PARTE DlSPOSITIVA
CARIDAD Y VIDA COMÚN
Parte doctrinal
23. Los Misioneros claretianos, respondiendo a las exigencias de nuestra vocación y movidos de la caridad que, por mediación del Espíritu Santo, derrama el Padre en nuestros corazones (cf. Rom 5, 5), hemos de vivir cada día más por Cristo, por la salvación de los hombres, a semejanza del Salvador que “nos amó y se entrego a Sí mismo por nosotros” (Ef 5, 2). “Andad siempre en el amor” nos dice allí mismo el Apóstol; porque sólo viviendo la vida de Cristo e imitando su caridad, respondemos al mandamiento suyo por antonomasia: “amaos los unos a los otros, como Yo os he amado” (Jn 15, 12).
24. Como en la Iglesia naciente cuando “perseveraban todos unánimes en la oración con María la Madre de Jesús” (Act 1, 14) fue nota relevante la caridad, porque todos los llamados tenían “un solo corazón y una sola alma” (Act 4, 32), así entre los que nos sabemos unidos por el lazo común de la filiación cordimariana, ha de reinar una caridad afectiva y efectiva sin eclipses, porque son mayores las exigencias de delicadezas, de mansedumbre y servicio mutuo, reclamadas por nuestro mismo título. En la caridad conocerán todos que somos discípulos de Cristo (Jo. 13, 35) y verdaderos Hijos del Corazón de María; y por la caridad responderemos plenamente a nuestra vocación, porque quien ama al prójimo, cumple toda la ley (Rom 13, 8 y 10).
Pero el Misionero no sabe de barreras y límites en el amor: ama a sus hermanos de comunidad y ama a toda la Congregación en sus diversas Provincias, en sus misiones, en sus empresas. Más aún, con sentido verdaderamente eclesial y ecuménico, nuestra caridad es siempre abierta y da testimonio de la vida de perfección, gracias al trato amistoso y a la cooperación franca con otros Institutos, con las Iglesias locales en general y, especialmente, con la Jerarquía de la Iglesia.
Y ni la universalidad de la Iglesia pone límites a nuestra caridad, que se extiende a todos los hombres, a todos quiere el mayor bien, comenzando por la propia familia con la cual el religioso conserva el trato, las relaciones y el cariño imperados por la virtud de la piedad.
25. Impulsado por el amor al Padre cumplió Jesucristo su misión inmolándose a Sí mismo en sacrificio (Jo 14, 13) y el Misionero sólo es fiel a su vocación cuando siente toda la fuerza del “caritas Christi urget nos” que movía a nuestro Padre.
La caridad le empuja a procurar la divina gloria, le enardece en ansias de salvar a todos los hombres por todos los medios; le capacita y da unción a sus palabras (Aut. 439-441) y le hace incansable en el trabajo. La caridad hace de la vida religiosa en común un signo de la venida del Señor (cf. PC 15). Por la caridad que es vínculo de perfección (Col 3, 14) damos testimonio de haber pasado de la muerte (o vida natural) a la vida verdadera de la gracia de Cristo (I Jo 3, 14). Que es el mejor modo de imitar la vida intratrinitaria a semejanza de la cual hemos sido hechos, realizando la unidad que deseaba Jesucristo: “Como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, que todos ellos sean una cosa con nosotros para que crea el mundo que Tú me enviaste” (Jo 17, 21). Por muchos títulos, la caridad y unión entre nosotros será medio eficaz de apostolado.
26. Los que hemos creído y experimentado el amor que Dios nos tiene (I Jo 4, 16) sabemos que nos amó hasta enviarnos a su Hijo que sería expiación por nuestros pecados; y eso nos obliga a amarnos mutuamente, porque sólo así permanece Dios en nosotros, y es perfecto nuestro amor a Él (I Jo 4, 10-12).
Tal es el espíritu que se nos ha dado, el cual es del todo sobre- natural y tiende a superar cuanto en nuestra decaída naturaleza puede ser contrario a la perfecta caridad. Y yendo aún más adelante, ha de transformar todo nuestro ser e informar toda nuestra actividad humana: nuestra voluntad y nuestra parte afectiva.
Pero hay más todavía: la caridad con que amamos a nuestros hermanos, que es virtud teologal, porque amamos a Dios en el
prójimo o al prójimo por Dios, nos hace descubrir cuanto de ser y perfección les ha comunicado el mismo Dios, aun en el orden natural. Por eso, un entendimiento reflexivo y un ánimo sensible que nos hagan reconocer y apreciar mutuamente los valores personales, serán buen fundamento que disponga el más fácil ejercicio de la caridad y amistad cristiana.
27. El Concilio ha ponderado los bienes de la vida común que se incrementa con las enseñanzas del Evangelio y la participación de la Liturgia, sobre todo de la divina Eucaristía (cf. PC 15). Nuestros Misioneros cultivarán la vida de comunidad y la harán más entrañable con el olvido de sí mismos y con el servicio mutuo por amor de Jesucristo, hasta realizar una “verdadera familia reunida en Cristo, que sienta gozosamente la presencia del Señor” (PC 15). Así responderán no sólo a la voluntad del que les previno con un amor al cual deben responder, sino también al mandato de ofrecer al mundo un testimonio de Dios, porque “donde dos o tres estén congregados en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos”, decía el Señor (Mt 18, 20).
Corresponde a la Iglesia regular con sabias leyes la práctica de los consejos evangélicos (cf. LG 45). Y esas leyes o estatutos, diversos según los varios Institutos, a los que debe atenerse cada religioso, son como fundamento y norma de la vida común, la cual implica comunidad de fines e ideales de conformidad con el propio carisma, comunidad de ciertas observancias que aseguran el orden en un estado de vida, comunidad de bienes y mutua ayuda, y hasta cierta comunidad de rasgos en la conducta derivados de la vivencia de una misma espiritualidad o de la imitación de un modelo común que es el Santo Fundador, etc., etc. Para nosotros el “distintivo principal y primario del Misionero, el que siempre y en todas partes debe caracterizarle y el que debe constituir su fin y el objeto de todos sus actos es la caridad” (Espíritu de la Congregación, I, a. IX, 1).