Dentro de la concepción represiva del poder, Michel Foucault comprende tanto a la concepción jurídico-liberal como a la teoría marxista. Una y otra coinciden en el economicismo en la teoría del poder. En uno y otro caso, la actuación del poder se supone que tiende a la represión de aquellas conductas que menos cola- boran con la función económica. Para la concepción jurídico-li- beral del siglo XVIII, la finalidad de los mecanismos de poder era garantizar el funcionamiento del modelo económico formal y asegurar, en este sentido, la circulación de bienes en el mercado. Para la concepción marxista, la estrategia de poder consiste en la perpetuación de la explotación económica y el dominio de clase. Ambas teorías políticas participan, así, de una visión privatista del poder. En un caso, el poder es como un bien o derecho, del que se es poseedor y con el que cabe realizar transacciones, a tra- vés de un contrato político que asegura un disfrute igualitario. En el otro, el poder es un bien escaso y desigualmente repartido que cabe detentar, ejercer o expropiar. Michel Foucault subraya la existencia de tres obstáculos para analizar las relaciones de poder
en la sociedad moderna: la reducción del poder al marco de las instituciones representativas, la supeditación de la política a lo económico y la asimilación del poder a los aparatos de Estado. Reduccionismos en los que incurren Althusser o Poulantzas, y a los que escapan otros autores marxistas como Claus Offe. En re- lación con el concepto de representación, para Foucault la políti- ca, en su sentido clásico, es el resultado de la reconducción im- posible de un campo de fuerzas irreductible a una determinada dirección. Pues el poder es una relación en vez de un sentido. La política no se fundamenta ni en individualidades, ni en clases, ni en estrategias económicas: es más bien una estrategia global, re- corrida por la omnipresencia de relaciones de fuerza que no res- ponden a fundamento alguno. Un correcto análisis del cuerpo po- lítico no ha de organizarlo en torno a un centro. De otra parte, los análisis arqueológicos y genealógicos no comparten el paradigma económico del marxismo. A veces conceden mayor juego regula- tivo al lenguaje, a las prácticas discursivas, los enunciados o los signos. Y sólo rara vez relaciona los procesos sociales fundamen- tales con factores económicos. Toda la genealogía del «examen», como modelo de control social ilustrado, que convierte al hombre moderno en objeto privilegiado de estudio, es trazada sin relación con el modo de producción capitalista. Vigilar y castigar convier- te al derecho penal no en mero aparato supraestructural sino en modelo de dominación política moderno. En ultimo lugar, la crí- tica de la asimilación del poder a los aparatos de Estado discrepa fundamentalmente con las tesis de Althusser. El autor de Lire le Capital (1967) amplió el concepto restrictivo de Estado que ha- bía manejado la tradición marxista. Pero este concepto amplio de Estado es insatisfactorio para la genealogía del poder de Fou- cault. En el análisis de Althusser, la función de la superestructura estatal sólo se comprende como reproductora de las relaciones de producción. Althusser hace expreso reconocimiento del doble ca- rácter reconocido por la tradición marxista a los aparatos de Esta- do: aparatos represivos (ejército y policía, que operan fundamen- talmente mediante la fuerza) e ideológicos de Estado (escuela, familia, información, iglesia, que intervienen mediante la ideolo- gía dominante). En este modelo encuentra Foucault el esquema es- tatalista que critica al marxismo y aísla cada uno de los obstáculos que pretende sortear el análisis genealógico del poder: el econo-
micismo, el esquema privatista de poder, la reducción represiva y la comprensión jurídica de la política. Althusser representa para Foucault un maestro y un paradigma negativo a partir del cual piensa su analítica del poder.
En su último libro, El Estado, el poder, el socialismo (1978), Poulantzas realiza un interesante esfuerzo integrador de las tesis genealógicas en el marxismo, pero su análisis redunda en el esta- tismo y economicismo que Foucault desecha para el análisis polí- tico. Poulantzas vincula las disciplinas de normalización con la di- visión social del trabajo y el diverso aprovechamiento de la mano de obra. Entre el descentramiento político de la genealogía y la lo- calización de la política en el Estado, Poulantzas desarrolla un análisis más sutil que el propuesto por Althusser. Para Poulantzas, Althusser sólo puede dar cuenta de la actuación del Estado basada en la represión y la ideología para asegurar la función reproducto- ra de las relaciones de producción. Poulantzas realiza una lectura integradora de las tesis de la genealogía del poder. Para Poulant- zas, las tesis de Foucault no sólo son compatibles con el marxis- mo, sino que solamente pueden ser comprendidas a partir de él, a condición de, en primer lugar, reconocer el papel fundante del factor económico en el poder moderno y, en segundo lugar, reco- nocer la relación del Estado con las relaciones de producción y la división social del trabajo. La paradigmática lectura de Poulantzas discrepa de los presupuestos teóricos de Foucault en tres aspectos. En primer lugar, en la errónea desestimación que Foucault hace de la ley como «código de la violencia pública organizada». En se- gundo lugar, para Poulantzas, en la genealogía del poder no se re- conoce la transversalidad de la lucha de clases en la dinámica po- lítica de los estados. En tercer lugar, Poulantzas valora que la no remisión de las relaciones de poder a la lucha de clases le conduce a Foucault a la absolutización del poder. Si el poder no responde a principio, finalidad o causalidad alguna, es omnipresente: las lu- chas populares y los saberes sometidos no serían sino un polo ab- sorbido, de principio a fin, por su contrario. Las luchas sociales —sin el vértice de la lucha de clases— sólo son el reverso necesa- rio para los deslizamientos del poder. Despojado de su determina- ción de clase, la genealogía —señala Dominique Lecourt— conci- be al poder como una «sustancia metafísica» apta para todos los usos.
En el modelo jurídico, basado en la soberanía, Foucault situa- ba la explicación de la génesis ideal del Estado (soberanía de la ley como encarnación del poder, y propuesta de entender al indi- viduo como sujeto de derechos naturales o de poderes primiti- vos). Atribuía al análisis legal un considerable idealismo que no comparte en sus escritos. Foucault suscribe un modelo relacional de poder, donde la ley no es su manifestación principal, y el suje- to es una fabricación de sus relaciones de sujeción. Sustituye el discurso filosófico-jurídico por un análisis histórico-político que observa en la guerra el elemento irreductible de la política y con- vierte todo saber crítico en un arma de ataque. En Vigilar y casti- gar ya considera la pertinencia del modelo de la guerra para ana- lizar la política. A esta consideración teórica le acompañan detenidos análisis historiográficos en los que la disciplina militar juega como matriz de las prácticas de normalización. El compro- miso con la comprensión histórico-política del poder le conduce a asumir una serie de postulados metodológicos. En primer lugar, se trata de un discurso histórico que señala las relaciones entre la sociedad y la guerra, y hace de la guerra el fondo permanente de las instituciones de poder. En segundo lugar, el sujeto que habla en el discurso de la guerra no puede ocupar la posición del jurista o del filósofo, sino la del guerrero. A través de la palabra inter- viene en un combate donde ha de situarse a un lado u otro de la batalla, hasta la victoria final. En tercer lugar, el discurso de la guerra no ve en cualquier verdad universal o derecho general más que ilusiones o trampas, pues sólo cabe utilizar la verdad como arma o derecho disimétrico de conquista o de dominación. En cuarto lugar, se trata de un discurso que invierte los valores tradi- cionales de la inteligibilidad, ya que no propone como principio de desciframiento los elementos más simples, elementales y cla- ros, sino los aspectos más confusos, oscuros, violentos, pequeños y apasionados. En quinto lugar, el discurso de la guerra posee como campo de referencia el movimiento indefinido de la histo- ria y no el enjuiciamiento de los acontecimientos.
El discurso de la guerra se opone tanto al economicismo como a la concepción represiva del poder, mantenidos por los fi- lósofos del siglo XVIII y el marxismo en el análisis político. Del materialismo político de esta opción de análisis, Foucault des- prende tres hipótesis metodológicas. En primer lugar, la paz civil,
instaurada por el poder político en la sociedad, no supone la sus- pensión de la guerra. La guerra en la sociedad civil es permanente y el poder político asegura su silencioso desequilibrio, inscribién- dolo en los cuerpos, a través de las instituciones, las desigualda- des económicas, el lenguaje... En segundo lugar, cuando se pre- tende realizar la historia de la paz y de sus instituciones, en realidad no se hace sino la historia de esta guerra permanente, pues la «paz civil» no es sino un estado histórico dentro del dina- mismo permanente de las relaciones de fuerza. En tercer lugar, el fin de la política no vendrá sino de la mano de las propias armas políticas, de la decisión final de la última batalla que acabe con un estado de guerra permanente. Las implicaciones epistemológi- cas de este discurso comprenden una crítica de la «universalidad jurídico-filosófica» del racionalismo kantiano. Análogo al dis- curso sofista, el discurso de la guerra toma partido, pues supone que la verdad no es propia de un legislador ajeno a toda parte contendiente. La verdad se construye a partir de una relación de fuerza y de su mismo desarrollo. La confusión de la violencia, de las pasiones, de los odios, de las cóleras es principio de descifra- miento de la sociedad: «Es deber del furor dar cuenta de la calma y del orden». El criterio hermenéutico de la historia-política de Foucault consiste en desvelar bajo la racionalidad fundamental y permanente de la historia y del derecho —de su establecimiento pacífico de la justicia y de las instituciones— el pasado de las lu- chas y de las derrotas reales.