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Conocimiento en vez de «lamento»

In document Logoterapia Elisabeth Lukas (página 74-77)

75 irresponsabilidad de sus actos, les contradigo enérgicamente. Una vez sermoneé a un delincuente de 17 años que me enviaron del tribunal de menores porque «a veces perdía los estribos». Los alborotos en los que acostumbraba a meterse, y en los que ya había herido a algunos de sus colegas, eran comentados por el chico con palabras como: «¡Cuando alguien me lleva la contraria, no sé lo que hago!». Mi tarea consistió en aclararle que sabía perfectamente lo que hacía y que o bien tenía que pegar «plenamente consciente de su responsabilidad» o bajo ningún concepto podía esconderse tras la excusa del inconsciente. Después de aprender esta lección, el chico estaba preparado para ensayar una conducta alternativa para las situaciones de disputa.

Igual de «impasible» me mostré en el caso de un paciente que había pasado por una terapia primaria de varios años, basada en el concepto del «grito primario» de Arthur Janov, y que quería seguir con un tratamiento logoterapéutico para liberarse de la idea obsesiva — ¡desencadenada por la terapia!— de tener que gritar cada vez que iba en metro o se hallaba en otros recintos subterráneos. Nada más tomar asiento en mi consulta, el hombre se disculpó anticipadamente por si se levantaba en medio de la conversación y salía corriendo, hecho que atribuía el poder de sus «miedos inconscientes». A continuación, le di cinco minutos de tiempo para que pensara si necesitaba o no tratamiento logoterapéutico. Le dije que, en caso afirmativo, debía permanecer tranquilamente sentado hasta que la conversación finalizara, sin importar lo que sus «miedos inconscientes» dijeran al respecto.

Pues bien, el hombre permaneció sentado y, tres meses después, todos sus gritos le parecieron una pesadilla de la que, por fin, se había podido librar.

No siempre es recomendable discutir con personas traumatizadas sobre sus problemas, porque de esta manera se centra la atención en los aspectos sombríos de la vida. Si, para relajar la situación, nos atrevemos a escuchar con ellas el murmullo de una fuente o contemplar el colorido de los árboles en otoño; si nos atrevemos a mirar con ellas las nubes y caminar por el campo... ¡Estas personas no serán completamente inaccesibles! También podemos estimular en ellas una actividad creativa. Si les decimos que decoren jarrones, creen una asociación o expliquen cuentos a los niños, quizá saltará en ellas la chispa creativa. Demostrémosles que para cada destino se puede conseguir una actitud que nos permita llevar con dignidad todo lo que pueda suceder. El espíritu humano no se puede esclavizar; sólo él puede someterse a sí mismo.

A las personas que buscan consejo se les puede hablar realmente de cualquier tema que no sea todo lo lamentable que hay metido en el saco del inconsciente. Se les puede confrontar con la cuestión del sentido. Para hacerlo, sólo hay que pedirles que se imaginen que el reloj de su vida se parará dentro de unos minutos y que, en una visión interior retrospectiva, averigüen:

76 2.- Qué lamentarían no haber podido realizar por no haber tenido tiempo.

Este sencillo ejercicio de imaginación basta para aclarar lo esencial, separar lo que tiene sentido de lo que no lo tiene y marcar, como si fuera con un rotulador, lo decisivo frente a lo irrelevante. Entonces, una vez devueltos al presente, los que buscan consejo se sentirán felices por las muchas y maravillosas oportunidades que todavía tienen de dictar nuevamente al futuro la historia de su vida.

¿La madre siempre tiene la culpa?

En el Congreso Van Swieten de 1969, Viktor E. Frankl finalizó una conferencia muy concurrida con la siguiente exhortación a los médicos presentes:

[...] En psicoterapia también deben ustedes improvisar. No sólo individualizar de una persona a otra, sino también improvisar de una sesión a otra, y esto es todo un arte: el arte de la improvisación. Y precisamente en esta medida, la psicoterapia siempre es más que una técnica, es decir, en la medida que debe entrañar un poco de arte; y en la misma medida, es siempre más que una simple ciencia, es decir, en la medida que también debe entrañar un poco de saber. Y hasta el arte y el saber no podrían compensar lo que la pura ciencia y la simple técnica no serían capaces de ofrecer si la humanidad no se hubiera puesto también en la balanza.

Efectivamente, la humanidad debe estar por encima de la ciencia.

Una mujer amargada vino a hablarme de sus problemas con su hijo de 25 años. Decía que era un holgazán y que vivía a costa de los demás, y mencionó de paso que ella le había ayudado en todo lo que había podido. Al principio, la madre se había dirigido a un terapeuta de la psicología profunda, a quien, expuso sus preocupaciones. Tras veinte caras sesiones, el terapeuta le informó acerca de sus teorías. Según él, el hijo no se encontraba bien ya desde el vientre materno y, además, había padecido un grave shock a los 4 años, cuando ella enfermó de poliomielitis. El terapeuta sostenía que la posterior discapacidad de la madre supuso tal «disminución cualitativa» en la infancia del hijo que éste ya no pudo desarrollarse libremente' y que, por ello, de adulto estaba demasiado «cohibido neuróticamente» para desempeñar un trabajo continuado. Por tanto, el hijo necesitaría un tratamiento psicoanalítico de varios años si quería trabajar algún día, y la madre debería pagar el tratamiento porque, al fin y al cabo, ella sería quien habría provocado los trastornos del hijo.

La madre me aseguró solemnemente que había arañado todos sus últimos ahorros para el tratamiento del hijo, pero la indicación acerca de su enfermedad, respecto a la cual no podía recordar del todo cómo había sido capaz, a pesar de su debilidad, de haber hecho todo lo imaginable por su hijo pequeño, y el hecho de convertirse de repente en la culpable del problema, le indignó tanto que ya no acudió más a aquel asesor.

77 El segundo consejero fue más escueto. Cuando escuchó que el hijo tenía 25 años, sugirió a la madre que no se inmiscuyera y que aceptara el estilo de vida del chico tal como era. Este asesor le dijo que bajo ningún concepto ayudara económicamente al hijo, porque entonces nunca se vería obligado a emprender nada por sí mismo.

La mujer encontró razonable la sugerencia, pero le inquietaba la posibilidad de que su hijo pudiera tomar el camino equivocado si ella le negaba su ayuda, y acudió a un tercer consejero. Este, un teólogo, se mostró horrorizado al ver que la madre «quería abandonar a su hijo al destino» y le reprochó ron vehemencia que no se preocupara lo suficiente de él. Segun el teólogo, era como si ella no quisiera al chico como corresponde a una madre que nunca dudaría en ayudar a sus hijos. El consejero barrió de la mesa los reparos de la mujer sobre si con un cheque mensual estaba ayudando al hijo o apoyando su holgazanería.

«Da igual lo que haga —dijo la mujer a modo de conclusión—, siempre tengo la culpa de todo. ¡Está claro que la única desgracia de mi hijo es tenerme a mí como madre!» Al pronunciar estas palabras, las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. «Usted es el último lugar al que me dirijo —continuó diciendo entre sollozos—. ¡No va a haber un quinto consejero!» Por suerte, la mujer no necesitó ningún terapeuta más, porque tras una intensa entrevista que mantuve con el hijo (quien, por otro lado, no presentaba el menor rastro de neurosis o inhibición), éste comprendió que su subsistencia no podía depender para siempre del monedero de su madre y que él debía aportar su grano de arena. Más tarde, todavía sufrió otra «recaída en la holgazanería» tras haber sido despedido precipitadamente de una carnicería, pero entonces entró a trabajar en un autoservicio, donde todavía sigue.

In document Logoterapia Elisabeth Lukas (página 74-77)

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