CIENCIA, VERDAD, COMPROMISO Y REFERENCIAS ETICAS
4.3. CIENCIA Y REFERENCIAS ÉTICAS PODER, RACIONALIDAD Y LÍMITES
Cuando hablamos de la cuestión ética o del poder de las ciencias, generalmente no nos hacemos problemas por las ciencias básicas, sino sobre todo por las ciencias aplicadas, aquellas que intervienen en realidad humana y natural, y que producen transformaciones. Se trata en suma de un cruce entre ciencia y tecnología. Por eso, es pertinente utilizar algunas ideas de material que se presenta (de JAVIER
BUSTAMANTE DONAS. Universidad Complutense de Madrid) aunque tiene el acento puesto especialmente en las tecnologías. De alguna manera la tecnología (y especialmente las nuevas tecnologías) representan una irrupción creativa de la ciencia sobre todo tipo de realidad. Mientras la ciencia sólo debate y establece leyes y no producen acciones que puedan ser valoradas con criterios éticos
(aunque puedan discutirse sus principios), cuando la ciencia se transforma en tecnología y cambia lo dado, las discusiones éticas asoman por doquier. Allí es donde, la ética debe poner límites o por lo menos admitir que se instalen los debates.
La primera de las tareas pendientes que aún no se han abordado es la definición de marcos conceptuales que permitan mejorar la comprensión de los problemas éticos en que la ciencia y la tecnología están implicadas. Tenemos que hacer frente a la emergencia de nuevos valores sociales y nuevos patrones de comportamiento social. Así podemos encontrar ejemplos como las biotecnologías, las tecnologías reproductivas y el Proyecto Genoma Humano en particular, a través del cual se amplia la posibilidad de intervención del ser humano sobre sus propias características genéticas, creando así un poder de autotransformación de la especie. Aquí el tratamiento automático de la información genética da a la acción humana un extraordinario alcance, para cuyo control responsable se precisa un nuevo marco ético. También corremos el riesgo de pasar por alto los verdaderos cambios que las nuevas tecnologías causan en nuestras vidas, tan inmateriales como el núcleo mismo de la transformación social: la información. El detonante de estos impactos es la profunda asincronía existente entre un ritmo de innovación tecnológica con una tasa exponencial de crecimiento y la capacidad humana de asimilación, de reflexión, de comprensión de las nuevas situaciones y adaptación a ellas mediante la creación de nuevos valores, normas y estilos de vida renovados, que crece en proporción aritmética -- si es que crece. Esta asincronía provoca una divergencia cada vez mayor entre el
entorno de la información, que evoluciona tan
rápidamente, y la adecuación de las respuestas vitales de los individuos, al quedar obsoletos tanto los sistemas normativos como las estructuras educativas.
Esta anomia permanente será una característica fundamental de la sociedad de la información, acompañada quizá de un nuevo
escepticismo. Esta actitud escéptica nacería de dos factores. En primer lugar, la multiplicidad y fragmentación de las fuentes de información, ofreciendo frecuentemente descripciones o interpretaciones contrapuestas de un mismo hecho. En segundo lugar, la volatilidad de dichos medios, la velocidad con que nuevas empresas mediáticas nacen y mueren, su carácter meramente empresarial, los cambios de orientación en función de la titularidad del accionariado. Todo ello hará cada vez más difícil la creación de una historia de experiencia en la cual se fundamente la credibilidad de los medios por parte de los ciudadanos.
Si contemplamos la naturaleza de la tecnología desde el punto de vista antropológico, podremos ver que las máquinas han sido tradicionalmente contempladas como extensiones artificiales de las capacidades naturales del hombre, como proyecciones de nuestros órganos corporales. Desde Aristóteles, y aún en las obras de comienzo de este siglo, esta idea se ha esquematizado en diferentes tipologías de
órganos naturales humanos y extensiones no humanas. En la segunda parte del siglo XX la idea
de órgano humano se ha extendido hasta abarcar, en términos ya empleados por McLuhan, medios electrónicos como extensiones de nuestro sistema nervioso. De esta forma, los aparatos que nos rodean quizá nos dicen más de lo que somos que otro tipo de textos en sentido más tradicional.
Leer la ciencia y la tecnología como texto nos permite descubrir lo que cuenta de nosotros mismos, y a la vez pone en evidencia lo que oculta, ya que sólo se muestra habitualmente el producto tecnológico acabado, casi siempre sin referencia alguna a las biografías de aquellos que lo hicieron posible ni a las motivaciones que los guiaron, ni a los intereses que promueven, ni a los hábitos y modos de actuar que encarnan. El análisis del origen del fax que desarrolla Nicholas Negroponte en La sociedad digital es un buen ejemplo de cómo combatir este olvido de la génesis social de la ciencia convertida en tecnología.
Esta ansiedad por las máquinas – producto de la ciencia y de las tecnologías - no es, como
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pudiera parecer a primera vista, un fenómeno característico de la era informática. A lo largo de la historia, podemos encontrar testimonios culturales que atestiguan la existencia de una continua guerra entre el hombre y la máquina o, digamos, su entorno técnico. En dichos testimonios la máquina aparece como un agente deshumanizador que ataca la imagen y la confianza que el ser humano tiene de sí mismo, la libertad en sociedad de la que pretende disfrutar, el desarrollo de su madurez ética. En la computadora – que es el modelo de las máquinas del presente – hay un paso de la ciencia a la imaginería popular como una entidad que nunca olvida hechos, símbolos y números, que puede encontrar conexiones entre datos que pasarían desapercibidas para ojos humanos, cuya efectividad es extraordinaria cuando se emplea para labores de monitorización y control, pudiendo así espiar las más íntimas relaciones humanas. A veces dicha fuerza amenazante se muestra en su imagen en una serie de metáforas que enfocan al hombre desde un punto de vista más artificial que humano.
La computadora, la informática, constituyen una metáfora, pero también son un instrumento diseñador de actitudes, mucho más que simples herramientas. La descripción de la informatización como búsqueda de una eficacia totalizadora plantea nuevas cuestiones acerca de la relación entre la acción tecnológica- eficiente y la acción plenamente humana, dada la conexión aún por explorar entre eficiencia técnica y libertad humana. Por definición, la búsqueda a ultranza de la eficacia supone una limitación para la libertad humana. Cuando una cierta tarea puede definirse de forma algorítmica, siempre hay una solución óptima obtenible por cálculo a partir de una serie de premisas y de unas reglas lógicas. Dicha solución sería única, y marcaría los pasos a dar para completar la tarea maximizando el criterio de eficacia.
Esta tendencia – en que el referente es científico y tecnológico - se ha consolidado a nivel social a través del modelo burocrático como metáfora de mente colectiva, en el que la base del comportamiento institucional reside en
un proceso racional de toma de decisiones basado en un conocimiento objetivo y el cálculo científico de evaluación de las alternativas posibles, con el consiguiente aumento de la capacidad de control social. A nivel teórico, este fenómeno se ha plasmado en el florecimiento de las ciencias del management y la administración, particularmente la teoría de sistemas, la investigación operativa y la programación lineal. Con estas y otras técnicas de eliminación de la indeterminación en el funcionamiento del sistema, se refuerza la fiabilidad y la eficacia de la organización, aumentando la predictibilidad de los resultados.
Al mismo tiempo existe una supremacía de lo cuantitativo frente a lo cualitativo en tanto que el ordenador precisa información que será traducida en términos numéricos para poder ajustarse a su particular forma de almacenamiento y tratamiento, y de esta forma se impone su metáfora como modelo para el correcto funcionamiento social: la sociedad digital. Una tecnología cada vez más sofisticada extiende su tempo y su dirección a más aspectos de la existencia humana. Ambas dialécticas caminan en sentidos opuestos, pero en cualquier caso acaban llegando a la misma conclusión: el desarrollo y uso continuado de herramientas, mecanismos y procedimientos informáticos produce una tendencia hacia una intervención más intensa y profunda de la informática en los asuntos humanos.
Nunca como en nuestro tiempo la ciencia y la tecnología se han instalado en nosotros y en nuestro entorno: el término sociedad digital ha sido sin duda una forma brillante de definir el nuevo entorno vital en las sociedades tecnológicamente avanzadas, especialmente por el juego de palabras al que da lugar su paradójico significado. Efectivamente, la sociedad digital parece ser aquel nivel de desarrollo social donde la informática basada en la lógica binaria juega un papel paradigmático y definidor a través de procedimientos regulados según su lógica binaria, lo cual también se extrapola a todos los niveles de la vida cotidiana. Sin embargo, también es interesante referirse a la misma como aquella sociedad en la que lo que realmente cuenta es el dedo, y no el cerebro.
Donde la acción física sobre el mundo pasa a ser sustituida por la mística del mando a distancia, que permite ejercer un poder sobre los objetos tecnológicos sin necesidad de tocarlos o, al menos, con solo apretar un botón.
En otros términos, nos encontramos frente al riesgo de una sociedad que se vacuna contra la necesidad de un sólido criterio de la responsabilidad ética al aumentar la distancia efectiva entre el agente y el objeto de la acción intencional. Por ejemplo, en los tiempos en que se luchaba con cuchillos y espadas, los combates eran cuerpo a cuerpo; la presencia física del enemigo, la inmediatez del drama, el sudor y la sangre de los cuerpos enzarzados hacían necesaria una motivación muy fuerte para eliminar al rival. Con el invento de la pólvora, la tecnología puso mayor distancia entre uno y otro, y con ello descendió el nivel de motivación necesario para asesinar. Con una ametralladora se pueden matar más enemigos por unidad de tiempo y a mayor distancia -- sin que salpique su sangre --, lo cual hace que sea más fácil matar al enemigo sin crear problemas de conciencia. Con la informática aplicada al arte de la guerra, el sentimiento de responsabilidad moral, inversamente proporcional a la distancia y al poder que la tecnología pone en nuestras manos, alcanza un punto grotesco en el que la humanidad puede desaparecer simplemente por el poder de un gesto, por la acción de apretar un botón por parte de aquellos que ostentan el poder digital.
En definitiva, la voluntad de control, de dominio, de definición de nuevos espacios de mercantilización de la vida humana se ha vuelto más poderosa, imperiosa y urgente que la necesidad de comprender, de interpretar la realidad, y dicha voluntad supone un afán de conquista que aplasta en su camino todo lo que no entiende o no tiene medios para utilizar en su autónomo beneficio. Quizá no se consiga una sociedad más ética con la simple promoción de nuevos sistemas sociotécnicos o tecnocientíficos, sino con un conjunto de metáforas de identidad del ser humano y de acción más allá de la ciencia y la tecnología. Lo mismo ocurría con el sistema ptolemaico. A cada constatación de una disconformidad entre las
posiciones calculadas de los astros en el firmamento según los parámetros del modelo y la observación pura y dura, se introducía alguna modificación ad hoc en los círculos y epiciclos que definían las órbitas celestes. Cuanto más complejo se hacía el sistema para responder a las necesidades de navegantes y astrólogos, más se alejaba de la realidad. A pesar de ajustarse cada vez mejor sus predicciones a los fenómenos observables, no vencía por ello la infinita distancia entre su concepción del cosmos y la realidad.
Si analizamos la historia de la ciencia y de la tecnología, es probable que veamos cómo habitualmente en su evolución ha jugado a favor de los poderes constituidos. Como encarnación de los intereses de aquellos que la promueven, se podría decir que la tecnología ha sido siempre, al igual que la guerra, una prolongación de la política por otros medios. Quizá una de las consecuencias más importantes de dicho avance tecnológico consiste en la promoción de una nueva ecología del conocimiento caracterizada por la primacía del conocimiento científico, el poder universalizante de la técnica, y el desarrollo y extensión a prácticamente todos los ámbitos de la actividad vital humana de una forma de pensamiento llamada racionalidad
tecnológica. Este tipo racionalidad ya fue
anticipado por los autores de la escuela de Frankfurt, quienes destacaron la primacía de una llamada racionalidad instrumental, que consistía en una inversión entre fines y medios. Según esta inversión, eran los medios los que movían a la actividad humana en nuestra sociedad, dejando en un papel secundario a los fines, que tradicionalmente cumplían dicha función. La racionalidad tecnológica supone un nuevo paso en la evolución de dicha racionalidad instrumental, y se caracteriza por el hecho de que la funcionalidad como característica fundamental impone valor en hechos y acciones. No es preciso conocer la estructura si se conoce la función, y el carácter práctico obtiene una posición privilegiada frente a la fundamentación teórica. La llegada de las nuevas tecnologías supone la extensión a todos los puntos del planeta de dicha racionalidad tecnológica. Los autores de la escuela de Frankfurt señalaron que
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la dominación de unos hombres sobre otros no termina con la lucha de clases, ya que dicha dominación puede cobrar formas más sutiles y oscuras, más difíciles de identificar, algunas de las cuales están esencialmente relacionadas con la naturaleza de la ciencia y la tecnología. La más importante de dichas dominaciones tendría que ver con dicha racionalidad científica tecnológica, que cobraría un papel de metáfora y modelo para la sociedad. Uno de los ejemplos paradigmáticos del dominio de esta razón instrumental configuradora es la llegada de la sociedad de información o sociedad post- industrial, en la que el positivismo científico se convierte en ideología. Es una sociedad cuyos fines aparecen definidos por los medios (competencia, optimización, controlabilidad), y el instrumento se convierte en un fin en sí mismo, en el modelo como en el caso de la informatización de la sociedad, o el de la cibernética como modelo de organización social. La crítica de la razón instrumental de Marcuse y Horkheimer denunció en su momento los mecanismos de dominación que operan en la tecnología moderna, que se extiende hasta la pérdida de la independencia del pensamiento moral con respecto al pensamiento científico. Marcuse afirmaba que la tecnología podía haber sido un poderoso instrumento de cambio histórico, ya que la acción humana podría haber liberado a la naturaleza de su insuficiencia. La
historia es la negación de la naturaleza, solía
repetir Marcuse. Sin embargo, ese proceso de cambio y liberación se ha distorsionado por una ciencia y una tecnología que se han transformado frecuentemente en formas específicas de control y dominación, trabajando no ya en la consecución de una transformación del hombre o de la historia, sino en aras de un proyecto específico: el control técnico de la naturaleza. Si la tecnología ofrecía hasta ahora un mayor control del hombre sobre su vida cotidiana, al mismo tiempo impedía que el hombre se encontrara asimismo más allá de la alienación de un mundo artificial y ficticio. El proyecto de Habermas también podría tener una clara aplicación al problema de la extensión y profundización de los derechos humanos. Según él, estamos dirigiéndonos hacia una
sociedad racional, que presenta como características fundamentales una profunda interdependencia de ciencia, tecnología e industria, y la extensión del imperio de la racionalidad tecnológica a un número cada vez mayor de áreas de la vida humana. Los asuntos humanos son definidos en muchas ocasiones como problemas técnicos. La política se convierte así en la eliminación técnica de las disfunciones sociales, evitando cualquier tipo de riesgo que pueda afectar al sistema. En un nivel más cercano al individuo, una praxis primordialmente formada por relaciones estratégico-instrumentales provoca una distancia insalvable entre sujetos, distancia que no puede ser eliminada por meras relaciones de dominio y control. La propuesta de Habermas irá orientada a poner en evidencia las limitaciones intrínsecas de unas relaciones asimétricas, no respetuosas de los derechos del hombre, y a reconocer por otro lado, las potencialidades democratizadoras que están inscritas de la propia tecnología.
Como infraestructura que nos permitiría edificar un sentido más global y sólido de los derechos humanos, se propone sustituir la racionalidad instrumental por una racionalidad o coordinación comunicativa. Estas nuevas pautas de coordinación de la acción humana se podrían interpretar como una nueva generación de derechos humanos basados en nuevos canales y códigos no reduccionistas que, empleados al servicio del hombre, podrían ayudar a restituir el rol de la interacción respetuosa entre seres humanos, devolviendo a la técnica su papel instrumental en un mundo más humanizado. Por otro lado, la tecnología ya no puede concebirse más como una simple infraestructura. Tiene además un papel superestructural como parte integrante de la ideología dominante en la cultura occidental. Pero también es una herramienta fundamental en la lucha por la justicia social, puesto que quienes controlan el poder tecno-científico definen a partir de éste la naturaleza y el uso adecuado de los medios técnicos, que se definen a su vez como lenguaje de poder.
La ética occidental se ha presentado con demasiada frecuencia como un enfrentamiento
entre poder y deber, es decir entre poder hacer y
deber hacer, creando una sospecha de coerción
a la libertad personal, cuando ésta es vivida como una de las conquistas irrenunciables del hombre contemporáneo. En el caso de la tecnología, la ética aparece como un elemento extrínseco de control, enfrentado con el sistema tecnológico, que denuncia sus excesos y limita los caminos por los que su desarrollo debe transcurrir. Por otro lado, el concepto de deber se encuentra francamente disociado del concepto de felicidad humana, mientras que la tecnología ha ido ocupando con mayor fuerza dicho espacio hedonista, principalmente a través del proyecto de la Ilustración, según el cual la ciencia y la tecnología eran claves en la promoción de la felicidad humana, estado que se conseguía a través del dominio racional del mundo y de la superación de las carencias que la naturaleza había impuesto al hombre. La mejor forma de introducir vectores éticos en la sociedad es demostrando su adecuación a una racionalidad tecnológica, paradigma de la sociedad del conocimiento. Según esta racionalidad, la pregunta primordial es el “para qué” y no el “porqué”, y el criterio fundamental de validez es la utilidad, la eficacia, la contribución a una eficiencia que se extiende a todas las facetas de la actividad humana.
"El desafío de la futura bioética es que, más que nunca, poseemos conocimiento científico y capacidad tecnológica, sin embargo no tenemos la mínima noción de cómo utilizarlos, siendo que la crisis de nuestra era es la de haber adquirido un poder inesperado que debemos usar en