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Emie alzó la mano co n intenció n de detener a Gia e impedir el beso , pero su cerebro tenía o tro s planes. Antes de po der co ntenerse había agarrado a Gia de la camisa y la atraía co n fuerza co ntra su cuerpo . Sus labio s se fundiero n co n una pasió n innata e inexo rable. A Emie se le escapó un gemido ro nco ; o puede que fuera a Gia, po rque Emie no pudo distinguirlo . So naba espo ntáneo , gutural. So rprendido y al mismo tiempo … no . Era una pro mesa.

La dulce lengua caliente de Gia explo ró su bo ca co n fruició n. Jo der, qué bien besaba. Le ro deó la nuca co n las mano s y le so ltó la go ma de la co la de caballo . Llevaba un buen rato deseando hacerlo . Ento nces le hundió lo s dedo s en la lustro sa melena y le apretó el pelo para disfrutar de su suave tacto . La po stura acercó sus seno s a lo s de Gia y Emie se apretó co ntra ella, buscando a ciegas el ro ce de pecho co ntra pecho , pezó n co ntra pezó n. Le latía to do el cuerpo , húmeda, acalo rada y abierta. La libido la había puesto en pilo to auto mático y el subidó n sensual era sencillamente salvaje. Gia separó lo s labio s un instante, pero sin irse muy lejo s.

—Po r amo r de Dio s, querida, te deseo …

—Lo sé —repuso Emie co n vo z temblo ro sa po r el aso mbro .

Gia atrajo a Emie po r las caderas, hasta que la ro deó co n lo s muslo s y lo único que se interpuso entre ellas y su deseo fuero n lo s tejano s: unas po cas capas de tela y fuego húmedo y familiar. Gia la besó de nuevo , le reco rrió lo s labio s co n la lengua caliente, se la metió hasta la garganta y la sacó de nuevo , sin dejar de acariciarle lo s brazo s, la espalda y lo s muslo s co n ansia y destreza. Emie le metió la lengua un po co , co n timidez, y Gia se la chupó delicadamente, arrancándo le un respingo . Se miraro n a lo s o jo s y se so stuviero n la mirada.

El tiempo se detuvo y co ntuviero n la respiració n. Ento nces las envo lvió una nueva o leada de pasió n.

Emie nunca había imaginado que un simple beso pudiera ser tan bueno . Tan perfecto . Gia era suave y cálida, descaradamente femenina. Emie anhelaba más y más y le tiró de la camiseta co n impaciencia, para sacársela del pantaló n. Deslizó las mano s bajo la tela para acariciarle la piel desnuda e increíblemente suave que admiraba desde lejo s desde hacía demasiado tiempo . Cuando le pasó las mano s so bre el firme estó mago de marcado s abdo minales y le ro zó lo s pezo nes endurecido s co n la yema de lo s dedo s, Gia gimió y se derritió co ntra el cuerpo de Emie. Esta siguió descubriéndo la po co a po co y le hundió lo s dedo s en la curva de sus anchas espaldas. Gia la hizo sentarse más atrás, hasta que Emie dio co n la cabeza en el espejo , co n algo más de fuerza de lo previsto . Esta se llevó la mano a la cabeza y se rio .

—Lo siento —rio Gia a su vez.

Sin embargo , Emie se abalanzó so bre ella de inmediato y devo ró su risa co n labio s hambriento s. Gia no tuvo ninguna queja. Do minada po r la necesidad de balancear las caderas, Emie se arrimó más a Gia co n po ca gracia, tirando un cepillo del pelo en el pro ceso . Aún no había dejado de repiquetear co ntra el suelo cuando lo siguiero n la pastilla de jabó n y el vaso del cepillo de dientes. A Emie le dio igual y a Gia tampo co pareció impo rtarle demasiado . Emie fro tó su centro palpitante co ntra el vientre de Gia hasta que estuvo a punto de explo tar. Esta enro scó sus largo s dedo s de artista en lo s pecho s de Emie, lo s estrujó y le desabro chó el sujetado r po r delante co n habilidad, para apartarlo . Emie se arqueó , apretó lo s pecho s co ntra las mano s de Gia y echó la cabeza hacia atrás para que le co miera el cuello co n sus labio s ardientes.

En ese mo mento llamaro n a la puerta.

«Da igual, a la mierda. Esto y o cupada. No hay nadie en casa.» Y llamaro n o tra vez.

Emie abrió lo s o jo s de go lpe. Oh, no , Iris. Iris, que tenía instruccio nes de co nvencer a Gia de que el aspecto de Dama de la No che de Emie era inaceptable. Sin embargo , era evidente que a Gia le gustaba y Emie no po día estar más de acuerdo …

«Mierda, mierda, ¡mierda!»

Cambio de planes: tenía que hablar co n Iris antes de que esta hablara co n Gia.

—Para. ¡G, para! ¡Espera! —Emie la co gió de lo s ho mbro s, la apartó y se las arregló para tirar uno s cuanto s artículo s de to cado r más.

Gia la miró co nfusa y desco ncertada. —Pero yo …

—Tengo que…

—Espera, Em. Yo … —susurró Gia, co n vo z ro nca.

Vo lvió a inclinarse so bre ella, pero Emie la retuvo po r lo s ho mbro s. La aterro rizaba pensar que Iris usara su llave y estro peara las co sas sin querer, justo cuando empezaban a po nerse interesantes.

—No … no puedo . Déjame bajar…

Bajó del lavabo —a decir verdad, prácticamente se cayó —, se alisó la ro pa y trató de recuperar el sujetado r y el sentido de la realidad al mismo tiempo . Estaba bo rracha de deseo y lo ca po r Gia. Se pasó el do rso de la mano po r lo s labio s, sin palabras.

—Es Iris.

Bajó la mirada, temero sa de que Gia adivinara la verdad en sus o jo s.

«Qué patética que so y. Me po ndría este maquillaje tan ho rro ro so so lo po r gustarte.» —Tengo que ir…

Y Emie salió del baño co mo una exhalació n.

* * *

Y así, sin más, se marchó . La quietud abso rbió a Gia co mo si fuera una aspirado ra. El co razó n le iba a cien po r ho ra y le daba vueltas la cabeza de puro y do lo ro so deseo . Empezó a reco ger to do lo que se había caído al suelo co n mano s temblo ro sas, en un intento de recuperar el co ntro l de su cuerpo rebelde. Co lo có el vaso del cepillo de dientes en el mármo l y alineó cuidado samente el cepillo del pelo a su lado . Po r mucho que quisiera igno rarlo , la reco rría la ho rrible sensació n de que se avecinaba un desastre. Eran remo rdimiento s. Cerró lo s o jo s y apo yó la frente en el mármo l. Dio s, no debería haberla besado . Maldita sea, prácticamente le había arrancado la ro pa y la había devo rado , co n la po ca experiencia que sabía que tenía Emie y lo po co que quería adquirir dicha experiencia. ¿Qué había pasado co n lo de ser cariño sa? ¿Co n to marse su tiempo ? Claramente había ido demasiado lejo s y demasiado deprisa. La mirada de pánico de Emie al huir del baño lo decía to do .

«La has cagado , G. So lo quería ser tu amiga y te has apro vechado de ella.»

Gia se inco rpo ró y apo yó las mano s en el lavabo , co n la cabeza gacha. El cabello le caía co mo una pantalla po r delante de la cara.

—Jo der.

Había querido que Emie supiera que deseaba estar co n ella co mo fuera. Co mo vecina, co mo amiga o co mo amante.

Amante. So lo de pensarlo sintió una reno vada chispa de deseo .

Pero no , aquello no iba a pasar.

—Jo der —masculló Gia de nuevo , y se apartó el pelo bruscamente de la cara.

Erguida, co ntempló su reflejo co n asco . Seguía so metiendo a la gente para co nseguir lo que quería, aun después de to do s aquello s año s de repetirse que había cambiado . Que había crecido . ¿A quién co ño pretendía engañar?

Iba a arreglarlo co n Emie, aunque tuviera que disculparse, arrastrarse y suplicar. La co nvencería de que no debería haber pasado y le aseguraría que no vo lvería a pasar. Se lo co mpensaría, co stara lo que co stase. Lo haría. Sin lugar a dudas.

«Cueste lo que cueste.»

* * * Emie fo rcejeó co n el cerro jo y abrió la puerta co n brusquedad.

—Pasa —ladró —. Deprisa.

—Qué recibimiento más agradable —replicó Iris. Su expresió n pasó de divertida a avergo nzada tras echar un o jo al maquillaje que llevaba—. Dio s santo , tía. Pareces una extra de la Noche de los muertos vivientes —dijo , santiguándo se.

—Es ho rrible, lo sé, pero no me impo rta. —¿Eh?

—Shh, tú entra.

Emie la co gió del brazo y la arrastró al interio r de la casa y más allá de la salita, hasta el baño de invitado s del pasillo . Metió a Iris dentro y se encerró co n ella, co n la espalda co ntra la puerta.

—Jesús —suspiró , co n lo s o jo s cerrado s. Cerró lo s puño s—. No me puedo creer lo que acaba de pasar.

—Deja de po nerte histérica y déjame echarte un vistazo —dijo Iris, que o bviamente creía que hablaba de o tra co sa. Co gió a Emie y la co lo có delante del espejo , para mirarla desde detrás, po r encima del brillante pelo de punta que le había dejado Gia. Iris se mo rdió el interio r de la mejilla y arrugó la perfecta frente co n preo cupació n.

—Vale, para empezar, el pintalabio s va en lo s labio s, no po r to da la cara.

—Me impo rta una mierda el maquillaje —cro ó Emie, mirando a su co nfusa amiga co n expresió n culpable mientras se limpiaba el co lo r negro de la cara co n un pañuelo de papel. Se miró en el espejo . Diablo s, parecía que hubiera estado limpiando la chimenea co n la bo ca. Vaya co n el «a prueba de beso s».

—Sabía que no lo habían co mpro bado científicamente —farfulló . —¿Científicamente el qué? —preguntó Iris.

—Nada, no impo rta. —Emie se vo lvió , apo yándo se en el mármo l para guardar el equilibro —. Escúchame, cambio de planes. Tienes que decirle a Gia que te encanta. Que queda genial. No quiero que sepa que no me gusta nada.

Iris se quedó co n la bo ca abierta y la miró co n lo s o jo s deso rbitado s.

—Tía, ¿has perdido la chaveta? No puedes ir a la fiesta del trabajo así. Es cuestió n de dignidad. —Lo sé, pero …

—No , o bviamente no lo sabes. —Iris la co gió de la barbilla y la hizo mirarse en el espejo —. Mírate, po r Dio s. Me habías dicho que Gia era una pro fesio nal. ¿Qué co ño ha pasado ?

—Sí que es una pro fesio nal.

Emie le apartó la mano a Iris y fue a mo rderse el labio , pero cambió de o pinió n, po rque no quería mancharse de negro lo s dientes también. Se desplo mó so bre el ino do ro cerrado y enco gió lo s pies y las ro dillas. Co n lo s co do s apo yado s en las piernas y la cara entre las mano s dijo :

—No sé qué ha pasado . No puedo explicarlo . —Inténtalo .

Emie to mó aire.

—To do lo que puedo decirte es que… Gia y yo no s hemo s hecho amigas. —Sí, Palo ma ya me ha co ntado esa parte. ¿Qué tiene eso que ver co n…?

—Tú escucha. To do iba bien entre no so tras. Y ento nces me puso de esta guisa —se enmarcó el ro stro co n las mano s — y… la Virgen.

—¿La Virgen?

—La Virgen santa, vamo s.

Iris chasqueó la lengua y o bservó a su amiga co n el ceño fruncido . —Que tu madre no te o iga decir eso tampo co .

Emie la igno ró .

—Iris, escucha. Gia me ha besado . Me ha besado de verdad. Co mo … jo der… co mo no me han besado en la… — Emie se quedó sin palabras y meneó la cabeza, incapaz de terminar.

Iris echó la cabeza hacia atrás, muy so rprendida. —¿Y eso es malo ?

—La Virgen, ¿te acuerdas? —Emie tragó saliva. Aún la reco rrían escalo frío s de excitació n al reco rdar lo bueno que había sido .

Iris esbo zó una so nrisa radiante. —¿Pero te ha besado ella? —Ay, Dio s, ya te digo .

Una o leada de pasió n salvaje la reco rrió de la cabeza a lo s pies y fue co mo recibir una bo fetada. Tardó uno s segundo s en serenarse lo bastante para co ntinuar hablando . Cuando recuperó el habla, se agarró el cuello de la camisa.

—Me ha besado —repitió —. Justo antes de que llegaras. Po r eso parezco un payaso co n el pintalabio s co rrido . —Em, eso es fantástico . No entiendo po r qué estás tan abatida.

—Es co mplicado , no lo sé.

—¿Es po rque o s he interrumpido ? ¿Po dría haber ido a más? —Sí, pero …

Iris la co gió de las muñecas y se las sacudió co n una so nrisa. —Ya te dije que le gustabas.

—No lo entiendes. Le gusta esta yo . Y esta no so y yo de verdad —explicó Emie. Se daba cuenta de lo desanimada que so naba, pero era co mo se sentía—. A Gia le gusta una puñetera vampiresa, no Emie Jaramillo . ¿Qué vo y a hacer?

Iris se deslizó apo yada en la pared y se sentó en el suelo co n las piernas cruzadas.

—Em —dejó escapar un gruñido incrédulo —, no seas idio ta. No es po sible que a Gia le gustes así.

—Te o lvidas de que me ha maquillado ella. Me ha dicho que estaba fantástica. Ni siquiera sabe que ya he visto có mo me quedaba. Además… —Emie abrió lo s brazo s y habló en to no sarcástico —, ¿verdad que no me ha besado cuando estaba no rmal? No . Me ha tratado co mo a una hermana hasta ho y.

—¿Le habías dado pie a besarte antes de ho y? No —replicó Iris, imitando la so carro nería de su amiga—. Al co ntrario . Le dijiste a esa dio sa griega co n patas que querías que fuerais amigas.

—Po rque vino aquí mo vida po r la culpabilidad, nada más. ¿No lo entiendes? —insistió Emie co n vo z ro nca, acercándo se al bo rde de la tapa del ino do ro . Frunció lo s labio s y trató de bajar la vo z—. ¿Qué se supo ne que tengo que hacer, Iris? ¿Agradecerle la caridad? Sabes que no es así co mo vivo mi vida.

—Eso no es… —Iris gruñó , frustrada—. Emie, despierta. Dio s, qué nervio sa me po nes a veces. Dile a Gia que no te gusta el maquillaje. Dile que quieres un look más natural. Dile que te mueres po r sus hueso s. Y ento nces o s quitáis la ro pa. Fin de la histo ria. Y viviero n felices y co miero n perdices.

A Emie se le llenaro n lo s o jo s de lágrimas, le tembló la barbilla y se le escapó un so llo zo .

—Para ti es muy fácil decir eso , Iris. No lo entiendes. Yo no so y tú. Tú eres precio sa. Eres precio sa sin ningún esfuerzo . Es algo que a mí nunca me ha impo rtado . He dedicado mi vida a la ciencia, a mi carrera, y me encanta, de verdad. Pero seamo s francas: ni lo s puñetero s pro feso res de filo so fía me miran. Nadie lo hace. Nunca lo han hecho y a mí nunca me ha impo rtado . Hasta aho ra. Me siento muy co nfusa.

—Tú también te has dedicado a emitir vibracio nes para que no se te acercase nadie, Em. Has elegido ese camino y puedes cambiarlo en cuanto quieras.

Emie so rbió las lágrimas y sacó un pañuelo de papel de la caja que había encima de la cisterna.

—¿Y sinceramente crees que una mujer co mo Gia Mendez po dría interesarse po r mí? Disculpa si no tengo la misma co nfianza que tú.

Iris dulcificó su expresió n.

—Oh, cariño . ¿Y po r qué no se lo preguntas? —No . No puedo . Ni hablar.

—Vale, vale, tranquilízate.

—Seguramente Gia tiene el síndro me de Frankestein —cro ó Emie—. Una atracció n reto rcida po r su mo nstruo sa creació n.

Iris descruzó las piernas, se acercó a Emie de ro dillas y le dio un abrazo .

—No pretendía so nar frívo la, Em. Pero no te valo ras lo bastante en lo que tienes co n esa mujer.

—No sé có mo hacerlo . —Le temblaba to do el cuerpo . Temía perder algo que ni siquiera le pertenecía—. Nunca me había sentido así. Lo único que sé es que, si le gusto así, ¿po r qué iba a querer tener el aspecto de antes? ¿Vo lver a ser la que hizo el ridículo en la televisió n nacio nal? Pero al mismo tiempo , no quiero co nvertirme en el tipo de mujer que so lo se preo cupa po r su apariencia.

—Si a Gia le impo rtaras de verdad, no querría cambiarte —le dijo Iris, acariciándo le la espalda. —Bueno , pues me ha cambiado , así que muchas gracias —replicó Emie co n iro nía.

—No , lo que quiero decir…

—Da igual, ya sé lo que quieres decir. Pero algunas de no so tras no tenemo s a decenas de mujeres rendidas a nuestro s pies. Ni siquiera he querido nunca tener a una mujer a lo s pies.

—Pero po drías tenerla. Es tu elecció n. —Ya —farfulló Emie, en to no ácido .

Se apartó del abrazo de Iris, echó la cabeza hacia atrás y se apretó el pañuelo de papel bajo las pestañas co n lo s dedo s, po rque no quería estro pear del to do el maquillaje antes de enfrentarse a Gia. Se so rbió las lágrimas y se so nó la nariz. Iris le puso la mano en la mejilla y le so nrió .

—Cariño , tú dime qué quieres que haga. Esto y de tu parte, sea co mo sea.

—Vamo s a hacerlo a mi manera —le suplicó Emie—. Dile que me ves bien y sé co nvincente, ¿vale? Iris suspiró y rumió uno s instantes.

—Em, si es lo que quieres de verdad, le diré que eres la bo mba —aseguró , aunque no so naba del to do co nvencida—. Pero esta no eres tú.

—Lo sé, créeme. Pero pienso que esto y enamo rándo me de ella. —No me digas.

—Bueno , no me había enamo rado nunca y no sé có mo hacerlo mejo r —susurró Emie, igno rando el co mentario de Iris—. Pro méteme que me seguirás la co rriente. Y no pienses mal de mí.

Iris le dio un palmetazo en el brazo .

—¿Co n quién crees que estás hablando ? So y tu mejo r amiga. Aho ra deja de llo rar o vas a parecer una extra de la

Noche «lluviosa» de los muertos vivientes.

Emie so ltó una carcajada llo ro sa, se levantó y se puso ante el espejo . Lo gró limpiarse la mayo r parte del pintalabio s que se le había co rrido y se dio unas palmadas en las mejillas para intentar disimular que había estado llo rando .

—Ahhh —ento nó Emie, liberando la tensió n—. Gracias, Iris. He pedido po llo Kung Pao para ti —le dijo , co n vo z trémula.

—Oh… guay. Gracias. Me muero de hambre —dijo Iris, sin muestras de entusiasmo .

Se la veía muy preo cupada. Emie reso pló , estiró el cuello a lado y lado , sacudió las mano s co mo una bo xeado ra

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