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Conclusión: La televisión como espacio zoológico

In document El Zoo Visual (página 196-200)

Tanto estos programas como los que se basan en la mostración hi- perrealista de los sujetos y objetos sociales, consagran la televisión como dispositivo espectacular que da a ver la realidad dentro de un espacio de exhibición que alcanza hasta los aspectos más ínti- mos –menos visibles– de la vida social y de la personalidad huma- na, pretendiendo alcanzar una cierta verdad que se va revelando sobre la marcha, lo que entronca dichos programas con los pro- gramas de realidad, como veremos a continuación.

Algunos analistas no han dudado en comparar el dispositivo televisivo con el zoológico. Olivier Razac (2002) escribe al res- pecto que «la relación entre la televerdad y el zoológico es mucho más profunda de lo que aparenta, las dos entidades son de la mis- ma índole. Hombres y animales son objeto del mismo tratamien- to […]. Se trata de moldear tanto a los hombres como a los ani- males de acuerdo con la imagen que se quiere dar de los mismos». Este proceso de visibilización ha evolucionado a lo largo del tiempo, pudiendo afectar igualmente –y con el mismo tratamien- to formal– a hombres y animales. Así ocurrió a finales del siglo

XIX y hasta los años treinta, dentro de las grandes exposiciones coloniales, con la exhibición, en verdaderos zoos humanos, de «salvajes» pertenecientes a las colonias de los grandes imperios europeos. Son escalofriantes a este respecto las fotos de miembros del pueblo canaque en el zoológico del Jardin des Plantes, en ple- no corazón de París, rodeados de vallas, en un decorado que recrea su entorno natural y expuestos a la mirada pública.

La televerdad es heredera de esta lógica de la exhibición que se interesa por sujetos anónimos, donde podemos incluir tanto suje- tos humanos como objetos sociales. Esta mirada etnocéntrica se aplicó mucho a especies en vías de extinción o a territorios vírge- nes amenazados por el progreso. De ahí surge la tradición del re- portaje etnográfico; traduce la nostalgia de un mundo virgen, un sueño de inocencia convertido en «mito del buen salvaje». Tam- bién delata un afán de inventariar y clasificar las especies huma- nas, en particular las periféricas o exóticas, y de remitirlas a cate- gorías centrales mediante la intervención de expertos que vienen a confirmar y comentar esta tipificación, a la que no escapa la tele- visión.

Prueba de ello es, en la versión francesa de Gran Hermano Loft Story, del canal privado M6, la presencia en el plató de dos psi- quiatras que glosaban e interpretaban en público las costumbres y comportamientos de los concursantes enjaulados en el loft. Es- cribe Razac al respecto, refiriéndose a esta «tipología de anóni- mos» que le da a la escenificación de la intimidad «su significa- ción y su legitimidad»: «[como en el zoológico] la producción de caracteres o de un êthos, al mismo tiempo ficticios y auténticos, suscita pues un placer especial, cuyos componentes son la curiosi- dad hacia lo espontáneo, la excitación que produce lo íntimo y el alivio derivado de la clasificación».

La exhibición ya no es, desde esta perspectiva, un atentado a la intimidad que vulnera la dignidad del sujeto, sino una ga- rantía de reconocimiento, una prueba de realidad (el existir pú-

blicamente). Como en el talk show, la televerdad proporciona estatus, produce modos de vida en las series, reafirma la digni- dad personal frente a los abusos en el reality show, cumple una función de refuerzo integrando al yo en una tipología de carac- teres.

Hoy esta mirada ya no se aplica exclusivamente a los sujetos lejanos, exóticos, salvajes, sino que, dentro de la evolución de la mirada televisiva hacia la reflexividad, se aplica al sujeto social estándar, al hombre anónimo, al ciudadano de a pie. De exóge- na, esta mirada se ha tornado endógena, de exótica se ha hecho endótica.

El sujeto exótico –ese «gran Otro» que era el salvaje–, nos di- ce Razac, ha dejado paso a los sujetos idénticos y anónimos que somos todos. Los objetos-otros que eran el sexo, la violencia, la muerte, el horror, lo monstruoso (el extraterrestre, el androide, el zombi), se han banalizado, han sido domesticados, digeridos por los medios de comunicación, desrealizados por la hipervisibilidad del discurso sobre la alteridad; del zoo humano a los programas de realidad, no hay más que un trecho.

«En los zoológicos humanos –prosigue Razac– se consume lo salvaje digiriéndolo. No es el gran Otro, el salvaje que se ve en la selva y del que no se sabe si va a ser bueno o malo, pero es igual. El zoo humano colonial era un dispositivo que procuraba digerir la alteridad. Ahora se digiere una imagen de lo mismo. Se reto- ma la domesticación social de gente ya domesticada. Estos es- pectáculos siempre tienen vocación de digerir la alteridad, pero como la alteridad en el sentido que tenía cuando había salvajes y continentes casi inexplorados en el siglo XIX ya no existe, se de- senvuelven en lo mismo.»

Y cuando ya no hay alteridad, no queda más que lo idéntico; cuando ya no cabe nada inesperado, imprevisible, sólo queda la rutina, el ritual cotidiano, la repetición de lo trivial (Gran Herma- no), la serialización de lo mismo (sitcoms), la consagración de un

cierto orden cotidiano (con sus pequeños desórdenes, casi insigni- ficantes), los cuales protegen contra cualquier ruptura histórica, cualquier amenaza de catástrofe. Se legitima así lo cotidiano co- mo espacio cerrado vuelta de lo mismo, como tiempo plano, sin relieve, protegido del accidente. De ahí la multiplicación de pro- gramas que crean espacios utópicos en el sentido más trivial de la palabra: no lugares (Marc Augé), espacios acotados, apartados del mundo «real», donde todo es posible dentro de los límites defini- dos en el simulacro de realidad; mundos míticos, al fin y al cabo, producto de la televisión, pero que, a posteriori, pueden tener una incidencia en la realidad y producir famosos, artistas de televi- sión, productos del marketing visual. Pero este mundo es un mun- do autista, tanto en la narración como en los temas que trata y en los universos simbólicos que crea. Gran Hermano y Operación Triunfo proceden directamente de esta lógica de domesticación social.

Así se podría explicar la exhibición de la intimidad, no como proceso perverso, sino como una manera de asumir una nueva imago, de exhibir una nueva imagen de sí mismo que delata una superación del recato, el ocaso del tabú sobre el sentir, la asunción de la parte invisible del ser.

«Propongo llamar “extimidad” –escribe el psiquiatra Serge Tisseron (2002)– al movimiento que nos lleva a ostentar una par- te de nuestra vida íntima, tanto física como psicológica. Esta ten- dencia ha pasado durante largo tiempo desapercibida a pesar de que es fundamental para el ser humano. Consiste en el deseo de comunicar cosas del mundo interior. Pero este movimiento resul- taría incomprensible si no tratara de “expresarse”. Si la gente quiere exteriorizar algunos elementos de su vida, es para adueñar- se mejor de ellos, a posteriori, interiorizándolos de otro modo gracias a las reacciones que provocan en sus prójimos. El deseo de “extimidad” está en realidad al servicio de la creación de una inti- midad más rica.»

Bibliografía

Augé, Marc, Los no lugares. Una antropología de la sobremodernidad, Gedi- sa, Barcelona, 1995.

Barroso García, Jaime, Realización de los géneros televisivos, Síntesis, Ma- drid, 1996.

Bettetini, Gianfranco y Fumagalli, Armando, Lo que queda de los medios.

Ideas para una ética de la comunicación, La Crujía, Buenos Aires, 2001.

Ehrenberg, Alain, L’individu incertain, Calmann-Levy, París, 1995. Magris, Claudio, «Anche il dialogoha dei limiti», Corriere della Sera,

14-7-1997.

Razac, Olivier, L’écran et le zoo. Spectacle et domestication, des expositions colo-

niales à Loft Story, Denoël, París, 2002.

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