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II. La comunicación atrapada en un discurso colonialista

5. Comunicación y desarrollo

Tanto el uso instrumental/mecánico de la comunicación, como el desdibujamiento de la subjetividad, referido a la marginalización del lugar como escenario de creación y enunciación, se encuentran presentes de manera explícita, a manera de actores potencializadores, en el concepción capitalista, y por tanto moderno/colonial, de la noción de desarrollo.

A la igual que la comunicación, los planes de desarrollo son procesos localizados, atados a las dinámicas derivadas de la puesta en relación de universos significantes diversos y complejos. Sin embargo, en concordancia con el proyecto colonial del pensamiento moderno, la configuración de una noción de desarrollo ligada a la necesaria reproducción de los modelos económicos, políticos y culturales de Occidente (Estados Unidos y las grandes potencias europeas), ha sido una herramienta más de propagación y legitimación de la asimétrica y represiva fórmula de interacción con la alteridad. Se mantiene la relación entre los «unos» dominantes, poseedores de un saber objetivo, y los «otros» barbaros, ignorantes.

A finales de la década del cuarenta se inicia la labor mesiánica de las grandes potencias capitalistas por liberar al Tercer Mundo del yugo de la tradición y la barbarie. La ciencia y la tecnología, dentro de una línea de pensamiento unidireccional, centrado en las virtudes infinitas y mágicas de los medios, son las herramientas utilizadas para llevar a estos pueblos subdesarrollados, el evangelio del progreso del mundo moderno. Se empieza a hablar de Comunicación Para el Desarrollo, para referirse a todo este esfuerzo de introducción, implementación y uso de tecnologías de la información en países de África, Asia y Latinoamérica.

Sin embargo, sería cuestión de tiempo para que, por lo menos en la esfera académica y teórica, saltara a la vista la incidencia de los contextos socioculturales. El contacto, mediado por los discursos y por las prácticas, implica interacción de subjetividades. El sujeto se ve interpelado por

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la alteridad, y responde a ella a través de apropiaciones y valoraciones respecto a esos contenidos divergentes. Un ejemplo de esto son los programas de desarrollo.

Desde el pensamiento decolonial, el desmonte del modelo de comunicación basado en la dinámica transmisión – persuasión, sustentado en procesos unidireccionales y lineales, es fundamental a la hora de pensar en una forma de desarrollo alternativo, autónomo y localizado. Se desprende una necesidad inminente de adoptar un nuevo concepto de desarrollo – cimentado en una reestructuración de las bases epistemológicas –, y en esa redefinición modificar el papel de la comunicación y de los medios.

Abocar por un proceso comunitario, donde se participe de manera activa en la producción y recepción de contenidos, implica una visión descentralizada del proceso de desarrollo. Ese carácter común lo hace incompatible con el enfoque centralizado y vertical del pensamiento moderno: inevitable separar la noción de exclusión, implícita en el desarrollo.

Por casi cincuenta años, en América Latina, Asia y África se ha predicado un peculiar evangelio con un fervor intenso: el 'desarrollo'. Formulado inicialmente en Estados Unidos y Europa durante los años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial y ansiosamente aceptado y mejorado por las elites y gobernantes del Tercer Mundo a partir de entonces, el modelo de desarrollo desde sus inicios contenía una propuesta históricamente inusitada desde un punto de vista antropológico: la transformación total de las culturas y formaciones sociales de tres continentes de acuerdo con los dictados de las del llamado Primer Mundo. Se confiaba en que, casi por fiat tecnológico y económico y gracias a algo llamado planificación, de la noche a la mañana milenarias y complejas culturas se convirtieran en clones de los racionales occidentales de los países considerados económicamente avanzados. (Escobar, 1996, p. 13)

Así como se excluye del proyecto desarrollista a los saberes locales, a la participación política de las minorías, y en general al capital simbólico de los pueblos a quienes se pretende ayudar, de igual manera, la naturaleza es uno de los mayores marginados dentro de este relato progresista y moderno. La consecución de lugares social y ambientalmente sostenibles, enmarcada dentro del problema decolonial, se presenta como un cuestionamiento a los paradigmas y a la racionalidad capitalista que, negando la naturaleza, han gobernado hasta nuestros días los procesos de crecimiento económico mundiales.

El trabajo por la obtención de una racionalidad ambiental, que rompa el conflicto entre desarrollo económico y medio ambiente, se sitúa en un momento de transición entre una modernidad marcada por un proyecto homogenizante y una posmodernidad incierta que requiere una

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esig ifi a ió de alo es ee ias. Estos a o so los tie pos ós i os, de la e olu ió biológica y la trascendencia histórica. Es la confluencia de procesos físicos, biológicos y simbólicos reconducidos por la intervención del hombre – de la economía, la ciencia y la tecnología – hacia un

ue o o de geofísi o, de la ida de la ultu a. Leff,

Sin embargo, dicha resignificación es imposible de pensar sin una modificación, sin un replanteamiento del conocimiento que se tiene sobre el mundo, es decir, sin la formulación de una racionalidad ambiental que se oponga al discurso capitalista. Un punto de inflexión en la historia de la hu a idad ue i pli a la fo ula ió de est ategias de pode e to o a la eap opia ió filosófi a, episte ológi a, e o ó i a, te ológi a ultu al de la atu aleza (Leff., 2004). Se habla, entonces, de una resistencia ecológica desde el conocimiento, un reconfiguración del discurso y la conceptualización del desarrollo, que pugne por un nuevo orden mundial, por una posibilidad de pensar un mundo globalizado, pero no necesariamente desarrollista y moderno/colonial.

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