LA VIOLENCIA EN COLOMBIA TOMO
EL CONFLICTO EN ANTIOQUIA
El país, por un raro fenómeno, desconoce la intensidad de la violencia en el departamento de Antioquia, ciertamente uno de los más afectados. En pocas partes chocaron con más espantable encono las dos fuerzas contrarias que son la clave del conflicto colombiano en esta primera etapa;
la decisión de imponer un hecho político mediante la acción de elementos oficiales y la defensa de un sector colombiano cuyos derechos sabía lesionados con innegable injusticia.
El primer grupo rebelde lo integran Manuel Giraldo («aplanchado» dos veces), Luís, Antonio y Aurelio Giraldo, un señor Durango y tres más, que cualquier día asesinan en Galilea al inspector, al secretario y cuatro policías. Queman la Inspección, una cantina y tres casas.
En noviembre de 1949 mueren a manos de rebeldes el inspector de Antasales (Dabeiba) y cuatro agentes.
La violencia oficial que se desata da origen a grupos diversos que progresivamente se acogen a las directivas de un comando unificado que se ubica en Pavón al mando de Juan de J. Franco. Otro ocupa a Camparrusia y en él actúan como jefes Manuel Giraldo, Arturo Rodríguez y Aníbal Pineda. Un tercer grupo opera en La Vereda del Placer (Sabanalarga), registrándose como su primer asalto el del camino de Barbacoas donde muere el teniente Colorado. Después se enfrenta a seis guardias departamentales y seis municipales en la quebrada La Sucia, dando de baja al agente Vanegas. Esto sucede a mediados de 1950.
La lucha debía ser salvaje, sin cuartel. Los acontecimientos así la impusieron. Se presentan hechos atroces consumados por las autoridades y por los rebeldes; el pasquín se convierte en un ultimátum perentorio.
Daniel Valderrama y otros cuatro campesinos son quemados vivos en El Canelo. Los cadáveres arrojados al río Cañasgordas son incontables. El descuartizamiento se hace espectáculo de cotidiana ocurrencia.
En Urama el 2 de febrero de 1953 cae fulminado un sargento de la policía. ¿Qué pasa entonces? Lo de siempre; no pudiéndose vengar de la guerrilla, los policías se desquitan con lo que encuentran: incendian los edificios de elaboración de café pertenecientes a Rubén Rodríguez; pasan a la casa de don Luís Manco y asesinan a la esposa, una hija casada y violan a otras dos dejándolas colgadas para ahorcarlas. Después lo queman todo.
«Ala noticia de la muerte del sargento, las salidas del pueblo de Urama son taponadas y los policiales concentran todos los hombres en la plaza. Forman luego tres grupos de prisioneros; el primero, al mando del teniente López, toma el camino de Camparrusia y en el Guamo después de despojar a los prisioneros de cualquier objeto que represente algún valor, los acuchillan con machetes, bayonetas y puñales. A los dos días la guerrilla sepulta allí 19 cadáveres, muchos de ellos totalmente desnudos.
la marcha. Los enterró el padre Gaviria en Dabeiba.
»A los restantes, bajo la responsabilidad del teniente Mejía Toro, se les obliga a conducir el cadáver del sargento por el camino de Cañada Adentro hacia Uramita. A lo largo de una marcha de 4 leguas dejan asesinados a la vera del camino a los que rinde el cansancio. La policía arrojó los 16 últimos cadáveres a la acequia del acueducto de Uramita y días después el agua bajaba con piltrafas humanas»34,
De una carta pastoral de monseñor Miguel Ángel Builes, obispo de Santa Rosa de Osos, transcribimos algunos apartes que indican a las claras el extremo que se alcanzó en Antioquia: «Una madre joven de nuestra diócesis, medio enloquecida después de ver partir en trozos a su esposo y a sus tres hijos mayorcitos, cuando acometieron contra el más pequeñito de ellos, por su amor materno reaccionó y se abalanzó contra el verdugo, a quien hirió en un brazo. Entonces los once bandoleros restantes cayeron sobre la valiente mujer y la desollaron viva desde la cabeza hasta los pies, y ya de día la arrojaron viva y sanguinolenta a la huerta de la casa, a la acción del sol, de las moscas y animales carnívoros, hasta morir»35.
Ya había dicho el prelado en el mismo documento: « ¿Por qué esta sevicia? ¿Quién les ha indicado a esos verdugos los mismos procedimientos en todos los rincones de Colombia, con hombres, mujeres, niños y sacerdotes del Altísimo? Todos los relatos son uniformes al describir el sadismo, la sevicia inconcebible. Que se les asesinara de un golpe certero no sufrirían las víctimas, tan crueles martirios, dolores y agonías. Muchos han sido asesinados a pedacitos como acaeció, por ejemplo, al registrador de Caucasia en agosto último, cuando a machetazos le iban destrozando primero las manos, luego los pies; y al clamor del infeliz, de "Mátenme de una vez", contestaban burlándose: "Queremos que sufras"»36.
Juan de J. Franco, jefe del comando revolucionario del suroeste y occidente antioqueños, en memorial dirigido al gobernador militar el 1° de julio de 1953, describe así la situación imperante entonces:
34 Ernesto León Herrera, Lo que el cielo no perdona (Bogotá, 1'54:),4a ed..,pp. 174 y ss. 35 Citado por Fidelis, El basilisco en acción, pp. 170-171
«Por las aldeas y poblaciones de Colombia, comenzaron a verse, por primera vez, caras hostiles, gentes extrañas importadas a sueldo del gobierno, las cuales, amaestradas por instructores traídos especialmente de España, se dedicaban a recorrer valles y montañas y dondequiera que llegaban la emprendían contra los ciudadanos de filiación liberal, a quienes ultrajaban, requisaban v decomisaban sus cédulas para inhabilitarlos electoralmente. Era la falange en acción.
"Después siguieron las depredaciones y como cada día traía su afán, otros sistemas aparecían y, para aplicarlos, la Policía, fusil al hombro, entró a los campos, no propiamente en son de paz, sino con el ánimo de ejercer venganzas, sembrar el terror y arrasar poblados; en fin, exterminio desorbitado de vidas y haciendas. Así caían asesinados honrados y pacíficos campesinos, humildes labriegos que no habían cometido "otro delito", así podría llamarse, que el de profesar ideas contrarias a las de los que eran dueños de la fuerza.
»Mis ojos, señor Gobernador, -vieron muchas cosas. Me tocó presenciar cómo a las ciudades llegaban hombres mutilados, mujeres violadas, niños flagelados y heridos. Vi a un hombre a quien le cercenaron la lengua, y refieren los testigos que, amarrados a un árbol presenciaban esa escena dantesca, que los policías que ejecutaban ese acto decían: "Te la cortamos para que no volvás a gritar vivas al Partido Liberal, manzanillo, h. p". Y a algunos les amputaron los órganos genitales para que no procrearan más liberales; a otros les amputaban las piernas y los brazos y, sangrantes, los hacían caminar de rodillas. Y supe de campesinos a quienes mantenían sujetados mientras otros policías y civiles conservadores, por turnos rigurosos, violaban a sus esposas y a sus hijas.
»También supe del incendio de la histórica y gallarda ciudad de Rionegro, por tratarse de que era la meca del liberalismo antioqueño. Era el desarrollo de un preconcebido plan de exterminio.
»Sobre todo, las gentes humildes del liberalismo eran víctimas de la sevicia y de las depredaciones de estos agentes uniformados. Se fusilaban mujeres, ancianos y niños, a plena luz pública. Los agentes oficiales se posesionaban de las fincas de dueños liberales. Mataban a sus propietarios, requisaban sus guarnieles y disponían del dinero, de sus bestias, de todo cuanto les proporcionaba el sustento de sus familiares. Era un zafarrancho de pillaje y orgía de sangre lo que cometían. »La impunidad y las sombras de la noche cobijaban esos atroces procedimientos, estimulados por altos funcionarios del gobierno, Y todo eso se cometía en el falso nombre de Dios, con escapularios en el bolsillo y sin remordimientos. Los principales actores del sangriento drama eran policías secundados por civiles conservadores.
»Si me detuviera a contarle los más atroces crímenes que cometió la policía a nombre del Gobierno y del Partido Conservador, me haría interminable. Solo las aguas de los ríos podrán decirle cuántos liberales hallaron su tumba en sus corrientes. De la cárcel de Salgar se sacaron más de cien presos políticos y liberales y fueron asesinados y sus cadáveres rodaron por despeñaderos y vertientes. En Morelia se colgó del techo de la cárcel a numerosos copartidarios. Otros contemplaban horrorizados la consumación del crimen, mientras esperaban su turno. En La Vargas, paraje netamente liberal del municipio de Betulia, el capitán de la policía, Arturo Velásquez, se sació en la matanza horrorosa de campesinos. A pesar de los numerosos denuncios comprobados que existen contra este tristemente célebre funcionario de la Policía, aún continúa en su puesto, matando y cometiendo toda clase de atropellos»37. ¡Todo esto fue fruto del sectarismo político!