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La vuelta del suceso: suceso y subjetividad

In document El Zoo Visual (página 91-94)

Información y suceso: crisis de lo real y discurso de la actualidad

III. La vuelta del suceso: suceso y subjetividad

La crisis que está atravesando el discurso de la información es una doble crisis y afecta tanto a sus contenidos como a sus formas, a la manera como refleja y al mismo tiempo construye la realidad. La primera se plasma en una crisis de credibilidad que no hace sino reproducir la crisis de realidad que padece la política en el mundo de hoy.

En un sondeo publicado por El País (14-7-1998), aparecía que «las informaciones de deporte y sucesos son más creíbles que las de política», y nada menos que un 62% de los encuestados con- sideraba poco o nada creíble las informaciones políticas. El grado de credibilidad de los diferentes temas de actualidad, de menor a mayor credibilidad, era el siguiente: política nacional (30,8%), economía (37,8%), política internacional (41%), información ge- neral (55,5%), deportes (76,7%) y sucesos (78,6%) [Fuente Ecoconsulting (J. de la Serna, 1998)].

De todo ello se puede deducir que cuanto más decrece la cre- dibilidad de la información política y el propio medio informati- vo, más se desarrollan nuevas formas que traducen el interés por otras informaciones (más triviales, más lúdicas o que mezclan in- formación y ficción) que se alejan en todo caso de la información política para acercarse a un modelo narrativo.

Con la multiplicación de las fuentes de información y el en- sanchamiento de los centros de interés y de los campos de sa- ber, las categorías informativas se van ampliando, diluyéndose al mismo tiempo la frontera entre información seria e infor- mación trivial, perdiendo la primera gran parte de su credibi- lidad, y adquiriendo la segunda un mayor grado de aceptabili- dad.

De ahí que esta crisis sea también una crisis formal de orden simbólico: relativa al modo de representación de la realidad. Los grandes hechos se desgastan por su desmultiplicación espacial y por la competencia de los medios audiovisuales, que ganan en tiempo y espectacularidad a los medios escritos. Lo mayúsculo se diluye, los grandes relatos ya no son tan creíbles y se afianza en cambio el interés por lo minúsculo, lo cotidiano. Si el suceso –ta- chado durante tantas décadas de forma trivial o degradada de in- formación– desapareció como sección de la mayoría de los diarios de referencia, hoy reaparece, ya no como tal –unidad redaccional o sección–, sino como categoría difusa que invade el espacio comu- nicativo (escrito y audiovisual) y emerge en portada en forma de fotonoticia (véase, por ejemplo, en un periódico «serio» como El País la presencia en primera plana de noticias anecdóticas, de pu- ra actualidad, sin trascendencia política, de tipo mundano, futbo- lístico, relacionadas con la vida cotidiana, que se alejan en todo caso de la información política).

Frente a la recurrencia y desgaste de lo político –que es siem- pre lo mismo serializado ad infinitum, y en lo cual ya nadie cree mu- cho en el fondo–, el suceso polariza la atención y ocupa a veces un lugar central, aunque superficial o anecdótico. El suceso –el suce- dió– sustituye a menudo al hecho periodístico. El acontecer interesa más a veces que el acontecimiento. La información de actualidad puede redundar en colección de aconteceres, sin vínculo entre sí, efímeros, sin relevancia (por ejemplo, en espacios como Sucedió en Madrid de Telemadrid).

La categoría de suceso puede servir incluso para unir referentes que, aparentemente, no tienen relación temática, como ocurre desde 1993 en el programa Gente (TVE-1). Caracterizado por su estructura dual, consta de dos partes totalmente distintas tanto en cuanto a su contenido como a la presentación y a su conductor: «Crónica de sucesos» y «Crónica social», y sus responsables se afanan en presentarlo como «un programa informativo que se ocupa de sucesos y noticias del corazón».

El vínculo de unión entre ambas modalidades es aquí más de orden formal que temático: cualquier hecho que afecte emocio- nalmente al público por su carácter impactante, su rareza, inme- diatez y grado de sensacionalismo es seleccionado tanto para una parte como para la otra. A este respecto, la directora del programa no duda en afirmar que la cantidad de sangre en una información determinará su preponderancia sobre las demás. Son éstas, pues, las características formales del suceso como categoría periodística: en términos simbólicos, todo cuanto introduce desorden es factor de ruptura, es de orden conflictivo, remite a la figura del accidente, a algo que hace peligrar un equilibrio, amenaza un orden, pertur- ba una situación estable y refleja la amenaza del azar, el peso de lo indeterminado (retomaremos este tema, desde el punto de vista simbólico-antropológico, en el capítulo 7).

De ahí, por ejemplo, la atención dada a las separaciones ma- trimoniales, a la salud, a los avatares económicos y sentimenta- les de la vida de los famosos, al ciclo vital (biológico y social). El suceso –la transitividad del suceder y del «a mí también me puede suceder»– es el denominador común de estos diferentes acontecimientos. Esto, obviamente, produce peligrosas derivas informativas hacia lo anecdótico, tanto desde el punto de vista referencial como formal: de lo objetivo hacia lo subjetivo, de lo racional hacia lo emotivo, de lo colectivo hacia lo individual, de lo macrosocial hacia lo microsocial, del informar, por último, al relatar.

Dentro de la tendencia al desorden mencionada antes, esta omnipresencia del suceso tiene que ver con una fascinación por el accidente, y si bien remite a menudo a un imaginario de la catás- trofe, también refleja un interés por lo microsocial, por hechos humanos intrascendentes, pero reveladores del sentir colectivo. Más profundamente, el suceso, considerado como extracto de una realidad bruta, sin afinar, no pasada por el filtro de la categoriza- ción periodística, remite a una demanda de autenticidad frente al simulacro y la representación.

Al amparo del reportaje en vivo, de la reconstrucción de he- chos al modo del reality show, de la exclusiva informativa, de las imágenes «impactantes», del directo, se reinyecta realidad en un discurso informativo por otra parte cada día más estereotipado, menos creíble y cuyos contenidos se están agotando. Llamaremos «efecto de directo» a ese subterfugio temporal consistente en cre- ar una ilusión de realidad.

¿Cómo explicar este retorno de una categoría durante tanto tiempo menospreciada en el discurso? Sin duda, como una vuelta de la subjetividad en el discurso social. Después de la era de las ideologías (se da la palabra al sujeto colectivo), después de la del psicoanálisis (habla el sujeto inconsciente), ¡por fin! estamos ante un sujeto que habla sin complejos, largo y tendido..., un sujeto algo ingenuo, que expresa así su fascinación por objetos que, eso sí, son complejos: la violencia, el incesto, el amor, la muerte.

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