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Esquema de la construcción

LA CONSTRUCCION DEL MUNDO FISICO

C. Esquema de la construcción

Obviamente, es posible que nuestro observador no haga ningún progreso en tanto que confinemos nuestra atención a los contenidos de un único campo visual. Por el momento podemos continuar res­ tringiendo sus datos a los proporcionados por el sentido de la vista, pero ahora necesitamos atribuirle recuerdos y expectativas. Natural­ mente, no está en posición de probar que sus recuerdos sean correc­ tos, pero no se pide que lo sean. Ni siquiera es necesario postular que sus recuerdos sean, de hecho, correctos, sino sólo que esté en posesión de las creencias adecuadas acerca de sus experiencias anteriores. Si preguntamos que cómo hubieran podido generarse tales recuerdos y expectativas, encontraríamos que William James hubiera dado una respuesta suficiente, con la excepción de que él habla de pensamientos en vez de hablar de perceptos. «Si el pensamiento en el instante pre­ sente es ABCDEFG, el siguiente será BCDEFGH, y el siguiente, CD EFG H I, al ir desapareciendo progresivamente los que se quedan en el pasado, y rellenando las pérdidas las aportaciones del futuro. Esta pérdida de objetos anteriores y esta entrada de nuevos objetos constituye los gérmenes de la memoria y de la expectativa, el sentido prospectivo y retrospectivo del tiempo. Ellos dan a la conciencia esa continuidad sin la cual no podría decirse de ella que es una corriente que fluye» g. Esto implica que los campos sensoriales superponen par- *

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cialmente sus contenidos, y que esto hace que sea natural para la relación de precedencia temporal, que viene dada originalmente como establecida entre miembros de un único campo sensorial, el que se proyecte por ambos lados en sus campos colindantes. Si se concibe, entonces, que esta relación se establece entre los miembros de esos campos sensoriales y los miembros de los campos adyacentes, y si el ejercicio de la memoria también la dota con la capacidad de llenar vacíos de la conciencia, puede llegarse a concebir el dominio de rela­ ciones temporales como extendido, si no infinitamente, al menos in­ definidamente. En el caso del pasado no hay que ir tan lejos: basta una creencia real en la existencia de perceptos que precedan a los primeros que se recuerdan. Y es suficiente que esto se considere como una posibilidad abierta.

También puede estimarse que la superposición de campos senso­ riales facilita la proyección de relaciones espaciales más allá de los límites en los que aquéllas se han dado originalmente. Así, un per- cepto que aparece en el borde derecho de un campo visual puede apa­ recer en el centro en campos sucesivos y, al final, en el borde izquier­ do; los perceptos que aparecen a la izquierda del campo original no se encuentran en los campos que le suceden, y por la derecha apare­ cerán nuevos perceptos. Al mismo tiempo, el observador recuerda que los perceptos que han desaparecido de su vista guardaban la misma relación espacial con los perceptos supervivientes que la que ahora parecen guardar respecto a los recién llegados. Según esto, se llega a pensar que estos campos sensoriales sucesivos son espacialmente ad­ yacentes. El resultado que obtenemos, de nuevo, es que cualquier campo visual dado puede llegar a considerarse como indefinidamente extensible.

Un hecho empírico importante, sin el cual ciertamente no sería posible el desarrollo de nuestra teoría, es que el observador habita un mundo predominantemente estable. Lo que quiero decir con esto, en términos físicos, es que aunque las cosas puedan cambiar sus cualida­ des perceptibles, lo hacen en su mayor parte de forma gradual y muy a menudo por fases, entre las cuales no existe ninguna diferencia per­ ceptible, y aunque puedan cambiar sus posiciones relativas, en su mayor parte se mantienen en su lugar, en el sentido de que existen otras muchas cosas respecto a las cuales guardan relaciones espaciales constantes durante períodos de tiempo bastante largos. Un resultado de ello es que se descubre que a menudo el proceso mediante el cual un percepto aparece en diferentes posiciones en campos sucesivos es reversible. Perceptos semejantes a los que aparecieron la primera vez aparecen en las mismas relaciones espaciales que las que mantenían recíprocamente sus predecesores. Desde diferentes ángulos de aproxi-

marión, los miembros de las diversas series aparecen en órdenes dife­ rentes, pero sus cualidades siguen siendo muy similares, y las relacio­ nes espaciales que se descubren en las series siguen siendo constantes. Esto hace que sea natural para el observador adoptar una nueva medi­ da de identidad, según la cual los perceptos correspondientes en estas diferentes series no son meramente similares, sino idénticos. Y no sólo eso, sino el hecho de que esos perceptos sean recuperables, des­ pués de lapsos más largos de tiempo, le lleva a pensar que han persis­ tido durante el intervalo. Y descubrimos entonces que esos perceptos tienen muchas cualidades iguales, que mantienen en su mayor parte las mismas relaciones espaciales recíprocas, y que aparecen casi siem­ pre en el mismo entorno amplio. De esta forma, se concibe que los perceptos que aparecen sucesivamente ante el observador existan si­ multáneamente y ocupen posiciones permanentes en un espacio visual tridimensional indefinidamente extendido.

En este punto puede surgir la objeción de que estamos suponiendo un grado de constancia entre los perceptos de nuestro observador, mayor que el que justifican los hechos de nuestra experiencia. Incluso si suponemos, en términos físicos, que los objetos de su entorno son relativamente estáticos, y que sus cualidades reales no cambian de for­ ma apreciable, todavía le van a parecer diferentes, según que los vea bajo una iluminación diferente, o desde distancias diferentes, o desde ángulos diferentes, o según que varíe su propia condición. Entonces, ¿cómo puede llegar a concebir naturalmente que cualquier concepto singular persista en cada caso?

En gran medida ya me he precavido contra esta objeción mediante el grado de generalidad ,ue he admitido en las designaciones origi­ nales de los qualta. L. <• terización de un quale como, por ejemplo, el patrón de un gato, ... ,.i espacio para diferencias apreciables entre las presentaciones que responden a dicho patrón; ciertamente, en al­ gunos casos, estas diferencias serán mayores de lo necesario para atribuir la identidad a los perceptos que sirven para manifestarlos. Entonces hará falta una designación más específica. Esto permitirá todavía alguna variación en los perceptos a los que se aplica, pero no tan grande como para destruir la constancia del patrón. Puede decirse que el percepto concebido como persistente está normalizado en el sentido de que constituye un modelo que los perceptos reales emulan con más o menos éxito. A partir de ahora hablaré de estos perceptos normalizados como persistencias visuales. No existirá ninguna razón por la cual una persistencia visual no haya de ser considerada como sujeta a cambio. Por ejemplo, puede coincidir espacialmente con un

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momento. Hay que señalar que para nuestro observador todos los cambios son objetivos. £1 ya no se encuentra en posición de distinguir entre las variaciones de las apariencias que son debidas a cambios en el objeto y aquellas que se deben a cambios en el entorno o en su re­ lación espacial con el objeto o consigo mismo. Ciertamente, ya no se lo puede proveer de ninguna concepción de sí mismo.

El siguiente paso será el de admitir la posibilidad de movimiento. Para ello, tenemos que pensar que el observador abstrae a partir de las otras cualidades de perceptos, y considera sólo su extensión. En­ tonces, puesto que la extensión de un percepto es equivalente al total del espacio que ocupa, le resulta posible pensar en un lugar separán­ dolo de aquello que lo ocupa. No sólo la persistencia visual, sino tam­ bién el lugar donde ella está, llega a considerarse como estando per­ manentemente allí. Los constituyentes del mundo del observador todavía tienen que ser predominantemente estáticos, puesto que el lugar tiene que identificarse como el punto de reunión de un cierto número de rutas sensoriales, que por sí mismas son suficientemente constantes como para que sean susceptibles de volver a ser identifica­ das. No obstante, puede admitirse ahora una cierta cantidad de movi­ miento. Si un cierto número de perceptos muy semejantes aparecen sucesivamente en lugares colindantes, entonces pueden ser privados de sus identidades respectivas, y tratados como un percepto singular en movimiento. En el caso en el que, como podríamos decir, sólo se observa el resultado del desplazamiento, y no el proceso real, puede sostenerse o bien que la persistencia visual se ha movido o bien que ha dejado de existir, y que otra distinta, muy parecida a ella, ha co­ menzado a existir en otro lugar. La primera de estas hipótesis se adopta con más facilidad si la persistencia es de un tipo tal que con frecuencia se ha observado que se mueve. En otros casos, el observa­ dor no tiene ninguna razón para decidir el problema por un camino o por otro. El adquirirá estas razones sólo cuando imponga una teoría mucho más rica, en la cual se asignen causas a las cosas que comienzan a existir o que dejan de hacerlo.

Entre las persistencias visuales que el observador va a plantear hay algunas que están construidas sobre un principio distinto del de todas las demás. Los perceptos que entran en su constitución no apa­ recen regularmente en un entorno similar, excepto en la medida en que se ha visto que las persistencias visuales en cuestión mantienen relaciones espaciales recíprocamente constantes. La peculiaridad de esos perceptos consiste, en primer lugar, en su tendencia a ocupar posi­ ciones semejantes en los campos sensoriales en los que figuran, y en segundo lugar, en su capacidad de omnipresencia; los qualia que ellos determinan se encuentran en una proporción inusitadamente elevada

de campos sensoriales. Teniendo esto en cuenta, se han transformado en objetos persistentes. Esas permanencias visuales son, hablando en términos físicos, aquellas partes del cuerpo del observador que él ve normalmente. La adquisición del concepto de este cuerpo como tota­ lidad depende de la fusión de datos visuales con datos táctiles y qui- nestésicos, que se presentan simultáneamente y facilitan la identifica­ ción del espacio táctil con el espacio visual.

Aunque el mismo método general sirve para la construcción del espacio táctil y del espacio visual, existe entre ellos la importante diferencia de que el espacio táctil es normalmente mucho menos ex­ tenso que el campo visual, de forma que si nuestro observador per­ diera el sentido de la vista, necesitaría asociar qualia táctiles con

qualia cinestésicos de movimiento, y quizá también con qualia au­

ditivos, a fin de llegar a la concepción de lugares táctiles como per­ manentemente accesibles. Para que no nos encontremos con este im­ pedimento, podemos considerar que el espacio visual es primario, y considerar entonces qué es lo que puede hacerse para colocar en su sitio los datos de la totalidad. Para ello podemos sacar ventaja del doble aspecto de los perceptos táctiles. Hablando en términos físicos, podemos aprovecharnos del hecho de que son sentidos tanto en el objeto que está siendo tocado como en los dedos que lo están tocando. Según esto, el percepto táctil va a ser localizado en el punto de coin­ cidencia temporal de estas diferentes persistencias visuales. Puesto que los perceptos visuales que pertenecen al cuerpo del observador son un factor relativamente constante, las variaciones de los qualia táctiles se adscriben a las diferencias en los otros perceptos visuales. Por este medio, las persistencias visuales de las que aquéllos son miembros comienzan a dotarse de cualidades táctiles. Una vez que se ha estable­ cido la asociación de las cualidades visuales con las cualidades táctiles en los casos en los que, como se dice, un objeto se toca y se ve, ésta se extiende fácilmente a los casos en los que el objeto es tocado pero no es visto, y también a los casos en los que es visto pero no es tocado. La posibilidad de este último paso depende del hecho de que tanto los qualia táctiles como los visuales, resulten capaces de instalarse de nuevo en la confluencia de las rutas visuales y táctiles relativa­ mente constantes.

La asociación de las cualidades visuales con las cualidades táctiles también permite que el observador redondee el concepto de su cuerpo. Las partes de su cuerpo que él ve sólo en reflejo son pensadas como adyacentes a las partes que le resultan directamente visibles, más bien que localizadas separadamente en el lugar en el que se ve el re­ flejo, y esto sucede por su contigüidad con ellas en el espacio táctil. A causa de esta continuidad, y también a causa de que se observa

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que dicha continuidad se mantiene, cuando el cuerpo se desplaza, se piensa que las diversas partes que todavía pueden representarse como persistencias visuales y táctiles diferentes, también constituyen una única totalidad.

Al hablar de la forma en la que nuestro observador desarrolla el concepto de su propio cuerpo, no quiero decir que extraiga la conse­ cuencia de que ya posee un concepto de él como suyo propio. Todavía no le hemos dado ninguna razón para distinguirse a sí mismo de entre los objetos que él percibe. En esta etapa su cuerpo, en la medida en que se ve afectado, es precisamente una más de entre otras persisten­ cias visuales y táctiles. Si va a asumir una importancia especial para él, es en parte porque es el lugar propio (locus) de datos quinestési- cos, en una forma en la que no lo son las otras persistencias. Se dis­ tingue de los otros por ser lo que Peirce llamó el cuerpo central. No sólo es excepcionalmente omnipresente, en la forma en que ya lo hemos señalado, sino que proporciona, constituyéndolo, el punto de vista a partir del cual el mundo se le aparece.

En esta fase, podemos suponer que el observador comienza a ha­ cer algunas correlaciones causales simples. Incorpora en su imagen del mundo sonidos, gustos y olores, rastreándolos hasta sus fuentes apa­ rentes, tratándose aquí, en parte, de una localización de los lugares de su intensidad máxima, y en parte, de advertir las condiciones vi­ suales y táctiles bajo las cuales aquéllos se producen; y también asocia cambios en la posición o cualidad de una persistencia visual con cam­ bios en la posición o cualidad de otra. De esta forma, el estatuto del cuerpo central se realza todavía más, a causa de la extensión a la cual se asocia con cambios en otras cosas. En particular, llega a ser repre­ sentado como el instrumento mediante el cual se realizan los deseos de cambio del observador.

Habiendo adquirido así alguna noción de la forma en la que el mundo funciona, el observador se ve capacitado, por último, para dar el primer paso hacia una distinción entre sus propias experiencias y las cosas que él percibe. La mayoría de sus perceptos se interpretan objetivamente. Los qualia que ellos determinan y las relaciones que establecen son considerados como cualidades y relaciones de los objetos físicos rudimentarios en los que aquellos qualia tienen un fundamento. Sin embargo, puede haber algunas experiencias que no puedan enca­ jarse en el patrón general. Se trata quizá de alucinaciones visuales o sueños que el observador puede suponer que recoge; o incluso de sus fantasías, si se trata de fantasías suficientemente vividas como para que puedan confundirse con perceptos. Desde este punto de vista, no hay nada impropio en estas experiencias en cuanto tales. Se trata precisamente de que no concurren de forma apreciable con otras dis­

tintas, ni encajan en la imagen general del mundo que él ha desarro­ llado. Por tanto, él distingue las diversas estimaciones subsidiarias de la forma en que las cosas son, a los cuales lo han inducido aquellas experiencias adversas, de lo que podríamos llamar una estimación cen­ tral o principal, que se basa en el curso general de sus experiencias. Este es el punto más distante al que hubiera podido llegar nues­ tro Robinson Crusoe sin un Viernes que lo ayudara. Igual que un objeto de percepción, Viernes es precisamente otra persistencia visual y táctil. Su importancia para Crusoe, y la de los otros observadores, a los que no podemos ahora admitir en escena, es que ellos también producen sonidos, señales o movimientos que Crusoe puede interpre­ tar como signos: comparten esta capacidad con el cuerpo central. Lo que no comparten, en la medida en que nuestro observador original está implicado, es la centralidad de este cuerpo, o de su uso como un instrumento para realizar sus deseos.

Al comunicarse con estos otros observadores, nuestro Crusoe des­ cubre que al parecer ellos están dando una información que coincide muy ampliamente con el desarrollo de su experiencia. En particular, estima que corrobora habitualmente su estimación principal del mun­ do. Sin embargo, descubre también que esta gente cuenta otras historias que no encajan ni en su estimación principal ni en sus esti­ maciones subsidiarias. De esta forma, él adquiere la idea de sí mismo no sólo como un objeto representado por el cuerpo central, que figura en una estimación principal de ese mundo que los otros hacedores de signos aceptan, sino también como un narrador de historias que ellos no corroboran. A partir de esto infiere que los acontecimientos que describen estas historias adicionales son eventos que existen sólo para él y, según esto, que los acontecimientos que tienen lugar en las historias subsidiarias que los otros cuentan son acontecimientos que existen para ellos. De esta forma, el llevar a cabo la distinción público- privado incluye la adquisición de la autoconciencia y la atribución de conciencia a los demás.

En la fase final, se da gran importancia a la distinción entre lo público y lo privado. Lo que sucede es que la teoría que yo he estado llamando la estimación principal del mundo predomina sobre sus orí­ genes. Los conceptos a los que me he estado refiriendo como persis­ tencias visuales y táctiles se han desatado de sus amarras. La posibi­ lidad, que ya se les había concedido, de existir en momentos en los que no son percibidas, llega hasta el punto de que no es necesario para su existencia el que lleguen * ser percibidas, lo mismo que el que tenga que haber observadores que las perciban. Puesto que la teoría requiere también que estos objetos no cambien sus cualidades perceptibles salvo como resultado de una alteración física en sí mis­

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mos, llegan a ser contrastados con las impresiones fluctuantes que observadores diferentes tienen de ellas. De esta forma, los objetos se separan de los perceptos reales de los cuales habían sido abstraídos, e incluso llegan a ser considerados como causalmente responsables de