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EL VOTO DE OBEDIENCIA

In document XVII CAPÍTULO GENERAL (página 141-146)

Pera el Directorio

EL VOTO DE OBEDIENCIA

PARTE DOCTRINAL

Cf. “Declaración del XVII Capítulo General sobre el pa- trimonio espiritual de la Congregación”, núms. 88-97.

PARTE DISPOSITIVA

65. Conforme al Motu Proprio “Ecclesiae Sanctae” 12, a, las Constituciones han de contener los “principios evangélicos y teológicos acerca de la vida religiosa y de su unión con la Iglesia y convenientes y precisas expresiones por las cuales se conozca y se conserve con fidelidad el espíritu y los ideales del Fundador...”.

Además, entre los cometidos confiados a la Comisión precapitular preparatoria al Capítulo General, estaba “...in 2.ª parte Constitutionum, ubi agitur de obligationibus vitae religiosae textum claretianum Constitutionum, formulis conciliaribus apte locupleture sataget” (Ordo servandus, XIV).

Según esto, proponemos a continuación algunos elementos que sería conveniente se introdujeran en nuestras Constituciones relativos al voto de obediencia, como anteriormente se ha hecho con los votos de castidad y pobreza.

Cambios en las Constituciones

66. a) Nuestra obediencia es consagrada. Que en las Constituciones aparezca este aspecto esencial.

b) El motivo de la obediencia debe ser ampliado de modo que incluya el testimonio y el servicio de la Iglesia y su apostolado, además del teologal y cristológico que ya están expresados.

c) Debería haber en nuestras Constituciones una indicación sobre el uso de la autoridad en espíritu de servicio. Podría ser el capítulo “De superioribus localibus”.

d) Indicar que se espera de los miembros de la Congregación una obediencia activa y responsable y no solamente una total sumisión de juicio y voluntad.

e) La fórmula “et si contra eorum iussa...” (II, 20) debería ser ampliada con elementos más positivos que indiquen colaboración con los Superiores, en las iniciativas de éstos, en virtud del mismo espíritu de obediencia.

Para el Directorio

67. La obediencia es una de las formas necesarias en el campo de las relaciones humanas. Efectivamente, encontramos que en esas mismas relaciones humanas se da la obediencia con diversas características y a diversos niveles. La necesidad de la obediencia se funda en que la autoridad es la fuente y causa de la unión orgánica de cada grupo y el principio dinámico por el que todos los miembros del grupo buscan y llevan a cabo unidos sus propios fines.

La obediencia religiosa goza de la unión que la autoridad aporta en cuanto a determinar y revalorizar la consecución de los fines temporales y apostólicos de la comunidad.

68. La obediencia religiosa esencialmente consiste en unirse totalmente con la voluntad de Dios. Para que se vea realmente la voluntad de Dios en las cosas que afectan al religioso, es responsabilidad de los Superiores no expresar determinaciones sin haber antes escuchado atentamente el parecer de los individuos interesados. Así los dos pueden tratar de encontrar la voluntad de Dios en un asunto determinado, aunque, al final, es el Superior a quien toca la decisión bajo su responsabilidad, sobre cuál deba considerarse voluntad de Dios.

69. La obediencia “es y debe seguir siendo lo que se llama el holocausto de la propia voluntad ofrecida a Dios. Este sacrificio de sí mismos consiste en que se obedezca con sumisión a los legítimos Superiores, si bien la autoridad debe ejercerse dentro de los límites de la caridad y con respeto a la persona humana, y aunque nuestros

tiempos estén llamando a los religiosos a desempeñar tareas más graves y a tomar iniciativas con mayor entusiasmo y agilidad” (Pablo VI, Aloc. 23-V-64).

“Los religiosos, movidos por el Espíritu Santo, se sujetan con fe a los Superiores, que representan a Dios, y por ellos son llevados al servicio de todos en Jesucristo, como el mismo Cristo, por su misión al Padre sirvió a sus hermanos y dio la vida por la redención de muchos” (cf. Mt 20, 28; Jo 10, 14-18; PC 14).

70. Que los Padres, Estudiantes y Hermanos desempeñen sus propios cargos con verdadera responsabilidad. Fomenten los Superiores este espíritu de responsabilidad, principalmente por medio de delegaciones oportunas para el mejor desempeño de los cargos.

71. Si un individuo está convencido de que una decisión del Superior no está de acuerdo con el bien general de la Iglesia, del apostolado, de la comunidad, o de su propio bien espiritual, tiene la responsabilidad personal de exponer a su Superior, con toda humildad y caridad, las razones que le asisten para pensar así. Todo esto dentro del espíritu de la Constitución (II, 20).

CAPÍTULO VII

LA MORTlFlCAClÓN

Parte doctrinal

72. Anunciadores del Misterio de Cristo, sólo será eficaz nuestro testimonio en la medida en que hayamos hecho realidad dicho Misterio en su doblé acción alternante: muerte en Cristo, por la que se pasa a la vida; nuevo morir cada día en Cristo para ir pasando más intensamente a la vida nueva. “Si el grano de trigo no muere, no dará fruto” (Jo. 12, 24, 25).

introduzca en todos los reductos donde se aloja el pecado. Y es la mortificación la que prolonga esa muerte en Cristo, hasta desalojar de nuestros sentidos y potencias cuanto de pecado se esconde en ellas. Cada día morimos, supliendo en nosotros por la mortificación lo que falta a la pasión de Cristo en nosotros, llevando en nosotros la mortificación de Jesucristo (2 Cor. 4, 10-12).

Así nos disponemos para ser de verdad testimonio del Misterio pascual de Cristo ante el mundo.

73. Dentro de una espiritualidad típicamente apostólica como es la espiritualidad claretiana, una enseñanza ascética tan fuerte como la contenida en los capítulos “De sensuum custodia”, “De modestia”, y “De mortificatione interiori”, necesita ser encuadrada desde una teología del apostolado en la que, junto con el concepto de consagración que es siempre de primerísimo orden, juegue también el concepto de testimonio. Este concepto, que de modo muy real está presidiendo estos capítulos de las Ss. Constituciones, debe ser la fuerza que mantenga el valor sustancial de los mismos.

74. La personalidad y la vida de San Antonio María Claret se organiza en torno a su vocación primordialmente apostólica. Precisamente el lugar y relieve que concede a esta materia de la guarda de los sentidos, modestia, etcétera, se explica en su vida y en su doctrina desde este punto de vista. En el capítulo XXIII segunda parte de la Autobiografía habla de “las virtudes que conocí había de tener para hacer fruto”. Por otra parte, “el misionero es el espectáculo de Dios, de los ángeles y de los hombres, y por lo mismo debe ser muy circunspecto y remirado en todas sus palabras obras y maneras” (núm. 384). Esto implica una 142 profunda transformación interna: “conocí que no podía ser modesto sin la virtud de la mortificación” (núm. 390). Y esta misma mortificación es apreciada por el santo en su sentido misionero (cf. núm. 392).

75. Esta parte de las Constituciones debe ser estudiada desde la teología del testimonio, ya que, por ser nuestro Instituto religioso apostólico, el santo Fundador tiene muy en cuenta el valor

testimoniante de la vida del misionero en orden a la edificación del Pueblo de Dios.

Toda la teología del testimonio se funda en Cristo, que vino a dar testimonio del Padre, según se repite insistentemente en el Evangelio de San Juan. Cristo, con sus palabras, con sus obras, con su vida entera y con su muerte y resurrección ha confirmado con testimonio divino toda la revelación (cf. DV. 4).

La Iglesia, continuadora de Cristo, se ofrece al mundo como sacramento universal de salvación (LG. 1, 48; GS. 45), no sólo por la predicación del Evangelio y por los sacramentos, sino también por la vida de sus miembros, hechos signo y sacramento de salud para todos los hombres (cf. LG. 31, 35 41, 42).

76. El valor testimoniante que lleva consigo toda la vida cristiana tiene unas características peculiares al tratarse de la vida religiosa. También ella, y de manera muy especial es signo y testimonio inestimable de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas (cf. LG. 31). La vida de los consejos evangélicos es un signo de Cristo en su Iglesia para mover a todos a una más intensa vida cristiana. Es también signo de fe y de esperanza ofrecido al mundo como prueba de que los bienes eternos ya tienen realidad aquí mismo.

Sobre todo pone constantemente ante los hombres el género de vida que el Hijo de Dios tomó al venir a este mundo, y que propuso a los discípulos que quisieran seguirle (cf. LG. 44).

77. El valor testimoniante de la vida religiosa es un elemento fundamental de toda evangelización. Y debe serlo en nuestro Instituto por exigencias muy particulares de nuestro Fundador, que quería que todo nuestro porte externo, ordenado por la modestia, nuestra mortificación interna y externa, configurándonos con Cristo en su sacrificio, se proyectaran sobre nuestro ministerio, para hacer más eficaz nuestro apostolado.

78. Pero debe tenerse en cuenta que el carácter de signo de nuestra vida religiosa, es en la Iglesia un signo salvador para el

mundo. Signo inteligible para el mundo. Incluso cuando el mundo no quiera entenderlo, todavía será signo para él y contra él, que será juzgado por no haber querido aceptar las señales de Dios.

La vida claretiana, ofrecida al mundo según el carisma del Fundador, tiene un valor permanente de testimonio. Pero debe adoptar aquellas formas de presentarse ante el mundo como signo de Cristo, que respondan mejor al modelo del Fundador y hagan hoy más convincente nuestro apostolado.

Y si la Iglesia nos invita a adoptar nuevas formas de pobreza, habrá que adaptar también aquellos modos de mortificación y guarda de sentidos que hubiera adoptado el Fundador, cuidadoso de ser fiel testigo de Cristo. Y desechar aquellos, si los hubiere, que ya no tengan valor eficaz.

79. Nuestra mortificación interior y exterior, nuestra modestia, no lograrán ser de verdad testimonio para el mundo si se reducen a actos más o menos aislados. El testimonio viene dado por el conjunto de una vida. En este conjunto, incluso la mortificación interior se hace manifiesta por manera secreta, pero indiscutible, animando y dando sentido convincente a la mortificación exterior e iluminando de espíritu nuestra modestia.

A esta unidad de vida mortificada tiende la letra y el espíritu de estos capítulos de las santas Constituciones. Y esta debe ser la preocupación primera de todo claretiano, convencido de que sólo será signo verdaderamente apostólico para el mundo con su mortificación, si ésta envuelve toda su vida.

PARTE DISPOSITIVA

A) Mortificación de los sentidos y modestia

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