Los hombres consiguen lo que quieren de tres maneras: planificando, trabajando y rezando.
General Patton
Gran parte de la historia de Estados Unidos se basa en raíces espirituales desde el grupo de gente que surcó los mares a bordo del Flor de mayo en busca de libertad religiosa hasta las primeras guerras que tuvieron que librar para establecerse en esas tierras.
Ellos confiaron en Dios.
Por lo visto, en aquella época, las plegarias formaban parte del proceso público. Durante mi investigación, descubrí un discurso de Benjamin Franklin con el que se dirigía a la asamblea en la Convención Constitucional de 1787. El grupo de debate llevaba cinco semanas reunido y estaba en un punto muerto, incapaz de desatascar la situación. El viejo Ben, que por aquel entonces tenía ochenta y un años, les sugirió:
Al principio de la contienda contra la Gran Bretaña, cuando éramos conscientes del peligro, realizábamos una plegaria diaria en esta sala para pedir protección divina. Y nuestras plegarias, Señor, fueron escuchadas, y fueron respondidas con generosidad…
Señor, he vivido muchos años, y cuantos más años vivo, más pruebas convincentes veo de esta verdad, de que Dios gobierna en los asuntos de los hombres. Y si un gorrión no puede caer al suelo sin que Él lo sepa, ¿cómo es posible que se levante un imperio sin Su ayuda?
Y, por tanto, suplico permiso para avanzar; pido que, a partir de ahora, esta Asamblea organice una plegaria matinal antes de las sesiones implorando la ayuda del cielo y su bendición en nuestras deliberaciones, y pido que uno o más de los clérigos de la ciudad oficien estos servicios.
La moción se vio secundada, pero, por lo visto, se levantó la sesión sin haber votado el asunto.
George Washington, que entonces era presidente de Estados Unidos, presidió la convención. Supongo que estuvo de acuerdo con el plan, puesto que era conocido por rezar mañana y noche sobre una Biblia abierta. De hecho, algunos creen que fue
la «plegaria secreta» del presidente lo que acabó declinando la balanza en la Revolución estadounidense cuando decidió liderar al ejército continental contra las tropas británicas.
Durante la batalla de Valley Forge, las tropas revolucionarias estaban atrincheradas en el campo de batalla, muertas de frío y de hambre. Un día, un granjero que vivía por los alrededores acercó las ansiadas provisiones a las tropas y, de camino de regreso a su casa por el bosque, oyó una voz. La siguió hasta que llegó a un claro, donde vio a un hombre arrodillado, rezando en la nieve. El granjero regresó a casa y, muy emocionado, le dijo a su mujer: «¡Los estadounidenses conseguirán la independencia!». Su esposa le preguntó: «¿Por qué lo dices?». Y el granjero respondió: «He oído a George Washington rezar en el bosque, y seguro que el Señor escucha sus plegarias. ¡Seguro que sí! Tranquila, que sí». Por supuesto, el resto es historia.
Muchos artistas han reflejado la imagen de Washington rezando de rodillas en Valley Forge y, según ushistory.org, «En las décadas de 1920 y 1930, había un guía que organizaba visitas y enseñaba el punto exacto donde el general se arrodilló para rezar». Aunque se ha debatido mucho sobre el hecho de que Washington rezara al aire libre, sí que se sabe que era un hombre que rezaba. Yo también apuesto a que rezó en Valley Forge.
Después, durante la guerra civil, era habitual que los soldados rezaran juntos. Como escribió el soldado confederado William M. Dame: «A veces, varios soldados se unían para rezar mientras los demás disparábamos. Varias veces […] nos reuníamos bajo el fuego cruzado […] y organizábamos esa hora de plegaria al día, al atardecer, durante toda la contienda».
A continuación, muestro un poema sobre la plegaria escrito por un soldado de dicha guerra.
No siempre obtenemos aquello por lo que rezamos
(Soldado anónimo, guerra civil estadounidense) Pedí fuerza a Dios, para poder conseguir cosas.
Me hicieron débil, y debo, humildemente, aprender a obedecer. Pedí salud para poder hacer grandes cosas.
Recibí enfermedad para poder hacer cosas mejores. Pedí riquezas para ser feliz.
Pedí todo para disfrutar de la vida. Y recibí la vida para disfrutar de todo.
No recibí nada de lo que pedí, sino todo lo que deseaba. Aunque no me lo creyera, mis plegarias fueron respondidas. Yo, entre todas las personas, soy el más bendecido.
A mí, que soy una persona que nunca ha formado parte del ejército ni ha participado activamente en una guerra, me fascina ver la importancia de las plegarias en una situación así, desde generales a soldados. Tanto el general Douglas MacArthur como el general George Patton tuvieron funciones muy importantes en dos grandes guerras (la primera y la segunda guerra mundial, respectivamente) y los dos eran hombres de fe.
A pesar de ser soldados condecorados del más alto rango, supieron comprender el precio que sus hombres tenían que pagar en la guerra. Una vez, MacArthur dijo: «El soldado, más que cualquier otra persona, reza por la paz porque es él quien debe sufrir y soportar las heridas y cicatrices más profundas de la guerra».
Una película de PBS explica una historia sobre MacArthur después de sufrir «la mayor derrota de la historia del ejército de Estados Unidos» en 1942. Tuvo que hacer que se rindieran a más de 70.000 soldados que vigilaban la bahía de Manila. Juró que regresaría a por ellos y, al final, mantuvo su palabra. Aunque para entonces ya sólo quedaban 30.000 hombres. Cuando regresó a Manila, una ciudad que adoraba y en la que había vivido con su mujer y su hijo pequeño durante años antes del inicio de la guerra, lo hizo con el corazón tan compungido que «MacArthur no pudo terminar su discurso. Se derrumbó y recitó la plegaria del Señor».