En la acción del medio social sobre el individuo resulta imprescindi- ble tener en cuenta la naturaleza y el automovimiento de los procesos internos que reflejan el medio social y, en su acumulación cuantitativa, llegan a transformar la motivación de la personalidad.
El reflejo psíquico de los objetos externos que satisfacen las necesi- dades del sujeto o que constituyen vías o medios para ello, contiene nue- vos componentes determinados por la naturaleza novedosa del medio y de la actividad, y la generalización y automatización de dicho reflejo en- gendra nuevas necesidades o concreciones de necesidades ya existentes. Aquí debe tenerse en cuenta la importancia de la vivencia emocional derivada de la satisfacción o insatisfacción de las necesidades ya existentes,
como mecanismo interno decisivo para el establecimiento de nuevas co- nexiones afectivas o la inhibición de las ya existentes, que implica la apa- rición de nuevas necesidades o la extinción de las ya surgidas. Bozhovich (1976) señaló que el concepto de vivencia, introducido por Vigotski, destacó y señaló esa realidad psicológica fundamental por donde es ne- cesario comenzar el análisis de la función del medio en el desarrollo del niño.
Partiendo del concepto de conexión temporal, básico, en la teoría de la actividad nerviosa superior, consideramos que deben ser diferencia- das las conexiones cognoscitivas de las afectivas.
En la concepción pavloviana de la conexión temporal, esta se estable- cía entre un estímulo indiferente, por ejemplo, el timbre o la luz, y un estímulo vitalmente significativo, por ejemplo, la comida. Pero a esta conexión timbre-comida le llamamos cognoscitiva porque es el reflejo, en el cerebro, de la relación entre objetos o propiedades objetivas.
Falta aquí la explicación del reforzador en sí mismo, o sea, cómo el estímulo comida llega a ser un reforzador incondicionado, pues realmen- te el simple estímulo externo no tiene poder en sí mismo, sino solo por el hecho de que permite la satisfacción de la necesidad alimenticia y en los centros nerviosos del animal surge una conexión, reforzada por la satis- facción que produce la ingestión del alimento, entre el reflejo cognoscitivo del alimento y los centros subcorticales que activan el comportamiento. Esta conexión cortical se conoce como afectiva o de activación, y se pro- duce entre el reflejo cognoscitivo cortical de un determinado estímulo u objeto y la subcorteza, en la cual desempeña una función importante la formación reticular. Es en virtud de esta conexión afectiva que en una situación de carencia dicho objeto o estímulo es capaz de activar, por sí solo, el comportamiento.
Los teóricos conductistas han desarrollado el concepto de reforzamiento secundario en el sentido de aprendido, de condicionado, a diferencia del reforzador primario que es incondicionado, por ejemplo, un timbre que ha sido previamente condicionado como señal de un cho- que eléctrico, puede llegar a ser el reforzador de nuevos aprendizajes, sin embargo, en esta teoría del reforzamiento secundario se siguen plan- teando únicamente las conexiones cognoscitivas, aunque estas se vincu- lan muy estrechamente a la necesidad orgánica y se convierten en factores motivacionales.
Para superar la orientación reduccionista de la concepción conductista del reforzamiento resulta necesaria la diferenciación entre las conexio- nes cognoscitivas y las afectivas, la cual permite fundamentar teórica- mente la existencia de necesidades superiores que tienen una función
activa e independiente o autónoma de los determinantes innatos en la regulación de la actividad, pero que a su vez dependen del reforzamiento derivado de la satisfacción o insatisfacción de otras necesidades del sujeto.
Según Luria (1978), con la descripción de la formación reticular se descubrió la unidad para regular el tono o vigilia, un aparato que mantie- ne el tono cortical y el estado de vigilia, y regula estos estados de acuerdo con las demandas que confronta el organismo en ese momento. Esta es- tructura no se encuentra en el mismo córtex, sino debajo de él, en el subcórtex y el tallo cerebral. También se comprobó que estas estructuras tienen una doble relación con el córtex: influyen en el tono de este y al mismo tiempo experimentan su influencia reguladora.
Luria (1978) señaló que existen situaciones en las que el tono ordi- nario es insuficiente y debe ser elevado. Estas situaciones son las fuentes primarias de activación. Pueden distinguirse, como mínimo, 3 fuentes principales de esta activación: la primera radica en los procesos metabólicos del organismo, que están regulados principalmente por el hipotálamo; otras formas más complejas son conocidas como sistemas de conducta instintiva (o reflejos incondicionados) sexual y de alimentación. La segunda fuente de activación es completamente diferente en su origen. Está conectada con la llegada de estímulos del mundo exterior del cuerpo y conduce a la producción de formas completamente diferen- tes de activación, manifestadas como un reflejo de orientación. Toda per- sona necesita de un constante flujo de información y este requerimiento es tan grande como la necesidad del metabolismo orgánico.
La tercera radica en las intenciones y planes, los proyectos y progra- mas que se forman durante la vida, que son sociales y se efectúan con la íntima participación del lenguaje. Las conexiones descendentes entre el córtex y las formaciones inferiores son las que transmiten la influencia reguladora de este sobre las estructuras inferiores del tallo cerebral, y constituyen el mecanismo mediante el cual los patrones funcionales de excitación que se originan en el córtex reclutan los sistemas de la forma- ción reticular y reciben de ellos su carga de energía.
Cuando estas conclusiones teóricas de Luria (que son el resultado de la investigación neurofisiológica y neuropsicológica) se analizan a la luz de las teorías y los hechos de la psicología de la motivación, surgen ideas que enriquecen la comprensión del fenómeno motivacional.
Los criterios de Luria sugieren el funcionamiento fisiológico del fe- nómeno motivacional y las distintas necesidades que pueden activarlo: las psicobiológicas (enraizadas en los procesos metabólicos del organis- mo); las psicogénicas (necesidades de estimulación sensorial, de contacto
afectivo, de actividad, de exploración y percepción, etc.); y las sociogénicas y sociales (que surgen de la asimilación de la conciencia social y tienen su expresión más específica e importante en las necesidades morales, en el principio del deber y la responsabilidad, en las convicciones, en los idea- les, proyectos e intenciones dirigidos hacia el futuro).
Este mecanismo de activación se produce en virtud de conexiones ascendentes y descendentes que establecen una interacción entre la subcorteza (la formación reticular y otras estructuras subcorticales) y la corteza cerebral. A estas conexiones ascendentes y descendentes se les puede llamar conexiones de activación o afectivas, a diferencia de las conexiones cognoscitivas que constituyen la representación cerebral de las relaciones entre estímulos externos.
Consideramos que el concepto de reflejo condicionado o de conexión temporal, el cual resulta básico en la teoría de la actividad nerviosa supe- rior, no es solo el vínculo entre la representación cortical de 2 estímulos, sino que también se establece entre la subcorteza (la formación reticular y otras estructuras) y la representación cortical de determinados estímu- los u objetos. Este criterio se deriva del concepto psicológico de necesi- dad y su determinación objetal. En los animales y más aún en el ser humano, la necesidad se concreta en el objeto (Leontiev, 1966). La in- terpretación neurofisiológica de esta canalización no es otra que el esta- blecimiento de conexiones de activación o afectivas entre la subcorteza y el reflejo cortical de tales objetos.
Las conexiones de activación o afectivas se encuentran en íntima unidad con las cognoscitivas; ambas surgen y se desarrollan en el decur- so de la actividad del ser humano o del animal.
El animal busca el objeto de su necesidad solo bajo la influencia de la activación procedente de factores orgánicos o psicofisiológicos, sin em- bargo, el hombre actúa aunque no experimente estos requerimientos y su fuente de activación radica en las intenciones y planes. Todas sus ne- cesidades, aun las biológicas, son mediatizadas por la conciencia, por el lenguaje, y actúan en una forma superior y diferente.
Sobre la base de estos proyectos y fines conscientes surgen y se desa- rrollan las necesidades superiores cuando, en virtud de que se establece una conexión estable entre la subcorteza y dichos proyectos y fines cons- cientes, producidos por la actividad cortical, estos adquieren la capaci- dad de activar, por sí solos, todo el mecanismo psíquico y somático del ser humano.
A nuestro modo de ver, estas son hipótesis que la teoría psicológica de la motivación puede aportar al desarrollo de las concepciones neurofisiológicas sobre la motivación y el psiquismo humanos. Todo esto explica la autonomía y el carácter autosustentado de las necesidades
superiores del hombre, y a la vez no las separa de sus requerimientos innatos y naturales. Según Lomov (1977), en las necesidades se mani- fiestan tanto el nexo del organismo humano con el medio, como la rela- ción del individuo humano con la sociedad.
Rubinstein (1964 A) afirmó: "...los motivos de la conducta, morales, sociales, específicamente humanos, han de ser comprendidos en su pe- culiaridad cualitativa, pero no han de ser desligados de las necesidades e inclinaciones orgánicamente condicionadas".
Para satisfacer sus necesidades, el ser humano ha de convertir en objetivo directo de sus actos la satisfacción de las necesidades sociales. Aquí se halla incluido, en principio, el paso a formas de motivación nue- vas, específicamente humanas, ligadas al mismo tiempo, genéticamente, a las necesidades biológicas y cualitativamente distintas de ellas.
He aquí la función que desempeñan la satisfacción o la insatisfacción y la vivencia emocional positiva o negativa en el desarrollo de la motiva- ción humana.
La satisfacción o la insatisfacción de las necesidades (biológicas, psicogénicas y superiores) y la reacción emocional que engendran, no solo establecen nuevas conexiones cognoscitivas (conocimientos, hábi- tos, etc.), sino que, además, en el decurso cuantitativo de la actividad van estableciendo nuevas conexiones afectivas o de activación, en virtud de las cuales nuevos objetos y circunstancias, principios morales y exigen- cias sociales asimiladas, son capaces de activar la conducta por sí mis- mos, independientemente de las necesidades y vivencias que dieron origen a este nuevo nexo afectivo. Las nuevas conexiones afectivas implican el surgimiento de nuevas necesidades.