En el proceso de desarrollo de la psiquis, filogenético y ontogenético, las primeras etapas corresponden a un psiquismo no consciente y las últimas (las superiores) a la conciencia.
Para un análisis multifacético de la relación entre las formas cons- cientes y no conscientes de la psiquis se debe, en primer lugar, descubrir la diferencia entre el psiquismo consciente humano y el psiquismo no consciente, típico del animal o del niño pequeño; en segundo lugar, in- vestigar su unidad dialéctica, pues la conciencia contiene a lo inconscien- te, que en el hombre se expresa a un nivel superior, típicamente humano e irreducible al psiquismo no consciente de los animales o del niño pe- queño.
La conciencia humana es el reflejo psíquico de la esencia de los obje- tos materiales o ideales, del propio sujeto (la autoconciencia), y de la diferencia, de la relación entre ambos. Por el contrario, el psiquismo animal presupone el reflejo del fenómeno externo (sin la esencia), el re- flejo de las relaciones externas entre los objetos (la señal indicadora), en la cual no aparece la realidad objetiva del objeto, sino la mezcla indisolu- ble de lo objetivo y lo subjetivo.
El animal solo responde a los estímulos externos en función de sus requerimientos orgánicos. En el ser humano, la palabra se constituye en
un estímulo interno especial que, convertido en conocimiento racional y en finalidad consciente, conduce al hombre a la acción, lo independiza relativamente de los determinantes externos y orgánicos, transformán- dolo en un ser activo y relativamente autónomo.
Precisamente la existencia de la palabra como estímulo interno de la acción permite al ser humano correlacionar la conciencia social y las metas sociales con su conciencia individual y sus necesidades individua- les, así como hacer predominar lo social en la regulación de su actividad, lo cual permite la existencia de la sociedad.
En resumen, la conciencia es la expresión psíquica, interna, de la vida social, de lo típico de la vida del ser humano.
Diversos psicólogos, entre ellos Rubinstein, Leontiev, Ouznadze, Bassin, González Martín y otros, han destacado la necesidad de estudiar la unidad de lo consciente y lo inconsciente en el psiquismo humano.
El psiquismo humano adulto, consciente, también contiene los pro- cesos psíquicos inconscientes, pero interpenetrados con y subordinados a su funcionamiento psíquico superior, que es típicamente consciente.
Cuando hablamos del psiquismo inconsciente en el ser humano nos referimos a algo muy diferente del psiquismo no consciente del animal o del niño en sus primeras etapas de vida. Lo inconsciente en el ser huma- no adulto tiene una forma superior, pues está interpenetrado con la con- ciencia; actúa a través y en dependencia de ella y de la palabra.
Lo más frecuente es que la motivación inconsciente actúe mediante la consciente y sea sometida al poder integrador consciente del psiquismo humano, el cual, por lo general, regula directamente la actividad. No obstante, también existen acciones impulsivas, no reflexivas, en las cua- les los procesos no conscientes pueden regular de manera directa la acti- vidad.
La conciencia humana se caracteriza precisamente por su apertura a lo externo, al mundo social, a lo orgánico y a lo inconsciente. Esto quiere decir que la conciencia es un reflejo constante del mundo, que se desa- rrolla de manera creciente en imágenes de la sociedad, del propio orga- nismo y de las características y funciones psíquicas de la propia personalidad. De este modo, la motivación inconsciente se hace cons- ciente o es reflejada de manera indirecta mediante determinadas metas, emociones, sentimientos y acciones externas que, aunque conscientes para el sujeto, no lo son de manera plena, puesto que él no sabe cuál es su contenido psíquico real, no conoce qué objeto las produce ni hacia cuál van dirigidas.
Precisamente, la tarea de la conciencia es armonizar e integrar todos los factores que participan en la regulación de la actividad bajo la primacía de los rasgos y funciones psíquicas superiores: morales,
racionales, etc. Mientras exista armonía entre los factores conscientes y no conscientes, la conciencia permite la regulación de la actividad sobre la base de los determinantes no conscientes; pero cuando sobreviene un conflicto, inmediatamente los factores conscientes toman la primacía, controlan la influencia de los no conscientes y predominan en la regula- ción de la actividad.
Cuando los resultados de las acciones impulsivas y de los actos pro- ducidos por las tendencias inconscientes son bien valorados por la con- ciencia, esta impulsividad y estas tendencias inconscientes son permitidas por la conciencia; pero si entran en conflicto con las tareas, deberes o prin- cipios del individuo, él se empeña en controlarlas y someterlas a sus fines.
Los contenidos psíquicos inconscientes o íntimos influyen normal- mente sobre la actividad a través de la conciencia y en esta forma son controlados. Aunque el sujeto no tome conciencia de ellos, sí puede per- catarse de las consecuencias de las acciones que pueden evocar y de esa forma mantenerlos bajo control.
Ahora bien, si las tendencias inconscientes del sujeto se armonizan con la orientación consciente, contribuyen a regular la actividad y cons- tituyen importantes factores en la motivación. Solo en circunstancias poco frecuentes en el sujeto normal, o muy a menudo en determinadas desvia- ciones o momentos patológicos, las motivaciones inconscientes predo- minan sobre las metas conscientes en la regulación de la actividad.
Lo anterior no niega que en casos más o menos frecuentes (en suje- tos normales), estos no tomen conciencia de cuáles son las necesidades y motivos más poderosos de su personalidad y solo se enfaticen ante su vista ciertas metas conscientes que no coincidan con tales necesidades o motivos predominantes, pero que pueden servir de vías para su satisfac- ción o descarga inespecífica.
En condiciones sociales de distribución muy desigual de los bienes y de la posición social, en que a la vez se le exige al individuo el cumpli- miento con la moral, puede surgir el conflicto antagónico entre su nece- sidad predominante de posesión de bienes, de disfrute personal o de una más alta posición social, y el autorequerimiento moral. En ese conflicto, el afán individual puede pasar a ser inconsciente o íntimo y únicamente la meta moral puede predominar ante su autopercepción consciente, sin embargo, el cumplimiento con dicha meta puede ser, además y principal- mente, una vía o medio para lograr tal aspiración individual, no plena- mente consciente.
En personalidades más o menos normales, pero no bien integradas psíquicamente, determinadas tendencias extremas o desintegradoras pueden permanecer íntimas o inconscientes, o puede ocurrir que ciertas vivencias traumáticas, derivadas de su vida anterior pueden estimular
metas conscientes que ante el sujeto no guarden relación con tales ten- dencias extremas ni vivencias traumáticas del pasado. La meta consciente es la predominante en la regulación de su actividad, pero puede ser que su principal fuerza dinámica proceda de fuentes no reconocidas.
En la esfera motivacional, una de las fuentes más importantes de las tendencias inconscientes se encuentra en la motivación inespecífica. El sujeto se inhibe de tomar conciencia de ciertos motivos, necesidades, características personales o situaciones externas cuyo reflejo consciente afecta negativamente a la personalidad social del ser humano. Gracias a esta actividad del sujeto, dichos contenidos permanecen inconscientes o en el fondo íntimo e impreciso de la conciencia.
De todo lo anterior se comprende que en la medida en que una per- sonalidad esté bien integrada psíquicamente y el medio sociohistórico favorezca la armonía entre las necesidades sociales y las individuales, entre el individuo y su medio, habrá una mayor identidad y correspon- dencia entre la motivación consciente y la inconsciente; el sujeto estará plenamente consciente de sus motivaciones más importantes o influyentes. En la interacción de lo consciente y lo inconsciente se produce una modificación y transformación recíprocas de ambos. Las motivaciones in- conscientes son controladas y modificadas bajo la influencia de la regula- ción consciente o voluntaria de la actividad, pero también en última instancia, influyen sobre las motivaciones conscientes modificándolas en la dirección de la armonía entre lo consciente y lo inconsciente, o sea, que tanto la conciencia modifica los contenidos psíquicos inconscientes, como estos últimos, ante su persistencia y la reiteración de su conflicto con la conciencia, obligan a transformar los contenidos psíquicos conscientes.
De este modo, la autonomía, el predominio y poder integrador de la conciencia se modifica también, en última instancia, en la dirección de su armonía y correspondencia con los factores motivacionales inconscien- tes, pues el equilibrio de la personalidad humana consiste tanto en el predominio estable y poder integrador de la conciencia, como en su ar- monía y correspondencia con los determinantes psíquicos inconscientes.