platino antes de salir.
Le levantó la barbilla a Emie y le hizo co squillas en lo s labio s co n la espo nja. Emie entreabrió un o jo . —Hablando de eso , ¿hay alguna po sibilidad de que elijas un pintalabio s de menos de veinticinco pavo s?
—Lo intentaré —co ntestó Gia co n iro nía, sin dejar de to carle la cara—. Pero tengo tendencia a buscar pro ducto s de calidad, así que ándate co n o jo .
Emie alzó la mano y agarró a Gia de la muñeca, fulminándo la co n lo que esperaba que fuese una mirada amenazado ra.
—Puede que te guste el champán, bo nita, pero mi presupuesto so lo da para cerveza, así que la clave es la frugalidad. —Sí, sí —so nrió Gia—. Cierra lo s o jo s, antes de que se te irriten co n las lentillas.
Emie o bedeció y pasaro n uno s segundo s en silencio , aco mpañadas de la música ambiental de la tienda, hasta que Gia murmuró :
—Tienes uno s hueso s bo nito s.
—Le dijo la funeraria al cadáver —replicó Emie. Gia gimió .
—Ya sabes a lo que me refiero . A tu estructura ó sea. Uno s pó mulo s alto s muy lindo s, buena frente.
Emie abrió lo s o jo s y se agarró a lo s bo rdes del asiento de vinilo , al no tar una desaco stumbrada sensació n de o rgullo en el pecho .
—¿De verdad? —De verdad.
Estudió el ro stro de Gia.
—Nadie me había dicho nunca algo así. —¿Ento nces gano punto s po r o riginalidad?
—Dio s, G. Te aseguro que tienes punto s de so bra, créeme. —¿Ah, sí? —so nrió Gia, enarcando las cejas.
Le fue acercando espo njitas co n diferentes to no s de base a la mejilla y a la cara y fue haciéndo le vo lver la cabeza a un lado y al o tro . Esco gió una, se la aplicó co n lo s dedo s y la espo nja y buscó uno s po lvo s que co mbinaran. Ento nces co gió una eno rme bro cha que parecía un co nejillo de indias ensartado en un palo y dijo :
—Cierra bien lo s o jo s mientras te po ngo lo s po lvo s.
Emie o bedeció , pero a medio pro ceso empezó a inquietarse.
—No queda mucho tiempo antes de la reunió n de la facultad. No tengo la sensació n de que hayamo s pro gresado mucho co n mi cambio de imagen. Puaj, pff —hizo una mueca y escupió lo s po lvo s que se le habían metido en la bo ca, antes de pasarse el do rso de la mano para limpiarse lo s labio s y lo s dientes—, qué asco .
Gia so ltó una carcajada.
—Regla de lo s maquillado res número 1. No abras la bo ca cuando te po nen lo s po lvo s.
—Perdo na. Te o lvidas de que so y nueva en to do esto del maquillaje; nunca le he dedicado demasiado esfuerzo . Emie vio que Gia acercaba la mano a un precio so co lo rete pálido , antes de decidirse po r uno más o scuro que le reco rdaba a lo s cardenales de Pep. «Genial», pensó Emie, co n una punzada de ansiedad.
—Ento nces perdó name a mí —dijo Gia, sacando o tra bro cha de un so po rte de metacrilato transparente—. Te iré info rmando mejo r de lo que hago .
Emie cruzó las piernas y se aco mo dó co ntra el respaldo de la silla.
—Empieza po r explicarme có mo vas a transfo rmarme de so sa a «chúpate esta, Vito ria» en lo s po co s días que no s