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Solo no puedes»

In document Kenneth Boa - El Lider Perfecto (página 160-165)

Don Bennett se sentía en la cima del mundo. Tenía más riqueza de la que podríamos imaginar siquiera. Sus propiedades incluían una casa de campo, un chalet para esquiar y una gran casa de ocho dormitorios sobre la orilla de la Isla Mercer en Seattle. Y luego todo cambió. Un bello día soleado de agosto de 1972, Don iba con sus hijos en una lancha cuando cayó por la borda y la hélice le cortó las piernas. Casi muere desangrado

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pero logró sobrevivir. Hicieron falta 480 puntos para suturar los cortes de su pierna izquierda. Perdió la pierna derecha desde encima de la rodilla.

Y lo peor fue que mientras estaba en el hospital recuperándose de este accidente, su negocio quebró. Don sentía que lo había perdi- do todo, excepto su determinación. Asombró a todos cuando logró vol- ver a esquiar. Y con el tiempo les enseñó a hacerlo a otras personas que también habían perdido una pierna. Inició un nuevo negocio, Video Training Center, y entre sus clientes se contaban empresas como Boeing y Weyerhaeuser. Se le despertó el gusto por andar en kayak y fue enton- ces que empezó a soñar con volver a escalar montañas.

Había escalado el Monte Rainier en 1970 y quería hacerlo nueva- mente. Pero sabía que solo no podría hacerlo. Se entrenó, recorriendo ocho kilómetros al día con ayuda de sus muletas. Con un equipo de cuatro personas más llegó a unos ciento veinte metros de la cima antes de que las condiciones meteorológicas y un fuerte viento les obligaran a bajar. Cuatro meses más tarde volvió a entrenar con el capitán de su equipo. Durante un año se esforzaron, preparándose para volver a la montaña. Escaló durante cinco días dedicando catorce horas cada vez a saltar, arrastrarse y subir como podía, utilizando su pierna izquierda don- de el lugar se lo permitía. El 15 de julio de 1982, Don Bennett tocó la cima de la montaña. Fue el primer amputado en escalar los 4.393 metros del Monte Rainier.

Cuando le preguntaron cuál era la lección más importante que había aprendido de todo esto, su respuesta fue simple: «Solo no se puede». Describió que una vez al cruzar un campo helado su hija le acompaña- ba, y al ver que todo se le hacía tan difícil, la niña dijo: «Tú puedes, papá. Eres el mejor papá del mundo. Tú puedes». Les dijo a quienes le entrevis- taron que no podía dejar de saltar hasta la cima, con las dulces palabras de su hijita resonando en sus oídos y dándole ánimo.1

«Solo no se puede». ¡Tiene mucho sentido! Porque muy pocos logros, si acaso alguno de los que sobresalen entre tantas cosas pueden conse- guirse cuando uno trabaja a solas. Este es un hecho que la mayoría de las personas conoce. Pero lo que no es tan obvio es que no cualquiera podrá ayudarnos. Don Bennnet no reclutó a sus ayudantes buscando en la población de un hogar de ancianos. No. Formó un equipo de perso- nas que querían escalar hasta la cima de ese monte de 4.400 metros, y lo

que es quizá más importante, que podían hacerlo. Quien intenta realizar grandes hazañas tendrá que ser capaz de reclutar a un equipo de perso- nas dispuestas, capaces y valientes.

EL TRABAJO EN E Q U I P O Y LA T R I N I D A D

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os equipos fuertes que funcionan a toda máquina y haciendo uso de

su pleno potencial reflejan semejanzas con la relación que hay den- tro de la divina Trinidad. Las Escrituras registran la obra de la divina Tri- nidad en la creación del cosmos (Génesis 1:1-2; Juan 1:1-3; Colosenses 1:15-17). Por eso, cuando un equipo trabaja en conjunto, concentrán- dose en los demás, reflejará aunque sea de manera imperfecta la creativi- dad y el interés mutuo que provienen de Dios mismo. Gilbert Bilezikian escribió: «Toda comunidad que exista como resultado de la creación de Dios es solo un reflejo de una realidad eterna, intrínseca e inherente al ser de Dios».2

Las tres personas de la Trinidad divina jamás son independientes sino que siempre obran juntas, en común acuerdo. No hace falta leer demasiado en la Biblia para descubrir esta verdad. En el primer versícu- lo (Génesis 1:1) se nos presenta ya a Dios como iniciador y diseñador de toda la creación. El segundo versículo describe al Espíritu de Dios sobre- volando el mundo creado. Observemos que el Espíritu no construye el mundo creado sino que lo sobrevuela, y esto sugiere el rol de protector o supervisor. Y luego el tercer versículo nos presenta la palabra de Dios como ejecutora de la voluntad de Dios, el agente de la creación.3

Esta perfecta y armoniosa interacción, aunque es obvia desde el comienzo de la Biblia, fue especialmente evidente en la forma que Dios diseñó para que fuera posible que las personas que se habían alejado de él pudieran ser transformadas en amados hijos suyos (Efesios 1:3-14). Este pasaje, que en el idioma original de la Biblia es una larga y única oración, exalta la obra de cada uno de los miembros de la Trinidad en el esquema de Dios de la redención, una obra que se corresponde con lo que acaba- mos de ver en los tres primeros versículos de Génesis 1.

Pablo escribió sobre la obra del Padre en el cumplimiento de nues- tra salvación:

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Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo. Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su volun- tad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado. (Efesios 1:3-6)

El Padre nos eligió antes de la creación del mundo y envió a su Hijo para que a través de él pudiéramos ser adoptados y formar parte de su fami- lia. Lo planificó con todo cuidado y dio comienzo a su obra en el momento justo. Dios Padre es el iniciador y diseñador de nuestra salvación.

Luego el apóstol se concentra en la obra del Hijo:

En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia que Dios nos dio en abundancia con toda sabiduría y entendimiento. Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevar- lo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra. En Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria. (vv. 7-12)

El Hijo hace realidad el plan del Padre. En su encarnación se con- vierte en el Dios-hombre, el mediador entre Dios y los seres humanos. Su sacrificio de sangre por nosotros pagó el precio de nuestros pecados para que pudiéramos disfrutar del perdón y aferramos al propósito de Dios para nuestras vidas. Dios Hijo es el agente de nuestra salvación.

En tercer lugar, Pablo describe la obra del Espíritu Santo que sella y garantiza nuestra herencia espiritual:

En él también ustedes, cuando oyeron el mensaje de la ver- dad, el evangelio que les trajo la salvación, y lo creyeron, fue- ron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido. Éste garantiza nuestra herencia hasta que llegue la redención final del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su glo- ria. (vv.13-14)

El Espíritu Santo aplica la justicia de Cristo a todos los que estamos en Cristo. Él nos ha ungido, y nos sostiene en la promesa hasta que vea- mos a Cristo cara a cara. El Espíritu de Dios es el protector de nuestra salvación.

Así, el Padre inició la salvación, el Hijo la cumplió y el Espíritu Santo la hace realidad en nuestras vidas. Al final de cada una de estas tres secciones, aparece la frase «para alabanza de su gloria». Las tres per- sonas de la Trinidad han de ser alabadas por su obra de salvación para nosotros. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen roles distintos pero obran juntos en perfecto acuerdo y armonía.

Mucho se dice sobre cómo construir la unión entre las personas, dada la diversidad que existe. Pero si volvemos a la analogía de la orques- ta, recordaremos que la orquesta necesita afinar los instrumentos antes de cada función o concierto. Quien toca el oboe tocará en tono de con- cierto (en el La que está sobre el Do central [440 Hz]), y luego el primer violinista toca la nota y los demás instrumentos deben afinarse según ese tono. Lo que sigue podrá calificarse como cacofonía en un principio, ya que todos producirán un sonido extraño, el sonido único que solo pue- de producir una orquesta en preparación. Sin embargo, una vez afina- dos todos los instrumentos, tocarán en armonía produciendo sonidos placenteros.

Jesucristo es el instrumento que nos guía. Su encarnación nos ha dado la nota del concierto. Al entregarnos al poder transformador del Espíritu Santo encontramos que nuestros instrumentos suenan cada vez más y más parecidos a la clave que nos brinda Jesús. Como subproduc- to de esta armonía con él, descubrimos que estamos en sintonía con los demás también.

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«LOS VALIENTES DE DAVID»

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l rey David fue líder de uno de los equipos más célebres de todo el Antiguo Testamento. Este grupo era el equipo estrella, con sus gue- rreros inconmovibles y valientes, celebrados por sus esfuerzos y cora- je. Eran hombres dispuestos, preparados y capaces de entrar en batalla y entregar sus vidas por el hombre que conocían como líder elegido por Dios.

Surgen varias cosas cuando pensamos en la forma en que David for- mó su equipo. Primero, David pasaba tiempo junto a su equipo en las batallas. Necesitamos estar con nuestro equipo «en las buenas y en las malas». Se forman vínculos sólidos cuando se comparten experiencias.

En segundo lugar, sabiendo que estaban dispuestos a hacer sacrifi- cios por él, David se aseguró de que supieran que él estaba dispuesto a hacer lo mismo por ellos. Cuando tres de sus valientes hombres arries- garon sus vidas para obtener agua potable para él durante una batalla, David se negó a bebería, demostrando su compromiso y voluntad de compartir los riesgos con ellos (2 Samuel 23:13-17). Tenemos que com- prometernos con nuestro equipo con toda sinceridad.

El tercer punto es que David celebraba la victoria con los miem- bros de su equipo. Una y otra vez David y sus hombres enfrentaron obstáculos que parecían insalvables, y vieron cómo Dios los liberaba. Tenemos que reconocer las victorias y tomarnos el tiempo de celebrar con los miembros de nuestro equipo.

Finalmente, David honraba a sus amigos. Estos hombres eran cono- cidos en esas tierras como «los valientes de David», una frase que servía como estandarte y los señalaba como extraordinarios (2 Samuel 23:8-17; 1 Crónicas 11:10-11). No eran hombres valientes cualesquiera. Eran los hombres valientes de David. Tenemos que formar el sentido de identi- dad de nuestro equipo para poder mantenernos firmes cuando lleguen los momentos de mayor presión.

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