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ORÍGENES DEL TÉRMINO “ECOEFICIENCIA”

In document Biomimesis Def (página 165-174)

“El término eco-efciencia fue ofcialmente acuñado en 1992 por el Business Council for Sustainable Development, un grupo de 48 promotores industriales que incluía a Dow Chemical, DuPont, Conagra y Chevron, al cual se había solicitado que aportara una perspectiva empresarial a la ‘Cumbre de la Tierra’ de Río de Janeiro. El Consejo redactó su llamamiento al cambio en términos prácticos, 210 Ernest García, El trampolín fáustico, Tilde, Valencia 1999, p. 41.

centrándose más en lo que el mundo de los negocios podía obtener de una nueva concienciación ecológica que en lo que el medio ambiente podía perder si la industria mantenía las pautas actuales. El informe del grupo, Changing Course (‘Cambiando el rumbo’), que estaba previsto fuera dado a conocer en simultaneidad con la Cumbre, resaltaba la importancia de la eco-efciencia para todas aquellas compañías que quisieran ser competitivas y sostenibles, y que quisieran tener éxito a largo plazo.”211

Cuando el mundo empresarial se pregunta: ¿es posible medir la sostenibilidad?, la respuesta suena inequívoca: la sostenibilidad se mide a través de la ecoefciencia.212 Pero nunca se insistirá bastante en que desacoplar crecimiento económico y presión ambiental no es

sufciente: lo que hace falta es poder garantizar que disminuye una

presión ambiental ya hoy insostenible, y esto no se sigue del mero desacoplamiento. Análogamente, incrementar la ecoefciencia no

basta: la ecoefciencia ha venido mejorando constantemente desde los inicios de la Revolución Industrial hasta nuestros días, al mismo

tiempo que aumentaba constantemente el impacto ambiental global. Como estrategia, la ecoefciencia no es muy novedosa: en 1926 no fue ningún ecologista, sino Henry Ford quien escribió: “Hay que extraer el máximo de la energía, los materiales y el tiempo”213.

Dada esta tendencia al reduccionismo, y siendo conscientes al mismo tiempo de que se ha formado un consenso bastante amplio –que incluye a parte de las elites de la economía y la política, y es de alcance mundial— en torno a la idea de desarrollo sostenible (aunque diferentes partes participantes en ese consenso lo interpreten de manera diferente), una línea de actuación que busque conjugar

211 Michael Braungart y William McDonough: Cradle to cradle (de la cuna a la cuna), McGraw Hill, Madrid 2005, p. 48.

212 Ana García González: “Informes de sostenibilidad, ¿información real o construcción de la realidad?”, Eco-sostenible 9, noviembre de 2005, p. 29.

213 Citado por Joseph J. Romm, Lean and Clean Management: How to Boost Profts and

prudencia y efcacia debería proponer:

1. Aferrarnos a la búsqueda de ecoefciencia como perro que ha dado con un hueso de jamón, a sabiendas de que es el único terreno donde cabe esperar avances relativamente rápidos, y ya está institucionalizado hasta en planes y programas de la envergadura de la Estrategia Europea de Desarrollo Sostenible, y al mismo tiempo

2. insistir constantemente en las limitaciones de esa reducción a la ecoefciencia donde se encastilla el sistema, y en la necesidad de avanzar intentando materializar los demás principios enunciados en el capítulo 1 (sin lo cual seguiremos frmemente encarrilados en un curso de catástrofe), y que recuerdo en el recuadro que sigue: gestión generalizada de la demanda, biomímesis y precaución. • problema de escala: hemos

“llenado” el mundo à principio de autolimitación (o de gestión generalizada de la demanda)

• problema de diseño: nuestra

tecnosfera está mal diseñada à principio de biomímesis

• problema de efciencia: somos

terriblemente inefcientes à principio de ecoefciencia

• problema fáustico: nuestra poderosa tecnociencia anda demasiado descontrolada

à principio de precaución

Nuevas pautas de producción y consumo

Frente a tasas de crecimiento exponencial de la producción no hay “revolución de la efciencia” que aguante el tirón. No bastan por tanto las soluciones tecnológicas; hacen falta cambios económicos estructurales y profundos cambios de valores. Es decir, sufciencia y

justicia además de efciencia. El desarrollo sostenible no es asunto de mejora incremental u optimización de lo existente: se trata de un

salto cualitativo hacia otro orden socioeconómico y socioecológico.

En cierto modo, ello lo reconocen incluso los discursos ofciales, como los de las autoridades de la UE. La apuesta de la Comisión para el futuro estriba en “desarrollar nuevas pautas más sostenibles de producción y consumo”. 214 La posición ofcial de la UE reconoce que “alcanzar la disociación necesaria entre crecimiento económico e impacto ambiental del uso de los recursos e introducir las mejoras necesarias en el uso efcaz de los recursos exigirá un cambio signifcativo de las pautas de producción y consumo...”215 En el mismo sentido, el capítulo III del Plan de aplicación aprobado en la Cumbre Mundial de Desarrollo Sostenible (Johannesburgo, verano de 2002), que se titula precisamente “Modifcación de las modalidades insostenibles de producción y consumo”, arranca así (punto 13):

“Para lograr el desarrollo sostenible a nivel mundial es indispensable introducir cambios fundamentales en la forma de producir y consumir de las sociedades. Todos los países deben esforzarse en promover modalidades sostenibles de producción y consumo, empezando por los países desarrollados, y obrar de forma que todos los países se benefcien con este proceso teniendo en cuenta los principios de Río, incluyendo, entre otros, el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas como se estableció en el principio 7 de la Declaración de Río sobre Medio Ambiente y Desarrollo.”

El siguiente punto –14— obliga a promover programas-marco a

214 Comunicación de la Comisión al Consejo y al Parlamento Europeo: Revisión de la

política medioambiental 2003. Consolidar el pilar medioambiental del desarrollo sostenible, Bruselas, 3 de diciembre de 2003, COM (2003) 745 fnal, p. 15.

215 Comisión de las Comunidades Europeas, Hacia una estrategia temática para el uso

sostenible de los recursos naturales (comunicación de la Comisión al Consejo y al

diez años vista para lograr tales cambios216. Es decir: los acuerdos internacionales al máximo nivel reconocen que no basta con promover la ecoefciencia y obligan al cambio en las pautas de producción y consumo (¡lo cual tiene interesantes derivaciones anticapitalistas, qué duda cabe!). Pero esto signifca potenciación de valores que hoy

son minoritarios, renovación ético-política y cambios estructurales.

Exige una revalorización de la mejora ética frente al crecimiento económico y la innovación tecnológica. La cuestión de la vida buena resulta, a la postre, más importante que la ecoefciencia217.

Privilegiar las actividades de relación social

La verdadera --y deseable-- “desmaterialización de la economía” no se producirá de forma automática como resultado de ninguna “modernización económica”, transición a una “economía postindustrial” o una “economía de servicios” o una “economía del conocimiento”, o alguna de esas otras brillantes transiciones con las que se nos ha intentado deslumbrar en los últimos tiempos. Sólo se alcanzará como resultado de una estrategia social deliberada que

privilegie las actividades de relación social y las formas de desarrollo individual poco intensivas en energía y materiales (cuidados

personales, arte, ciencia, educación, deporte, etc.), en detrimento del consumo de bienes materiales y servicios mercantilizados, siempre creciente en las actuales sociedades industriales capitalistas.

Dicho con un ejemplo: si un país pierde su siderurgia y en 216 A pesar de que la UE ha impulsado estos procesos internacionales con bastante vigor, esto del Plan Marco para la Producción y el Consumo Sostenibles –una obligación internacional, como acabamos de ver—“es un tema tabú en los órganos de gobierno de la UE” (Domingo Jiménez Beltrán, asesor del presidente Zapatero y exdirector de la Agencia Europea de Medio Ambiente, en las jornadas “Dos años después de Johannesburgo” organizadas por la Fundación Sindical Internacional Sustainlabour, La Casa Encendida, Madrid, 25 y 26 de octubre de 2004).

217 He refexionado sobre la cuestión de la vida buena en ¿Cómo vivir?, Los Libros de la Catarata, Madrid 2011.

cambio desarrolla un sector turístico importante (con viajeros que recorren miles de kilómetros en avión para llegar a las soleadas playas y el sexo barato), no por ello su economía se “desmaterializa”: el impacto ambiental global de las actividades económicas se habrá acrecentado. En cambio, la “desmaterialización” de la economía ecológicamente interesante sería --por ejemplo-- el paso de un modelo de turismo como el esbozado a un “turismo de proximidad” que redujese drásticamente los desplazamientos motorizados.

“Hay unos requerimientos materiales mínimos --determinados por diferentes factores físicos como la nutrición, la geografía, el clima y la productividad agrícola-- para la satisfacción de las necesidades materiales (necesidades de subsistencia y protección). Las necesidades restantes no tienen como condición necesaria tales requerimientos mínimos. De hecho, la satisfacción de las necesidades no materiales depende más de los procesos (sociales y físicos) que de los objetos. Es la infuencia de las elecciones culturales la que determina la intensidad material asociada con la satisfacción de las necesidades no materiales. Es más, tal vez el consumo material difculta más que ayuda a la satisfacción de estas necesidades no materiales.”218

Una cultura de la sufciencia

La ecoefciencia resulta imprescindible, pero no sirve de mucho si no se combina con el desarrollo de una cultura del autocontrol, de la 218 Tim Jackson y Nic Marks: “Consumo, bienestar sostenible y necesidades humanas. Un examen de los patrones de gasto en Gran Bretaña, 1954-1994”. Ecología Política 12, Barcelona 1996, p. 77-78.

mesura, de la frugalidad, de la sufciencia219. En ocasiones, además

de reducir el impacto ambiental por unidad de producto, puede ser necesario en nuestras sociedades sobredesarrolladas limitar la cantidad de producto. Y a escala global, desde luego, no podemos

dejar de hacerlo: tenemos que aspirar a una economía homeostática (o de “estado estacionario”) en términos biofísicos (cuestión sobre la que volveremos en el capítulo 10).

Es cierto que una economía sustentable (preservadora de recursos y no contaminante) no es necesariamente una economía de crecimiento cero (en términos monetarios), y es cierto que una economía de crecimiento cero puede ser despilfarradora y antiecológica. Lo que necesitamos es una economía sustentable, biomimética en el sentido que explicitaré más adelante, y no una economía de crecimiento cero (en términos monetarios); pero no hay

posible economía sustentable sin reconocer y respetar los límites al crecimiento material.

Por ejemplo, en apenas diez años (1990-2000), el consumo de agua en Madrid se disparó desde poco más de un hectómetro cúbico al día a casi dos. Frente a este consumo casi duplicado, los ríos no llevan más agua, y la capacidad de los embalses, con las cuencas que nos abastecen ya sobrerreguladas, no puede crecer más. ¿Por qué nos empecinamos con semejante tozudez en no ver lo evidente: que vivimos en un planeta con límites biofísicos, y que tenemos que acomodarnos a los mismos imponiendo límites a nuestra conducta?

Para alcanzar la sustentabilidad, la autolimitación es más necesaria que la ecoefciencia (aunque no podamos prescindir de esta última). Pero la primera ni siquiera logramos plantearla como el problema ético-político clave, y todo el debate –en este Norte rico, destructor y engreído— se reduce a la segunda de estas cuestiones: 219 En los últimos años se ha desarrollado una extensa investigación sobre sufciencia en flosofía y ciencias sociales. Una introducción en Manfred Linz: Weder Mangel noch

Übermass. Über Suffzienz und Suffzienzforschung. Wuppertal Institut (Wuppertal

Paper 145), Wuppertal, julio de 2004. Véase también Jorge Riechmann, Vivir (bien)

cómo hacer más con menos. ¡Y en algunos países especialmente obtusos –como el mío— ni siquiera eso!

Ni productividad ni efciencia (tampoco bajo la forma de

ecoefciencia) son fnes últimos de la actividad económica: debería

serlo más bien el disfrute de la vida. La economía, que hoy señorea

como dominante emperatriz, en realidad debe ser subordinada: un instrumento para lograr la vida buena. Hace ya decenios que las sociedades industriales alcanzaron niveles de productividad, efciencia y desarrollo de las fuerzas productivas que permitirían satisfacer sin problemas las necesidades básicas y deseos razonables de todos los seres humanos, reducir la jornada laboral a un par de horas diarias o tres, y dedicar lo mejor de nuestros esfuerzos a vivir bien, a disfrutar de una vida buena. Sobre esto insistieron, en los años sesenta del siglo XX, pensadores tanto revolucionarios (Herbert Marcuse sin ir más lejos) como conservadores (E.J. Mishan por ejemplo). Lo que sucede es que tal senda de desarrollo racional

y alternativo es incompatible con el capitalismo, con la “noria de

la producción” que necesita crear constantemente los deseos de nuevos bienes y servicios para aumentar la producción, y aumentar la producción para que no cese la acumulación de capital220.

Una parábola de Heinrich Böll

Heinrich Böll cuenta la siguiente historia: un turista se fja en la encantadora escena de un pescador, vestido humildemente, que sestea apoyado contra un bote de remos varado sobre la arena, en una playa esplendorosa. Lo fotografía, le ofrece un cigarrillo, entablan conversación. “Hace muy buen tiempo, seguro que hay mucha pesca, ¿qué hace usted durmiendo en lugar de salir al mar y pescar?” 220 Sobre la “noria de la producción”, un concepto que procede de los pensadores

ecomarxistas anglosajones Allan Schnaiberg y John Bellamy Foster, véase Jorge Riechmann, Un mundo vulnerable (segunda edición), Los Libros de la Catarata, Madrid 2005, p. 53-55.

“Ya pesqué lo sufciente esta mañana.”

“Pero imagínese”, replica el turista, “que saliera al mar tres o cuatro veces al día, capturando tres o cuatro veces más pescado. Después de un año podría comprarse una lancha a motor, después de dos años otra más, después de tres años podrían ser ya uno o dos barcos de pesca de buen tamaño. ¡Imagínese! Algún tiempo después podría construir una fábrica de congelados o una planta de salazones, más adelante incluso volaría en su propio helicóptero para localizar los bancos de pesca y guiar a sus barcos hacia ellos, o quizá poseería su propia fota de camiones para llevar el pescado a la capital, y entonces...”

“¿Y entonces?”, pregunta el pescador.

“Entonces”, culmina el turista en tono de triunfo, “podría usted estar sentado tranquilamente en la playa, echar un sueñecito al sol y contemplar la belleza del océano.”

El pescador le mira: “Eso es exactamente lo que estaba haciendo antes de que usted apareciese por aquí.”

Hasta aquí Böll. Podríamos llamar a la actitud del pescador el plan de la pesca sosegada; y a lo que le propone el turista, el plan

de la frenética intensifcación.

Alguien podría replicar –el mismo turista podría hacerlo— que el reverso sombrío del atractivo estilo de vida de la pesca sosegada es la vulnerabilidad ante ciertas contingencias propias de la vida humana: el riesgo de contraer una enfermedad infecciosa, por ejemplo, o el desvalimiento de una vejez sin pensiones de jubilación.

El engaño de los defensores de la frenética intensifcación es pretender hacernos creer que, sin ésta –sin tragarnos toda la

servidumbre y terrible destrucción que acarrea--, es imposible tener

antibióticos o seguridad social.

Pero hay que rechazar ese chantaje basado en el engaño. Podemos construir órdenes sociales donde el tipo de seguridad frente a ciertas contingencias y riesgos que proporcionan las sociedades industriales modernas no se pague con la renuncia a la dulzura de vivir según el plan de la pesca sosegada. (Para ello, por ejemplo, el

pescador no tendría ciertamente que hacerse a la mar cuatro veces al día, pero quizá sí tres veces cada dos días.)

Probablemente esos órdenes sociales no serían capitalistas, claro. Pero con esta última observación estamos anticipando cuestiones que se tratarán con más sosiego en los capítulos 11 y 12.

ANEJO: ¿ECONOMÍAS DE SERVICIOS

In document Biomimesis Def (página 165-174)