B ¿Existen sustancias mentales?
C. Los caprichos de la identidad personal
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Si rechazamos la idea de que existen sustancias mentales, ¿nos vemos obligados entonces a negar la capacidad de las personas para existir separadamente de sus cuerpos? La creencia de que los seres humanos sobreviven a su muerte corpórea ha sido ampliamente sos tenida y mientras que muchos de los que la sostienen, sostienen tam bién que en algún momento sus cuerpos serán restituidos a sus almas, otros creen que continuarán existiendo en un cuerpo distinto, y otros, que gozarán de una existencia incorpórea. El problema que quiero considerar ahora no es tanto el de si existe alguna buena razón para mantener alguna de esas creencias, cuanto el de si las situaciones que haría falta que verificaran tales creencias resultan lógicamente posibles.
En este caso, el principal problema es el de la importancia rela tiva, en cuanto a la determinación de la identidad personal, del cri terio de memoria y del criterio de la continuidad personal. Sobre ello señalé anteriormente que normalmente estos criterios se tienen en cuenta de forma conjunta, pero era al menos concebible pensar que divergían radicalmente, y añadía que, por tanto, debía haber circuns tancias en las que sería razonable dar preferencia al criterio de me moria. La idea de que podrían darse tales circunstancias resultaría más aceptable si consideramos primero el caso intermedio en el cual hay todavía alguna continuidad física. Supongamos que la ciencia mé dica ha avanzado hasta un punto en el que resulta posible trasplan tar no sólo corazones, sino cerebros. Puede haber argumentos físicos para creer que esto nunca sería factible, pero con seguridad la hipó tesis no es lógicamente contradictoria. Si se llevara a cabo tal acción, ¿acaso no tendríamos un poderoso motivo para decir que la persona cuyo cerebro se ha transferido a un cuerpo diferente continúa exis tiendo tn esc cuerpo? Suponiendo que nuestros cuerpos dependen causalmente del cerebro, a la persona en cuyo cuerpo estaba locali zado ahora el cerebro seguramente le parecería que era la misma per sona que aquella de cuyo cuerpo había sido extraído el cerebro, y si, igual que se identifica a sí mismo con esa persona, mostrara — como es de esperar— el mismo carácter, entonces aceptaríamos muy razo nablemente su pretensión. Pero, por otra parte, también tendríamos un motivo para negarla, puesto que debe suponerse que una de las dos personas en cuestión ha muerto, y resulta más natural decir que el que ha muerto es el donante del cerebro, en vez de decir que ha nido el receptor. Este motivo sería mayor si existiera una disparidad significativa entre las dos personas antes de la operación: si, por ejem plo, el receptor del cerebro fuera una joven, y su donante un hombre yn mayor. En ese caso preferiríamos decir que la muchacha ha here
dado la personalidad del anciano, en vez de decir que éste continúa existiendo bajo la forma de una chica. Resulta dudoso que ella fuera capaz de verlo de esta forma, pero supongo que podría hacerlo si las presiones sociales fueran lo suficientemente fuertes.
Ahora que nos hemos embarcado en la ciencia ficción, imagine* mos un caso más complicado. Hay razones para creer que cada uno de los hemisferios cerebrales es capaz de sustentar el ejercicio de la memoria. Supongamos entonces que se extrae el cerebro de una per sona y que cada uno de sus hemisferios se transfiere a otros dos cuer pos, de los cuales, igual que en el ejemplo anterior, se han extraído los cerebros. Resultaría que cada una de las personas que ocupaba esos cuerpos creería que es idéntica al donante del cerebro. ¿Podría mos aceptar tales pretensiones? En este caso, la dificultad reside en que esas personas no serían idénticas a sí mismas, de forma que, si aceptáramos sus pretensiones, violaríamos el principio, considerado como necesario, de que las cosas que son idénticas a otra — y a la misma— cosa son idénticas entre sí. Si tales operaciones se hacen frecuentes, quizá sucedería que modificaríamos nuestra concepción de la identidad personal, de manera que, igual que los gusanos, las perso nas podrían ser divididas en partes distintas, cada una de las cuales funcionaría como una réplica del original. Todavía no sería verdad que cada uno de los receptores de los hemisferios cerebrales fueran idénticos al donante, pero, colectivamente considerados, serían idén ticos a él. Por otra parte, también nos resultaría más natural decir que el donante ha dejado de existir, y que otras dos personas han heredado su personalidad.
Si tales ficciones gozan de alguna credibilidad es porque se refieren a la no muy lejana hipótesis de la transferencia de cerebros. Serían algo más que un simple cuento de hadas si supiéramos simplemente que se transfirieran de un cuerpo a otro los recuerdos y el carácter de una persona, sin que existiera para ello ninguna explicación física. Aunque parecería que esto también es lógicamente posible y, lo que es más, surgirían exactamente los mismos problemas acerca de la iden tidad personal. Realmente, hay quienes argumentan que si, en estos ejemplos, tenemos la opción de decir que la misma persona ocupa sucesivamente cuerpos distintos, ello sucede solamente porque los cuerpos no son totalmente distintos: la transferencia del cerebro ase gura al menos alguna continuidad física. Sin embargo, resulta difícil darse cuenta de por qué es necesario pensar que esto es esencial. La persona que reclama que es idéntica al anterior propietario del cere bro, no lo hace sobre la base de que este cerebro le ha sido transfe rido, o más bien, como él diría, que éste ha seguido siendo de su propiedad: lo hace a causa de sus recuerdos. De hecho, puede que ni
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siquiera sepa a qué operación se lo ha sometido. Después de un largo período de sueño, despierta para descubrir que ocupa un cuerpo dis tinto. Tampoco estamos obligados ahora a relatar la historia precisa mente de esta forma, en vez de decir, por ejemplo, que una persona ha heredado misteriosamente los recuerdos de otra. Pero de nuevo parecería que ésta es una elección legítima, especialmente si la persona a la que permitimos sobrevivir tampoco guarda recuerdos de una exis tencia diferente, y su cuerpo anterior ya no está vivo.
Puede haber quien se incline a protestar diciendo que éste no puede ser simplemente un asunto de elección. O bien la persona en cuestión ha sobrevivido realmente en otro cuerpo, o bien ha habido una transferencia de recuerdos de una persona a la otra. No podemos descubrir cuál es la respuesta correcta, pero, efectivamente, una de ellas debe ser verdadera y la otra falsa. Pero hablar de esta forma supone dejar de lado la importante cuestión de que habría circunstan cias en las que nuestros criterios habituales de identidad no propor cionarían una respuesta inequívoca, y hasta que hayamos decidido qué reglas hay que seguir en tales casos, no existirá ninguna base para un juicio verdadero o falso de identidad. Decir que debe ser verdadero o falso que la misma sustancia mental sobrevive en otro cuerpo su pone mostrar de nuevo la vacuidad de este concepto. Puesto que ¿cómo podría determinarse éste salvo quizás mediante el uso de los criterios que nuestros ejemplos ponen en cuestión?
Al admitir la posibilidad de que el criterio de memoria pueda en ciertas circunstancias anular el criterio de la continuidad corporal, yo no he extraído hasta ahora la consecuencia de que operara sobre la suya propia. Las personas a las que se han atribuido esos cambios no habituales siguen identificándose en cualquier instante dado mediante sus cuerpos. La única regla que se ha vulnerado es la que exige que una persona ocupe uno y el mismo cuerpo durante todo el período de su existencia. Aún tenemos que considerar la sugerencia de que pueda haber personas que han existido, o que han continuado de alguna forma existiendo sin ocupar ningún cuerpo en absoluto.
A primera vista, podría parecer que no hay ninguna duda de que tal situación resulta lógicamente posible, aunque sea improbable que haya tenido lugar efectivamente en alguna ocasión. Podemos imagi namos a nosotros mismos despertándonos para encontrarnos privados de toda sensación corporal o de toda percepción de nuestro propio cuerpo. Podemos imaginarnos como si vagáramos por el mundo como fantasmas, intangibles para los demás, visibles sólo ocasionalmente y, pasado un tiempo, absolutamente invisibles, como espectadores de un mundo en el que no participamos. Naturalmente, tales fantasías se aprovechan del sentido real de nuestra propia identidad, un sentido
que, como hemos visto, se establece mediante una identificación con nuestro cuerpo. Resulta mucho menos fácil imaginarnos que tenemos tales experiencias antes de que lleguemos a ocupar un cuerpo, o que pasamos toda nuestra existencia en un estado incorpóreo. Si todavía no es lógicamente necesario que las personas tengan un cuerpo, estas otras variaciones también tienen que ser posibles. Podría argüirse que el hecho de llegar a existir en posesión de un cuerpo es algo que re sulta esencial para el concepto de persona, de forma que lo más que tendría sentido sería la noción de supervivencia bajo la forma de lo que podría llamarse una personalidad secundaria. Pero si la existencia de espíritus incorpóreos fuera concebible, el hecho de que no fuera adecuado llamarlos personas quizá no tendría gran importancia.
¿E s concebible algo de este tipo? En verdad, existe la dificultad de que si en la conciencia de esos espíritus hubiera vacíos temporales, las apariciones de experiencias mnemónicas no bastarían para relle narlos, ya que esos recuerdos ostensibles volverían a ser completa mente engañosos o harían referencia a experiencias anteriores que de hecho hayan pertenecido a una serie diferente. Sin embargo, podría obviarse esta dificultad suponiendo que las experiencias que habían conservado los diferentes espíritus eran sensiblemente continuas. Una objeción más radical es que la noción de una serie de experiencias, que existen como por cuenta propia, no resulta inteligible.
No es fácil evaluar esta objeción, teniendo en cuenta que descansa meramente sobre una apelación a la intuición. Ya que, sobre una cues tión de este tipo, una apelación a la intuición puede perfectamente proporcionar respuestas diferentes según las diferentes preconcepcio- nes de aquellos a los cuales se dirige. Sin embargo, existe un argu mento que la apoya en cierta medida. Nuestros juicios acerca de lo que puede existir se hacen a la luz de una teoría en la cual los objetos están ordenados en un único sistema espacio-temporal. Esta teoría puede ser lo suficientemente flexible como para permitir que existan objetos que no están situados en el espacio, aunque al menos deben estar situados en el tiempo. Pero ahora la forma en que ordenamos cosas en un orden temporal objetivo es, en primer lugar, asignando posiciones temporales a los acontecimientos físicos, en un primer mo mento mediante correlación de secuencias de perceptos que se obtie nen desde distintos puntos de vista y aplicando, después, leyes cien tíficas como las que se refieren a la velocidad de la luz y del sonido. Cualesquiera otras incidencias, que no sean consideradas como físicas, se fechan entonces en función de sus relaciones temporales con esos acontecimientos físicos. Además, puesto que la teoría es neutral res pecto de distintos observadores, se requiere que la existencia de esas relaciones sea comprobable con generalidad. De ello se sigue que no
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puede admitirse en el sistema ninguna serie de experiencias a no ser que por lo menos alguno de sus elementos se manifieste físicamente.
Si este argumento es consistente, pone límites a la libertad de nuestra imaginación para poblar el universo con espíritus, aunque no creo que la elimine completamente. Para obtener este resultado, ten dríamos que considerar como una verdad necesaria que sólo las ex periencias que están asociadas normalmente con los cuerpos pueden tener manifestaciones físicas, y mientras creo que es esto lo que sucede efectivamente, no puedo ver que sea lógicamente necesario. Por tan to, me inclino a concluir que las objeciones a la idea de que existen flujos incorpóreos de conciencia son al final científicas más que pura mente lógicas. De hecho, tiene que encontrarse alguna explicación para los fenómenos que han sido comprobados por la Society for
Psychical Research (Sociedad de investigaciones psíquicas), pero me
parece que influye poderosamente la evidencia de la dependencia causal de todas nuestras experiencias respecto de la condición de nuestros cuerpos.
D.
El fisicalismoAlgunos filósofos repararían muy poco en las especulaciones de las que nos hemos ocupado. Dichos filósofos son los materialistas o, como se los ha llamado frecuentemente, fisicalistas, que niegan la existencia de acontecimientos mentales como opuestos a los físicos. Naturalmente, no niegan que la gente piense, sienta, actúe y perciba cosas mediante sus sentidos, pero creen que todos esos procesos pue den describirse en términos puramente físicos.
La versión más fuerte de esta teoría es aquella en la que se man tiene que las proposiciones que comúnmente se construirían como si se refirieran a procesos y estados mentales, equivalen lógicamente a proposiciones que se refieren solamente al comportamiento mani fiesto de las personas. En época reciente, esta posición ha sido adop tada por Rudolf Carnap 15 16 y, bajo una forma menos consistente, por Gilbert Ryle 14 y, al menos en eí caso de Carnap, fue el resultado de una teoría verificacionista del significado. Puesto que la única forma en la que podemos comprobar la verdad de las proposiciones en las que atribuimos experiencias a otras personas es mediante la observa ción del modo que esas personas tienen de comportarse — en un senti
15 Ver Rudolf Carnap, The Uniiy of Science (La unidad de la ciencia).
16 Ver G . Ryle, The Concept of Nlind, y mi ensayo «An Honest Ghost» (Un
espíritu honesto), en Ryle. A Collection of Critical Essays (Ryle. Colectánea de
do del término «comportamiento» que incluye tanto su conducta [demeanour] física y sus respuestas verbales, como otros tipos de ac tos— se extrae la consecuencia de que esto es a lo único que pueden considerarse legítimamente referidas dichas proposiciones. En verdad, la misma consideración no se aplica a las proposiciones en las que nos atribuimos experiencias, puesto que en este caso no estamos restrin gidos a nuestro propio comportamiento manifiesto; podemos compro bar esas proposiciones teniendo o dejando de tener realmente las ex periencias relevantes. Por tanto, es tentador hacer lo que hice en mi libro Language, Trutb and Logic, que fue combinar un análisis men- talista de las proposiciones en las que nos atribuimos experiencias, con un análisis conductal de las proposiciones en las que atribuimos experiencias a otras personas. Sin embargo, debemos resistir esta ten tación, ya que el resultado es autocontradictorio. La contradicción surge porque se supone que el análisis mentalista viene bien no sólo para mí, cuando hablo acerca de mí mismo, sino también para todo aquel que se refiera a sus propias experiencias. Pero si el único sentido que puedo atribuir a la afirmación de que otra persona cualquiera tiene experiencias es el de que se comporta, o está dispuesto a com portarse de tal o cual manera, entonces, no puedo admitir coherente mente que él quiera decir algo diferente de esto cuando se atribuye experiencias a sí mismo. Sólo puede evitar la contradicción alguien que esté dispuesto a creer que es la única persona del mundo de quien tiene sentido decir que tiene experiencias, en un sentido que no se agota mediante referencias a su comportamiento, y por tanto sólo cuando él lo dice. Si no estamos dispuestos a adoptar esta ridicula posición, y si todavía nos adherimos a la opinión de que las propo siciones en las que atribuimos experiencias a otros sólo están abiertas a un análisis conductal, nos veremos llevados entonces a extender este análisis a las proposiciones en las que nos atribuimos experiencias a nosotros mismos.
No albergo ninguna duda acerca de la falsedad de esta opinión, aunque sólo sea por la razón que ofrecieron Ogden y Richards en su libro The Meaning of Meaning (El significado del significado), de que nos obliga a fingirnos insensibles ,7. Pero, como sucede muv frecuente mente con falsedades filosóficas, ésta ha dado algún fruto utilizable. En especial, ha servido para atraer la atención hacia el hecho de que muchos términos de los que se podría haber pensado que tienen un significado puramente mentalista. acarreen también referencias al com portamiento manifiesto. Esto es verdadero de forma más obvia res pecto de los términos que se refieren a las emociones, pero también 17
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puede aplicarse a la atribución de motivos y creencias. La acción y el pensamiento inteligentes no requieren necesariamente, como hemos visto que Ryle sostenía con razón “ , que tengan lugar procesos inter nos. No obstante, esos procesos internos a veces tienen lugar. La gente tiene pensamientos que se guarda para sí misma, y decir que está teniendo tales pensamientos no equivale exactamente a decir que está dispuesta a hablar o actuar de tal o cual forma. Tampoco es siquie ra plausible identificar el tener sensaciones o perceptos con cualquier forma de acción manifiesta. Puede que estemos dispuestos a informar de su aparición, pero esto no se sigue lógicamente del hecho de que tengan lugar, y tampoco lo entraña, puesto que los informes pueden resultar falsos. Sin duda, si escribimos la biografía de un hombre, tendremos más interés en lo que ha dicho y hecho manifiestamente que en sus sensaciones y pensamientos privados, pero esto no equi vale a afirmar que los primeros no existan.
Se ha hecho un intento de salvar esta teoría, al menos respecto a uno de sus puntos más débiles — el tratamiento de las sensaciones— haciendo lo que puede llamarse una estipulación abierta de la exis tencia de procesos internos. Así, el profesor Smart ha sugerido que «Cuando una persona dice 'Veo una imagen secundaria de una naranja amarillenta’ está diciendo algo del siguiente tipo: 'Está sucediendo
algo que es como lo que sucede cuando tengo los ojos abiertos, estoy
despierto, y tengo delante de mí una naranja muy iluminada, esto es, como lo que pasa cuando veo realmente una naranja’» w. Lo impor tante de esta fórmula no-restrictiva es que deja abierto el camino para el descubrimiento empírico de que lo que sucede de hecho en esas circunstancias es algún proceso cerebral.
Como ella establece, la interpretación sugerida de la pretensión de ver una imagen secundaria es absurdamente inadecuada, puesto que probablemente en el que pretende eso, sin hablar de casos ajenos, han de suceder internamente toda clase de cosas. Sin duda, si se ad virtiera algún inconveniente, la fórmula podría hacerse un poco más