Agradecimientos
A la maravillo sa plantilla de BSB, so is lo más grande: Len Baro t, Shelley Thrasher, Cindy Cresap, LD Anderso n, Co nnie Ward, Stacia Seaman, Sheri, Paula Tighe, Ruth Sternglantz (no sé si trabajaste en este libro , Ruth, pero eres muy guay) y a to das las demás. Gracias también a mi sufrida familia (lo sé, lo sé, las psicó patas o bsesas del trabajo tendrían que estar fichadas), a lo s amigo s a lo s que dedico demasiado po co tiempo y aun así están a mi lado cuando ro zo la apo plejía histérica po r lo s plazo s de entrega que se me co men y —en general— po r el estrés de la vida. So bre to do a Rachel, Nell y Trin, Geo rgia, Heather, la o tra Heather, Terri Clark, Deb Jo nes Parker, las Chicas Malas (sabéis quiénes so is) y el fabulo so y siempre ro sa Ho ratio . A mis guías yo gui, Tara, Jennifer, Dakini, Ruthann, Maya, Nancy y Sasha, po r eso s respiro s que tanto necesito para seguir cuerda. Y mi mayo r muestra de gratitud po sible para… bueno , para el café. Lo siento , chicas. Las co sas co mo so n.
Capítulo uno
Emie Jaramillo se secó el sudo r de las mano s en la pernera de lo s pantalo nes y se preguntó durante un instante si el traje marró n que sus amigas le habían aco nsejado había sido la elecció n co rrecta para su primera —y pro bablemente última— aparició n en televisió n. Aquella mañana habían estado revo lviéndo le to da la ro pa en la habitació n del ho tel, mientras ella repasaba sus no tas y se reía internamente de lo o bsesio nadas que estaban co n la mo da. Supo nía que el traje de seda que habían esco gido pro yectaba una imagen lo bastante co nservado ra para co mpensar lo co ntro vertido del tema que iba a tratar: la clo nació n humana.
Lo único que le faltaba para que la vida le so nriera del to do era po der clo narse en la brillante o rado ra Maya Angelo u para su charla televisiva. Ya era bastante estresante hablar ante la co munidad científica, pero ¿tratar de explicar en qué co nsistía realmente la clo nació n al ciudadano de a pie, aclarar malentendido s y disipar lo s falso s miedo s de la o pinió n pública? A veces no sabía en qué estaba pensando cuando aceptó salir en el pro grama. Esbo zó una so nrisa to rcida al echar un vistazo circular po r el abarro tado camerino entre bastido res del plató de El Show de Barry Stillman.
Cuatro paredes de co lo r beis ado rnadas co n fo to grafías de lo s invitado s anterio res ro deaban la butaca de saló n de belleza que o cupaba. En una esquina había un archivado r y, encima, un puerto para cargar el iPo d. A su espalda había un co lgado r co n ruedas lleno de prendas de ro pa vario pintas, seguramente para lo s invitado s co n urgencias de mo da de último minuto . Junto a la ro pa de emergencia había uno s cuanto s peinado res co n manchas de maquillaje y delante tenía un to cado r largo co n más po tes, frasco s y tubo s de co smético s de lo s que había visto nunca. Encima del to cado r había un espejo eno rme en do nde quedaba enmarcado su ro stro despro visto , co mo era habitual, de maquillaje alguno .
Las bo mbillas del marco del espejo se le reflejaban en las lentes de las gafas de mo ntura de alambre y amenazaban co n fundir el maquillaje apilado cerca. Si las bo mbillas de la sala de maquillaje daban tanto calo r, no quería ni pensar có mo se sentiría bajo lo s fo co s del plató , delante de To da Aquella Gente. Se estremeció , pero reprimió un nuevo
tsunami de nervio s. Po r lo meno s, tanto sus padres co mo sus mejo res amigas, Iris y Palo ma, estarían allí para darle
apo yo mo ral. Se reco rdó que tenía que buscar sus ro stro s so nrientes entre el público en cuanto saliera a escena. Y hablando de ro stro s, Emie se subió las gafas a mo do de diadema y se echó hacia delante para mirarse el careto co n lo s o jo s entrecerrado s. Puaj. Ano dino y aburrido , en su o pinió n. Eran pensamiento s superficiales que no la habían preo cupado desde hacía décadas, pero , al hacer la prueba de iluminació n, el o perado r de cámara había info rmado al pro ducto r ejecutivo que se la veía «pálida co mo una muerta». Genial. Justo lo que necesitaba o ír para tranquilizarse.
Emie era la primera en admitir que, cuando habían repartido la belleza, ella se había quedado co n lo justo para ser del mo ntó n, pero ¿y qué? No tenía ningún pro blema co n su aspecto . Aunque su pelo … Vo lvió la cabeza a lado y lado y se o rdenó lo s co rto s mecho nes co n lo s dedo s co mo buenamente pudo . El estilo de pelo co rto que llevaba le quedaba fantástico a Halle Berry, pero a ella no acababa de sentarle igual de bien. Se echó hacia atrás co ntra el respaldo de la butaca hasta que su reflejo se to rnó un manchurró n bo rro so po r culpa de la mio pía. Tanto analizar co n lupa su apariencia la po nía… nervio sa. No estaba aco stumbrada, po rque nadie esperaba que las científicas estuvieran caño nas y, po r mucho que el estereo tipo la fastidiara po r principio s, lo cierto es que a Emie la traía sin cuidado . Aquello no quería decir que no agradeciera que un pro fesio nal fuera a maquillarla para el pro grama, ni que fuese para evitar salir «pálida co mo una muerta» y para serenarse un po co . Se po ndría en sus mano s, so lo po r aquel día. Una mujer tenía derecho a mo strarse co queta una vez en la vida, ¿o no ?
Echó un vistazo al relo j y se preguntó dó nde estaría el maquillado r milagro so . La pro ducto ra había aso mado la cabeza hacía un rato para anunciar que Emie salía a escena en quince minuto s. Aquello no les dejaba demasiado margen para insuflar algo de vida a su aspecto .
Co mo si le hubiera leído la mente, en ese mo mento se abrió la puerta. Emie se reco lo có las gafas so bre la nariz y se vo lvió . Po r un instante se quedó sin aire —¿qué diablo s? ¡Ella nunca se quedaba sin aire!— al co ntemplar a la recién llegada. Dio s, aquella mujer era la sensualidad perso nificada, ni siquiera Emie po día negarlo . De ho mbro s ancho s y piel bro nceada, llevaba uno s Levi’s ajustado s y desco lo rido s, bo tas negras de tacó n bajo y una camiseta ajustada de co lo r negro , co n el no mbre del pro grama El show de Barry Stillman en ro jo . Si la madre de Emie supiera las imágenes que le habían venido a la cabeza so lo de verle la co leta azabache a la mujer, se po ndría a rezar avemarías po r su alma en cuestió n de segundo s.
—¿Do cto ra Jaramillo ?
—¿Sí? —repuso esta, llevándo se la mano a la garganta en un gesto invo luntario que lamentó de inmediato .
—So y Gia Mendez, su maquillado ra —anunció , co n una vo z ro nca tan atercio pelada co mo la crema de menta—. ¿Usted es la brillante científica de la que tanto he o ído hablar, verdad? —Esbo zó una so nrisa de estrella de cine y le tendió la mano de largo s dedo s para estrechársela.
Emie asintió despacio e igno ró el rubo r que le subía cuello arriba po r el cumplido de Gia. Desco ncertada, le miró la mano y luego la miró a la cara antes de aceptar el apretó n.
—Dio s mío … —musitó para sí cuando la palma cálida de la maquillado ra ro zó la suya.
Si en Chicago había muchas mujeres co mo Gia Mendez, clo naría la ciudad entera y se co nvertiría en la hero ína de la po blació n lesbiana. Larga vida a la muerta que hacía milagro s. La idea la hizo so nreír internamente. Gia le so ltó la mano y preguntó :
—¿Nervio sa?
Se dio la vuelta para encender el iPo d y las sensuales melo días de Mary J. Blige inundaro n la sala mientras o rdenaba lo s pinceles, lo s lápices y lo s estuches de maquillaje. Se la veía muy co ncentrada en sus herramientas de trabajo .
—Un po -po co —co nfesó Emie.
Se co nfo rmaba co n o bservar a Gia ir de un lado para o tro en el pequeño camerino . Se mo vía co n gracia y co nfianza. Aunque tenía cierto aspecto andró gino , la elegancia de sus mo vimiento s añadía una capa de misterio a su perso na. Seguramente iba a ser la única o po rtunidad de Emie de que una mujer co mo Gia Mendez le pusiera las mano s encima, y mentiría co mo una co saca si dijera que la perspectiva no le hacía ilusió n.
—Vale, mucho .
—Siempre parece que a la gente le entra el canguelo cuando vengo a maquillarla —co mentó Gia, co n un guiño . A Emie le dio un vuelco el co razó n en el pecho y casi se le subió a la garganta. Aquel guiño debería estar clasificado co mo arma mo rtal.
—Esto y co n usted —co ntinuaba Gia, que al parecer no se había dado cuenta de que Emie la admiraba bo quiabierta—. Prefiero mil veces quedarme entre bastido res.
Emie se o bligó a salir del irritante estupo r lujurio so en el que se había sumido y carraspeó .
—Yo también so y más de estar detrás de las cámaras, aunque yo , eh…, nunca había estado en televisió n.
«To nta, eso seguro que ya lo sabe», se riñó Emie. Tanta atenció n femenina estaba dando al traste co n su co mpo stura, po rque no estaba aco stumbrada a que le hicieran caso .
—Es muy halagado r, po rque no es habitual que una científica tenga una o po rtunidad co mo esta. —Se subió las gafas un po co co n el nudillo del dedo índice—. Mis padres y mis amigas están entre el público .
Bajó la cabeza un segundo , po rque no quería parecer arro gante. Gia le echó un vistazo fugaz y su ro stro se enso mbreció un segundo , antes de vo lverse. Emie se preguntó si habría dicho algo malo , pero , co mo so lo fue un mo mento , no le dio más impo rtancia.
—Cuéntame de qué va tu investigació n, Emie. ¿Puedo tratarte de tú? —Po r supuesto .
Gia se puso de frente a ella, cruzó lo s to rneado s brazo s so bre el pecho y se apo yó en el to cado r. La po sició n acentuaba la escultural musculatura de su to rso y las luces del espejo le marcaban lo s pó mulo s y arrancaban destello s del pequeño brillante que llevaba en la o reja. Emie hizo un esfuerzo po r dejar de babear co mo una idio ta y respo nder a la pregunta.
—¿Mi investigació n? La investigació n, sí, clo nació n humana, eso es lo que investigo . —So ltó una risilla y meneó la cabeza—. Y, bueno , es un tema delicado .
—¿Có mo es eso ?
—Bueno , ya sabes, hay muchas implicacio nes mo rales y religio sas. Mi abuela reza po r mi alma cada día. Cree que mis co legas y yo estamo s jugando a ser Dio s. Si algún día llegase a clo nar a un ser humano de verdad, seguramente me exco mulgarían de la Iglesia. No es que vaya a hacerlo , pero … bueno , supo ngo que para eso esto y aquí. Para aclarar lo s falso s mito s —explicó Emie, pasándo se lo s dedo s po r el pelo y enco giéndo se de un ho mbro .
Gia so ltó una carcajada suave. Estaba acercándo le a la mejilla vario s pintalabio s de co lo res diferentes. —Tu abuela se parece mucho a la mía. Deja que adivine: ¿cató lica?
—Po r supuesto —co ntestó Emie en to no iró nico —. Así que yo sigo investigando , pero me siento culpable.
Gia echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. De paso Emie tuvo una vista privilegiada de su largo cuello de bailarina y de sus perfecto s dientes blanco s.
«Di algo , Emie. No te pierdas.»
—Es que lo que intentamo s no es necesariamente crear perso nas —so ltó , apartando la mirada del seducto r ho yuelo de la garganta de Gia—. Y perdo na si digo co sas que ya sabes, pero hay muchas razo nes médicas plausibles para clo nar células humanas. Para mucha gente, to davía suena a ciencia ficció n y po r eso les cuesta aceptarlo .
Se preguntaba cuándo llegaría la ho ra de que Gia le to cara la cara co n aquello s dedo s tan largo s. Estaba más que preparada para almacenar aquel recuerdo senso rial y evo carlo tantas veces co mo quisiera. Puede que no fuera de las que salía mucho , pero no estaba muerta, pese al co mentario so bre su palidez cadavérica.
—Bueno , esto y segura de que hay razo nes médicas, pero sí que da un poco de miedo pensar en que haya duplicado s tuyo s co rreteando po r ahí —o pinó Gia, en to no de disculpa. Ladeó la cabeza—. Po r favo r, perdo na mi igno rancia si es una idea equivo cada. No sé mucho so bre clo nació n.
—No te preo cupes. No cabe duda de que tanto Ho llywo o d co mo lo s grupo s de presió n que se o po nen a la investigació n han extendido una visió n desviada de la realidad. A la so po rífera co munidad científica le va a co star mucho superarlo .
Gia emitió un gruñido de acuerdo . —Quítate las gafas, Emie.
«¿Y nada más? », quiso preguntarle esta. Se le pusiero n las mejillas co lo radas. Jesús, no rmalmente no tenía pensamiento s cacho ndo s en medio de una co nversació n no rmal y co rriente. O, de acuerdo , nunca. Pero también era verdad que nunca había co nversado co n Gia Mendez hasta ento nces.
La o bservó , embelesada, mientras co gía una larga bro cha de maquillaje y la metía en uno de lo s estuches. El po lvillo que levantó danzó en diminutas partículas que reflejaban la luz. Gia se quedó quieta y arqueó una de sus perfectas cejas, reco rdándo le a Emie lo que le había pedido .
«¿Qué me había pedido ? » «Gafas.»
«Ah, sí.»
—Perdo na —farfulló .
Se quitó las gafas, se las puso en el regazo y cerró lo s o jo s mientras Gia le hacía co squillas co n la bro cha. La fragancia suave del maquillaje mineral le reco rdaba a cuando jugaba a po nerse vestido s de pequeña, cuando to davía le impo rtaba ser guapa y tenía esperanza de serlo cuando creciera. Antes de darse cuenta de que lo más hermo so en una mujer era su cerebro , vamo s. Estuvo a punto de so nreír, pero no lo hizo po r miedo a mancharse lo s dientes co n aquel po tingue.
Cuando Gia acabó , Emie se vo lvió a po ner las gafas y agitó la mano para despejar la nubecilla de po lvo que quedaba en el aire.
—So lo espero que el público sea de mente abierta y no se muestre ho stil co nmigo . Hablando de un tema co mo este, créeme, puede pasar.
Gia se quedó quieta un segundo . —Yo … eh… sí.
La pausa cargada que vino a co ntinuació n le puso a Emie un nudo de inquietud en el estó mago . ¿Había algo que se estaba perdiendo ?
—Bueno , seguro que lo s dejarás de piedra, ya verás. «Deja de buscarle tres pies al gato , Em.»
—Espero que tengas razó n.
Gia tapó el frasco de maquillaje de cristales minerales cuidado samente y alineó las po lveras antes de vo lver a mirarla a la cara.
—¿Puedo preguntarte una co sa? —Claro .
—Ah, tenías que preguntármelo . —Emie co mpuso una mueca avergo nzada—. Siento decir que no lo he visto nunca. Siempre esto y muy o cupada co n el trabajo y no tengo tiempo de ver la televisió n.
Gia frunció sus carno so s labio s y asintió . —¿Po r qué? —quiso saber Emie.
—No … po r nada. Po r curio sidad.
Ciertamente so naba a que lo había preguntado po r algo , no «po r nada», pero Emie no quiso insistir. A lo mejo r Gia tenía un mal día y punto . Había discutido co n su no via, sin duda fantástica de la muerte, durante el desayuno , po r ejemplo . Emie no tó una punzada desagradable al pensar en ello y le miró las mano s a Gia. No llevaba ningún anillo , ni tampo co marcas de haberlo s llevado . Dejó escapar un suspiro de alivio . Ni que aquello demo strara nada; no to das las parejas lesbianas llevaban anillo s. Oh, ¡y po r supuesto no es que ella estuviera buscando pareja!
«Preo cúpate de tu vida, Em.»
—Igualmente, he de decir que esto y impresio nada —le dijo a Gia. Cruzó las piernas y balanceó un pie para quemar el exceso de nervio sismo —. No sabía que las tertulias televisivas trataban temas serio s ho y en día.
Gia no hizo ningún co mentario , así que Emie co ntinuó .
—Lo s pro gramas, si no van de gente que se da de to rtas o de falso s travestis en un triángulo amo ro so , no lo s emiten en televisió n. Al meno s eso creía hasta que me pidiero n que viniera, pero veo que me equivo caba. —Emie echó una mirada a su reflejo y vo lvió a centrarse en la cuestió n que las o cupaba. Se llevó lo s dedo s a las mejillas y tiró de ellas un po co —. ¿No vas a hacerme nada en la cara? El o perado r de cámara dijo que parecía un cadáver.
Gia se co lo có entre Emie y el espejo y abrió las piernas hasta agacharse a la altura de sus o jo s. Emie entrelazó las mano s so bre el regazo , co n el co razó n desbo cado so lo de tenerla así de cerca. ¿No se supo nía que lo de respirar era algo auto mático ? Le so naba ligeramente de la clase de naturales en el instituto . Gia alargó la mano hacia ella lentamente y le pasó lo s cálido s dedo s po r las mejillas y las sienes, antes de alisarle la barbilla co n la yema del pulgar.
—No , do cto ra Jaramillo , no pareces un cadáver. Ni mucho meno s —musitó en un to no inesperadamente cariño so , co mo si su vo z fuera una caricia—. Estás precio sa tal co mo eres.
A Emie se le puso el pulso a cien po r ho ra.
—Bueno … gracias. No rmalmente no es algo que me impo rte, pero …
—Tú recuérdalo —le dijo Gia, y le to có la punta de la nariz en un gesto infinitamente íntimo —. ¿De acuerdo ?
Emie frunció el ceño , co nfundida po r las palabras de Gia e irritada co nsigo misma po rque el ro ce de su piel la hechizara de aquella manera.
—Eh… claro . Pero no lo entiendo . ¿Eso significa que no me vas a maquillar? Gia la miró , co n cara de disculpa.
—No , no te vo y a maquillar. Pero no pasa nada. Tienes belleza natural, así que no necesitas pinturas de guerra. —Eso díselo a lo s cámaras.
Pues vaya co n su mo mento co queto . Po r un mo mento Emie se sintió desilusio nada, pero enseguida decidió o lvidarlo po rque debía de ser la manera de Gia de decirle delicadamente que, maquillada o no , no había mucha diferencia. Seguramente, si la llenaba de co lo rete, lo único que co nseguiría sería atraer aún más la atenció n so bre lo so sa que era su cara. Co mo una muerta dentro del ataúd.
Ah, bueno , daba igual. No iba a po nerse a llo rar po r aquello . Al fin y al cabo , aquel era su aspecto no rmalmente. Al meno s Gia la había to cado . Emie aspiró la embriagado ra mezcla aro mática de maquillaje y piel femenina caliente y decidió que lo mejo r era cambiar de tema.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo este trabajo ?
Le pareció que el hermo so ro stro de la o tra mujer se teñía de alivio , ¿pero po r qué?
—Llevo en el pro grama tres año s largo s —co ntestó Gia, que vo lvió a apo yarse en el to cado r, co n las mano s en lo s bo rdes y lo s to billo s cruzado s.
—Lo dices co mo si fuera una co ndena.
Gia ladeó la cabeza en un gesto de indiferencia.
—Me paga las facturas, pero mi verdadero amo r… —La duda aso mó a sus agraciado s rasgo s—. ¿Seguro que quieres o írlo ?
—Claro que sí. Si no , no habría preguntado —le aseguró Emie—. ¿Tu verdadero amo r? —Es la pintura —pro siguió Gia.
Emie se maravilló cuando Gia so nrió y se le iluminó la cara. Su mirada se to rnó so ñado ra, distante. Emie no había creído po sible que Gia pudiera ser aún más atractiva. Vaya, la había infravalo rado .
—¿Co mo las pinturas de guerra? —bro meó , mirando de nuevo al espejo . Gia se rio .
—No , no de maquillaje. Al ó leo . Arte. —Una artista. Mmm, no me so rprende.
Gia tenía mano s de artista que hacían que Emie deseara ser un lienzo en blanco , preparado para recibir sus atencio nes. Casi no taba lo s go lpes de pincel… Tragó saliva.
—Eso es maravillo so , Gia. ¿Qué pintas? —Luego —musitó Gia.
Le tembló un músculo de la barbilla y sus o scuro s o jo s se enso mbreciero n. Echó un vistazo fugaz a la puerta y después se acuclilló delante de Emie y le co gió la mano . Emie estaba helada, pero las mano s de Gia eran cálidas al estrecharle la suya.
—Emie, escúchame. Este pro grama…
Antes de que pudiera terminar, la estricta pro ducto ra llamó a la puerta co n brusquedad, abrió y se aso mó al interio r. Se le habían escapado alguno s mecho nes del mo ño que se había hecho a un lado de la cabeza y to do parecía indicar que se había o lvidado po r co mpleto de lo s do s lápices que había metido dentro .
—Do cto ra Jaramillo , es ho ra de salir.
Gia se levantó y salió de en medio , co n las mano s en lo s bo lsillo s trasero s. Emie lo lamentó en lo más ho ndo de su ser y miró a Gia de hito en hito . ¿Qué habría estado a punto de decirle? Po r absurdo que fuera, Emie no quería salir de la habitació n ni alejarse de aquella mujer. Se había sentido muy có mo da hablando co n Gia, que era muy guapa. Las mujeres co mo Gia no so lían o rbitar alrededo r del so l de Emie.
—Dese prisa, do cto ra Jaramillo , po r favo r —la instó la pro ducto ra. —Ve, Emie —le dijo Gia, regalándo le o tro guiño matado r.
—¿Qué ibas a decirme?
—No impo rta. Mucha mierda —le dijo , co n vo z ro nca—. Eso significa mucha suerte. —Levantó lo s pulgares—. Te veo dentro de uno s minuto s.
Emie miró a Gia co n curio sidad mientras se levantaba de la butaca y se alisaba el traje. ¿Uno s minuto s? Se llenó de esperanza.
—¿Ah sí?
—Quiero decir… que te veré en lo s mo nito res.
—Oh. —Se pro dujo una pausa extraña—. Bueno , gracias.
Se ahuecó el pelo co n dedo s temblo ro so s y reprimió la decepció n. ¿Qué había esperado ? ¿Una declaració n de amo r eterno ? Era algo que nunca había entrado en sus planes, así que ¿po r qué iba a suceder aho ra?
Le dedicó una so nrisa de despedida a Gia, respiró ho ndo para reunir valo r y salió de la sala en po s de la pro ducto ra. * * *
—¡Jo der! —exclamó Gia en cuanto la delgada pro feso ra de vo z suave salió del camerino .
Se dejó caer en la butaca y hundió el ro stro entre las mano s, co n el estó mago enco gido po r la culpa. Cuando la puerta chirrió de nuevo , levantó la mirada; Arlo n, el regido r, había entrado y la o bservaba co n la ceja levantada.
—¿Qué pasa?
—Esa po bre mujer no tiene ni idea de a qué ha venido —musitó Gia—. Va a ser una pesadilla. De verdad se cree que va a hablar de la clo nació n humana.
—Ah, eres una blandengue —se rio Arlo n, apo yado en el marco de la puerta co n la carpeta entre lo s recio s brazo s. Lo s casco s que llevaba so bre la calva parecían haber crecido allí, co mo si fueran parte de él—. Cualquiera que venga a
El show de Barry Stillman se merece lo que recibe. Hay que vivir en una cueva para creer que este pro grama tiene algún
tipo de seriedad.
—No lo ha visto nunca, Arlo n. Ni siquiera ha o ído de qué va.
Gia se puso de pie de go lpe, cruzó la habitació n y paró el iPo d. Luego apo yó las mano s en la pared y agachó la cabeza. Emie Jaramillo se había infiltrado en sus do minio s ¿cuánto rato ? : ¿diez minuto s? Y la canció n de Mary J «La co sa más dulce» ya le reco rdaba a ella. Gia aún no taba su fragancia a lavanda en el aire. Mierda, se sentía co mo una capulla integral.
Aquella mujer dulce e inteligente co n ro stro en fo rma de co razó n y mirada co nfiada no se merecía una trampa co mo aquella. Gia había esperado que la famo sa científica fuera arro gante y se diera aires de superio ridad. Al meno s, que fuera algo altanera. En lugar de eso , Emie había resultado ser la mujer más accesible y llana que había co no cido en mucho tiempo . Desde sus inquisitivo s o jo s castaño s, o culto s tras aquellas gafas tan encantado ras, hasta su gran so nrisa y su sentido del humo r, Emie era única.
—Seguro que lo ha visto —intervino Arlo n en to no escéptico , sacando a Gia de sus cavilacio nes—. To do el mundo ha visto El show de Barry Stillman.
—No to do el mundo se pasa el día delante de la caja to nta, Arlo n. Es científica. Tiene una vida. Una carrera a tiempo co mpleto .
Él dejó escapar un silbido .
—Te ha dejado bien to cada, Mendez, debe de ser un pibó n. No , espera. —Arlo n miró el sujetapapeles que so stenía—. No puede ser guapa si está en este pro grama co ncretamente. En qué estaría pensando …
—Era guapísima. Precio sa —replicó Gia, vo lviéndo se hacia su co mpañero co n brusquedad. Le co staba co ntro larse, así que se fro tó la cara para o bligarse a calmarse.
—Lo siento , no quiero pagarlo co ntigo .
—No pasa nada. —Arlo n se apartó de la puerta y se le acercó —. ¿Qué es lo que te o curre realmente? Gia reso pló .
—¿A ti nunca te afecta, Arlo n? ¿Lo de mentirle a to da esa gente para que vengan al pro grama? Arlo n reflexio nó uno s segundo s antes de co ntestar.
—So lo es un trabajo , G. Televisió n. Entretenimiento idio ta, co n especial énfasis en la palabra idio ta. Además, tú no eres más que la maquillado ra. No puede echarte la culpa.
—Pero lo hará, a eso vo y. Creerá que to do s le hemo s mentido y será verdad. Para ella —Gia hizo un gesto en la direcció n general del plató —, esto será una humillació n pública.
Apretó lo s dientes, luchando co ntra lo s familiares sentimiento s de pesar de su pasado . Si había alguien en el mundo que no se merecía que abusaran de ella era la do cto ra Emie Jaramillo .
—Estamo s enviando a un co rdero ino cente al matadero . ¿Có mo po demo s vivir co n no so tro s mismo s?
—Entiendo lo que quieres decir, Gia, pero en serio , no seas tan melo dramática. La seño ra pasará un po co de vergüenza en televisió n. Ya ves. Ya se le pasará.
Gia lo fulminó co n la mirada. Era tan apático ; tan displicente…
—Además, ya no hay nada que po damo s hacer al respecto —añadió Arlo n, ajustándo se lo s auriculares—. Parece que la buena de la pro feso ra acaba de salir.
* * *
Lo s jaleo s y aplauso s del público so rprendiero n a Emie, que salió al escenario y se sentó en una de las do s butacas que había en medio de una platafo rma enmo quetada. Para ser un pro grama so bre lo s aspecto s médico s y científico s de la clo nació n, se había esperado a un grupo más recatado , pero al meno s le habían dado un buen recibimiento . A su espalda, el plató estaba co nstruido para dar un efecto de sala de estar aco gedo ra. Lo s fo co s mo ntado s en lo s andamio s la cegaban, pero era capaz de distinguir vagamente las caras del público en las gradas, dispuestas en semicírculo .
En cuanto to mó asiento , buscó a su familia y sus amigas entre lo s presentes. Ahí estaban, delante y en el centro : su madre, su padre, Iris y Palo ma, to do s seguido s. Les so nrió , pero ello s tenían una expresió n rara. Palo ma tenía lo s brazo s cruzado s so bre el genero so pecho y tenía lo s o jo s muy abierto s y serio s. ¿E Iris? Emie habría jurado que estaba furio sa. Y aho ra que lo pensaba, su padre también parecía algo enfadado . ¿Su madre llo raba?
Perpleja, Emie ento rnó lo s o jo s para verlo s mejo r. Sí, definitivamente su madre estaba llo rando . ¿Habría pasado algo desde la última vez que habían hablado ? Reprimió el impulso de atravesar el escenario y averiguarlo po r sí misma,
pero lo s niveles de adrenalina se le dispararo n. Antes de que tuviera tiempo de darle más vueltas, lo s so no ro s aplauso s se apaciguaro n y Barry Stillman le so nrió desde el pasillo en el que estaba de pie.
—Do cto ra Jaramillo , bienvenida al pro grama.
—Gracias —murmuró ella, y se subió las gafas co n el nudillo . Las risas del público la desco ncertaro n.
—Hábleno s un po co de su investigació n, do cto ra.
Cruzó una pierna so bre la o tra y se echó hacia delante. Siempre se sentía mucho más segura cuando po día hablar de sus estudio s, así que le regaló una so nrisa entusiasmada a su anfitrió n.
—Bueno , so y pro feso ra de ingeniería genética en una universidad privada de Co lo rado . Lideramo s la investigació n so bre clo nació n en el país, particularmente so bre clo nació n humana, aunque la cuestió n es bastante po lémica en lo s Estado s Unido s.
—Parece un trabajo muy abso rbente para una mujer hermo sa.
Emie no tó un escalo frío de aprensió n espalda abajo y miró de reo jo la butaca vacía al lado de la suya, preguntándo se para quién sería. No le habían dicho que habría algún o tro co ntertulio . ¿Y po r qué Barry hacia un co mentario tan estúpido ? Se humedeció lo s labio s seco s y deseó tener a mano un po co de agua.
—Sí, es un trabajo extenuante.
—Seguramente no le deja mucho tiempo para acicalarse, ¿no es así, do cto ra Jaramillo ?
El público vo lvió a estallar en carcajadas. Emie se puso a la defensiva de go lpe, se echó hacia atrás en la butaca y cruzó lo s brazo s además de las piernas. Le ardía la piel y no taba el sudo r resbalarle po r la tensa espalda.
—Disculpe mi co nfusió n, pero creía que íbamo s a hablar so bre la clo nació n humana.
En aquella o casió n, el público permaneció en silencio , pero la pausa que se pro dujo parecía un po lvo rín a punto de explo tar.
—Bueno , do cto ra Jaramillo , no vamo s a hablar de clo nació n humana. En realidad tenemo s una so rpresa para usted. Emie parpadeó varias veces para tratar de co mprender lo que estaba pasando . Miró hacia un lado y vio a Gia o bservándo la co n do lo r y nervio sismo en sus o scuro s o jo s. Po r un instante sus miradas se enco ntraro n, pero Gia agachó la cabeza y se dio la vuelta.
¿Qué diablo s estaba pasando ?
—¿Una so rpresa? —lo gró farfullar Emie al fin—. No lo entiendo .
—A lo mejo r puedo ayudarla a que lo entienda. Escuche atentamente esta grabació n, do cto ra, y puede que encuentre alguna pista so bre quién la ha traído ho y al pro grama.
To do el mundo se quedó en silencio y de pro nto una vo z pro funda, co ndescendiente y co n acento reso nó co mo un trueno en el estudio .
—Emie, sé que me deseas. Pero he venido a decirte que para que tengamo s una o po rtunidad tienes que dejar de parecer un rató n de biblio teca. Lo hago po r tu bien.
Emie cayó en la cuenta po co a po co , co mo si la certeza estuviera hecha de ácido y le quemara la carne. La sensual vo z grabada pertenecía nada más y nada meno s que a Vito ria Elizalde, la tigresa brasileña co n la que trabajaba y que no aceptaba un no po r repuesta. Se tapó la bo ca co n la mano a medida que su mente ataba cabo s.
«¡Me han engañado !»
Emie había salido a to mar un café co n Vito ria un par de veces el mes anterio r, meramente co mo gesto de respeto pro fesio nal. Vito ria era una investigado ra visitante de un país extranjero y, aunque perso nalmente la enco ntraba inso po rtable, arro gante y creída, incluso rapaz, había hecho to do lo po sible po r que se sintiera bien recibida en el equipo . Po r supuesto , una cretina co mo Victo ria supo ndría que un par de cafés de mierda significaban que Emie quería algo más. Qué típico . Aquello era exactamente po r lo que Emie había o ptado po r no salir co n nadie. Nunca.
Mientras el público rugía, encantado co n el espectáculo , el presentado r le preguntó : —¿Reco no ce esa vo z, do cto ra?
Emie no era capaz de asentir y mucho meno s de pro nunciar palabra. Primero la habían co mparado co n una muerta, ¿y aho ra le decían que tenía pinta de rató n de biblio teca? Se le cayó el alma a lo s pies y se quedó clavada en el asiento de pura vergüenza. Le esco cían lo s o jo s, lleno s de lágrimas, y cuando empezó a temblarle la barbilla el público se puso a aplaudir y co rear «¡Ba-rry! ¡Ba-rry! ¡Ba-rry!». Emie miró a sus aco mpañantes, que parecían tan ho rro rizado s po r lo que estaba pasando co mo ella. Iris mo vió lo s labio s, fo rmando las palabras: «Lo siento ».
La detestable vo z de Stillman se impuso a la algarabía. —¿Qué o pina el público ?
Al punto , más de un centenar de pancartas negras se alzaro n entre lo s asistentes. En la mayo ría se leía «Rató n de biblio teca» en letras amarillas fo sfo ritas. Tras uno s segundo s, su padre levantó la suya co n mano s temblo ro sas y co lo radas, pero po r el lado amarillo , en do nde había escrito co n letras negras «Belleza». Emie se sentía muy avergo nzada de haber hecho pasar a sus padres po r aquella humillació n. Tendría que haber sabido que era una trampa.
—¿Y qué tiene que decirle el público a la do cto ra Jaramillo ? Un centenar de vo ces le gritó al uníso no .
—¡Tranquila, empo llo na! ¡Te dejaremo s nueva!
Emie vio las estrellas y se aferró a lo s brazo s de la butaca para no desmayarse. Aquello era una pesadilla. Claro que Gia no la había maquillado . No era hermo sa co mo le había dicho . Al co ntrario , to do s —incluida Gia— habían querido que estuviera ho rrible para salir al escenario . Reprimió un so llo zo . Po r algún mo tivo , el engaño de Gia le había partido el co razó n. La guapa maquillado ra había so nado sincera y hasta había parecido que co nectaban.
«Te ha engañado , Emie.»
—¡Démo sle la bienvenida al pro grama a la pro feso ra Vito ria Elizalde! —anunció Barry estentó reamente.
Vito ria apareció po r el lado co ntrario , co nto neándo se co mo una pantera y co n la melena negra perfectamente arreglada. Saludó al público levantando lo s brazo s co mo si fuera una reina y to do s la jalearo n y la aplaudiero n. Incluso les hizo una reverencia.
¿Có mo po día hacerle aquello ? ¿Có mo había sido capaz de llevar a Emie a la televisió n nacio nal, delante de Dio s, de sus padres y de sus amigo s? De to do s, de sus empleado s, de sus co legas… ¿Qué co ño le pasaba a aquella zo rra psicó pata? A Emie se le saltaro n las lágrimas tras las gafas y empezó a ver bo rro so , sin po der evitarlo . Cuando Vito ria se sentó en la butaca libre, Emie se puso de pie y retro cedió tambaleándo se, secándo se las lágrimas de la cara sin maquillar co n la mano . Se arrancó el micró fo no de la so lapa y lo tiró al suelo antes de llevarse las mano s al estó mago
enco gido .
—¿Có mo has po dido , Vito ria? Eres una bruja estúpida y arro gante —espetó en to no áspero antes de girar so bre sus có mo do s zapato s de tacó n bajo y salir del plató a la carrera, aco mpañada po r lo s abucheo s del público .
Tras las cámaras, la pro ducto ra co n lápices en el pelo co gió a Emie de lo s brazo s y la retuvo . —Ven, Emie. Van a maquillarte, no estará tan mal.
Las lágrimas se habían co nvertido en so llo zo s y Emie había empezado a hipar. ¿De qué planeta había salido aquella gente?
—Déjame —hipido — en paz. No vo y a vo lver a —hipido — salir ahí. Ni aho ra ni nunca.
Intentó zafarse de la mujer, pero en ese mo mento llegó o tro ho mbre y la pro ducto ra le pidió ayuda co n la mirada. —¿Arlo n?
—No … eh… no llo re, seño ra —musitó él.
El mo do en que se le entreco rtaba la vo z dejaba bien claro que no se sentía có mo do teniendo que co nso larla. Le dio una palmadita en el brazo y carraspeó .
—No está tan mal —le dijo —. Le traeremo s un po co de hielo para que no se le hinchen lo s o jo s y… —Dejadla en paz —siseó Gia desde detrás de Emie—. Aho ra mismo .
Tanto la pro ducto ra co mo el tal Arlo n desviaro n su atenció n hacia Gia y Emie apro vechó para so ltarse de ello s y atravesar co rriendo la maraña de cables y andamio s de la parte trasera del plató hasta alcanzar el pasillo de salida. A su espalda o yó que la pro ducto ra decía:
—No te metas, Mendez.
Emie ro mpió a llo rar desco nso ladamente. No había pasado tanta vergüenza en la vida. Había trabajado muy duro para que sus padres estuvieran o rgullo so s de ella. La habían traído a lo s Estado s Unido s desde México cuando apenas gateaba, po rque querían darle una vida mejo r llena de o po rtunidades. Habían dejado atrás to do lo que co no cían, familia, amigo s, el idio ma que lo s do s hablaban co n elo cuencia, el país que amaban… To do po r ella. Así que había dedicado su vida a demo strarles su gratitud, demo strarles que había apro vechado su sacrificio para triunfar en la vida y que po dían sentirse o rgullo so s de su hija.
Y aho ra esto .
Po r supuesto , era una mujer inteligente, una eminencia en su campo , pero no po día evitar pensar que ese día sus padres la habían visto desde o tra perspectiva: co mo a una treintañera que casi no salía de casa y no era capaz de co nquistar a un bellezó n pretencio so y arro gante que nunca le había interesado lo más mínimo . Ella no le daba impo rtancia al aspecto exterio r, pero aquel estúpido pro grama había puesto en evidencia sus supuestas carencias para escarnio público .
Empujó la barra de la puerta metálica y salió al pasillo . No sabía có mo iba a superar aquello y có mo iba a co mpensar a sus padres, co n lo mucho que valo raban su dignidad.
—¡Emie, espera! «Gia.»
Emie siguió co rriendo , po rque no quería vo lver a mirar a la cara a aquella mentiro sa, pero Gia la atrapó y la co gió del antebrazo .
—Suéltame —fo rcejeó Emie, co n la mirada pegada al suelo .
Parte de ella deseaba que Gia le diera un abrazo y le dijera que to do iba a salir bien.
«La parte de mí más to nta, que ni siquiera existía hasta ho y. Hasta que he pasado po r esa maldita sala de maquillaje.» —Emie, po r favo r, lo siento mucho . Espera, deja que te expli…
—¿Que lo sientes? —hipó Emie, co n una mezcla de ira y vergüenza. Gia había fingido ser amable co n ella, cuando había sabido que era un engaño desde el principio —. ¿Crees que una disculpa vacía va a arreglarlo ? Gia, déjame en paz, ¿vale?
Emie levantó la barbilla, se subió las gafas y le lanzó una mirada furibunda, para disimular lo do lida que estaba. Se so ltó de Gia co n un tiró n indignado y se fro tó el brazo co n la o tra mano . El pecho le iba a to da velo cidad mientras miraba fijamente a la mujer en la que había co nfiado , a la que había deseado po r un breve instante. Aquella mujer había desempeñado un papel muy impo rtante en la humillació n más grande de su vida.
—Quiero explicártelo .
—¿Sí? Pues yo no quiero o írte. Quiero que me dejes en paz. Jo der, después de lo que ha pasado , ¿no es —hipido — lo mínimo que puedes hacer?
Dicho lo cual, se vo lvió y reco rrió co n paso vacilante el largo e inhó spito pasillo . Las piernas le pesaban co mo si fueran de plo mo y le hubieran chupado to da la energía. Lo único que quería era irse a casa, po nerse un chándal y acurrucarse co n un vaso de…
—Lo que te dije iba en serio , Emie —le gritó Gia—. Eres precio sa. A Emie se le enco gió el co razó n.
«Otra mentira.»
Capítulo dos
A Gia no le co stó anunciar al perso nal de Barry Stillman que ya po dían meterse el trabajo do nde les cupiera. Sin embargo , empaquetar to das sus co sas y cruzar el país en co che en busca de una mujer que so lo había visto una vez, que la ato rmentaba en sueño s y que pro bablemente la o diaba a muerte fue el mayo r riesgo que había co rrido nunca.
Daba igual, se sentía bien. Había pasado más de do ce ho ras en la carretera para cuando la silueta de Denver se perfiló en el cielo de última ho ra de la tarde. Gia co nsultó las indicacio nes que habían de llevarla hasta Emie. La do cto ra se merecía una disculpa y, puede que po r primera vez en la vida, Gia iba a hacer to do lo que estuviera en su mano para arreglar las co sas co n alguien a quien había herido sin merecérselo . Se inco rpo ró co n su camio neta negra a Speer Bo ulevard Sur y se puso en el carril central. Ento nces bajó la ventanilla y aspiró el aire veraniego , fresco y seco , tan diferente de la so fo cante humedad que había en el Chicago do nde había crecido . También era cierto que to do le había parecido asfixiante mientras crecía.
Le co staba tanto pensar en sí misma co mo la abuso na que había sido de ado lescente, siempre enfadada co n to do el mundo , co mo reco rdarse que ya no era así. Se había transfo rmado y el cambio se lo debía a su pro feso r de arte del instituto , el Sr. Fuentes. Fuentes era un fideo y abiertamente afeminado , pero estaba o rgullo so de ser co mo era y no había permitido que nadie lo intimidara. Ni siquiera había to rcido el gesto al enfrentarse cara a cara co n una furio sa Gia y, al mismo tiempo , nunca había hecho que ella se sintiera insignificante. Al co ntrario , Fuentes la había hecho creer en su pintura y en su talento . La había enseñado a canalizar to da aquella ira reprimida en su arte y la había ayudado a entender que la felicidad verdadera pro venía del interio r de una perso na, no del exterio r. Aunque Gia nunca había po dido vivir del to do de su pintura, había hecho un par de expo sicio nes, había vendido alguno s cuadro s y, a sus treinta y cuatro año s, aún creía en sí misma.
Fuentes se había ganado su respeto y más adelante también su admiració n. A lo largo de lo s año s le había dado las gracias en más de una o casió n, pero nunca había vuelto para disculparse abiertamente co n la gente a la que había hecho daño y aco sado en el instituto . Puede que haber cambiado de vida ya fuera bastante penitencia, pero la culpabilidad infinita que la ato rmentaba desde la ado lescencia le pesaba en el co razó n. Seguramente una disculpa no bastaría para pasar página, pero era un paso en la direcció n co rrecta. Además, cualquier paso que la acercara a la do cto ra Jaramillo merecía la pena darse.
Si era sincera co nsigo misma, la o po rtunidad de arreglar las co sas no era la única razó n que la había llevado a buscar a la delicada pro feso ra, cuyo pelo sedo so y co rto sería la perdició n de cualquier mujer. Había también algo instintivo en sus acto s: una so la no che en vela, reco rdando el suave aro ma a lavanda de Emie, sus brillantes o jo s o scuro s tras las gafas y su risa cristalina le había bastado para saber que tenía que vo lver a verla, po rque si no lo hacía su recuerdo la perseguiría para siempre co mo si fuera una herida de guerra. No po dría evitar pensar en ella co n una punzada de do lo r y preguntarse qué po dría haber pasado si las co sas hubieran sido diferentes.
Echó un nuevo vistazo al mapa arrugado que tenía so bre el asiento del aco mpañante y apartó de encima lo s envo lto rio s de Snickers que estaban hecho s una bo la. Si no iba desencaminada, en meno s que canta un gallo estaría llamando a la puerta de Emie. Y si la fo rtuna estaba de su lado , la do cto ra accedería a escucharla.
* * *
Habían pasado tres días infernales desde su aciaga aparició n en El Show de Barry Stillman. Enfundada en un eno rme pantaló n de chándal y sintiéndo se co mo una mierda empapelada, Emie se sentó en el suelo de la sala de estar co n las piernas cruzadas, frente a sus mejo r amigas, Iris Lujan y Palo ma Vargas. Entre ellas, so bre la alfo mbra marró n o scuro , había vario s plato s lleno s de co mida casera: enchilada, puré de patatas, po llo co n mo le y una tarta de queso medio helada de Sara Lee. Eso sin mencio nar la jarra de có ctel margarita. Sin so ltar el tenedo r, las tres se to maro n un descanso co lectivo del co nsuelo gastro nó mico . Emie apo yó la espalda en el so fá fo rrado y po só sus mano s en la barriga llena co n un gemido . Se preguntaba co n acritud si Gia Mendez también le diría que era precio sa si la viera en aquello s mo mento s.
To davía tenía lo s o jo s hinchado s de tanto llo rar y le había salido un sarpullido en el cuello po r lo s nervio s. Llevaba el pelo aplastado po r un lado y de punta po r el o tro , po rque se había pasado lo s do s último s días tumbada en el so fá haciendo zapping po r pro gramas que no había visto nunca (qué iro nía) para matar el tiempo entre berrinche y berrinche. Aho ra estaba hinchada y le impo rtaba un carajo . To do el universo telespectado r la co no cía más po r su aparició n en pantalla que po r el inno vado r trabajo que había hecho en su campo científico . No valía la pena intentar «po nerse guapa».
Extrañamente, era un recuerdo mucho más lejano que su humillació n televisiva lo que le venía a la mente una y o tra vez y le po nía el co razó n en un puño . Era de cuando era niña y le gustaba po nerse vestido s y ver Miss Universo en televisió n. Cerraba lo s o jo s en lo s anuncio s y se imaginaba aceptando la co ro na po r lo s Estado s Unido s en inglés y luego dándo les las gracias a sus padres en españo l. En aquella épo ca to davía lo creía po sible. En aquella épo ca to davía quería que sucediese.
Sin embargo , una tarde de verano , su tía Luz y su madre estaban to mando té co n hielo en el po rche mientras Emie jugaba co n sus muñecas en la habitació n. Tenía la ventana abierta para que entrara el aire, y le llegaro n las vo ces de su madre y de tía Luz:
—Mira, Luz. Fo to grafías de lo s niño s en el picnic de la iglesia la semana pasada. Emie o yó a tía Luz pasar las fo to grafías y aguzó el o ído al o ír que la no mbraban. —Aquí está Emita. —Su tía hizo una pausa—. Qué niña más lista.
—Gracias —musitó su madre, y Emie adivinó que so nreía.
—Gracias a Dio s que es inteligente, po rque lo que es guapa no ha salido . Co n esas piernecillas delgaduchas y esas gafas de culo de bo tella, no enco ntrará marido nunca, pero siempre tendrá un buen trabajo .
Emie se quedó helada y sintió un calambre en el estó mago , co mo cuando había co mido demasiada masa de galleta la semana anterio r. Dejó las muñecas y se tumbó en el suelo de lado , a ver si le dejaba de do ler la barriga. Le habían entrado ganas de llo rar. Intentó dejar de escucharlas, pero no lo pudo evitar.
Su madre hizo un so nido de desapro bació n co n la lengua.
—No seas cruel, Luz. No to do el mundo puede ser agraciado ni to do el mundo necesita un marido . Ya crecerá. —Esperemo s que sea una flo r tardía —añadió tía Luz.
Pero nunca había flo recido , po r mucho que Gia dijera. Si lo hubiera hecho no habría acabado de invitada en el ho rrible pro grama so bre empo llo nas de Barry Stillman. Desde el día en que o yó lo s co mentario s invo luntariamente crueles de
su tía Luz, había dejado de impo rtarle la no ció n de belleza de la so ciedad y había dejado de ver Miss Universo . Se centró en el co legio y desterró de su mente la idea de enco ntrar a alguien a quien querer en la vida. No vivía en el Arca de No é, no to do tenía que ir po r parejas. Y había sido feliz, estaba satisfecha co n la vida que se había co nstruido … hasta que el gilipo llas de Barry Stillman había irrumpido en ella.
Y aho ra el recuerdo de aquel día tan lejano le do lía igual que la primera vez. Lo apartó de su mente, se rascó lo s punto s ro jo s que le habían salido debajo de la o reja e hipó .
—¿Sigues co n hipo ? —se interesó Palo ma.
—Me entra cuando esto y —hipido — estresada. —Se subió las gafas y se rascó el o tro lado del cuello —. Va y viene desde el —hipido — fiasco . Seguramente es que —hipido — trago la co mida demasiado deprisa.
Palo ma se levantó , pasó po r encima del bufé mexicano y se dejó caer en el so fá, detrás de Emie.
—Vo y a tirarte de las o rejas mientras te bebes tu margarita. A lo mejo r no te quita el hipo , pero después de to do ese tequila te dará igual.
Emie so ltó una carcajada amarga y o bedeció . Funcio nó . Le so nrió a Palo ma, que había empezado a juguetear co n su albo ro tado pelo , y se llevó la mano al cuello sin pensar.
—Cariño , no te rasques más. Será peo r —le reco mendó Iris afectuo samente—. ¿Te has puesto la crema que te di? Emie asintió y puso las mano s so bre el regazo . Si alguien sabía lo que era que te juzgaran so lo po r la apariencia, esa era Iris, aunque Emie y ella entendían el co ncepto desde perspectivas diferentes. Iris era una belleza natural, de melena negra o ndulada hasta la cintura y eno rmes o jo s verdes. Había seguido su carrera de mo delo después de ganar el premio a la chica más guapa en el instituto . A sus treinta año s, era una de las latinas más famo sas de Estado s Unido s y había aparecido en Cosmo, Vanity Fair, Latina, Vanidades y Vogue, entre o tras. Era lo o puesto a Emie físicamente y siempre lo había sido , pero en su co razó n, junto co n Palo ma, eran trillizas del alma.
«Si hubiera tenido el aspecto de Iris en el plató …»
A lo mejo r Gia habría sentido algo más que lástima po r ella. A Iris nunca le faltaba la atenció n de o tras mujeres precio sas.
No . No .
Emie no era así ni quería serlo . Maldita sea, el puto Show de Barry Stillman no iba a arrebatarle to da la auto estima. Cerró lo s o jo s cuando la invadió una nueva o leada de vergüenza al revivir el que ya se había co nvertido en el fiasco televisivo de Chicago . En el avió n de regreso había tenido la impresió n de que to do el mundo la miraba, en plan «Mirad, ¡ahí está el rató n de biblio teca!».
El so lo hecho de pensar que estaba empezando a interio rizar aquella mierda superficial le resultaba desmo ralizado r. Se había auto medicado co n varias bo tellitas de vino barato durante el vuelo , hasta co nvencerse no so lo de que estaba siendo parano ica, sino de que le daba igual. Aun así, había tenido que hacer de tripas co razó n para atravesar el Aero puerto Internacio nal de Denver co n la cabeza alta, incluso flanqueada po r Iris y Palo ma para o frecerle el apo yo mo ral que tanto necesitaba. Claro que la gente la habría visto : El Show de Barry Stillman tenía treinta millo nes de espectado res, según Go o gle. Lo que no sabía seguro era quién la había visto , y aquello era lo que más miedo le daba.
Po r fin había llegado a su có mo do ho gar de Washingto n Park y había cerrado la puerta co n llave. Tras media ho ra de tranquilidad, había empezado a sentirse mejo r, al pensar que quizá nadie había visto el pro grama, pero ento nces el teléfo no empezó a so nar. Al parecer to do bicho viviente que había co no cido en su vida había visto el puto pro grama. Tuvo el co ntestado r saturado durante do s días co n mensajes incó mo do s de apo yo y co mpasió n: justo lo que necesitaba. Hasta un saló n de belleza del barrio le envió un vale regalo , para su desmayo .
El teléfo no so nó o tra vez y Emie le echó una mirada to rva.
—Os juro que esto y a esto de tirarlo po r la ventana —les susurró a sus amigas, dando un buen trago de margarita. Se limpió la sal de lo s labio s y pro siguió —. ¿Aho ra quién será? ¿El presidente? Creo que es el único que no me ha hecho llegar sus co ndo lencias po r la muerte temprana de mi dignidad.
Iris chasqueó la lengua y miró a Emie co n expresió n implo rante, mientras Palo ma alargaba el brazo y silenciaba el teléfo no .
—Cuando no s dimo s cuenta de lo que iban a hacer, intentamo s ir a avisarte, Emie, te lo juro —le repitió Iris po r enésima vez.
—No no s dejaro n —añadió Palo ma, hincando el tenedo r en la tarta de queso —. Malditas sabandijas. Tu madre se puso a cantarles las cuarenta en españo l. Nunca había o ído tanto taco junto ; se me pusiero n lo s pelo s de punta. Creo que no sabían qué hacer co n ella —explicó , antes de llevarse la tarta a la bo ca y masticar, sin apartar la mirada de Emie co n expresió n apesadumbrada.
—No es culpa vuestra, chicas. Lo único que digo es que o jalá alguien de mi círculo hubiera sabido de qué iba el pro grama para avisarme. Fue culpa mía caer de cabeza en su trampa.
Se deso rdenó el pelo co n lo s dedo s y apo yó la cabeza en el so fá. Y menuda trampa, co n un gancho tan seducto r co mo Gia Mendez para atraer a las mujeres. O a lo s ho mbres, ya puesto s. No se imaginaba una so la alma que no enco ntrara sexy a aquella mujer.
«Dio s, qué estúpida so y.»
—Lo que le hacen a la gente no tiene no mbre, Emie. Deberías presentar una queja —le dijo Iris, al tiempo que servía o tra ració n de enchiladas.
Apartó las imágenes de Gia de su mente y le dedicó una so nrisa a su amiga. —Bueno , no serviría de nada. Además, lo que quiero es o lvidar que o currió .
«Olvidar que po r un segundo llegué a pensar que una dio sa del sexo co mo Gia Mendez miraría más de do s veces a una rata de labo rato rio co mo yo .»
—¿Cuánto tiempo falta para que empiece el pró ximo semestre? —se interesó Palo ma. —Po co más de un mes.
Po co más de cuatro semanas antes de que tuviera que vo lver a verse las caras co n Vito ria la Vil. So lo pensar en la Elizalde hacía que le entraran ganas de darle un puñetazo .
—Dio s, esa puta arro gante —dijo —. ¿Quién se cree que es?
—Tienes razó n —o pinó Palo ma, que abrazó a Emie desde atrás ro deándo le lo s ho mbro s co n lo s brazo s—. Tú, a esa, ni lo s bueno s días.
—Tengo que pensar en algo para devo lvérsela.
—Oh, venganza —asintió Iris—. Esa siempre es la manera más saludable de superar un trauma. Emie puso lo s o jo s en blanco al detectar el sarcasmo .
—De to das maneras, espero que para cuando vuelva al trabajo to do esto ya sea agua pasada y me dé meno s vergüenza. No quiero que nadie me recuerde esta debacle.
«Especialmente, a cierta artista de o jo s castaño s co n uno s dedo s que harían a cualquier mujer matar po r pintura co rpo ral co mestible.»
En ese mo mento llamaro n al timbre. Do s veces. Emie miró a sus amigas, co n el ceño fruncido . —¿Quién puede ser? ¿La QMD?
—Muy gracio sa. Seguramente será tu madre —le dijo Iris—. Ya abro yo .
—No , espera. —Emie se puso de pie co n un gruñido —. Vo y yo . Seguramente será to do el ejercicio que vaya a hacer esta semana.
Emie atravesó el saló n descalza, zigzagueando un po co po r culpa del tequila, y llegó al pasillo o scuro que daba a la puerta. Necesitaba que le diera un po co el aire más que nada en el mundo . En Co lo rado , en julio subían mucho las temperaturas durante el día, pero caían de nuevo al po nerse el so l, cuando la luna traía brisas más frescas. A lo mejo r se sentaba un rato en el po rche co n su madre en lugar de meterse en casa. La o scuridad disimularía un po co lo hinchado s que tenía lo s o jo s y de paso , si se quedaban fuera, su madre no vería lo s resto s de su pequeña fiesta de auto co mpasió n so bre la alfo mbra del saló n. Se ho rro rizaría si supiera que habían estado co miendo co n plato s en el suelo , po rque para ella lo s mo dales eran primo rdiales.
Emie se detuvo un segundo en el pasillo , se apo yó en la pared e inspiró ho ndo . Co n so lo pensar en ver a su madre, vo lvía a sentirse avergo nzada. La verdad era que sus padres lo habían llevado mucho mejo r que ella, pero eso daba igual, po rque aun así se sentía culpable. En el fo ndo sabía que les había dado vergüenza que su hija fuera humillada de aquella manera en público . Co stara lo que co stase, iba a zanjar el tema en cuanto se le pasara un po co el enfado co n Vito ria Elizalde.
Antes de desco rrer el cerro jo , Emie encendió las luces del po rche. Tiró de la pesada puerta de madera tallada y empezó a hablar so bre el chirrido de lo s go znes.
—Es tarde, mamá. No deberías salir…
Se le co rtó la vo z cuando cayó en la cuenta de que la esbelta y escultural mujer que aguardaba en el po rche co mo si el mundo le perteneciera no se parecía en nada a su madre. No estaba segura de si se le había parado el co razó n o de si le latía tan deprisa que ni siquiera lo no taba. Fuera co mo fuese, estaba ho rro ro sa y tenía la sudadera manchada de guacamo le y estaba cara a cara co n…
—Gia —hipido —, ¿qué… qué haces aquí?
Para acabar de ver la vida pasar po r delante de sus o jo s, la pregunta le salió so rprendentemente calma. Emie esperaba no desplo marse, po rque no se sentía lo s pies. Y al margen de la impo sibilidad fisio ló gica, acababa de demo strar que una perso na po día existir sin latido ni capacidad para que le llegara el aire a lo s pulmo nes.
«¿Gia Mendez? ¿AQUÍ? »
—Emie, perdó name po r… presentarme así.
Gia abrió lo s brazo s y lo s dejó caer a lo s co stado s, co mo si buscara qué más decir. Su larga y sedo sa melena le caía libre, en lugar de llevarla en una co leta co mo Emie reco rdaba, y bajo la luz amarillenta del po rche brillaba co mo si fuera o ro negro . Estaba igual de guapa co n lo s tejano s o scuro s y la sudadera de la Universidad de Chicago que co n el unifo rme de Stillman que llevaba el día que se habían co no cido . Al mirarla, Emie tuvo que reprimir el impulso absurdo de sentarse en el suelo y, en lugar de eso , se mantuvo inmó vil y se reto rció la pechera de la sudadera manchada de aguacate co n el puño , mientras se subía las gafas so bre el puente de la nariz co n la o tra mano .
—Creía que te había dejado claro que —hipido — me dejaras en paz.
Para su desmayo , Gia le dedicó una so nrisa dulce y devastado ra que le marcó un ho yuelo en la mejilla izquierda. No se había fijado en eso hasta ento nces.
—No me digas que tienes hipo desde que te marchaste de Chicago . Emie meneó la cabeza y se le escapó o tro hipido .
—Emie, tenemo s que hablar.
Gia dio un paso adelante y Emie entrecerró la puerta y o cultó la mitad de su cuerpo tras ella. Gia se detuvo , o bservándo la fijamente, y reparó en su cuello cuando tragó saliva.
—No —dijo Emie—. No tenemo s que hablar. Quiero … —co ntuvo la respiració n un instante y lo gró no hipar—… o lvidar lo que pasó .
Dio s, quería estar enfadada co n Gia Mendez. No quería que el co razó n le saltara en el pecho de emo ció n so lo co n verla ni preo cuparse de que se hubiera dado cuenta de que llevaba el pelo hecho un desastre. No quería o ler las fero mo nas de aquella mujer mezcladas co n la brisa no cturna ni desear que la ro deara co n sus fuertes brazo s y la co nso lara.
—La negació n es mi vicio favo rito . Pienso fingir que no ha o currido .
—No debería haber o currido , Emie. —Gia apo yó la palma de la mano en el marco de la puerta y se inclinó un po co hacia ella—. Me siento …
—No . —Emie levantó una mano . Po r mucho que la atrajera, Gia había sido có mplice en el engaño y eso no iba a o lvidarlo —. No te disculpes aho ra que está hecho . De verdad de verdad que pensé que eras una mujer muy agradable, Gia. Si te disculpas me darán ganas de darte un mampo rro , y entre el tequila y la mala leche que llevo encima a lo mejo r no puedo co ntenerme.
Gia se quedó quieta un instante y se mo rdisqueó el labio , carno so y sexy. —Es un riesgo que esto y dispuesta a co rrer.
La intensidad de su mirada, cargada de un afecto que no lo graba explicarse, le encendió las mejillas a Emie, que suspiró y agachó la cabeza. ¿Cuánto po día llegar a resistir una mujer? Hacía mucho tiempo que su tía Luz había señalado sus defecto s y, aunque ya no tenía las ro dillas tan huesudas ni llevaba unas gafas tan gruesas, no po día dejar que una mujer co mo Gia, que estaba claramente fuera de su alcance, afectara el mo do en que se veía a sí misma y llevaba su vida. Aquello so lo le haría más daño .
Al cabo de uno s segundo s, levantó la cabeza.
Gia abrió la bo ca para decir algo , pero Emie la hizo callar co n un gesto de la mano . Tenía que reco rdar que estaba enfadada, po rque Gia la había engañado y la había humillado . Había dejado su cara de muerta sin maquillar, a sabiendas de que Emie iba a caer en una trampa.
—No pasa nada, Gia. Po r favo r, so lo … déjame seguir co n mi vida y vuelve a la tuya. Seguro que hay mucho s más invitado s en El show de Barry Stillman a lo s que engañar.
—¿Emie? —la llamó Iris desde el saló n—, ¿estás bien?
—Sí —le co ntestó ella, co n algo de brusquedad, sin apartar la mirada de Gia.
—Dame una to rta si quieres, pero lo siento. Más de lo que te imaginas. Seguramente no te lo creerás.
—¿Has venido para co nvencerme a mí o a ti misma? Po rque ya me has mentido una vez. Si quieres vo lver a engañarme lo tienes crudo .
—Emie —suspiró Gia, co n mirada suplicante.
No intentó to carla y Emie no trató de apartarse. El tiempo entre ambas se co ngeló mientras se so stenían la mirada. Gia agachó la barbilla; Emie levantó la suya. En la o scuridad más allá del po rche cantaban lo s grillo s, y un so plo de viento agitó las ho jas del viejo ro ble y le estampó un mechó n de pelo a Gia co ntra su cara.
—¿Po r qué has venido ? —susurró Emie—. Vives en Chicago .
—Vivía en Chicago . —Gia se reco lo có el mechó n detrás de la o reja—. Ya no trabajo en El show de Stillman. —¿Ah no ?
—Eres una mujer atractiva, Emie —aseguró co n vo z ro nca—. Eres hermo sa, lo digo en serio .
Emie igno ró sus palabras. Si Gia creía que era eso lo que le preo cupaba, estaba muy equivo cada. Además, Emie tenía preguntas más urgentes que hacerle.
—¿Te han despedido ? —Lo he dejado .
Se so rprendió tanto al o írla que so ltó la puerta.
—¿Po r qué? —quiso saber, dando un paso adelante para apo yarse en el marco .
—Po rque no quiero vo lver a ver a nadie más co n la cara de do lo r que tenías cuando te marchaste del estudio . No puedo impedir que el estudio traiga a gente co n mentiras, pero lo que sí puedo hacer es asegurarme de no tener nada que ver co n esa mierda.
Emie suspiró y desvió la mirada, centrándo se en las bo tas negras de tacó n bajo que llevaba la o tra mujer. ¿Po r qué tenía que ser tan amable, tan sincera? ¿Po r qué no po día dejarla co merse la cabeza en paz en lugar de irrumpir en su puerta, alta y cálida, co n una piel que o lía que alimentaba y una vo z tan grave que parecía de seda?
—No puedo sentirme respo nsable de que pierdas tu trabajo , Gia. —No te culpo .
Vo lvió a mirarla a lo s o jo s. —¿Qué vas a hacer? Gia se enco gió de ho mbro s.
—Me las arreglaré. Ya es ho ra que pruebe suerte co n la pintura y… ¿quién sabe?
Emie cabeceó lentamente y se llevó la mano al cuello para rascarse. Gia había dejado su trabajo . Había dejado su trabajo , reco gido sus bártulo s y se había plantado ante la puerta de Emie, a ciento s de kiló metro s de distancia, para intentar co nvencerla de que no era fea.
¿Po r qué?
Al no tar que le vo lvía el hipo , Emie farfulló . —Tengo que irme.
—¿Puedo pasar?
—No —negó Emie, y empezó a cerrar la puerta. Gia la aguantó abierta.
—Emie, espera. Quiero vo lver a verte.
—¿Para tranquilizar tu co nciencia? Me parece que no . —No es po r eso .
Eso decía ella, pero ¿có mo iba Emie a estar segura?
Gia alargó la mano y le pasó el do rso de sus ado rables dedo s po r la mejilla co n delicadeza. —Tienes un sarpullido .
—Para co mpletar el lo te, ¿no ?
—No hagas eso , querida —musitó Gia en españo l, deslizándo le la mano hasta el ho mbro .
Emie cerró lo s o jo s y trató de co ntener el llanto . Aquella mujer le partiría el co razó n si se lo permitía. —Gia, déjame en paz, po r favo r.
—No puedo . —¿Emie?
Iris y Palo ma se habían aso mado al pasillo y miraban a su amiga y a Gia co n lo s o jo s co mo plato s. Ninguna se mo vió , pero Emie las miró po r encima del ho mbro .
—Aho ra vo y. La seño ra Mendez ya se va. —No , no me vo y.
—Aho ra sí.
—No hemo s terminado .
—Ni siquiera llegamo s a empezar.
Gia frunció aquello s labio s infinitamente mo rdisqueables y bajó la barbilla. So mbría, le so stuvo la mirada co n tristeza a Emie uno s segundo s do lo ro sísimo s antes de que le aso mara una so nrisa en la co misura de lo s labio s y vo lviera a insinuársele el ho yuelo de la mejilla. Le guiñó un o jo .
—¿Y mañana? ¿Quedamo s mañana? —No .
—So lo para to mar un café. Sin presio nes. —No .
Gia cambió el peso de pierna y se cruzó de brazo s.
—También he dicho que quería pegarte —replicó Emie, en el to no más altanero del que fue capaz. —Pero no lo has hecho .
Emie vaciló y se mo rdió el labio , po rque había empezado a temblarle. —No me hagas esto , po r favo r.
—Vo y a seguir intentándo lo hasta que me des una o po rtunidad.
Emie hizo aco pio de valo r, se ro deó el estó mago co n lo s brazo s y so rbió las lágrimas. —No busco nuevo s amigo s y no hay sitio para una mujer en mi vida. Perderías el tiempo . Gia le ro zó el temblo ro so labio inferio r co n el nudillo y dio un paso atrás.
—Bueno , verás, prefiero perder el tiempo en alguien co mo tú a usarlo sabiamente co n cualquier o tra perso na.
Les dedicó un gesto de cabeza de buenas no ches a Iris y a Palo ma, que seguían detrás de Emie, salió del po rche y desapareció en la no che. No o bstante, no era más que una retirada tempo ral, de eso a Emie no le cabía ninguna duda. Y aunque no pensaba admitirlo , se mo ría de ganas de saber qué vendría a co ntinuació n.