SABIDURÍA PARA TONTOS
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nadie le gusta que le llamen «tonto». Sin embargo, ¿cómo explicar la cantidad de libros que se venden con tanto éxito, escritos según indican sus títulos «para tontos»? Comenzando con la publicación de DOS para tontos, en noviembre de 1991, la serie tiene hoy más de cien millones de copias impresas sobre temas que abarcan desde el ejercicio físico hasta la nutrición y desde la administración de las finanzas hasta la organización de las vacaciones en Europa.Desde el comienzo el concepto fue sencillo pero potente: relacio- nar la ansiedad y la frustración que siente la gente frente a la tecnología, presentándola de manera divertida en libros que buscan enseñar y entre- tener, mostrando el material difícil como algo fácil, que cualquiera pue- de aprender. Esto, junto al ingrediente de la personalidad y algunas tiras cómicas, dan como resultado un exitoso libro, ¡escrito para tontos!
El libro de Proverbios, en el Antiguo Testamento, hace algo simi- lar (aunque no incluye tiras cómicas). Toma la eterna sabiduría de Dios y la presenta de manera fácil de entender a la gente común, sin entrena- miento teológico. Entonces podríamos llamarle a Proverbios: Sabiduría para tontos.
Los proverbios del Antiguo Testamento se recopilaron y escribieron para ayudarnos a tomar una de las decisiones más básicas y vitales en la vida: elegir entre la sabiduría y la necedad, entre andar con Dios y andar sin él. En el libro de Proverbios se describe, la sabiduría y la necedad
como personas que caminan por las calles de la ciudad pregonando sus mercaderías y dándonos a probar lo que ofrecen (Proverbios 1:10-33).
Salomón, a quien se le atribuye la autoría del libro de Proverbios, nos brinda un excelente punto de partida para desarrollar las cualidades de carácter que son esenciales para el buen liderazgo:
Hijo mío, si haces tuyas mis palabras y atesoras mis manda- mientos; si tu oído inclinas hacia la sabiduría y de corazón te entregas a la inteligencia; si llamas a la inteligencia y pides dis- cernimiento; si la buscas como a la plata, como a un tesoro escondido, entonces comprenderás el temor del SEÑOR y halla- rás el conocimiento de Dios. Porque el SEÑOR da la sabiduría; conocimiento y ciencia brotan de sus labios. Él reserva su ayu- da para la gente íntegra y protege a los de conducta intacha- ble. Él cuida el sendero de los justos y protege el camino de sus fieles. Entonces comprenderás la justicia y el derecho, la equi- dad y todo buen camino; la sabiduría vendrá a tu corazón, y el conocimiento te endulzará la vida. La discreción te cuidará, la inteligencia te protegerá. (Proverbios 2:1-11)
Los líderes cultivan su carácter adquiriendo sabiduría y entendi- miento. Por supuesto, estas cualidades no se consiguen sin pagar un pre- cio. Requieren del tipo de esfuerzo dedicado y paciente, como el que se ejerce en la minería al buscar oro y plata. Los líderes tienen que «buscar» con diligencia la sabiduría enterrada dentro de la Palabra de Dios, como buscarían un tesoro cubierto por capas de tierra y roca. Esto significa que hay que usar las herramientas adecuadas y ejercer la paciencia y la dili- gencia, pasando tiempo sumergidos en este libro transformador de vida. Como escribió Marjorie Thompson: «Sería bueno que pudiéramos solo "poner en práctica la presencia de Dios" en todas las áreas de la vida sin gastar energías en algunos ejercicios en particular. Pero la capacidad de recordar y permanecer en la presencia de Dios solamente se consigue a través del entrenamiento constante».1 No podemos pagarle a alguien para que desarrolle la fuerza de nuestro carácter, como no podemos pagarle a
CARÁCTER
otro para que desarrolle nuestros músculos físicos. Si queremos ser más fuertes, somos nosotros los que tenemos que levantar pesas.
Tampoco podemos esperar que de la noche a la mañana nos vea- mos musculosos. Todo toma tiempo y esfuerzo. Douglas J. Rumford dice: «El carácter es como el ejercicio físico, o como cualquier proceso de aprendizaje. Uno no puede "atiborrarse" para lograr un progreso en días en lugar de pasar por el período de meses o años de práctica constante».2 Por eso el escritor de Proverbios usa palabras que convocan al lector a la acción enérgica y apasionada.
A medida que cavamos tenemos que pedirle a Dios que nos brinde comprensión y entendimiento. En última instancia es solo Dios quien puede abrir nuestros ojos para ver la verdad espiritual y luego darnos la capacidad de aplicar esa verdad en nuestra vida (Efesios 1:18). A medi- da que Dios llena nuestra mente con sabiduría, nuestro carácter se desa- rrollará para que poseamos la capacidad de tomar las decisiones correctas siempre, decisiones justas y morales. Como observan Henry Blackaby y Claude King en su libro Mi experiencia con Dios:
Cuando uno cree en Dios demuestra su fe por las cosas que hace. Se requiere cierta acción ... Uno no puede seguir vivien- do como siempre, o quedarse en el mismo lugar y al mismo tiempo caminar con Dios ... Apartarnos de nuestros caminos, ideas y propósitos para vivir según los de Dios siempre requiere de un gran ajuste. Dios puede requerir ajustes en nuestras cir- cunstancias, relaciones, pensamiento, compromisos, acciones y creencias. Una vez que hacemos los ajustes necesarios, podemos seguir a Dios en obediencia. Mantenga en mente esto: que el Dios que nos llama es también aquel que nos dará la capacidad de hacer su voluntad.3
Cuando buscamos poseer la sabiduría de Dios, podremos avanzar expresando sencillamente la visión y los valores de los líderes. Poseeremos el tipo de carácter desde el cual fluyen las visiones y valores elevados, el tipo de carácter que no se deja llevar por la opinión pública o por el mie- do sino que busca la verdadera grandeza y sabe quién es la verdadera
audiencia. Nuestro carácter será cristiano de verdad, y otras personas se deleitarán al seguirnos.
¡Dios,
UN CARÁCTER DE VERDAD!P
iense en las personas que conoce y admira. ¿Conoce padres y madres sabios que demuestran tener un criterio sano para conducir sus vidas y criar a sus hijos? ¿Conoce abuelos o abuelas que saben cuándo alentar, cuándo reprender, cuándo ser tiernos y cuándo usar la fuerza? ¿Ha teni- do algún maestro o maestra que sabían cuándo dar consejos y cuándo solo escuchar, cuándo instruir y cuándo dejar que las consecuencias de la vida le enseñaran? Ahora intente darle un valor a esa sabiduría. ¿Cuán- to vale?Todos estimamos a las personas que en su carácter exhiben la sabi- duría. Y si admiramos a estas personas de tan alta calidad, ¿cuánto más hemos de valorar la perfección del Dios vivo, de quien se deriva la sabi- duría, la paciencia y el discernimiento?
Cuando Moisés le pidió a Dios que le revelara su gloria, el Señor dijo: «Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti» (Éxodo 33:18-19, RVR 1960). Dios tuvo que escudar a Moisés para protegerlo de su gloria, ocultándole en la grieta de una roca. Al pasar frente a Moisés, Dios acompañó este des- pliegue de grandeza con la proclamación de la perfección de su propio carácter:
Pasando delante de él, proclamó: El SEÑOR, el SEÑOR, Dios cle-
mente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fide- lidad, que mantiene su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; pero que no deja sin castigo al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y la cuarta generación. (Éxodo 34:6-7)
Cuando Dios se reveló como un Dios compasivo y lleno de gracia, lento para la ira, abundante en amor y fidelidad, el cual brinda su amor
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a miles y perdona la maldad, la rebelión y el pecado, dejó bien en claro que su carácter personal es el estándar absoluto mediante el cual se defi- nen todas esas cualidades. Dios no rinde cuentas ante nadie, y no hay estándar más elevado al cual deba conformar su accionar. C o m o dijo en el siglo once el gran pensador Anselmo: «Dios es aquello con respecto a quien no podemos comparar nada que le sea superior».
Anselmo efectuó esta declaración originalmente en un intento por probar la existencia de Dios. Pero c o m o señala Michael W i t m e r :
El verdadero legado del argumento de Anselmo no es su intento de probar la existencia de Dios sino cómo nos enseña a hablar de Dios. Si Dios es «aquello Con respecto a quien no podemos comparar nada que le sea superior», entonces sabemos que hay ciertas cosas que debemos decir de él. Para empezar solamente podemos usar nuestras mejores palabras para describirle. Dios tiene que ser justo, poderoso, amoroso y bueno; todas las cosas que son mejor ser que no ser. Podemos estar en desacuerdo con respecto a qué cosas debieran ir en la lista ... pero todos concor- damos en que la lista debe incluir todas las cualidades de gran- deza que podamos imaginar...
Dios es en lo cualitativo superior a cualquier cosa en su creación. No hay nada que pueda compararse con el ser más grandioso posible. Él pertenece a una clase que le es única, en términos literales de ese adjetivo.4
El carácter de Dios, eterno e intransigente, es el estándar i n m u t a - ble que le da significado al amor, la gracia, la fidelidad y la paciencia. Sin embargo, el increíble llamado del evangelio es para que las criaturas per- didas como nosotros podamos empezar a reflejar el carácter de nuestro Padre celestial en nuestra propia vida. Aquel que es la b o n d a d en su esen- cia, que define la virtud por su propia existencia, promete dar poder a quienes confiemos en él lo suficiente c o m o para vivir según su voluntad.
EL CARÁCTER DE ADENTRO HACIA FUERA
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las personas no les causa impresión alguna la manipulación o las fachadas, sino la autenticidad y el desinterés sincero, despojado de egocentrismo. El carácter no es cuestión de técnicas externas, sino de rea- lidades internas. A Dios le importa más lo que somos en realidad cuando nadie nos está mirando. Douglas Rumford, al hablar de la triste situa- ción de un líder cristiano que perdió su ministerio debido a un escánda- lo sexual, explica que este tipo de cosas sucede siempre que permitimos que se forme un «hueco de carácter» en nuestras vidas. Él:El hueco de carácter es una debilidad que en algún momento se hace visible, cuando las circunstancias o tensiones de la vida se conjugan y llegan a un punto de quiebre. Podemos quizá ocul- tarlo durante un tiempo y hasta sentirnos bastante a salvo. Pero el talento, la personalidad y las circunstancias favorables no son sustitutos de la santidad interior, la persistencia en esta y las convicciones que conforman la integridad de carácter.5
En 2 Pedro 1:5-8 el apóstol enumera las cualidades de vida y del cris- tianismo que Dios quiere para cada uno de sus hijos:
Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio pro- pio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, les harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evita- rán que sean inútiles e improductivos.
Las cualidades de carácter enumeradas en estos versículos son admi- rables, pero también abrumadoras. Podríamos aspirar a alcanzarlas, pero, ¿es realmente posible lograrlo? La respuesta, tanto de las Escrituras como a partir de la experiencia humana es un rotundo: «¡No!» Por nuestras propias fuerzas este tipo de carácter no solo es difícil de formar. Es imposible.
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Si fuera solo cuestión de esfuerzo humano, el intento sería inútil. ¿Qué hemos de hacer, entonces? ¿Tenemos que bajar los brazos y apar- tarnos del texto, sintiendo que exige lo imposible? Eso sería tonto. Lo que tenemos que hacer es prestarle atención al contexto en el que Pedro escribió esas palabras.
Las frases que preceden a este pasaje (2 Pedro 1:3-4) nos brindan la clave que precisamos: En Cristo se nos ha permitido acceso al divi- no poder de Dios, y se nos ha otorgado el incomprensible privilegio de participar «en la naturaleza divina» (v. 4). Hay una sola persona que puede vivir la vida cristiana: Jesucristo mismo. Sin él no podemos vivir la vida que se nos llama a vivir (Juan 15:5). Solo cuando mantenemos nuestra conexión con él puede Jesús vivir esta vida a través de nosotros. Como dijo Martín Lutero: «No es la imitación lo que da como resulta- do que seamos hijos de Dios, sino nuestra condición de hijos de Dios lo que hace posible la imitación».6 Es que no solo hemos recibido una nue-
va naturaleza en Cristo (Romanos 6:6-13), sino que también ahora nos habla el Espíritu Santo, cuyo poder dentro de nosotros hace que nos sea posible manifestar estas cualidades del carácter de Cristo.
La verdadera transformación espiritual y de carácter se da desde adentro hacia fuera, y no al revés. Los atributos de la fe, la bondad, el conocimiento, el dominio propio, la perseverancia, la vida cristiana, el amor fraternal y el amor fluyen de la vida de Cristo que ha sido implan- tada dentro de nosotros.
PEDRO: UN CASO DE ESTUDIO SOBRE EL CARÁCTER
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s fácil leer las palabras de inspiración de Pedro y preguntarse: «¿Quién piensa todo esto? ¿De dónde toma alguien estos ideales, esta com- prensión?» Bueno, es que el hombre que escribió esas palabras tan ins- piradoras, el hombre que nos exhorta a alcanzar esa fuerza en nuestro carácter, no siempre vivió según esos ideales.El hombre que se llamó a sí mismo «testigo de los sufrimientos de Cristo» (1 Pedro 5:1) no estaba allí cuando Jesús moría colgado en la cruz. Junto con la mayoría de los demás discípulos, estaba escondido a causa del miedo (Mateo 26:69-75). El hombre que nos llama al «afán de servir» (1 Pedro 5:2), permaneció sentado mientras Jesús les lavaba
los pies a los discípulos, entre los que se contaba él (Juan 13:1-10). El hombre que nos dice: «Para orar bien, manténganse sobrios y con la mente despejada» (1 Pedro 4:7), se durmió mientras Jesús oraba con tal intensidad que su sudor era como gotas de sangre (Lucas 22:39-46). El hombre que nos dice con tal coraje: «Sométanse por causa del Señor a toda autoridad humana» (1 Pedro 2:13), tomó una espada y le cortó la oreja a uno de los oficiales de los sumos sacerdotes y los fariseos (Juan 18:10-11).
No hay en este examen de las contrastantes diferencias entre las pala- bras y las acciones de Pedro ánimo alguno de disminuirlo, sino todo lo contrario. Es para que tengamos esperanzas. Este hombre, Pedro, tan impulsivo e inmaduro, llegó a ser un gran líder de la iglesia. El Pedro de quien leemos en los cuatro Evangelios fue luego el Pedro de quien lee- mos en el libro de los Hechos, el Pedro que escribió dos epístolas. Llevó tiempo y esfuerzo, pero Dios lo transformó. Y el mismo Espíritu Santo que obró esta transformación en la vida de Pedro está obrando de mane- ra activa para transfórmanos a aquellos que hemos puesto nuestra fe en el Hijo, Jesucristo.
Los Evangelios nos dejan cuatro impresiones acerca de Pedro. La pri- mera es que a veces era un personaje impulsivo, casi cómico. Dos veces saltó vestido al agua. Desafió a Jesús, hablaba cuando no era su turno y a veces parecía demostrar más energía y creatividad de la que merecía el momento en cuestión. Aunque es esta energía y creatividad las que sub- yacen a la segunda impresión que deja Pedro.
Pedro era el líder no oficial de los discípulos. Muchas veces fue su vocero. Junto con Santiago y Juan, era uno de los tres discípulos del «cír- culo íntimo» de Jesús. Por cierto, después de la partida de Jesús los discí- pulos buscaron a Pedro para que les diera dirección. El registro de Lucas de los primeros años de la iglesia (el libro de los Hechos), no deja dudas acerca del liderazgo de Pedro.
Esta combinación de cualidades en aparente conflicto existe en muchos líderes jóvenes y puede identificarse como «alta energía mental». Pedro siempre estaba pensando, y siempre pensaba con vistas a la acción. Cuando oía la palabra «pregunta», de inmediato pensaba en «respues- ta». Cuando observaba un «problema», enseguida pensaba en «solución». Cuando encontraba «opciones», pensaba en «decisión». Pero también
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demostró el lado menos afortunado de esa misma característica, porque al oír «silencio» pensaba en «hablar». Cuando encontraba «desacuerdo» pensaba en «desafío». El «error» (al menos en la concepción de Pedro) instaba a la «corrección». Sea cual fuere la situación, al menos lo bueno es que pensaba, y que sus pensamientos le llevaban a la acción de mane- ra ineludible.
En sus años de juventud Pedro no tenía mucho dominio de sí mis- mo y sus respuestas, soluciones, decisiones y discursos a veces parecían fuera de lugar, casi motivo de risa. A veces su conducta se percibía como falta de sensibilidad, carente de consideración y madurez. Pero a diferen- cia de muchos grandes líderes, Pedro sobrevivió a sí mismo. Con la guía de Jesús, la mente fértil y activa de Pedro maduró. A través de todas sus experiencias desarrolló un carácter más conforme a la voluntad de Dios, al carácter de Cristo. Esta madurez guió su proceso de pensamiento por canales más productivos. Recopiló, tomó y conectó datos e información. Afinó su capacidad de razonamiento. Pedro se convirtió en líder porque no temía tomar decisiones. Y su carácter conforme al de Cristo le mos- traba qué decisiones tomar.
Cualquiera que esté sirviendo bajo un líder aquejado por «la paráli- sis del análisis», podrá apreciar la rapidez de Pedro para responder. Quien trabaje en una organización donde se toman «decisiones basadas en la indecisión», entenderá por qué la gente se sentía atraída hacia Pedro. Al seguir la vida de Pedro en los Evangelios y escuchar luego su voz madura resonando en sus dos epístolas, podemos apreciar a este hombre optimista, lleno de energía, inteligente, de profundo carácter, un hombre de acción. De hecho, el Evangelio de Marcos, que muchos creen le fue- ra dictado a este autor por Pedro, es el evangelio que retrata a Jesús como hombre de acción, que ofrece una respuesta ante la urgencia. La palabra griega para inmediatamente aparece cuarenta y dos veces a lo largo de los dieciséis capítulos de Marcos.
Cuando la iglesia avanzaba, cuando tanto los líderes romanos como los judíos se oponían a ella, cuando los cristianos eran martirizados por su fe, alguien tenía que tomar decisiones guiadas por el Espíritu en for- ma rápida. Y solo podemos imaginar los tipos de problemas que han de haber astillado a esta frágil organización cuando la iglesia pasó por encima de sus fronteras culturales para incluir a los judíos que hablaban griego,
luego a los samaritanos, a los gentiles locales, y más tarde a los asiáticos, griegos y romanos. Como Pedro era un líder cuyo ego podía soportar la amenaza del desacuerdo, los retos y hasta una mala decisión, no temía actuar. No era falto de cautela, y tampoco trataba asuntos importantes