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La genealogía del racismo y el discurso de la guerra

In document Para Leer a Foucault - Sauquillo, Julián (página 157-162)

En los cursos de los años 1975-1976 en el Colegio de Francia, publicados como Il faut defendre la societé (1997), La genealo- gía del racismo (1992), en la edición castellana, Foucault desa- rrolla el concepto de «guerra de razas». Es a partir del siglo XVII, con el discurso de la «guerra de razas», cuando Foucault en- cuentra una contrahistoria que subraya la idea de la guerra como trama ininterrumpida de la historia, frente al relato conti- nuista de los linajes, de una soberanía unitaria, legitima y fulgu- rante. El cuerpo social aparece dividido en razas y naciones, cu- yas diferencias étnicas y de lengua, vigor y energía se saldan en

el enfrentamiento. El discurso histórico-político del XVII, en tor- no a Henri de Boulainvilliers y la reacción nobiliaria en Fran- cia, pone de manifiesto la guerra como infraestructura del Esta- do. Tras este origen nobiliario y reaccionario, el discurso de la guerra tuvo diversas reapariciones toda vez que una fracción política intentara disputarse su participación en el circuito de poder-saber en el Estado absoluto de la monarquía administrati- va, ya se tratara de la reacción nobiliaria o de los revoluciona- rios franceses. El interés de Foucault por Boulainvilliers reside en que el análisis político aquí no se detiene en los problemas de legitimidad y continuidad del derecho, tras la invasión de los francos del territorio romano, sino en el problema de las causas de la grandeza y decadencia de los romanos, proseguido por Montesquieu. Los nuevos conquistadores no se establecen en el respeto sino en el placer de la batalla y la dominación. El retra- to del «bárbaro» se extiende aquí hasta Nietzsche como encar- nación de una libertad basada en la fuerza y la incapacidad para servir. La reivindicación del discurso bélico de Boulainvilliers le procura a Foucault un modelo que resalta la abstracción de toda explicación basada en el derecho natural, subraya la articu- lación de la sociedad en torno a las instituciones militares e in- dica la volubilidad de toda correlación de fuerzas, oscilante en- tre la invasión y la sublevación. Boulainvillers define el carácter relacional del poder: ni potencia, ni propiedad, la historia del poder es la historia de sus fuerzas originarias y de sus relacio- nes de dominación. Al rechazar el modelo jurídico de la sobera- nía y prescindir del relato de los acontecimientos de la realeza, sienta las bases de un discurso histórico de los pueblos y las na- ciones. Pero, además, para Boulainvilliers y Foucault el discur- so histórico es un discurso estratégico. El primero quiere resti- tuir a la aristocracia a la dirección de la educación política que ha perdido. La aristocracia precede a la burguesía en la instau- ración de una racionalidad política que la eleve de su decaden- cia y su desafío táctico será proseguido por ésta y por el prole- tariado. La estrategia de Boulainvilliers es la reivindicación de su predominio en el «saber del rey», frente al poder de las can- cillerías y del fisco. La estrategia de Foucault desea una insu- rrección de los saberes sometidos que restituya el poder de aquellas experiencias sometidas a operaciones de selección,

normalización, jerarquización y centralización por la Ilustración y las ciencias humanas.

El origen del discurso de la guerra conduce a Foucault a la re- flexión sobre la «guerra de razas». Surgida durante el siglo XVIII, adopta, desde el siglo XIX, la forma de racismo de Estado. El po- der interviene en la administración de la vida y se produce una estatalización de lo biológico. La voluntad de saber (1976) es el relato de los efectos de un modelo positivo de poder. Aquí subra- ya, una vez más, la regresión del control jurídico, ante el auge de un poder normalizador centrado en la administración de la vida. Tal poder, surgido con el siglo XIX, no se sustenta en la sustrac- ción de la vida, la propiedad o la libertad, sino que se basa en la racionalización política de las fuerzas que se somete. El viejo «derecho de vida y muerte» perdura en manifestaciones como el riesgo de guerra atómica o la pena de muerte, pero la sociedad moderna se encuentra atravesada por un poder individualizante en extremo que controla los gestos y actitudes más privados. Esta metamorfosis del poder moderno como «poder sobre la vida» po- see, para Foucault, una doble faz: disciplinaria, en la que se con- cibe el cuerpo como máquina, y biopolítica, en la que las pobla- ciones son reguladas biológicamente. La primera de ambas direcciones fue analizada en Vigilar y castigar; la segunda en La voluntad de saber. Hasta finales del siglo XVIII, la distribución del espacio social es binaria: la identidad social se define por ex- clusión de los tipos sociales alternos. Se trata de un ejercicio re- presivo del poder sin paliativos, donde la vida se encierra, ejecuta o perdona. A este funcionamiento del poder, presidido por la es- pada ejecutora —derecho de vida y muerte— y la custodia, Fou- cault lo denomina modelo de la lepra. Con la racionalización del espacio social —poder sobre la vida—, propia de la sociedad moderna, en torno a la disposición de las atenciones sociales, se instituye la manifestación del modelo de la peste. El tratamiento del espacio social como espacio apestado provoca la prevención del contagio entre individuos o grupos y el tratamiento racional de las proximidades peligrosas: para lograrlo basta con la intensi- ficación de la vigilancia, la pormenorización del registro y la cuadriculación del espacio donde el individuo es sometido a un ritmo calculado de trabajo. Esta intervención no se ejercita me- diante la apropiación de los bienes de los individuos o la suspen-

sión de sus derechos, sino a través del encauzamiento de sus im- pulsos, de acuerdo con una ecuación cuyos denominadores son la docilidad política y la rentabilidad económica.

A partir del siglo XIX, aparece un fenómeno social nuevo, las poblaciones, al cual vienen asociadas nuevas necesidades econó- micas y sociales de las que se ocupa el gobierno político. Una es- trategia de poder inusitada —«bio-poder»— se ocupa de aspectos sociales como la natalidad, longevidad, salud pública, vivienda y emigración. Irreductible al poder económico, la «biopolítica de las poblaciones» aseguró, no obstante, la racionalización econó- mica del crecimiento del cuerpo social a las necesidades del capi- tal. Un conjunto muy diverso de instituciones —la familia, el ejército, la escuela, la policía, la medicina individual o la admi- nistración de colectividades— confluyeron en la regulación de todas las variables económicas y sociales de la población a las necesidades y urgencias del capital. La vida se introduce en un campo de control del saber y de intervención del poder, posibili- tando que, por primera vez en la historia, lo biológico se refleje en lo político, produciéndose un afianzamiento de la norma de comportamiento sobre la eficacia reguladora de la ley. En las lu- chas políticas modernas, el objeto de litigio es la «vida», no los derechos, pues, desde esta perspectiva, frente a un poder que la persigue sólo cabe afirmarla en toda su plenitud: la vida —prin- cipal objetivo del combate político— siempre escapa a las técni- cas de dominación.

La reivindicación de la ejecución de la muerte en el seno de un poder normalizador, tendente a la optimización de las pobla- ciones, se ejerce a través del racismo. En primer lugar, con la dis- tinción y jerarquización de las razas se produce un desequilibrio biológico entre los grupos que componen la población. En segun- do lugar, se establece una relación bélica que supone el extermi- nio del otro como condición de la propia existencia. En tercer lu- gar, la muerte no se ejerce sobre adversarios políticos sino sobre los peligros que otra raza supone para la población. El racismo es condición de muerte —bajo la forma de genocidio, exposición o multiplicación del riesgo de muerte, expulsión o muerte políti- ca— en un Estado moderno caracterizado por la administración de la vida. A través de la historia del derecho penal, del poder psiquiátrico, de la sexualidad infantil, del poder médico, Foucault

ha subrayado la ceguera metodológica que supone concebir el poder como represivo, basándose en el contrato hobbesiano o contrato-opresión. Más allá de la concepción economicista y re- presiva del poder, distingue dos tipos de hipótesis de análisis po- lítico: Hipótesis Reich: los mecanismos de poder son, aquí, con- cebidos bajo la óptica de la represión. Es la concepción de los filósofos del siglo XVIII, para quienes el poder es un derecho ori- ginario que se cede, a través del contrato, y constituye la sobera- nía. Hipótesis Nietzsche: la base de las relaciones de poder es, aquí, el enfrentamiento bélico de las fuerzas. El estado de pseu- do-paz es valorado por esta hipótesis como una relación de fuer- zas. Foucault adopta la segunda hipótesis de trabajo.

A partir de esta elección metodológica emprende la crítica del concepto de «soberanía», en cuanto pieza clave de la concepción jurídico liberal de la política. Esta opción de análisis no carece de lucidas críticas en las que se subraya el sedante teórico que supo- ne el análisis genealógico. Giacomo Marramao, en «L’ossessione della sovranità» (1986), ha señalado la precariedad del diagrama foucaultiano si se le confronta con los actuales análisis políticos, ya se trate del reto del sofisticado neofuncionalismo o de los modelos jurídico-normativos formalizados, que no cesan de cri- ticar el concepto de «soberanía» como «mascara totémica». Para el filósofo italiano, la obsesión genealógica por criticar la noción de «soberanía» no funciona sino como retroalimentación de la concepción jurídico-liberal de la política. Anthony Giddens, en «From Marx to Nietzsche? Neo-Conservatism, Foucault, and Problems in Contemporany Political Theory» (1982), ha señalado una aporía no menos llamativa en la genealogía de Foucault: no toma en consideración los logros políticos que supusieron las li- bertades burguesas para el movimiento obrero, como superación del despotismo, el absolutismo y el totalitarismo. Para Giddens, Foucault convierte al castigo, la disciplina y el poder en agentes de la historia y fundamento último de las cosas, incurriendo, así, en un reduccionismo similar al del análisis económico y jurídico.

En relación con el primer punto de desencuentro de la genea- logía del poder con el marxismo —la no determinación del siste- ma punitivo por las relaciones de producción—, la discusión ha oscilado entre el posible desconocimiento de la realidad del po- der, en su irreductibilidad, y su absolutización. Mientras la ge-

nealogía del poder descentra y expande los núcleos de actuación del poder por todo el cuerpo social, el marxismo sitúa la referen- cia última del poder en el modo de producción. El inconveniente de posturas políticas tan diversas puede consistir bien en obviar ciertas manifestaciones del poder, bien en hacer una ontología del poder a la que no quepa resistir. Esta última posibilidad es la que Perry Anderson atribuye, críticamente, en Tras las huellas del materialismo histórico (1983), a Foucault: hacer una ontolo- gía del poder conduce a imposibilitar prácticamente cualquier re- sistencia.

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