Se señala a la miseria económica como la causa principal de la emigración de unos jóvenes de estrato social bajo, con escasa preparación, o incluso analfabetos, características que los convierte en un blanco fácil para sufrir abusos, tanto por parte de los armadores, como de los futuros patronos en el país de destino. Sin embargo, esta generalizada teoría es rebatida por Maluquer de Motes quien afirma que el fenómeno de la emigración puede analizarse a partir del grado de instrucción de los emigrantes. Esto es factible a través de la estadística cubana, según la cual el nivel de preparación de los españoles recién llegados era extraordinario. Los emigrantes alfabetizados superan el 60% y a veces llegan hasta el 90%. Los analfabetos son una minoría circunscrita a los menores de catorce años14. En ese caso, las clases más acomodadas no emigraban por cuestiones económicas. Entonces ¿qué les impulsaba a emigrar?
No es posible establecer de manera categórica que los más desfavorecidos fuesen los más numerosos, ya que existía una escala de rentas y un mínimo de conocimientos para poder afrontar el viaje15. La Obligación de Pago, era el contrato. La mayoría de las
13 Ibíd.
14 MALUQUER DE MOTES, J., “Nación e Inmigración: Los españoles en Cuba”, Colombres,
Fundación Archivo de Indianos, 1992, p. 130.
15 ANES ÁLVAREZ, R., “La gran emigración asturiana”, en SÁNCHEZ ALBORNOZ, Nicolás (comp.),
Españoles hacia América. La emigración en masa 1880- 1930, Colección Alianza América, Monografías
20, Madrid, Alianza editorial, 1988, p. 42. Para poder emigrar lo primero sería cumplir con los trámites. Como hemos visto, la mayoría de las veces eran los agentes de emigración quienes resolvían la documentación pertinente. Para lograr del Gobierno el pasaporte, había que presentar: la Licencia, la Fianza y la Obligación de pago; también una cédula de vecindad. La Licencia era la autorización de los familiares como padres, esposos, hermanos, (hay que recordar que la mayoría eran menores de edad). La
veces, costeado por los padres, o por otros familiares sobre los que recaía la deuda. Se empeñaban con todo lo que poseían, normalmente tierras, que perdían al no satisfacer la deuda adquirida con el armador en el plazo convenido. El vencimiento sería de seis meses a un año. Hubo deudas que duraron años, con intereses que oscilaban entre el 6 al 9 %, hasta cifras que rondaban el 25 o 60%. En una sociedad, en la que escaseaba el dinero para sobrevivir, resultaba muy difícil sufragar el gasto de un viaje a América. Era un sistema sangrante para las familias, que no veían otra solución más que la de enviar a los jóvenes a ultramar, como la única salida a su porvenir. El sentir de los futuros emigrantes, lo recogían coplillas populares: “Adiós la villa de Llanes, de lejos te voy mirando, aunque la cara va alegre el corazón va llorando”16. Un viaje caro, sujeto a las arbitrariedades de los armadores-empresarios. A lo que hay que añadir la necesidad de contar con un pequeño patrimonio para hacer frente a los trámites previos, algo de ropa y efectos personales17. Había que pagar el traslado hasta el lugar de embarque, y a veces esperar varios días para zarpar, según las condiciones meteorológicas. En ese tiempo, el viajero tenía que hospedarse y comer, sin gastar en demasía ya que tendría que sobrevivir en su destino los primeros días, y no todos hallaban un empleo inmediato.
Cuadro Nº 3
Precios de los pasajes de Gijón a La Habana (En reales de vellón)18
Respecto a los precios de los pasajes, la llegada de los barcos de vapor apenas incidió en ellos. En tercera clase los precios continúan estables, pero aumenta considerablemente en las clases superiores. A partir de 1880, se rebajan, en tercera clase ascienden a unas treinta cinco pesetas. Esta baja provoca un aumento del flujo migratorio19.
Fianza acreditaba el no tener cuentas pendientes con la Justicia y también la exención del servicio militar, es decir, que no existía impedimento legal alguno para emigrar. Estaba regulada por Real Orden y exigía presentar tres fiadores. Una vez cumplimentados estos requisitos, tenían que hacerse reconocimiento médico, en MADRID ÁLVAREZ de la, J.C., op. cit., p. 108.
16 MORÍA, de la A., Recuerdos gratos, Temas de Llanes nº 19, Llanes, El Oriente de Asturias, 1982, p.
98-109.
17 “Los gastos de dicho viaje son cuatro camisas de percal fino en cuarenta y nuebe reales = Otra de
percal hecha en esta villa en quince reales = Tela para dos gabanes cuarenta y ocho reales = Tela para dos pantalones treinta y nuebe reales = Sacar la fé de bautismo ocho reales = Dos chalecos de tela fina (...) veinticinco reales = dos gorras una azul y otra de verano veinte y cinco reales = Dos pares de zapatos cuarenta y tres reales =Cuatro pares de calcetines veinte reales = Dos corbatas d seda diez y seis reales = Sacar la licencia sesenta reales = Al sastre de jornales diez y ocho reales = de forros botones y composturas sesenta y cuatro = Porte del baúl para Gijón doce reales = Dinero para el bolsillo ciento sesenta reales = El Barco seiscientos reales = De otras cosas para el Barco diez y seis reales = Todo hacen mil doscientos cincuenta y cinco reales, además de los gastos de esta escritura, copia de papel para una y otra é hipotecas (...)”, en MADRID ÁLVAREZ de la, J. C., op. cit., p. 109-
110.
18 LLORDÉN MIÑAMBRES, M., “Los inicios de la emigración asturiana a América. 1858-1870)”, en
SÁNCHEZ ALBORNOZ, N., Españoles hacia América… op. cit., p. 59.
19 Ibíd. p.60.
Clase 1862 1867 1870
Cámara 1.200 1.400 2.600 (vapor)
Antecámara --- 1.100 ---
Alrededor de los años cincuenta del siglo XIX, la ruta desde Gijón a La Habana, la realizaban bergantines. El precio del viaje difería según la categoría y las arbitrariedades del patrón. Era habitual anunciar precios especiales para los emigrantes de la clase trabajadora, incluso algunos daban la opción de regreso gratis en caso de no encontrar empleo en un año20. Hacia 1880, un pasaje oscilaba entre las ciento veinticinco y
doscientas pesetas, en tercera clase. En algunos barcos había dos clases: la de cámara y la de entrepuente. Otros tenían clases más lujosas, (lo que corrobora la tesis antes citada de Maluquer de Motes). El número de pasajeros dependía de varios factores como la carga o la demanda existente. En ese caso, llegaba a triplicarse el número permitido en las clases inferiores. Lo que suponía el hacinamiento de los pasajeros, y sus consecuencias: falta de higiene, enfermedades e insuficiente alimentación. Según de la Madrid Álvarez, no resulta fácil describir las condiciones del alojamiento de los emigrantes en esos buques21, ya que los enganchadores insistían en la velocidad de los barcos, y en el tiempo de las travesías, y se obviaban seguridad y comodidades. Existían tres zonas para los viajeros: la cámara, la antecámara y el sollado o entrepuentes, esta última reservada mayoritariamente a los emigrantes. Una zona parecida a una bodega de grandes dimensiones, donde no había sitio para comodidades. No existían catres, si acaso una colchoneta corrida para poder dormir. Así pasarían los viajeros entre cuarenta o cincuenta días, promedio de duración de una travesía de Asturias a Cuba. Las penalidades por las que debían pasar los futuros indianos son muchas. Los enfermos conviven con los sanos, en un ambiente de exhalaciones corrompidas y excrementos, con un hedor insoportable en un espacio reducido para tanta gente22.
Hacia 1860, se establecen las escrituras de obligación de buen trato por parte de los armadores, y cierta estabilidad en los precios, junto con algunas mejoras en la alimentación, condiciones sanitarias e higiénicas23. Incluso, los armadores deberían
20 MORALES SARO, Mª Cruz., Llanes, fin de siglo XIX, Temas de Llanes nº 65, Llanes, El Oriente de
Asturias, 1993, p. 86.
21 MADRID ÁLVAREZ, de la, J. C., op. cit., p. 127-134.
22 FERNÁNDEZ GARCÍA, Joaquín, “La salud de nuestros indianos (El caso de los que emigraban a
Cuba), en GÓMEZ- TABANERA, J.M., “El indiano asturiano ante la memoria colectiva del Principado”, en GÓMEZ-TABANERA, J.M., LACOMBE, Claude (coord.), Indianos Asturianos, Ciclo de
conferencias celebradas del 12 de abril al 11 de mayo de 2007, en el Real Instituto de Estudios Asturianos (Oviedo), para ilustración de unos estudiantes franceses en viaje por el Principado de Asturias, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, Gobierno del Principado de Asturias, 2008, p.57.
23 “Diario de Pedro Fernández”, en www.el-caminoreal.com. Consultada el 18 de marzo de 2013.
“(...) dieron a cada viajero un plato de loza y un tarrito también de la misma materia, juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne de buey y de cerdo, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un viejo y divertido cocinero español; ¡y que apretones llevábamos cuando íbamos a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte de nosotros provistos del servicio de mesa que nos habían dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba a los demás para llegar primero al caldero que contenía el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos al reenganche, como allí se decía cuando se volvía por otro plato de comida. Por la mañana nos apresurábamos a buscar el café armado cada uno con su tacita, en la cual nos daban también el té al anochecer. Cuando a alguno se le rompía alguno de los servicios de mesa robaba a otro lo que necesitaba, este hacía lo propio con los demás, y así sucesivamente todos de modo que todo se volvía robos de platos y tazas, viéndose uno obligado a guardarlos con más cuidado que si fuesen oro si no quería exponerse a tener que esperar a que alguno de sus amigos comiese para luego servirse él de sus utensilios y para que le prestasen era menester que la amistad fuese íntima. Yo también fui víctima de un robo de esta clase pues aunque tuve buen
responder con una fianza y admitían reclamaciones24. Eran los más interesados en que el
flujo migratorio continuase, pues les suponía un lucrativo negocio. Lo común era reducir hasta el mínimo los derechos de los emigrantes, considerados como una carga como otra cualquiera. La Real Orden de 27 de marzo de 1848 obligaba a cualquier buque con destino ultramar a incluir un cirujano y un capellán, siempre que la tripulación constase de cuarenta hombres, y cuando entre ésta y los viajeros se llegase a una cifra total de setenta personas; o siempre que trasportase setenta hombres de tropa o reclutas, además de la tripulación correspondiente. Exigencia que a menudo no se cumplía, a pesar del sueldo que un médico podía recibir, que oscilaba entre cinco o seis mil reales por trayecto; o mil quinientos reales al mes, cifra elevada ya que el sueldo de un capitán rondaba los mil reales mensuales, por término medio. El médico de un buque de estas características, tenía por obligación efectuar dos visitas diarias a los viajeros. Pero a pesar del sueldo, que sin duda era elevado para la época, no resultaba fácil hallar médicos; la razón era su escasez. En el siglo XIX existían tres clases de titulados en Medicina: el médico-cirujano, el médico y el cirujano. En los barcos con destino a ultramar sólo embarcaban los de inferior rango, cirujanos de tercera clase. Debido a la falta de galenos, muchos buques optaron por incumplir la Real Orden antes citada, viajaban sin cirujano exponiéndose a una multa. La escasez de doctores, favoreció el intrusismo, en el mejor de los casos, el puesto lo ocupa un practicante. Lo grave del hecho, es que estas irregularidades eran conocidas por las autoridades25. Respecto a los botiquines que llevaban a bordo, estos era básicos. Contenían: calmantes, purgantes, medicinas para aliviar las fiebres, para infecciones respiratorias, antiparasitarios y otros remedios más populares como polvos de asta de ciervo, la piedra infernal, sanguijuelas, entre otros26.
En cuanto a la alimentación que se servía, era una dieta pobre. El aguardiente era habitual en el desayuno, servido con pan o galleta llamada “bizcocho de mar”27, junto con sopas de ajo. En el almuerzo, se ofrecía cocido de habichuelas con tocino y patatas, que se alternaban con garbanzos, o arroz con bacalao. La cena era muy parecida, con predominio de sopa y un café antes de dormir. La carne era muy escasa, y en salazón, sólo se servía en alguna ocasión puntual. Existía una dieta para los enfermos consistente en caldo y puchero de gallina y jamón, habitual en la Armada española. Las frutas apenas se mencionan, y en cuanto a los productos lácteos tan sólo se nombra al queso. Como señala Fernández García, se trata de una dieta monótona, donde predomina el aporte calórico en detrimento del vitamínico, muy discreto en el grupo de vitaminas A y
cuidado de guardar el plato bajo el colchón de mi cama, esto no impidió que me lo robaran viéndome por esto obligado a servir la comida y bebida en la tacita que a lo sumo tendría capacidad para medio cuartillo; en esta situación estuve dos días pero luego comprendí la necesidad de hacer como los demás y en efecto, fingiendo irme a dormir a mi camarote desde él robe un plato de unas alforjas que cerca de mí tenían colgadas unos Leoneses y con esto salvé la situación. Las camas consistían en unos cajones parecidos a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo al hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse.(...)”.
24 MORALES SARO, Mª Cruz., Llanes fin de siglo…op. cit., p.70.
25 FERNÁNDEZ GARCÍA, Joaquín, “La salud de nuestros indianos (El caso de los que emigraban a
Cuba), en GÓMEZ- TABANERA, J.M., “El indiano asturiano ante la memoria colectiva del Principado”, en GÓMEZ-TABANERA, J.M., LACOMBE, Claude (coord.), op. cit., p. 58.
26 MADRID ÁLVAREZ, de la, J. C., op. cit., p. 120-127.
27 Un tipo de galleta que se cocía varias veces, hasta obtener una consistencia dura y seca, lo que
B1, y escaso en vitamina C, lo que conllevaría la aparición del escorbuto28. A pesar de
las dificultades de la travesía y de las condiciones de salubridad en que viajaban los emigrantes, los jóvenes emigrantes tenían una salud buena. Camín describe así la llegada a Cuba:
“Los barcos llegaban casi a diario al puerto de La Habana con los emigrantes en racimos todos de catorce a quince años, huyendo de la Guerra de Marruecos, que era impopular en la península, desangraba al país y llenaba de luto los hogares, especialmente los hogares campesinos, de donde salían los mayores contingentes para la guerra y para los barcos negreros de la emigración a la aventura”29.
La visión de esa Cuba ideal descrita como, “un país fabuloso, de onzas de oro, de
centenes, de montañas de azúcar”30 se desvanecía ante sus ojos. La realidad era poco halagüeña. Se encontraron un país diferente al soñado donde el calor era algo insoportable para gentes acostumbradas a las brumas del Norte. Con enfermedades desconocidas como la fiebre amarilla o vómito, el paludismo, la malaria y el llamado “gusto cubano”31. Al margen de los inconvenientes, los jóvenes emigrantes lograron
adaptarse a ese país, a sus costumbres, y algunos lograron fortuna.