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SIGNIFICADO Y SENTIDO COMUN

C. Significado y uso

Frente a estas dificultades, la tendencia general ha sido la de abandonar todo intento de crear un criterio general de significado, o incluso una regla formal de demarcación. Esta tendencia se ha visto fortalecida por la opinión, más ampliamente aceptada hoy dia, de que las proposiciones de una teoría científica no se cotejan con nues­ tra experiencia de una en una, sino en su conjunto. Esto lo ejem­ plifica el hecho de que si la teoría se malogra, podemos tener cierto margen para decidir qué partes de esa teoría es necesario revisar. La teoría, considerada como un todo, debe ser comprobable empírica­ mente — de otra forma no podríamos hacer nada con ella— , pero puede existir más de una respuesta al problema de averiguar cuáles de estas proposiciones son puramente formales y cuáles tienen un contenido fáctico. Y quizá no haya ningún método claro para distin­ guir las que tienen un contenido empírico de las que podrían consi­ derarse metafísicas. Lo único que queda del criterio de falsabiIidad es el requisito de que la teoría, como un todo, sea vulnerable a la ex­ periencia. Si se la interpreta de forma que ninguna experiencia po­ sible podría invalidarla, no es una teoría científica, y puede ser acu­ sada de carecer de contenido fáctico.

El principio de verificación también sobrevive en la igualdad, que suelen establecer muchos filósofos, entre el significado de un enun­ ciado indicativo y las condiciones de verdad de la proposición que aquel enunciado sirve para expresar. La única objeción que puedo hacer a esta perspectiva es que no resulta muy esclarecedora. No se pueden identificar las condiciones de verdad de una proposición independientemente de la comprensión del enunciado que sirve para expresarla. Indudablemente, si no se está seguro del significado de lo que se ha dicho, puede ser útil preguntarse en qué circunstancias sería aceptado como verdadero, pero así se obtiene una respuesta que sólo satisface aquellos casos en los que la prooosición de que se trata se refiere directamente a algún estado de cosas observable con

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el que uno puede toparse. Esto no se aplicará a las proposiciones acerca del pasado, ni a las proposiciones que versan sobre las expe­ riencias de otras personas — a menos que se adopte la inverosímil medida de identificar sus experiencias con su conducta manifiesta— , ni tampoco a las hipótesis científicas que contienen términos teóricos que no representan nada que pueda observarse directamente. Es cierto que estas hipótesis no son completamente comprensibles sin saber qué tipo de experimentos podrían dar pie a tales hipótesis, o las teorías en las que éstas figuran; pero, como hemos visto, existe una base para defender que la descripción de esos experimentos no agota el significado de las hipótesis o teorías que dichos experimen­ tos pueden comprobar.

Los mismos comentarios se aplican a la frase, puesta de moda por Wittgenstein l4, que dice que el significado de las palabras consiste en la forma en que se usan. El mérito de esta frase reside en que contribuyó a desengañar a los filósofos de la idea de que los signi­ ficados son objetos platónicos, que ya existen antes de que encontre­ mos las palabras para designarlos. También corrigió la errónea ten­ dencia a construir cada palabra como si fuera un nombre. Sustituyó la equívoca metáfora de las palabras como imágenes por la de las palabras como herramientas. Uno de los efectos que ha conseguido ha sido el de atraer nuestra atención hacia la variedad de usos a los que se aplica el lenguaje. No sólo para establecer hechos y formular teo­ rías, sino para prometer, provocar acciones, demandar, narrar cuentos fantásticos, contar chistes, proferir obscenidades, jurar, jugar y mu­ chos otros. No obstante, la función primaria del lenguaje consiste en establecer qué es verdadero o falso, y en este caso la identificación del significado con el uso es menos exacta que su identificación con las condiciones de verdad. Y es menos exacta precisamente en aque­ llos casos, de los que ya he puesto diversos ejemplos, en los cuales las condiciones en las que encontramos que está justificado afirmar una proposición no son las mismas que la hacen verdadera. Por ejem­ plo, aprendemos a emplear un verbo en tiempo pasado cuando lo utilizamos para hablar de sucesos que recordamos. Pero mientras que el hecho de recordar claramente un suceso reciente puede ser la me­ jor justificación que cabe tener para creer que tal suceso ha tenido lugar, ese recuerdo no hace que la creencia sea verdadera. Lo que hace verdadera a la creencia es precisamente que el suceso haya te­ nido lugar.

14 L. Wittgenstein, Pbilosophical Jnvestigations (Investigaciones filosóficas),

Si se toma literalmente la igualdad entre significado y uso, ésta empieza a parecerse al criterio propuesto por los pragmatistas nor­ teamericanos del siglo xix. Su máxima, tal como la formuló C. S. Peir- ce, era que toda nuestra concepción de un objeto consiste en nuestra concepción de sus efectos prácticos ,s. Si se añade el requisito de que esos efectos prácticos sean directamente observables, nos encontra­ remos de nuevo con algo que se parece al principio de verificación. Realmente, aunque los positivistas lógicos en gran parte ignoraban el pragmatismo, Peirce y, en menor medida, William James, adelanta­ ron muchas de sus tesis. El mérito de esta aproximación reside de nuevo en el hecho de que suprime las propiedades ocultas. Decir que una corriente eléctrica pasa por un cable no es hacer referencia a algo como una onda invisible, sino resumir un conjunto de hechos tales como que, en condiciones adecuadas, se cargarán las baterías, sonarán los timbres, las máquinas se echarán a andar, etc. La Electri­ cidad es todo aquello que la electricidad hace. Hablar de la atracción de la gravedad no equivale a afirmar la existencia literal de unas enti­ dades misteriosas llamadas fuerzas, sino solamente referirse a hechos tales como que la pleamar y la bajamar están en correlación con las fases de la Luna, o como que los cuerpos sin apoyo tienden a caer. El corolario es que unos conceptos o teorías que consigan los mismos efectos tienen un significado equivalente, por muy diferente que pa­ rezca ser su contenido, y que los conceptos que no guardan relación con unos efectos no tienen significado en ellas.

Esta postura atrae al tipo de filósofo al que William James ca­ racterizaba como filósofo empecinado w, pero el intento de desarrollar­ la en sus detalles presenta dificultades. Ya hemos visto que Peirce llegó a sostener la inverosímil opinión de que las proposiciones acer­ ca del pasado equivalen a las de la evidencia presente o futura que pueda aparecer a su favor; y su consideración de los conceptos cien­ tíficos tampoco es totalmente convincente. La simple igualdad entre unas fuerzas y sus efectos hace omisión del papel que desempeñan los modelos en las teorías científicas, e ignora asimismo la práctica científica de explicar las funciones en función de las estructuras. En el caso frecuente de que los términos estructurales no sean directa­ mente observables, se puede argumentar que todo lo que resulta es la introducción de una gama más amplia de efectos con los que los efectos de dichas fuerzas están enlazados; pero, como ya dije, es du­ doso que incluso de la gama más amplia de efectos atribuidos a una * 14

15 Consultar: The Collected Papen of Charles Sanders Peirce, vol. V, p. 402.

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teoría científica en un momento dado, pueda decirse con propiedad que agotan el significado de ésta.

El motivo principal de que la posición pragmática no sea acep­ table reside en que no logra hacer justicia a la trama de las teorías científicas, ni a su amplitud — puesto que el ámbito de evidencia que puede atañer a una teoría no está circunscrito— , ni al hecho de que su entramado es más complicado que el de nuestras observaciones. Así, como ha señalado el profesor H em pel>7, los conceptos cuantita­ tivos que se emplean en la ciencia no pueden definirse, en general, en función de lo que es realmente observable. Esto se aplica tanto a los conceptos cotidianos como a los de longitud y peso. De esta forma, en toda teoría física que incluya la geometría euclidiana habrá longi­ tudes que tengan como valores números irracionales (como la raíz cuadrada de 2), pero ninguna medida real podrá dar como resultado un número irracional. Podríamos tratar de responder a esta objeción Identificando un número irracional con la serie de números racionales cuyo límite está constituido por dicho número irracional, pero topa­ mos entonces con la dificultad de que esta serie es infinita, mientras que cualquier serie de observaciones actuales debe ser finita. Igual dificultad surge en el caso del peso, en el que los valores posibles son t «dónales, pero también infinitos, puesto que forman una serie com- pncta de manera que entre dos valores cualesquiera siempre hay otro Intermedio. Tenemos así que teóricamente existen más diferencias de l>eso que las que podemos distinguir con nuestras observaciones. (Juizá podríamos concebir todas esas posibilidades representándolas con un número infinito de enunciados condicionales en el plano de la observación, pero además de la dificultad de espedficar la prótasis de muchos de esos enunciados, se perdería completamente el propó­ sito del enfoque pragmático. La tozuda insistencia en valores fijos loinienza a ablandarse cuando realmente no podemos dar razón de ellos.

Como sugeriré más adelante ” , podríamos distinguir el significado

iIp una teoría o, para decirlo más exactamente, el significado de los anunciados en los que se formula la teoría, de su contenido fáctico.

I I contenido fáctico de la teoría se identificará con todo lo que se puede derivar de aquello que es realmente observable. La suma total de esas proposiciones puramente fácticas, verdaderas o falsas, cons- iHuye lo que F. P. Ramsey, filósofo de Cambridge, llamó un sistema 17 *

17 Consultar «The Theoretician's Dilemma» (El dilema del teorizador). Uní s nity of Minnesota Studies in the Philosopby of Science, val. II.

primario w. Esto se contrasta con un sistema secundario, o conjunto de sistemas, que se ocupa de lo que Peirce llamó la ordenación de hechos. £1 sistema secundario va más allá que el primario, da leyes tanto para los casos reales como para los posibles, y también puede contener términos que no guardan relación directa con lo observable. Puesto que la distinción entre hecho y teoría sólo es relativa, dis­ ponemos de una cierta libertad para elegir el lugar por donde trazar la línea divisoria. Veremos que determinar lo que hay que conside­ rar como puramente factual es, en cierta medida, una cuestión arbi­ traria. No obstante, sostendré que puede adoptarse una decisión ra­ zonable. El significado de los enunciados que entran dentro de la formulación de una teoría científica dependerá en parte del contenido fáctico de la teoría, y en parte de la contribución que hacen las pro­ posiciones que dichos enunciados expresan, a la estructura y a la ca­ pacidad explicativa de la teoría.

Volviendo al problema de la posibilidad de la metafísica, origen de toda esta discusión sobre el significado, creo que ya podemos exi­ gir a toda teoría metafísica que funcione como un sistema secunda­ rio, al menos en la medida en que tenga algún valor explicativo. Ai principio de verificación se le objetaba frecuentemente que su propio estatus era dudoso. No parecía que fuese necesario, en el sentido de que su negación fuera autocontradictoria, y si se presentaba como una hipótesis empírica acerca del modo en que se usa realmente la pa­ labra «significado», entonces el hecho mismo de que negara signifi­ cado a enunciados que muchas personas consideraban significativos podría tomarse como prueba de su falsedad. La única respuesta que hubiera podido darse a esta objeción era que el principio se pro­ puso como una definición convencional. No describía cómo se usaba comúnmente la palabra «significado», pero prescribía cómo debería usarse. Pero, entonces, ¿por qué alguien habría de seguir la pres­ cripción si sus implicaciones nb fueran de su gusto? De hecho, he­ mos visto que el principio de verificación es defectuoso si se apoya en una base distinta, pero surge el mismo problema incluso respecto a la propuesta, mucho más débil, por la cual sustituimos aquella primera base. ¿Por qué habría que exigir a una teoría metafísica que tuviera valor explicativo? Sólo puedo responder a esto pregun­ tando qué interés podría tener la teoría de lo contrario. Si no aspira a la verdad, no necesitamos molestarnos. Digamos que posee un sig­ nificado: la palabra «significado» se usa de muy diversas maneras, y puede haber gente para la que esa teoría sea significativa de una 19

19 Consultar F. P. Ramsey, The Foundations of Mathematíes (Los fundamen­

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u otra forma. Pero si la teoría aspira realmente a la verdad, tendría i|ue existir alguna forma de decidir si la alcanza efectivamente. Aun en el caso de que no tenga ningún contenido fáctico, en el sentido que estoy dando a este término, debería contribuir de alguna forma a la ordenación de hechos. De otro modo, no tendríamos ningún cri­ terio para determinar si es aceptable o no. Naturalmente, puede de­ cirse que mi forma de enlazar teorías con hechos observables cae en una petición de principio; pero ¿qué alternativas existen frente a dicha petición? Incluso un metafísico como McTaggart, con su ca­ racterística concepción de la realidad M, se cree obligado a tratar de explicar las apariencias. Si lo que nos hemos propuesto excluir es la existencia de otro ámbito, desconectado de todo lo que percibimos ordinariamente, volvemos a encontrarnos, efectivamente, con el pro­ blema de la experiencia mística 21, y se vuelven a aplicar las mismas consideraciones.

I). Las pretensiones del sentido común

La desconfianza ante la metafísica, que ha sido una característica tlr gran parte de la filosofía actual, fue suscitada parcialmente por el iMisitivismo lógico, pero tuvo su origen remoto en el movimiento ana­ lítico que comenzó a desarrollarse en Cambridge a principios del pre­ sente siglo. Fueron Bertrand Russell y G . E. Moore los que hicieron surgir este movimiento, y Wittgenstein, cuya primera obra también rstimuló a los positivistas lógicos, quien lo continuó con su pecu­ liar estilo. Aunque Russell ha tenido mayor influencia que Moore, itn sólo en el sentido de su difusión mundial, sino también mediante sus escritos estrictamente filosóficos, el principal responsable de la limitación de la filosofía al análisis fue Moore. El personalmente no piopuso esta perspectiva filosófica y, por el contrario, le negó su afinyo, pero en gran medida la practicó y veremos que tal perspec­ tiva puede inferirse fácilmente de sus consideraciones.

El rasgo más destacado de la postura filosófica de Moore fue la ili'írnsa del sentido común. No llegó hasta el punto de sostener que bullís las creencias del sentido común fueran siempre correctas. Por r|«* ••mplo, existió en una época una creencia de! sentido común que ilrfrndía que la Tierra era plana, y Moore no hubiera negado la l'nilbilidad de que algunas creencias aceptadas hoy generalmente pu- tlli'iiin. de igual forma, descubrirse como equivocadas. Lo que él de­

* Ver más atrás, p. 22. •• Ver más atrás, pp. 16-9.

fendió fue la verdad, y la certeza, de cierto número de proposiciones muy generales, que constituyen lo que denominó «la visión del mun­ do propia del sentido común».

La visión del mundo propia del sentido común, en la represen­ tación de Moore, consiste, en primer lugar, en creer que existen dos tipos diferentes de entidades, objetos materiales y actos de concien­ cia 22. Moore no define lo que quiere decir con «un objeto material», o lo que él considera que el sentido común entiende por esa expre­ sión, sino que ofrece una lista de ejemplos que incluye cuerpos humanos, animales, plantas, minerales, casas, locomotoras, gotas de agua, la Tierra y las estrellas; y también atribuye al sentido común la creencia de que todos esos objetos están colocados en el espacio y en el tiempo.

Creer que existen actos de conciencia es la 'interpretación que da Moore de una creencia que el hombre de la calle podría expresar con mucha más naturalidad diciendo que los hombres, y quizá algunos animales, tienen mente. De nuevo, Moore no intenta definir actos de conciencia, sino que da a entender que incluyen cosas del tipo de la audición, la visión, el recuerdo, el sentimiento, el pensamiento y el sueño. Atribuye al sentido común la creencia de que esos actos de conciencia están situados en el tiempo, y también, cosa sorprendente, la creencia de que lo están, asimismo, en el espacio, siendo que, en su opinión, la gente piensa que lo que vincula los actos de conciencia con unos cuerpos animales o humanos es que aquéllos acontecen en los lugares que éstos ocupan. Sin embargo, también considera una creencia del sentido común que los actos de conciencia están vincu­ lados a los cuerpos en el sentido de que aquéllos dependen causal­ mente de éstos. Esto sólo se aplica a los objetos materiales que cons­ tituyen organismos, y ni siquiera a todos ellos. La creencia general es que tan sólo una mínima parte de los objetos materiales están vinculados con un acto de conciencia. Cualquiera que sea la clase a la que pertenecen, son considerados como cosas de las que en algunas ocasiones podemos ser conscientes, pero también se cree que existen independientemente de la conciencia que tengamos de ellos.

Los objetos materiales y los actos de conciencia, junto con el es­ pacio y el tiempo, de los que Moore dice que son entidades de algún tipo, pero que no son cosas sustanciales, de la manera que lo son los objetos materiales y los actos de conciencia, constituyen los únicos tipos de cosas, cuya existencia, según Moore, el sentido común con­ sidera como una certeza. Nuestro autor piensa que también es una

22 Consultar G. E. Moore, Some Main Problems of Philosophy (Algunos gran­

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creencia del sentido común la de que puedan existir cosas pertene­ cientes a otros órdenes, pero no que existan con certeza. Hubo un tiempo en el que la creencia en un Dios creador del mundo formó parte de la cosmovisión del sentido común, pero Moore piensa que en el primer cuarto de este siglo muchas personas han comenzado a dudar de la existencia de Dios. Las suficientes como para dejar de proclamar que esta creencia sea de sentido común. Sospecho que esta conclusión no fue tanto el resultado de una investigación sociológica cuanto de su deseo de representar la concepción del mundo del sen­