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CONFLICTOS ENTRE MEDIO AMBIENTE Y EMPLEO

In document Biomimesis Def (página 191-200)

“La dimensión del empleo es extraordinariamente importante, pero no puede convertirse en el criterio último para decidir la línea sindical sobre las grandes cuestiones de sociedad. Empezando porque las divisiones que refejan contraposiciones de intereses son internas al propio sindicato. Pensemos por ejemplo en el modelo de transporte: un modelo de transporte insostenible, como el actual, da empleo a decenas de miles de trabajadores en el sector del petróleo y de la automoción; mientras que un modelo de transporte ecológicamente viable potenciaría el ferrocarril en detrimento del automóvil privado (el consumo energético por pasajero transportado y kilómetro resulta en el transporte colectivo, en promedio, cinco veces menor que en automóvil privado).

Permítaseme una broma macabra: si el criterio del empleo fuese el absolutamente decisivo, lo mejor sería promocionar la energía nuclear a marchas forzadas. ¡Empleos fjos, y fjados localmente, y muchos de ellos de alta cualifcación, curante cientos de miles de años! Eso sí, la ‘producción’ fundamental no sería la energía eléctrica --la vida media de una central nuclear apenas supera los treinta años- - sino el cuidado médico de los cánceres producidos por la radiación ionizante, y la necesidad de vigilancia de unos residuos radiactivos y unas instalaciones contaminadas que seguirán causando peligro durante lapsos de tiempo que tienen que ver más con la geología que con la historia humana. Realmente, no parece un método aceptable de creación de empleo.

Por otro lado, en cierto sentido el conficto entre medio ambiente

y empleo es superfcial. No se me entienda mal: quiero decir que

de benefcios privados es el criterio real de decisión económica, la creación de empleo constituye su mecanismo legitimador. El criterio de la creación de empleo neutraliza cualquier demanda de racionalidad ambiental o de condiciones de trabajo dignas. Seguir planteando el empleo como la principal prioridad social, a la que deben supeditarse las demás cuestiones, supone estar jugando permanentemente en un terreno hostil” (“Empleo y medio ambiente. Necesidad y difcultad de un proyecto alternativo”, ponencia en el curso de verano de la UCM “Nuevas economías: una alternativa ecológica”, San Lorenzo del Escorial, 19 al 23 de julio de 2004).

permaneciendo iguales las demás circunstancias, la producción con protección ambiental exige más trabajo humano que la producción ambientalmente irresponsable (si añadimos fltros anticontaminación e instalaciones de depuración de vertidos líquidos, por ejemplo). Entiéndase bien lo que quiero decir: sostener que el conficto entre medio ambiente y empleo es (en cierto sentido) superfcial no quiere decir, por supuesto, que en esa superfcie o coyuntura el conficto entre intereses contrapuestos no alcance en ocasiones gran intensidad, e ignorar que las reconversiones industriales en general --y las inducidas por razones ecológicas en particular-- son causa de graves sufrimientos y problemas para los trabajadores supondría una frivolidad imperdonable. Pero al enjuiciar estas cuestiones nos importa subrayar que producir ecológicamente requiere no buscar siempre los incrementos de productividad del trabajo humano a costa de una baja productividad de la energía y las materias primas y una alta intensidad de capital. Tras la ecologización estructural de

la economía el trabajo socialmente necesario tendería a aumentar, pues la producción sería menos intensiva en energía y materiales y más intensiva en trabajo humano. El verdadero conficto de fondo no se da entre medio ambiente y empleo sino entre productivismo capitalista y protección de la biosfera; entre benefcios empresariales

y salud de los ecosistemas (y de las personas y animales que en ellos viven). Sobre estas cuestiones se refexiona con más detalle en el capítulo [del libro Trabajar sin destruir] ‘Empleo en la transición hacia una sociedad sustentable’, así como en ‘Por qué necesitamos una Transición Justa para evitar el conficto entre medio ambiente y empleo’ y en ‘Ecosindicalismo imprescindible’.

Hemos de recobrar el gobierno de nuestros propios destinos: éste no puede quedar a cargo de las fuerzas ciegas de la acumulación de capital, o del desarrollo indomeñable de una tecnociencia autonomizada de los fnes, valores y deseos humanos. Cuestión ésta última --la de la técnica-- para la cual las contribuciones de Eduardo Gutiérrez y Otto Ullrich a este volumen intentan aportar criterios de valoración.

El sindicato, colectivamente, necesita con urgencia desarrollar competencia científca y capacidad de análisis en terrenos nuevos o hasta ahora poco explorados: nuevas tecnologías limpias, minimización de residuos, efciencia en el empleo de la energía y los materiales, contabilidad de energía y materiales, análisis del ciclo de vida de los productos, evaluación de riesgos, nuevas formas de organización del trabajo y del tiempo de trabajo, ecología, control social de la tecnociencia. Y los delegados sindicales, sin aspirar por supuesto a convertirse en expertos en todas estas materias, sí que deberían adquirir información básica, punto de vista bien orientado y capacidad de enjuiciamiento sobre las grandes opciones a las que nos enfrentamos.

En lugar del conficto (en cierto sentido superfcial o coyuntural, como acabamos de indicar) entre medio ambiente y empleo, tenemos que situar en el centro de los debates públicos sobre estas cuestiones

el conficto mucho más sustantivo entre el capitalismo y una biosfera viable. No hay posible ecologización de la economía sin control social de la inversión: sin decisiones ecológicamente sensatas sobre

qué se produce y cómo se produce. Esto supone una amenaza directa al poder de clase de los capitalistas. La ecología, también aquí, es un

asunto de lucha de clases.”

Jorge Riechmann, “Trabajo y medio ambiente en la era de la crisis ecológica”, en Jorge Riechmann y Francisco Fernández Buey, Trabajar sin destruir.

Trabajadores, sindicatos y eclogismo, HOAC,

Madrid 1998, p. 27-29. Abordé con más detalle la cuestión en “Empleo en la transición hacia una sociedad sustentable: posibilidades y límites”, capítulo 8 de ese mismo libro.

Por tanto, hay que abrir la “caja negra” del empleo tanto como la

del PIB. Se trataría de distinguir entre aquellas actividades donde

presumiblemente prevalecen los aspectos constructivos sobre los destructivos (la fabricación de generadores eólicos, pongamos por

caso) y al revés (la construcción de nuevas infraestructuras viarias para automóviles en la era del “efecto de invernadero”, por ejemplo), para fomentar las primeras y frenar las segundas. Es decir, hay que poner en marcha políticas industriales, y políticas económicas, y políticas de empleo orientadas ecológicamente.

Excurso: sobre trabajo relacional y trabajo productivo

Me inquieta la ligereza con que lo que podríamos llamar el sector autónomo de la izquierda española, esos jóvenes rebeldes posmodernos que nutren –entre otros componentes— los movimientos alterglobalizadores, aborda la cuestión del trabajo productivo. Según algunos de los análisis puestos en circulación, vivimos en la sociedad-red, donde la fábrica se ha desbordado e invadido lo social, convirtiéndolo en el principal resorte de la producción. Entonces

“la externalización, la deslocalización y la fexibilización se convierten en consignas y el trabajo comunicativo y relacional se hace el pivote esencial, el interfaz activo, de esta sociedad cada vez más en red. La paradoja de estas transformaciones reside, sin embargo, en que estas capacidades relacionales y comunicativas que están en el centro de la economía actual no pertenecen nunca a un trabajador aislado, sino que están inscritas (se forman y se recrean) en el tejido social concreto del que cada trabajador forma parte. Por otro lado, dentro de este contexto en red, también el consumidor/ espectador/ ciudadano trabaja cuando escoge un producto en lugar de otro, un programa en lugar de otro, un candidato en lugar de otro. Y las comunidades subalternas trabajan cuando inventan un nuevo modo de llevar los pantalones (aunque sea por falta de pasta)

que luego un cazador de tendencias venderá a una multinacional de la moda. Sin embargo, el chantaje radica precisamente en que, aunque lo que se pone a trabajar es común, la retribución sigue siendo individual y, en el fondo, profundamente arbitraria.”248

Está bien atender a lo nuevo: pero el peligro es sobrevalorarlo, convertirlo en elemento central de un análisis que puede resultar gravemente desequilibrado. ¿Hasta qué punto, en fases anteriores de la sociedad industrial, no se trabajaba “en red”? ¿De verdad se piensa que el paradigma del trabajo en la economía actual lo constituyen los actos de elección del consumidor, o el joven de barrio periférico que inventa un nuevo modo de llevar los pantalones? ¿No deslumbra a estas “Precarias a la deriva” el espejismo de un Centro social más o menos “virtualizado” y “desmaterializado” que sin embargo

sigue siendo absolutamente dependiente de una pesada producción material, sólo que, eso sí, el grueso de ésta se “externaliza” hacia

regiones lejanas de la periferia, en el contexto de una nueva división internacional del trabajo? Aunque el acero se produzca en Corea, la soja en Brasil y los productos textiles en China, ¿dejamos por eso de usar en Europa cantidades crecientes de acero, soja o textiles?

Dicho de otra forma: si el trabajo comunicativo y relacional se ha hecho más visible en las sociedades del Centro no es porque haya disminuido el trabajo directamente productivo en términos absolutos, y quizá ni siquiera en términos relativos, sino porque éste último –generador de menos valor añadido-- se “deslocaliza” y “externaliza” hacia la Periferia, con todos los costes sociales y ecológicos anejos, y sin que el dominio de la burguesía mundial sobre el conjunto se vea quebrantado. Y prestar demasiada atención a los aspectos “desmaterializados” de la “sociedad-red” nos ciega para percibir otros aspectos harto signifcativos de nuestra situación

248 Precarias a la Deriva: “Léxico europeo provisional de libre copia, modifcación y distribución para malabaristas de la vida”, Viento Sur 80, mayo de 2005, p. 58.

actual, que ningún análisis materialista puede obviar (por ejemplo, los relativos a los fujos de energía, materiales y dinero a través del espacio económico mundial249). Vaclav Smil se refería a un fenómeno conexo:

“Nuestras economías son predominantemente economías de servicios, si nos atenemos a la asignación de la fuerza de trabajo. Pero dependen, no menos que hace un milenio, de una producción adecuada de alimentos. (...) Decir, como dicen tantos economistas, que la agricultura no importa tanto como importaba porque sólo le corresponden unos cuantos puntos porcentuales del PIB revela una confanza conmovedoramente ingenua en los procedimientos de estimación arbitrarios y una profunda ignorancia del mundo real. Nuestra civilización ‘posmoderna’ se las arreglaría perfectamente sin Microsoft y sin Oracle, sin cajeros automáticos y sin internet, pero se desintegraría en unos cuantos años sin abonos nitrogenados sintéticos y se desplomaría en unos meses sin proliferación bacteriana. Nuestro primer deber es cuidar esos factores que son en verdad básicos.”250

Sin una revalorización del trabajo productivo –para lo cual hace falta primero que éste se haga socialmente visible, claro está--, no cabe pensar, creo, en una sociedad más o menos reconciliada con la naturaleza: el trabajo productivo sí que es el “interfaz” básico entre naturaleza y sociedad. Éste es un asunto que lleva lejos y que he 249 Véase al respecto Joaquín Nieto y Jorge Riechmann (coords.): Sustentabilidad y

globalización. Flujos monetarios, de energía y de materiales, Germania, Alzira 2003.

250 Vaclav Smil, Alimentar al mundo –un reto del siglo XXI, Siglo XXI, Madrid 2003, p. xvii. Para una argumentación paralela referida a las tecnologías de la información y la comunicación véase Óscar Carpintero, “Los costes ambientales del sector servicios y la nueva economía: entre la desmaterialización y el efecto rebote”, Economía

tratado en otros lugares251.

No pertenezco al club de los intelectuales que se excitan sólo con oír las palabras “rizomático” o “multitud”.252 Milagro puede señalizar una expectativa poética, pero no reemplaza a un programa para la acción común. La sustitución de las categorías políticas por otras procedentes del ámbito teológico o mítico no puede dejar de producir inquietud. Yo, al menos, distingo entre análisis político y poema.

No cabe eliminar la tragedia de la existencia humana

Pero entonces, si –de acuerdo con la idea de producción conjunta— producción y destrucción van siempre de la mano, ¿de perdidos al río? ¿Para qué preocuparse de conservación ecológica, desde semejante negro trasfondo?

Creo que la respuesta ha de desplegarse en dos momentos. Por una parte, resulta ilusorio pretender eliminar la tragedia de la

existencia humana: matamos para vivir. No podemos alimentarnos

sin causar la muerte de algunos seres vivos (al menos, de plantas); no podemos producir bienes y servicios sin generar algunos daños en los ecosistemas y a los seres vivos que dependen de ellos. Por decirlo con una imagen: el conocido eslogan ecologista habla de caminar

ligeramente sobre la tierra, que es a lo que hay que aspirar (y no a levitar unos palmos por encima de la tierra, empeño neurótico –o

psicótico— donde los haya).

Pero –y éste es el segundo momento— no da lo mismo ocho

que ochenta: la magnitud de ese daño ecológico depende de nuestras

elecciones. Con diferentes opciones de producción y consumo, podemos causar daño de magnitud uno, daño cinco, daño veinte o 251 Algunos apuntes en Jorge Riechmann, Cuidar la T(t)ierra, Icaria, Barcelona 2003, p.

447-451.

252 Excelente la crítica de Multitud, de Negri y Hardt, por Daniel Bensaid: “Multitudes ventrílocuas”, Viento Sur 79, Madrid, marzo de 2005, p. 59-72.

daño cien: y la responsabilidad, en cada caso, será de quienes han o hemos tomado esas decisiones (incluyendo también decisiones de inacción).

Por ejemplo, según un estudio efectuado en 2000 por la consultora medioambiental española AUMA --auspiciado por organismos en su mayoría ofciales, entre ellos el IDAE-- las energías

convencionales tienen en promedio 31 veces más impacto ambiental que las renovables. Utilizando como unidad de medida el ecopunto

(cuantos más, peor), la producción energética con lignito encabeza la lista negra con 1.735, seguida de la de petróleo con 1.398, la de carbón con 1.356, la nuclear con 672, la de gas natural con 267, la minihidráulica con 5 y la eólica con 65 (en este último caso no por la producción de electricidad, sino por la fabricación e instalación de los aerogeneradores). Producir un kilovatio hora con una central minihidráulica tiene 300 veces menos impacto medioambiental que con lignito, y 50 menos que con gas natural. La relación entre la utilización de carbón y molinos de viento es de 21,5 a 1.

Cabe preguntar por último: ¿cómo nos situamos cerca del daño de magnitud uno, y evitamos el de magnitud cien? ¿De verdad no hay escapatoria a los graves dilemas que plantea la producción conjunta? En cierto sentido sí que la hay: estribaría en producir como lo hace

la naturaleza. Es decir, emplear la capacidad autoorganizativa de la

vida, y el fujo inagotable de la energía solar, para contrarrestar la degradación entrópica. Con ello desembocaríamos en las propuestas de biomímesis, que trataré con mayor detalle más abajo.

Racionalidad de los valores

La OCDE ha señalado que el término “desacoplamiento” (decoupling en inglés) se refere a “romper el vínculo entre los bienes económicos y los males ambientales”253; y –según vimos en el capítulo anterior— 253 OCDE: Indicators to Measure Decopupling of Environmental Pressure from Economic

perseguir el desacoplamiento por la vía del incremento de la ecoefciencia constituye para el establishment político-económico la estrategia central de sostenibilidad. Ahora bien, si el concepto de producción conjunta, y los razonamientos conexos, resultan acertados, entonces vemos que en última instancia no se pueden

romper los vínculos entre bienes económicos y males ambientales,

lo cual viene a remachar las conclusiones críticas sobre ecoefciencia que ya avanzamos en el capítulo anterior.

Desde un punto de vista más propiamente flosófco, siempre hay que preguntar: ¿efciencia para qué? La efciencia no tiene valor en sí misma, sino un valor instrumental: es buena cuando nos sirve para “perseguir bien” –efcientemente— fnes valiosos. Si en nuestra actividad económica prevalecen los aspectos destructivos sobre los constructivos, realizar más efcientemente esa actividad no contribuye sino a incrementar la destrucción254.

En esta cultura de la sobrevaloración de la razón instrumental, de cultivo de los medios con olvido de los fnes, a menudo se da por supuesto que los argumentos decisivos son técnicos, y las actividades más valiosas son igualmente técnicas. Hacen falta sabios como Manuel Sacristán para recordarnos que “la racionalidad que importa es la racionalidad de los valores, es decir, la racionalidad moral y social”255. Y que si lo económico es lo básico, “lo político-moral es

Growth, SG/SD(2002)1/ FINAL, del 16 de mayo de 2002, p. 4.

254 Una observación adicional puede ser la siguiente: “La efciencia no es muy divertida. En un mundo dominado por la efciencia, cada desarrollo sólo serviría a objetivos estrechos y prácticos. La belleza, la creatividad, la fantasía, el disfrute, la inspiración y la poesía se irían al garete, creando en su lugar un mundo nada atractivo. Imaginemos un mundo totalmente efciente: una cena italiana consistiría en una píldora roja y un vaso de agua con aroma artifcial. Mozart aporrearía el piano sin piedad. Van Gogh usaría un único color. El extenso Canto de mí mismo de Whitman cabría en una sola página. Y ¿qué decir del sexo efciente? Un mundo efciente no puede ser imaginado como un mundo delicioso: al contrario que la naturaleza, sería totalmente cicatero” (Michael Braungart y William McDonough, Cradle to cradle (de la cuna a la cuna), McGraw Hill, Madrid 2005, p. 60). Tendré algunas consideraciones que hacer al respecto en el capítulo fnal de este libro. 255 Manuel Sacristán: M.A.R.X. (Máximas, aforismos y refexiones con algunas variables

libres), edición de Salvador López Arnal, Los Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003,

siempre decisivo”.256

En un libro importante257, Enric Tello fundamenta con pasión y rigor la perspectiva del desarrollo humano sostenible frente al mero crecimiento del PIB. También esto se sitúa en la clara estela de Manuel Sacristán: “Hay que cambiar los objetivos, los valores. El valor no es ya producción de bienes, sino de vida.”258 Y ambos están prolongando una línea de refexión que viene de muy lejos –de William Morris, John Ruskin y Lewis Mumford:

“El benefcio permanente que surge del proceso económico en general está en los elementos relativamente no materiales de la cultura, en la herencia social misma, en las artes y las ciencias, en las tradiciones y procesos de la tecnología, o directamente en la vida misma, en aquellos enriquecimientos reales que proceden de la libre explotación de la energía orgánica en el pensamiento, la acción y la experiencia emocional, en el juego, la aventura, el drama y el desarrollo personal, benefcios que perduran a través de la memoria y la comunicación más allá del momento inmediato en que se disfrutaron. En resumen, como dijo John Ruskin, there is no wealth but life [no hay riqueza sino vida/ la única riqueza es la vida]: y lo que llamamos riqueza de hecho solamente lo es cuando es un signo de vitalidad potencial o real.”259

256 Sacristán: M.A.R.X., op. cit., p. 342.

257 Enric Tello: La historia cuenta. Del crecimiento económico al desarrollo humano

sostenible. Libros del Viejo Topo, Barcelona 2005.

258 Sacristán: M.A.R.X., op. cit., p. 358.

259 Lewis Mumford, Técnica y civilización, Alianza, Madrid 1992, p. 402. (La edición original inglesa es de 1934.)

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