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LOS VOTOS RELIGIOSOS EN GENERAL

In document XVII CAPÍTULO GENERAL (página 127-131)

Parte dispositiva

LOS VOTOS RELIGIOSOS EN GENERAL

Parte doctrinal

37. La Profesión religiosa de los Consejos evangélicos es la consumación de la consagración bautismal. La consagración del bautismo nos ha convertido, por la regeneración y unción del Espíritu Santo, en casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcamos sacrificios espirituales y anunciemos el poder e Aquel que nos llamó de las tinieblas a su admirable luz” (I Petr 2, 4-10). Por ello, todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios, nos

ofrecemos a nosotros mismos como hostia viva, santa, grata a Dios (Rom 12, 1) y damos testimonio por doquier de Cristo, y a quienes lo pidan damos también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en nosotros (I Petr 3, 15; cf. LG 10).

La consagración bautismal nos introduce, por el carácter sacerdotal del bautismo, en el Sacrificio Pascual de Cristo, para que, al celebrar la Eucaristía, en la que este Sacrificio se actualiza, podamos hacerlo nuestro y podamos ofrecernos juntamente con Él al Padre como Hostias vivas.

38. La Consagración bautismal es llevada a la plenitud por la Profesión religiosa, ya que nos asocia al Sacrificio Pascual de Cristo precisamente desde su consumación celeste, a la que tiende nuestra asociación a Cristo en el Ministerio de su Muerte y Resurrección. Y si el bautismo nos hace morir con Cristo y con Él resucitar, para ser un día con Él glorificados, por la profesión de los consejos el Poder de Cristo, la infinita potencia de su Espíritu hace que miles de hombres y mujeres sean capaces de vivir en la tierra desde la realidad futura de la vida consumada, para ofrecer a todos los hombres, como un signo manifiesto y como anuncio y testimonio, aquella vida futura a la que tiende todo el Sacrificio Pascual de Cristo (cf. PC 5).

39. La esencia de la vida consagrada por la Profesión es ser Signo vivido en la Iglesia y para toda la Iglesia, y aun para toda la humanidad de la vida de allá (cf. LG 44). Es, por tanto, una presencia del poder del Cristo “Kyrios” y de la infinita potencia de su Espíritu, que tomando al religioso le impulsa a una donación tan amplia como el amor de Cristo y el fuego del Espíritu. Lo que de renuncia haya en la Profesión religiosa es sólo efecto de un inmenso alargamiento del amor humano cuando es elevado al plano del amor de Cristo unido con vínculo indisoluble a su Iglesia. Es un signo ofrecido al mundo de que los bienes celestiales no son algo únicamente futuro, sino que están ya presentes en parte en este mundo (cf. LG 44).

La profesión religiosa no es renunciar al amor, sino elevación al amor pleno con que Cristo ama a su Iglesia, para ser incluso ofrecido como signo al amor cristiano del matrimonio, para que logre elevarse

hasta el plano sacramental que lo convierta en signo de la unión de Cristo y de su Iglesia (cf. LG 44; PC 12).

La pobreza religiosa más que renuncia a los bienes terrenos, es la vida desde los bienes celestiales, adquiridos para nosotros por Cristo y que serán un día los verdaderos bienes para todos (cf. LG 44).

La obediencia no es una merma de la propia personalidad, sino el logro de la verdadera libertad, alcanzada por Cristo, quien se hizo obediente hasta la muerte de cruz, por lo cual Dios le ensalzó hasta la gloria consumada (cf. LG 3) y si la Congregación brota del amor pleno de Cristo, nos lleva a una donación total del amor en Cristo.

40. La consagración plena de la vida religiosa, como consumación de la consagración bautismal, se realiza asimismo en la Iglesia, no sólo porque la vida religiosa brota de su misma vida y santidad (cf. LG 44), sino porque, siendo la Iglesia sacramento universal de salvación (LG 1, 9, 48; SC 5; GS 45), ella asocia en la Liturgia la vida religiosa al sacrificio de Cristo en la Eucaristía; por lo cual la vida religiosa queda convertida en signo verdadero para el mundo de la vida celeste, encanada en hombres y mujeres que viven en la tierra la vida anticipada del cielo, como testimonio para todos los hombres: para quienes ya están en la Iglesia, o para quienes todavía no han entrado en ella, pero son solicitados a entrar, “al darles los religiosos razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos” (LG 1O, 45). La consagración nos obliga a seguir a Cristo según el Evangelio. Este seguimiento es la norma última y la regla suprema de la vida religiosa (cf. PC 2).

41. De aquí el carácter totalmente eclesial de la profesión religiosa asociada incluso en su celebración litúrgica a la Eucaristía, como sacrificio de Cristo y como sacramento de la unidad de la Iglesia.

42. La profesión exige en el profesando aquella madurez psicológica y espiritual de quien es capaz de poseerse para poderse

dar. En efecto, la profesión es una donación libre de la persona y de la vida con toda la riqueza de sus aspiraciones más profundas: amor, posesión, libertad, sociabilidad.

La profesión, como respuesta al amor eterno y testimonio del mismo en el mundo, es una donación para siempre; pero como no poseemos más que el momento presente damos el futuro en promesa irrevocable. De ahí se sigue la obligación de guardar la palabra dada. De esta donación nuestra persona no sale empobrecida, sino enriquecida y además consagrada, porque se ha unido más íntimamente a Dios.

43. Los votos en nuestro carisma. En nuestra Congregación los primeros misioneros se entregaron al seguimiento apostólico de Cristo de una manera tan integral como sencilla. Bajo la acción del Espíritu que había inspirado esta donación, fue ella explicitándose, primero en una consagración “al servicio especial de Dios y del Inmaculado Corazón de María” con un juramento de permanencia y la promesa de vivir los consejos evangélicos; luego, esta promesa fue elevada por la Iglesia a estado canónico consagrado a Dios (cf. LG 45) y la misma Iglesia incorporó a su Misión el “servicio especial” apostólico del Instituto.

44. Los votos frente a la mentalidad moderna.

Una revitalización de la primacía de la caridad no debe llevar a la depreciación de los votos religiosos. El Concilio nos ha recordado que los consejos evangélicos nos libran de los impedimentos de la perfección del amor. Los votos religiosos son la expresión máxima de la caridad (cf. LG 42).

El acto de amor que funda los votos tiene que ser espontáneo, libre de coacción; pero en la noción del amor perfecto entra necesariamente el elemento de la perfecta donación, la cual es total y para siempre.

La sinceridad con este compromiso nos obliga a ser fieles, aun cuando el primer impulso hubiera perdido su fervor. Además la profesión representa el vínculo indisoluble que une Cristo a su Iglesia y ha de ser un testimonio frente al contingentismo y falta de seguridad

del hombre moderno.

El hombre, que es un ser temporal, no está, sin embargo, completamente medido por la temporalidad. Por el contrario, está proyectado hacia la eternidad. Más aún, Cristo nos ha incorporado ya a la vida eterna; por esto podemos comprometernos para siempre.

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