toria XX I, 1972, págs 129-144; Ph G authier: “Les tyrans dans
53 Cfr I Vartsos: Op cit., págs 583 y sigs.
34 Cfr. F. Prontera: “P er l ’interpretazione di Herodoto VI, 40”, PP XX VII, 1972, págs. 111-123.
te también para sus acompañantes. De esta manera, Si- geion y el Quersoneso constituyen dos ejemplos de la ex pansion ateniense durante el siglo v i; a pesar de todo, el estado de dependencia de ambas colonias no se expresaba a través de formas jurídicas precisas: el control ateniense es tuvo basado en el poder de Atenas, el de los· tiranos en un principio y el del d e m o s después.
Contamos, además, con el caso de Amfípolis; de ma nera contraria a lo que se ha venido afirmando por una parte de la historiografía contemporánea, Graham no pien sa que los colonos de Amfípolis, que no eran, por otra parte de origen ateniense en su totalidad, habían conserva do su ciudadanía ateniense.
La presencia en el centro colonial de Amfípolis, en el transcurso de la guerra del Peloponeso, de un estratega ateniense no lleva implícita la presencia permanente de un gobernador llegado a la metrópoli5S; realmente dicho es tratega, de nombre Euclés, era uno de los dos estrategas a quienes había sido encargada Ja defensa de la región tra cia y cuyo Cuartel general se encontraba instalado en Am fípolis. El establecimiento colonial contaba, por otro lado, con obligaciones financieras con respecto a su metrópoli, tal y como podemos deducir de Tucídides 56. Esta situación no implicaba necesariamente, según piensa F. H am pl37, que el territorio de Amfípolis perteneciera a los atenien ses; en realidad, si el territorio amfipolítano había sido ateniense, habría que admitir entonces que los colonos no atenienses habían recibido en bloque el derecho de enktesis, es decir el derecho a tener posesiones (bienes raíces) en suelo ateniense 58.
2. Las cleruq uias
Por lo que respecta a las cleruquias propiamente dichas, el historiador Graham hace sobresalir el hecho de que su status era bien conocido, en especial a lo largo del si glo IV a. n. e.; está fuera de toda duda que en estos momen tos se trató de establecimientos de ciudadanos atenienses que vivían fuera de la región del Atica: de ahí que existan fórmulas como las de «los atenienses que viven en M yrina»
5-‘ Cfr. D. A sheri: “Studio sulla storia della colonizzazione di Anfipoli sino alia conquista m acedone”, RFIC XC, 1967, p á ginas 5 y sigs.
íí VI, 102, 2.
-7 “Poleis ohne T erritoriu m ”, K lio X X X II, 1939, págs. 2-5. “ Cfr. D. A sheri: “Supplem enti coloniari e condizione giu- ridica della terra nel mondo greco”, R SA I, 1971, págs. 77-91.
o «el d e m o s ateniense en Imbros» 59. Sin embargo, ¿puede extenderse esta misma situación a los períodos preceden tes? La cleruquía ateniense más antigua fue instalada en el año 506 sobre las tierras confiscadas a los Hipobotas de Cal cis en Eubea, que formaban la aristocracia de la ciudad: «Habiéndose dispersado sin gloria alguna el ejército que había tomado parte en esta expedición, los atenienses, ansio sos de venganza, marcharon en primer lugar contra los cal- cidios; los beocios se entregaron a la ayuda de éstos sobre el Euripo. Cuando los atenienses contemplaron este refuer zo decidieron atacar a los beocios antes que a los calcidios; llegaron a entablar combate con ellos y capturaron vivos a 700. Aquel mismo día pasaron a Eubea, entablaron igual mente combate con los calcidios, los derrotaron una vez, y dejaron 4.000 clerucos en las tierras de los Hipobotas, nom bre que recibían los grandes propietarios de Calcis» 60.
La pervivenda de dicha cleruquía parece clara durante algunos años, pero, como señala M. Manfredini 61, la existen cia en el año 446 de una cleruquía ateniense en Calcis se funda en la sola autoridad de Plutarco (Vida d e P e r icles 23); esta noticia es, sin embargo, fruto de un error que Plutarco cometió al mezclar sus fuentes de información. Por otra par te, el pasaje de Elio (Var. hist. VI, 1) no confirma a Plu tarco, puesto que se refiere a Herodoto (V, 77), al año 506 antes de nuestra era. Igualmente para dicho investigador ita liano el término Ιττ-οβαται del texto de Herodoto es de bido a un error del copista, sin haber designado nunca dicha palabra a los aristócratas de Calcis.
Resulta indudable que los clerucos de Calcis en Eubea aparecen como ciudadanos atenienses, pero, según resalta Ph. G authier62, no se trató más que de una instalación tem poral, que no parece haber subsistido con posterioridad a la batalla de Maratón. Además, por lo que respecta a los restantes establecimientos atenienses a los que se considera tradicionalmente como cleruquías, con excepción, quizá, de la cleruquía establecida en Lesbos en el año 427, la docu mentación antigua utiliza indistintamente los términos apoi- kiai o cleruquías, lo que implica una gran incertidumbre en cuanto a su carácter jurídico real.
=“ Cfr. Ph. G authier: “À propos des clérouquies athéniennes du V “ siècle”, Problèm es de la terre en Grèce ancienne, Pa ris, 1973, págs. 163-178.
nl Hdt. V, 77.
rl "La cleruchia ateniese in Calcide. Un problem a storico e una questione di critica testuale (Hdt. V. 77)”, SCO XVII, 1968, páginas 199-212.
H Les clérouques de Lesbos et la colonisation athénienne au V^' siècle”. REG L X X IX , 1966. págs. 64-88.
Por otro lado, el mismo Graham 63 se detiene de manera particular en el análisis del ejemplo de Lemnos y en el caso del va citado Antidoto, que fue el único griego de los sometidos a los persas, que se pasó del lado de los ate nienses, recibiendo como recompensa una porción de tierra en Salamina; dicha recompensa no implicaba que Antidoro hubiera seguido siendo ateniense, sino que lo llegaría a ser de hecho en este momento únicamente, ya que Herodoto, al referirse a él, lo califica como lemnio. Por otra parte, el hecho de que Lemnos pague tributo a la liga de Délos nos lleva a pensar que no constituía en esta época una cleru quía. Por último, en lo referente a la presencia de las tribus clistenianas en la isla, este hecho no puede ser empleado como un argumento a favor del mantenimiento de la ciu dadanía ateniense de los colonos; era normal, además, que la división tribal de la metrópoli se transmitiera a la colo nia, tanto más cuanto que el establecimiento de los atenien ses en Lemnos siguió muy de cerca a la reforma llevada a cabo por Clístcnes en Atenas (año 508 a. n e.).
En el caso de Skyros nos hallamos ante la más completa oscuridad; debido a ello no podemos llegar a conclusiones definitivas acerca de cuál era su sta tus en un principio. De hecho hemos de hacer frente, una vez más, a las impreci siones que presenta el vocabulario jurídico griego: en reali dad, las cqlonias no eran necesariamente ciudades completa mente independientes de su metrópoli, sin pasar, por consi guiente, a formar parte del territorio de éstas 64; por lo que respecta a las cleruquías no eran, quizá, aún lo que llegarán a ser a lo largo del siglo iv, es decir, prolongaciones de la ciudad. Sobre este punto el trabajo de Ph. Gauthier 65 aporta nuevas precisiones que, más aún que las observaciones de Graham, constituyen una crítica implícita de la tesis defen dida por W ill. Para Gauthier, apoyándonos en el ejemplo de los clerucos de Lesbos y confrontándolo con el ya anali zado de Calcis, se puede llegar a la conclusión de que la cleruquía del siglo v viene a constituir realmente una guar nición de hoplitas atenienses, establecida temporalmente so bre el territorio de una ciudad hostil o rebelde, el cle r o s , es decir, el lote de tierra confiado a cada hoplita, que en cierto modo viene a representar una soldada 66.
A partir de esta época se hace evidente la diferencia exis tente entre una cleruquía, establecimiento esencialmente mi Cfr.. además, “The F ifth -C en tu ry C leruchy on Lemnos".
Historia XII, 1963, págs. 127-128.
M Cfr. C. Mossé: La colonisation, pág. 80.
“Les clérouques de Lesbos...", op. cit., págs. 64 y sigs. w Cfr. A. H. M. Jones: A thenian Democracy, Oxford, 1957,
páginas 174 y sigs.
litar, y los asentamientos de Lemnos, Imbros, Egina o Me los; efectivamente, en estos casos los atenienses se establecen tras haber expulsado de dichos lugares a toda la población lo cal67. Se trataría, pues, de poblar un territorio vacío de hombres, uniendo a ello el hecho de que dicho estableci miento recibe el carácter de definitivo o presumiblemente es considerado como tal. Todos estos rasgos eran caracte rísticos de una apoikia para un ateniense del siglo v; por otra parte, no es cierto que en el transcurso del siglo v los lazos jurídicos que unieron a los atenienses con estos desarraigados o desterrados fueran tan estrechos como lo serán posteriormente en el siglo iv. De esta manera, di chos establecimientos, a pesar de ser distintos de las apoi- kiai clásicas, podían ser considerados por los contemporá neos como apoikiai de nuevo tipo, siendo el lazo de unión con la metrópoli mucho más estrecho que de ordinario, aunque sin duda debido a razones de oportunidad, tanto política como de otra clase, quizá momentáneas68.
Fuera de las apoikiai y las cleruquias el poder e in fluencia atenienses, especialmente por parte de los aristó cratas, sobre las tierras de los aliados se tradujo en la ex propiación individual del suelo. Los procedimientos em pleados para ello parecen haber sido cuatro, de los cuales los dos últimos están más estrechamente ligados a la hegemo
nía ateniense: ,
1. La concesión, por parte de una ciudad aliada, del derecho de adquirir tierras.
2. Los matrimonios mixtos, a pesar de que la docu mentación resulta dudosa en este punto.
3. Los préstamos e hipotecas.
4. Finalmente, la expropiación de los aliados despo jados de sus bienes como consecuencia de un proceso ju dicial 69.
Gauthier se une, de esta forma, a la tesis de Graham, quien no ve realmente diferencias esenciales entre la colo nización imperialista ateniense y la colonización de la épo ca arcaica, a no ser únicamente en el carácter imperialista de esta colonización, lo que implicaba el mantenimiento de lazos más estrechos con la metrópoli, aunque se trate de