• No se han encontrado resultados

Conclusión: El juego con los límites

In document El Zoo Visual (página 158-161)

En el imaginario de valores plenos de la televisión, no hay fisura posible, no hay bien que por mal no venga. La violencia no es de este mundo, aunque está ahí –visible en la pantalla–, es inocente precisamente porque es visible.

Con esto, la televisión se mantiene más acá de la «prueba de realidad», como preservando la realidad, manteniéndola a raya, cultivando un simulacro de realidad, jugando con un estadio in- termedio, un «entre-deux», espacio ambivalente donde se ponen a prueba los límites: límites de sí, en las pruebas físicas, pero tam- bién límites de la realidad en los programas que se sitúan al lími- te de la ficción.

Se comprueban así los límites –tanto simbólicos como fácti- cos– entre realidad y simulacro: límites de la convivenvia en pro- gramas como Gran Hermano o Supervivientes de Tele 5 (que mues- tran la otra cara del comportamiento social); límites de sí mismo en sus diferentes modalidades: límites físicos en los mencionados concursos; psicológicos y afectivos, en programas como Tómbola (Telemadrid, Canal 9), que persiguen la desestabilización psicoló- gica, emotiva, del invitado; y límites «artísticos» en Operación Triunfo (TVE-1), con su reverso lúdico en Crónicas marcianas (Tele 5). Ahí está sin duda la clave de estos juegos crueles, que podrían ser sádicos, y que sin embargo no lo son por la magia del espec- táculo; lo mismo que la humillación no es tal, por el arte del pre- sentador y la «gracia» de los participantes que se prestan de bue- na gana a este juego.

De esta manera renuncian a su superyó social, perdiendo todo sentido del pudor, del honor e incluso de la dignidad. La televi- sión lava de toda sospecha y la pequeña fama conseguida subsume la vergüenza en orgullo de «haberlo superado». Más que de hu- millación cabe hablar de sublimación, en una práctica que funcio- na aquí también como ritual sacrificial: los concursantes se inmo- lan ante el público, se despojan de su sentido del ridículo y de los límites del decoro ante la televisión; ésta es esa amiga íntima ante la cual uno se puede desnudar sin complejos: la televisión es inti- midad.

Esta exploración de los límites no deja de indicar un cambio profundo en la relación entre lo público y lo privado, como si la frontera entre ambos se diluyera. Delata una evolución dentro del régimen del ver: la «conscience regardante» –la mirada dominante, el ojo-panóptico– pasa de ser instancia de control a ser instancia voyeurista, mirada complaciente, fuente de placer perverso, de- jando paso a una «conscience regardée», un nuevo modo de ofre- cer el sujeto a la mirada pública que recuerda los primitivos ritua- les de inmolación y que pudo alcanzar su punto álgido en algunos programas como Confianza ciega (Antena 3) o Flash back (Telema- drid) en el 2002.

En Confianza ciega se procede a una transgresión sistemática de la frontera entre lo íntimo y lo social. El programa –que consiste en reunir a jóvenes parejas para suscitar los celos de uno de los cónyuges mediante una serie de tentaciones simuladas, sin que sea consciente de ello el (o la) concursante– se sitúa en este «en- tre-deux» que delata una porosidad entre simulacro y realidad, un espacio intermedio en el que el juego se puede convertir en re- alidad y la separación se puede consumar, como ocurrió en uno de los últimos programas; o cuando alguna pareja, ante el peligro «real» de crisis, renunció al concurso.

Flash back es otro programa que también ha jugado con la frontera difusa entre lo público y lo privado, entre el juego super-

ficial (televisivo) y la realidad profunda (el equilibrio mental). Consistente en hipnotizar a los participantes (generalmente mu- jeres), el programa pretendía excarvar en la historia íntima del su- jeto, revelando episodios traumáticos de su vida interior.

Estamos aquí, sin duda, ante el máximo ataque a la integridad del sujeto: la exploración de su inconsciente, esto es, de su parte oculta, secreta, más íntima, que él mismo ni siquiera domina, pe- ro que es profundamente suya y determina su personalidad, su ser social. Lo más íntimo del individuo se convierte en objeto de con- templación pública, lo más soterrado en objeto de ventilación. Hasta con los secretos de la personalidad humana se puede jugar.

En la transparencia moderna, ya no hay secreto posible, ni po- sibilidad de escapar a la mirada pública. El discurso televisivo se erige en mirada omnipresente a la que nada/nadie puede escapar. Pero esto no es vivido como imposición, ni siquiera como abuso de poder; esta omnivisibilidad es compartida por todos los suje- tos. El ojo de Dios ha cedido ante un mirar difuso que nos envuel- ve en su red, un mirar que absorbe todas las miradas posibles.

Bibliografía

Caillois, Roger, Les Jeux et les Hommes, Gallimard, París, 1967.

González Requena, Jesús, El discurso televisivo: espectáculo de la posmodernidad, Cá- tedra, Madrid, 1988.

Greimas, A. J., Semántica estructural, Gredos, Madrid, 1973.

Lacalle, Charo, El espectador televisivo. Los programas de entretenimiento, Gedisa, Barcelona, 2001.

Mouseler, Valérie, «La violence psychologique dans les divertissements sur les télévisions étrangères», en Image et violence, Bibliothèque Publique d’Infor- mation, Centre Georges Pompidou, París, 1997.

7

La fascinación por el accidente:

In document El Zoo Visual (página 158-161)

Outline

Documento similar