• No se han encontrado resultados

El juego-concurso como metáfora de la vida

In document El Zoo Visual (página 148-151)

Azar y fatalidad en juegos-concurso y programas lúdicos

II. El juego-concurso como metáfora de la vida

Veamos ahora las dos modalidades de juegos-concurso. Primero la eufórica: en ella, el juego aparece como una metáfora hiperreal de la vida que descansa en una sublimación del azar: la vida sería un inmenso juego de la oca en versión eufórica, donde todos nos salvamos con algún premio de consuelo o nos vemos compensa- dos por el simple hecho de haber conseguido los quince minutos de gloria de los que hablaba Andy Warhol. El azar es un azar do- mesticado, humanizado: controlado por las reglas, «encarnado» por el presentador –que figura como la marca del concurso– y el programa de televisión o los patrocinadores, que son como la su- permarca.

Es un juego con un fuerte componente mítico cuyo recorrido corresponde a lo que Greimas (1973) calificaba como «recorri- do mítico» («quête mythique»). En él, un «elegido» sale de su mundo habitual y parte a la conquista de un objeto sagrado con vistas a conseguir el reconocimiento, la fama, en su vertiente económica (premio en forma de regalos, dinero). Pero es un jue- go regresivo, de carácter infantil, mágico, basado en una trans- formación total y casi instantánea del sujeto anónimo en héroe, en personaje conocido, reconocido por la comunidad. Todo ello se ve facilitado por los dos rasgos que destaca Caillois: la «liber-

tad» (la ilusión de ser dueño de tu destino) y la «separación»: la delimitación del hacer y del marco de actuación (el plató televi- sivo como espacio utópico, al margen del mundo real), lo cual propicia un sentimiento de autonomía y la impresión de ser to- dopoderoso o estar investido de poderes mágicos por el solo he- cho de estar en el plató de televisión.

Tal como la analiza Caillois, eso tiene mucho que ver con la ficción, tanto por la identificación que permite como por la crea- ción de un mundo de lo posible, autorreferencial, con una autono- mía de reglas, un mundo que permite acceder a otro mundo –que no se rije por las reglas del mundo social– y al que se llega ple- gándose a estas reglas, adecuándose a su código, permitiendo to- do esto una transformación del sujeto (en ello estriba su narrativi- dad y su carácter mágico).

Al igual que en los ritos de paso, se realizan una serie de pruebas cualificantes (Greimas) mediante las cuales el sujeto pasa de su condición de infans (el que no tiene uso de la palabra) a la condición de sujeto «social» (consagrado por la mirada pú- blica), reconocido por y en el medio televisivo: una suerte de elegido de Dios, con la única salvedad de que Dios aquí es la te- levisión y que lo trascendente es no sólo el valor económico plasmado en el premio, sino también el valor simbólico encar- nado en la fama, la consagración ante el ojo omnímodo de la cá- mara y la posibilidad que tiene el concursante de acceder a otro mundo de índole mágica.

En efecto, más allá de la habilidad o del saber del concursante, en muchos juegos un buen conocimiento del medio, una familia- ridad con sus reglas, reducen el factor de incertidumbre y permi- ten dominar en parte el azar. Así ocurre, por ejemplo, en El precio justo, donde no se trata tanto de conocer el precio real de los pro- ductos exhibidos como de seguir regularmente el programa hasta captar su mecánica. Retomando los análisis de Bajtin sobre la función carnavalesca de algunos rituales sociales, escribe Charo

Lacalle (2001) al respecto: «Más que un concurso propiamente dicho, El precio justo (TVE-1) es una fiesta, cuyo invitado de honor es el espectador».

Y sigue esta autora: «En la interpretación “crítica” que hace Fiske de The new price is Right, el carácter carnavalesco, que distin- gue a todo espectáculo televisivo, se manifiesta de un modo aún más específico en este programa, mediante la inversión de las nor- males relaciones de poder entre consumidores y productores […]. El señuelo del programa consiste en liberar al concursante-consu- midor de las constricciones cotidianas, introduciéndolo en un mundo al revés donde no se accede al consumo mediante el traba- jo sino a través del juego. A diferencia de la Alicia de Caroll, ma- ravillada ante un país al que accedía improvisadamente y que no acertaba a comprender, el espectador de El precio justo ha sido pre- parado durante casi cuarenta años de enseñanzas televisivas para integrar la representación en su realidad cotidiana, mediante su participación virtual en los programas de la neotelevisión».

Se acabaron, pues, los concursos de los años sesenta para ni- ños prodigio, los alardes de sabiduría, los conocimientos enci- clopédicos. Hoy todo se remite al azar. En un inmenso juego de la oca donde, como en el cuento de Borges, el mapa acaba superponiéndose al territorio real, la representación termina sustituyendo a la realidad, expulsándola del espacio televisivo e imponiendo sus propias leyes. En un recorrido hiperreal, uno es una marioneta entregada a las artes habilidosas de los pre- sentadores, a las manos solícitas de las azafatas de turno (cuan- do no a sus apetecibles carnes, que figuran aquí como puro reclamo, demasiado perfectas para ser reales): juguete del azar, uno se desenvuelve dentro de una metáfora de la vida, pero despojada de todo dramatismo, y aunque hay tensión –la del relato televisivo– aquí todo es color de rosa, hasta las casillas negras, en un juego infantil, doblemente regresivo, tanto para el que actúa como para el que lo ve.

¿Se puede ver aquí un predominio de los juegos de simulación (Caillois) sobre los de competición? En el juego-concurso, como ocurre a menudo en los media, uno se ve elevado en apenas una hora de ciudadano de a pie a elegido de Dios. Pero importa más el recorrido que la meta final: el haberlo superado (el riesgo), el ha- berla atravesado (la vida), el haber pasado las pruebas con airosi- dad, con humor, con temple.

¿Y si la vida no fuera más que eso: un puro juego, un diverti- mento? Algo sin importancia al fin, una figura amena donde se ha difuminado el tiempo, donde el envejecer no deja huellas, don- de la muerte no hace mella. El concurso ayuda a creerlo.

In document El Zoo Visual (página 148-151)

Outline

Documento similar