• No se han encontrado resultados

La puesta a prueba: de lo lúdico a lo sádico

In document El Zoo Visual (página 151-154)

Azar y fatalidad en juegos-concurso y programas lúdicos

III. La puesta a prueba: de lo lúdico a lo sádico

La otra modalidad de juegos-concurso, heredada de la tradición nipona, si bien también juega con el azar, lo hace de manera mu- cho más perversa: mediante rodeo, en forma más solapada y subli- minal. Juega asimismo con un imaginario del riesgo que utiliza la amplia gama de lo repulsivo y la paleta de todos los sentidos, aunque con una predilección hacia lo táctil: a lo que es repulsivo por ser invisible, a lo que es inquietante por no poderse identifi- car el origen de la repulsión, haciendo intervenir lo que he llama- do las figuras de lo «inminente» (el miedo difuso, inconcreto, no siempre declarado).

El juego se torna entonces disfórico –agente de ruptura, de mal-estar– con un componente sádico incluso en algunos progra- mas de influencia norteamericana y japonesa. Constituyen enton- ces verdaderos rituales de violencia que expulsan a ésta del orden diario –alcanzando su paroxismo en los juegos-concurso en su modalidad lúdico-sádica, tal como se multiplican en Alemania, Japón y, en menor medida, Francia y España, como ocurría en Humor amarillo.

Son juegos que mediante pruebas –que no dejan de recordar los ritos iniciáticos, pero aquí con una dimensión pública y a me- nudo en clave cómica– llegan a escenificar situaciones verdadera- mente violentas para el concursante, a veces incluso vejatorias, siempre basadas en el consentimiento del sujeto y a menudo en la autohumillación.

Llama la atención, en pleno auge de los programas de realidad, la aparición a principios del nuevo milenio, seguramente bajo in- fluencia norteamericana, de varios programas de corte lúdico-sá- dico.

En abril del 2000, Antena 3 emitía ¿Quién dijo miedo?, un jue- go-concurso derivado de Fear factor[El factor miedo] de la norte- americana NBC, una de las grandes cadenas generalistas estado- unidenses, donde seis personas competían para superar pruebas grotescas del siguiente calibre: ¡comer cucarachas, tomar sopa de rata o meterse en un ataúd infestado de serpientes! En la versión española se trataba, por ejemplo, de aguantar el tipo sobre una parrilla al fuego, sumergido en una bañera con bloques de hielo o envuelto en una nube de insectos.

La silla, programa emitido por Telemadrid, Canal Sur y ETB2, tenía su antecedente en un programa de la norteamericana ABC adaptado en España por Globi Media, y en The Chamber [La Cámara], puesto en antena en Estados Unidos por la Fox, donde los osados aspirantes eran sometidos a retos para comprobar su re- sistencia a dar vueltas a toda velocidad o a recibir sobre la cara ai- re disparado a cien kilómetros por hora.

En El rival más débil (TVE) –programa producido por el ex portavoz del Gobierno Miguel Ángel Rodríguez, importado de la cadena británica BBC, The Weakest Link en 2000 y luego exporta- do a Estados Unidos–, el concursante perdedor era vapuleado ver- balmente por sus compañeros.

En Decisión final, emitido por Tele 5, aunque de corta vida, se echaba mano de prácticas vejatorias y degradantes, y los elimina-

dos desaparecían bruscamente del plató mediante una trampilla que se abría a sus pies.

Estos programas marcan una ruptura en el estatus del concur- sante. Ya no es el héroe glorioso de los concursos de suerte, sino un antihéroe sufridor y desdichado que es objeto de una degrada- ción constante: El rival más débil, por ejemplo, consiste en insultar a los concursantes para comprobar su resistencia a la humillación, con pruebas de corte sadomasoquista. Se invierte aquí la regla del juego, por lo menos virtualmente, así como el papel del anima- dor, en un intento sistemático de desestabilizar al concursante. La animadora del programa no duda en dirigirse a los participantes con frases como ésta: «Quiero que quede claro que tú eres un co- barde». Como en Gran Hermano, los concursantes tienen que vo- tar a qué compañero eliminan. Todo en el plató contribuye a dar el tono: desde el ubicuo color azul del decorado hasta los focos centrales que le dan al concursante un aspecto de preso a punto de ser fulminado por un rayo. «En la versión española –El País (16- 5-2002)– el sadomasoquismo tiene algo de redundante, ya que, en sí mismos, los teleconcursos ya estaban derivando hacia una forma exhibicionista de degradación.»

Finalmente, en La silla, se trataba de medir con una cierta do- sis de sadismo la templanza de los participantes, mientras, con unos sensores, se les medían al segundo sus pulsaciones ante todo tipo de artimañas, maniobras de distracción y triquiñuelas para intentar disparar su ritmo cardíaco.

Ocurre aquí como en los vídeos domésticos, donde se irrealiza el dolor, convirtiéndolo en espectáculo lúdico: nada más trivial, doméstico, familiar, como estas escenas de cumpleaños en las que al niño se le cae la biblioteca encima, a la novia se le engancha su vestido o el páter familias –principal protagonista– hace, bien a su pesar, el ridículo. Si tomamos al pie de la letra las situaciones, son en sí crueles, de una crueldad objetiva, fría, propia de lo no previsible.

Lo que en otras secciones –las informativas por ejemplo– se- rían accidentes domésticos, técnicos o automovilísticos, son aquí gags, sainetes convertidos en cuentos cortos e irremediablemente divertidos gracias a la repetición, la aceleración o la inmoviliza- ción de las secuencias más accidentadas. Son sucesos despojados, de alguna manera, de su parte dramática, de su carga negativa, desaccidentados; hasta la muerte, que puede ser el final trágico de estas escenas, desaparece, así como cualquier signo de violencia fi- siológica. Como en el universo de los cómics, los héroes no mue- ren y si parece que pudieran estar muertos, se levantan como si nada; o, si el final puede no ser feliz, la cámara aparta púdicamen- te la mirada.

Sin duda hay aquí una forma light, edulcorada, simulada, de realidad, como una manera de preservar la Realidad, al margen de ésta, como si la Realidad fuera demasiado seria como para es- cenificarla realmente. Pero lo reprimido siempre vuelve, ya sea en forma de realidad bruta –hipervisible–, «lo real» como lo lla- ma Jesús González Requena (1988), o en forma de realidad pro- ducida, inventada como simulacro por el propio medio; son los bien llamados «programas de realidad». Como en un experi- mento de laboratorio, la televisión produce su propia realidad, ni por conducto de la ficción, ni apoyándose en la realidad obje- tiva; pero esto es otro cuento.

IV. Del castigo al premio: pérdida simbólica

In document El Zoo Visual (página 151-154)

Outline

Documento similar