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Logoterapia Elisabeth Lukas

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Equilibrio y Curación

a través de la

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Elisabeth Lukas

Equilibrio y Curación

A través de la Logoterapia

PAIDÓS

México

Buenos Aires

Barcelona

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4 Título original: Heilungsgeschichten. Wie Logotherapie Menschen hilft Publicado en alemán, en 2002, por Herder Verlag, Freiburg im Breisgau, Alemania

Traducción de Héctor Piquer Cubierta de Diego Feijóo

Fotografía de la cubierta de Carmen Vicente Primera edición en Barcelona, 2004

Reimpresión, 2007

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier método o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

© 2002 Verlag Herder Freiburg im Breisgau © 2004 de la traducción, Héctor Piquer D.R. © de todas las ediciones en castellano,

Ediciones Paidós Ibérica, S. A.

Diagonal 662-664, Barcelona D.R. © de esta edición, Editorial Paidós Mexicana, S.A.

Rubén Darío 118, col. Moderna 03510, México D.F.

Tel.: 5579-5922 Fax: 5590-4361 [email protected]

ISBN: 978-968-853-559-2 Página web: www.paidos.com Impreso en México - Printed in México

Dedico este libro a mi «padre espiritual», Viktor E. Frankl

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Contenido

Logoterapia: Una aproximación introductoria al legado de Viktor E. Frankl Hoy es el primer día del resto de mi vida

El poder de las influencias sugestivas

Ante tanta interpretación de sueños, escepticismo El recuerdo no es como una película fotográfica ¿Eres finalmente lo que eres?

De lo que la persona es capaz a pesar de todo El difícil camino hacia la integración

Sobre el dominio del estrés y el ocio No sólo para el pan vive el hombre Dar un rodeo para encontrarnos

¿Hay que pensar finalmente en uno mismo? Experimentar con la «trampa de la crítica» Ampliar la «trampa de la autocrítica» La llave que abre la «trampa»

Donde hay voluntad de sentido, hay un camino La vida es como un mosaico

¿Los hijos no se merecen ningún sacrificio? Lo han vuelto a intentar

El divorcio se ha aplazado

No ignorar ni sobrevalorar los sentimientos Dos familias distintas

¡A cada miembro de la familia, su función llena de sentido! En una orquesta, cada instrumento cuenta

«Modular» la actitud interior

Alejarse de las preguntas y acercarse a las respuestas No temer la frustración cotidiana

El suicidio es un «no» a la pregunta del sentido Dos factores para una prevención eficaz del estrés Motivo de vida y valoración de la situación

¿Cuándo vuelve en sí la persona?

¿Qué hacer con los complejos de inferioridad? Una receta útil

La aplicación práctica de esta receta Dos clases de riqueza

La muda de un «patito feo» ¿Motivo de enfado o de alegría? El humor salva abismos

Autorreflexión y falta de fundamento El dibujo de un sueño como medicina

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6 Poner los detalles en su sitio

El oculto sentido del sinsentido Diálogo con un psicoanalista Jerarquía de valores y decisión

Escuchar la llamada de la trascendencia Las cicatrices pueden formar un tejido sólido La superación de un trauma

¿Deseos de venganzas inconscientes? Conocimiento en vez de «lamento» Profesión: ángel de la guarda

Formas de terapia de grupo dudosas No estar libre de, sino ser libre de Elección y responsabilidad

Rescribir la autobiografía

Fragmento 1 (extracto del escrito redactado por la paciente antes de iniciar la terapia) Fragmento 2 (extracto del escrito redactado por la paciente después de iniciar la terapia) Los somníferos al cubo de la basura

La cuenta de la moribunda El cielo sobre las ruinas Poder decir «sí» de verdad ¿Una señal de arriba?

El enfermo mental y su remedio

Una advertencia contra los remedios nocivos Un resumen de los remedios saludables La llave dorada del espíritu humano El asombro por un sentido inagotable Apéndice: ¿Sólo mutación y selección?

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Logoterapia: Una aproximación introductoria al legado de Viktor E. Frankl

El 2 de septiembre de 1997 falleció en Viena el psiquiatra y neurólogo austríaco Viktor E. Frankl a la edad de 92 años. Su muerte tuvo una gran resonancia entre el mundo científico internacional. No en vano, Frankl fue uno de los últimos padres fundadores de las distintas orientaciones psicoterapéuticas, concretamente de la logoterapia y el análisis existencial, y una personalidad mundialmente conocida por su experiencia como superviviente de cuatro campos de concentración y por los elevados honores con los que ha sido distinguido, entre los que se cuentan veintinueve doctorados honoris causa. Con él finalizaba una era que, en lo tocante a las disciplinas de la psicoterapia y la psiquiatría, se caracterizaba más por la genialidad, el conocimiento antropológico, la intuición y la erudición que por las técnicas de procedimiento, los escenarios artificiales y los controles estadísticos de eficacia. Así, por ejemplo, su libro El hombre en busca de sentido, cuya publicación en Estados Unidos se cuenta por millones de ejemplares, ayudó a más personas en apuros psicológicos de las que el autor pudo tratar durante sus veinticinco años de actividad profesional como jefe del departamento de neurología de la Policlínica de Viena. Según una encuesta realizada por el New York Times en noviembre de 1991 acerca de cuál era «el libro que más ha cambiado la vida de la gente» y en la que participaron miles de lectores, el de Frankl apareció entre las diez obras más beneficiosas e influyentes, concretamente, en noveno lugar (la Biblia ocupaba la primera posición).

Para describir brevemente la esencia del pensamiento logoterapéutico, es necesario elegir entre las muchas y variadas facetas que lo componen. Una faceta «con denominación de origen» es, con toda seguridad, su oposición frente a las interpretaciones reduccionistas y limitadoras del ser humano. Ya en su época de joven médico, Frankl se sublevó contra las tesis de Sigmund Freud, su temprano mentor, según las cuales la infancia traumática o las pulsiones reprimidas guiarían a la persona durante toda su vida. Igualmente, también hizo objeciones a las tesis de Alfred Adler, según las cuales el motor más potente de los actos humanos debía verse en el empeño por compensar los sentimientos de inferioridad arraigados en la persona. Tras su separación de Adler, Frankl desarrolló una antropología propia cuya declaración principal rezaba: la persona se caracteriza por una dimensión existencial (es decir, específicamente humana) que le diferencia del resto de seres vivos y a la que no se pueden trasladar los diagnósticos del ámbito biopsíquico. Frankl la llamó dimensión «noética» (del griego nóus: «espíritu», «inteligencia»). A partir de entonces, sus investigaciones se centraron en cómo fertilizar esta dimensión noética para aliviar y superar los trastornos mentales.

Pronto se demostraría que el mero acercamiento de los conceptos antropológicos de Frankl a los pacientes tenía ya un efecto curativo. Los seres humanos vivimos en imágenes que nos construimos de nosotros mismos, de nuestros congéneres, del mundo y, dado el caso, de Dios (lo cual no significa que tras esas construcciones no haya ninguna situación real). Si nuestras imágenes se llenan con esperanzas negativas, desvalorizaciones y deformaciones, nos

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8 encontramos mal. No nos gustamos ni nos gustan los demás, tememos a «Dios y al mundo» y percibimos la vida como una carga constante. Si, por el contrario, las imágenes fueran optimistas y positivas ante la existencia, nos alegraríamos más a menudo y nos resultaría más sencillo superar las preocupaciones cotidianas.

Frankl bosquejó en sus conferencias y escritos la imagen de un hombre libre que todavía puede adoptar interiormente una actitud o una conducta frente a cualquier hecho o circunstancia de una manera elegida por él, incluso frente a su predisposición genética e improntas condicionadas por el medio. El hombre, provisto de un «poder de obstinación del espíritu», no debe sucumbir a sus impulsos instintivos, sentimientos de inferioridad, frustraciones, etc., porque es capaz de situarse espiritualmente por encima de ellos.

Hay determinismo dentro de la dimensión psicológica y hay libertad dentro de la dimensión noética, la cual se definiría como la dimensión de los fenómenos específicamente humanos. [...] Por tanto, la libertad es uno de los fenómenos humanos. Pero también es un fenómeno demasiado humano. La libertad humana es libertad finita. El ser humano no está libre de condiciones, sino que sólo es libre de adoptar una actitud frente a ellas. Pero éstas no lo determinan inequívocamente, porque, al fin y al cabo, le corresponde a él determinar si sucumbe o no a las condiciones, si se somete o no a ellas. Es decir, hay un campo de acción en el que el ser humano puede elevarse sobre sí mismo y levantar el vuelo hacia la dimensión humana por excelencia1.

Frankl conectó el aspecto de la libertad humana con el reverso de ese mismo aspecto, a saber, con la responsabilidad humana. ¿Responsabilidad de qué? Responsabilidad de la elección más llena de sentido en cada momento entre las circunstancias dadas, de la contribución personal al «buen funcionamiento del conjunto».

La antropología de Frankl se amplía aquí con puntos de vista psicológicos. Según éstos, la persona es un ser orientado a un sentido y con una voluntad de sentido indeleble que le es inherente. Esta voluntad irrumpe en la pubertad —con el completo despertar de la fuerza espiritual humana— como búsqueda vehemente de sentido e identidad, y acompaña al individuo en todos sus caminos como primera motivación para actuar. La voluntad de sentido induce a la persona a dedicarse desde el compromiso y, en casos de necesidad, desde el sacrificio, a tareas importantes, a servir a sus seres queridos, a crear obras por las que siente inclinación, a ocuparse en áreas de su interés. Anclada en lo más hondo de la persona, la voluntad de sentido tampoco se desvanece en la vejez, sino que estimula hasta el final la búsqueda de las últimas posibilidades, reducidas pero todavía existentes, de experimentar la belleza, hacer el bien y ser útil. Hasta aquí el esbozo de la personalidad adulta y sana. Sus efectos secundarios (no intencionados) son, con toda probabilidad, momentos felices, éxito demostrable, una conciencia propia sólida y, en general, la satisfacción de haber cumplido en la vida.

1 Viktor E. Frankl, Der Wille zum Sinn. Ausgewahlte Vortrage über Logot-herapie, Munich, Pieper, 1996, 3a ed., pág. 156 (trad. cast.: La

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9 En contraposición a esta personalidad, la logoterapia define un «modo de existencia neurótica», con lo cual pasamos a la faceta de la etiología de las enfermedades en psiquiatría. El enfermo psíquico (que no psicótico) yerra en su orientación hacia el sentido. O bien ansia directa y compulsivamente placer, poder, reconocimiento, dedicación de los demás y otras ventajas para él, lo cual pronto le hará fracasar, o bien huye atemorizado de la falta de placer, la renuncia, la vergüenza y otras amenazas desagradables, lo cual le aísla y debilita. El paciente angustiado o atrapado en la neurosis gira con sus pensamientos y sentimientos en torno a sí mismo y a su estado anímico en lugar de abrirse al mundo con valentía y abstracción y verter en él todo lo mejor de sí mismo. Quiere protegerse en vez de construir valores y se preocupa por ser querido en vez de entregarse con amor. Su egocentrismo es la trampa en la que él mismo se adentra a tientas, y su confianza innata perdida, por cuyo motivo se preocupa constantemente de sí mismo, es lo que le hace caer de forma definitiva en ella.

Frankl no perdió el tiempo en especular sobre qué era lo que había podido arrebatar la confianza innata a esta clase de enfermos mentales. El era consciente de lo estrechamente entrelazados que están los factores endógenos constitucionales con los factores exógenos sociales en el desarrollo de la persona y siempre insistía en la participación de un tercer factor: la fuerza del ser humano para dar forma a su propia vida. Nadie «se hace» únicamente, sino que todos hacemos algo de nosotros mismos. Para Frankl, lo verdaderamente importante eran los métodos de recuperación de la confianza innata y la escolta terapéutica hacia un estilo de vida orientado hacia el sentido.

Con el tema de los «métodos» entramos en el ámbito de intervención psicoterapéutica propiamente dicho de la logoterapia. Allí encontramos el genial complejo metodológico de la «intención paradójica», frecuentemente confundida, por desgracia, con las intervenciones paradójicas de la terapia conductista, como la «prescripción sintomática», que tan populares se hicieron un cuarto de siglo más tarde. En cambio, el método de la «intención paradójica» tiene una característica singular, porque moviliza las fuerzas de autodistanciamiento que tiene la persona, tales como el humor, la osadía, la fantasía y el consentimiento lúdico de jugar la «carta de la angustia» más alta, instruyendo al paciente para que, de forma exagerada, desee con fervor precisamente aquello que más temor le produce. Por ejemplo, el deseo «ridículo» de que los compañeros de trabajo se rían tanto de uno que las paredes de la oficina se tambaleen por el sonido que provocan las risas saca de quicio al miedo «ridículo» a meter la pata. El método tiene muchas variaciones y registra elevados niveles de éxito, sobre todo en casos de trastornos de ansiedad y obsesivo-compulsivos. Estos últimos, que, como es sabido, son muy difíciles de curar porque descansan sobre un afán de perfección defendido a ultranza por el paciente, se disipan casi exclusivamente mediante la práctica continuada de intenciones en el extremo opuesto —paradójicas—. El fanático del orden que, por ejemplo, se atreve en broma a entablar amistad con el caos más absoluto y, en consecuencia, mezcla salvajemente sus utensilios encima de la mesa para demostrar esa amistad casi habrá vencido su enfermedad.

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10 También tenemos el complejo metodológico de la «desreflexión», cuya importancia, en un primer momento, no se aprecia en su justa medida. A pesar de ello, y debido a que muchas formas de trastornos mentales modernos están acompañadas, cuando no provocadas, por fuertes hiperreflexiones (Frankl), o sea, por cavilaciones permanentes en torno al bienestar propio, la «desreflexión» es su contrapeso más adecuado. Este método intensifica la capacidad de autotrascendencia del paciente, es decir, la capacidad de sentir y pensar más allá de sí mismo entregándose con interés afectuoso a objetos y sujetos valiosos de su entorno, abstrayendo así su atención enfermiza de su propio estado anímico, el cual se recupera de manera inadvertida. Los grupos con problemas de sexualidad bloqueada o pervertida, mecanismos motores autónomos alterados, ritmo del sueño alterado y enfermedades psicosomáticas, pasando por trastornos de la autoestima, necesitan con urgencia este tipo de correcciones desreflexivas de la atención, dado que tales trastornos se desarrollarán siempre que se mantengan en el centro de la atención del paciente. Ocurre como en la fábula del ciempiés que se atasca desesperadamente cuando quiere controlar de forma racional el movimiento de cada una de sus numerosas patitas. De la misma manera, el bienestar anímico y los ritmos biológicos son, ante todo, productos complementarios de una manera de vivir llena de sentido y no alcanzables voluntariamente per se.

Es del todo comprensible que algo como el sentido de la vida no se pueda recetar por prescripción médica. No es tarea del médico dar un sentido a la vida del paciente. Sin embargo, en el transcurso de un análisis existencial, sí sería labor del médico poner al paciente en disposición de encontrar un sentido en la vida, y yo considero precisamente que el sentido siempre se encuentra, es decir, que no se puede introducir más o menos arbitrariamente. [...] Del mismo parecer es nada menos que Wertheimer, cuando habla de un carácter desafiante inherente a cada situación, es decir, del carácter objetivo de este desafío.2

El conjunto metodológico más amplio de la logoterapia está formado por un abanico de ayudas, en gran parte filosófica, destinada a modular la actitud. La logoterapia es un ideario profundamente filosófico, y la modulación de la actitud retoma el antiguo saber según el cual no deciden tanto nuestras condiciones sobre la calidad de nuestra vida como nuestras actitudes frente a estas condiciones. Quien dice: «El accidente de coche ha arruinado mi vida porque he perdido el brazo derecho y ya no podré volver a dibujar y pintar como antes», tiene una alegría de vivir y un dominio del dolor considerablemente menores que otro que dice: «He tenido una enorme suerte en mi accidente de coche, porque podría haber muerto. Es cierto que he perdido el brazo derecho, pero entretanto he podido volver a escribir sorprendentemente bien con la prótesis».

Las distintas formas logoterapéuticas de argumentación para modular la actitud, encabezadas por el diálogo socrático, la preferida por Frankl, ayudan a los pacientes a cambiar

2 Viktor E. Frankl, Árztliche Seelsorge. Grundlagen der Logotherapie und Existenzanalyse, Viena, Deuticke, 10a cd., 1982, pág. 236 (trad.

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11 las perspectivas desde las que interpretan acontecimientos o situaciones. Esta ayuda se realiza sumergiendo los contenidos tratados en una luz llena de sentido y digna de aplauso, salvaguardando así rigurosamente la afinidad entre sentido y verdad. No se trata de interpretaciones de sentido paliativas, ni siquiera de subrogar un sentido, sino de encontrar el sentido verdadero en cada situación. Pero ¿cómo se encuentra este sentido? Pensemos en cómo se consigue encontrar algo. ¿Cómo encuentra alguien un alfiler sobre la moqueta de su habitación? La respuesta es sencilla:

1.- Buscando. Sin buscar es imposible encontrar. (A menudo, las personas mentalmente enfermas han abandonado la búsqueda o buscan lo equivocado; por ejemplo, embriagarse en vez de dar con soluciones razonables a los problemas, por lo que habrá que incitar de nuevo la búsqueda de sentido en estas personas.)

2.- Ampliando, si es necesario, el territorio de búsqueda. Expresado en los términos de la metáfora del alfiler, buscando no únicamente debajo de la mesa, sino también debajo de los sillones. (Las personas mentalmente enfermas suelen limitarse a buscar en lo que tienen inculcado de antiguo y en lo agotado en vez de ampliar el radio de acción, por lo que habrá que incitarlas a que asocien la búsqueda de sentido con atreverse a indagar en lo desconocido.)

3.- Existiendo el alfiler realmente en la habitación. Sin la «existencia» del alfiler hasta la búsqueda más concienzuda resultaría estéril. (Las personas mentalmente enfermas dudan a menudo del sentido de una búsqueda del sentido y, por consiguiente, buscan siguiendo la ley del mínimo esfuerzo, sin aplicar todo su potencial. Es necesario hacerles ver de manera fehaciente que no existe ninguna situación en la vida, por muy oscura que parezca, que no ofrezca una posibilidad de sentido.)

Para el tercer punto, el más complicado de transmitir, Frankl esbozó un sistema ideológico que culmina en su brillante patodicea metaclínica (tratado sobre la pregunta por el sentido del sufrimiento), que explicaremos brevemente a continuación.

El sentido se refleja en el hecho evidente e incuestionable de percibirse la persona como afirmación de su existir (o, como decía Frankl, como «marcapasos del existir»). Cuando, a nuestro juicio, algo tiene sentido, entonces es bueno, es bello y está bien que exista. Cuando, a nuestro parecer, algo tiene sentido, entonces debería suceder, merecería la pena hacerlo realidad. El calificativo «lleno de sentido» indica que no da igual que lo calificado exista o no, sino que su existencia es expresamente preferible a su rechazo.

Ahora bien, la Creación encierra un componente indiscutiblemente trágico, tal como simbolizan los antiguos mitos de la rebelión de los ángeles, la expulsión del Paraíso, etc. La Creación se manifiesta en el principio natural agresivo de devorar y ser devorado, en la «sombra» del hombre (C. G. Jung), en la mortalidad.

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12 El sufrimiento no sólo tiene dignidad ética, sino también relevancia metafísica. Sufrir hace clarividente al hombre y diáfano al mundo. El existir se hace transparente hasta llegar a una dimensión metafísica. El existir se hace diáfano: el hombre lo comprende, y a él, al que sufre, se le abren perspectivas al fundamento. Ante el abismo, el hombre mira a las profundidades y lo que divisa en su fondo es la trágica estructura de la existencia. Descubre que la existencia humana es, al final y en lo más profundo, pasión; que la esencia del hombre es ser un hombre doliente: Homo patiens?3

Para nosotros es absolutamente impensable una afirmación de este componente trágico, porque significa que un posible sentido de ese componente trágico se sustraería a cualquier comprensión humana.

Aquí, Frankl arremete cambiando la dirección de la búsqueda de sentido hacia la «tríada trágica del sufrimiento, la culpa y la muerte»: el alfiler se halla, en cierto modo, en un nicho particular de la habitación, a saber, en el espacio de nuestra propia respuesta a las tragedias que nos ocurren. El sentido no se da (arbitrariamente), sino que es el propio afectado quien da respuestas llenas de sentido. Podemos y debemos arrancarnos las respuestas más razonables que seamos capaces de dar también, y precisamente, al contrasentido y a lo aparentemente carente de sentido de nuestro mundo para que la tragedia se convierta, por lo menos, en un motivo para todo lo positivo, esperanzador y curativo que fluye con sentido y retroactivamente a través de ella.

Un grandioso ejemplo de ello nos lo brinda una idea que se discute en los grupos de autoayuda para padres que han perdido a sus hijos y que siempre resulta convincente. Dicho pensamiento dice que no hay que degradar a los hijos fallecidos a la excusa de catástrofe familiar, sino que deberían seguir siendo fuente de alegría paterna y que, por tanto, los padres tienen el deber de recordar con amor a sus hijos desaparecidos, pero también de seguir sus propias vidas con entereza y compromiso. De la misma manera, un sentimiento de culpa puede convertirse razonablemente en motivo de transformación interior, o una enfermedad grave, en impulso para distinguir lo esencial de lo relativo y entregarse a lo primero, etc. En la situación más desesperada todavía hay posibilidad para una reacción heroica, tal como testimonió Frankl en su «papel» de antiguo preso en los campos de concentración.

Ahora bien, dado que un componente trágico fluye a través de la Creación, todas las respuestas llenas de sentido que se puedan sugerir a personas enfermas o en estado de necesidad psíquica estarán dirigidas a la superación a través de la satisfacción. La logoterapia no versa sobre la satisfacción de necesidades, sino sobre esta paz con uno mismo, con el pasado, con el prójimo y, dado el caso, con Dios. Retomando la metáfora anterior, encontrar la aguja siempre significa, en cierta manera, desafilar un poco su punta: el amor alza el alfiler del suelo para reducir dolores potenciales en el mundo. Cada sentido que se atiende hace al mundo

3. Viktor E. Frankl, Logotherapie und Existenzanalyse. Texte aus sechs Jahren, Munich, Quintessenz (extraído de Weinheim/Bergst., PVU),

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13 más humano y más digno de vivir en él para todos. Siguiendo con el ejemplo de los padres huérfanos de hijos: el ingeniero que empezó por primera vez a proyectar la red de postes de emergencia en las autopistas alemanas era un padre que estaba de luto. Su hijo se había desangrado en un accidente de circulación porque la ayuda médica no llegó a tiempo al lugar de los hechos. El padre extrajo de su duelo la fuerza e iniciativa necesarias para aplicar sus conocimientos en la prevención de semejantes embates del destino. De esta manera, no sólo ha salvado incontables vidas humanas desconocidas para él, sino que también se salvó a sí mismo de quedar estancado en su trauma.

La paz sólo se obtiene «transformando el sufrimiento en un logro humano» (Frankl), pero nunca desahogando simplemente el dolor, ni mucho menos demostrando a diestro y siniestro una (auto-) agresividad que aumente todavía más la absurdidad de todo el suceso. Sobre esta temática, la logoterapia incluye una serie de visiones constructivas del dominio de la frustración que se pueden aplicar con la misma eficacia para prevenir crisis. Un ejemplo de un caso nos ayudará a ilustrarlo.

Una paciente de 39 años buscaba apoyo logoterapéutico a causa de su miedo a los desmayos en situaciones de estrés. Aunque los desfallecimientos eran escasos, apenas una vez al año, el miedo a desmayarse le invadía con frecuencia, sobre todo en la tienda donde trabajaba como vendedora principal, y le causaba asfixias. Nunca se descubrió ninguna causa médica que explicara los desmayos. Sin embargo, en su infancia se había producido un grave suceso que podría ser el desencadenante. Cuando era niña, tenía un tío predilecto a cuya casa de veraneo le dejaban ir a pasar las vacaciones, hecho que ella relacionaba con recuerdos extraordinariamente felices. A la edad de 10 años le comunicaron, con suma delicadeza, que su tío había muerto, pero sin decirle cómo había sido. En las vacaciones siguientes, mientras jugaba con los niños del pueblo de su tío, éstos —ignorantes del desconocimiento de la niña— le mostraron la rama de un árbol muy alto situado delante de la casa de veraneo y le explicaron que su tío se había ahorcado allí. La niña se desmayó. Desde entonces, subsistía en la paciente un nexo perturbador de factores estresantes y funciones vegetativas lábiles que llevaba su ansiedad anticipatoria a extremos insoportables.

En primer lugar, la paciente fue asistida logoterapéuticamente con distintas modulaciones de actitud. Ésta fue la actitud «soportable» (por estar llena de sentido) que consiguió adoptar:

a.- Con respecto a su tío predilecto: «Era bueno conmigo y le doy las gracias por aquellos maravillosos veranos. En el final de su vida, el pobre debía de haber estado muy desesperado o depresivo, pero eso no borra ninguno de los hermosos momentos que pasamos juntos. Todo lo contrario. En tales circunstancias, su amorosa dedicación hacia mí, su sobrinita, merece la mayor de las consideraciones. Todo lo que me regaló lo guardo para siempre en la valiosa paz de mi vida. Ojalá prevalezca de largo por encima de todos los proyectos que le hayan podido ir mal...».

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14 b. Con respecto a los niños del pueblo: «Eran niños y no eran conscientes del shock que me podía causar. No querían hacerme nada malo, sino que, probablemente, ellos mismos estaban afectados por la tragedia y se vieron obligados a hablar de ella. De todo ello puedo extraer algo importante para mi profesión. ¡Con qué rapidez actuamos mal sin quererlo ni saberlo! Hay que ser cauteloso en el trato con las personas y tener capacidad de comprensión. Lo tendré en cuenta para mí y, en un futuro, iré con más cuidado que antes cuando me comunique con el prójimo».

Tras este acto de «tratado de paz» interior, se instruyó a la paciente en la práctica de desmayos paradójicamente intencionados diciéndole que cada día deseara sufrir, en broma, «un suave y prolongado sueñecito de desmayo en el trabajo» para «escurrir el bulto en medio del estrés de las ventas». Es decir, la paciente aprendió a «reírse en la cara» de sus miedos con valentía en vez de entregarse a ellos con espanto y temblores. Los desmayos no volvieron a producirse y su miedo a vivir se transformó inmediatamente en satisfacción paciente y sosegada por vivir.

La logoterapia de Viktor E. Frankl es capaz de ayudar en un plazo relativamente corto, pero también de mantener sus efectos durante mucho tiempo, hecho que la hace extraordinariamente interesante para las necesidades de unas generaciones venideras que tendrán que contar con recursos cada vez más escasos y escalas de orientación cada vez más difusas. Sirvan las experiencias prácticas y las historias de curaciones recogidas en este libro para ilustrarlo.

Hoy es el primer día del resto de mi vida

Sonó el teléfono. Una mujer de Berlín quería hablar conmigo. «Doctora —me dijo—, sufro enormemente por mi insustancialidad, reprimo todas las cosas bonitas de mi vida y, en el trato con la gente, padezco regresiones... ¿Qué puedo hacer?» Yo no la conocía de nada, pero albergué una sospecha concreta. «¿Ha leído usted algún libro de psicología?» La mujer confirmó de inmediato mi suposición. Tenía 50 años, era una antigua maestra, casada, con un hijo ya mayor y en aquel momento se encontraba «un poco en las nubes». Nunca había retomado su profesión, que había abandonado hacía años; el hijo ya no formaba parte de sus tareas educativas y, entretanto, el matrimonio había perdido todo atractivo. Era una crisis existencial de lo más corriente, como tantas que aparecen y se pueden controlar buscando nuevos contenidos en la vida y fijándose objetivos personales adecuados.

Pero la mujer había buscado ayuda en lecturas psicológicas, donde halló descripciones de predisposiciones e infantilismos contraproducentes que la habían sumido en un estado de angustia y temor. En consecuencia, cuanto más empezaba a observarse a sí misma, más parecían encajar aquellas lecturas en su propia situación. Siguió comprando más libros y cada vez constataba más anormalidades en su personalidad, hasta que perdió completamente la seguridad en sí misma sin saber ya el porqué. De ahí su llamada de socorro: «¿Qué debo

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15 hacer?».

Mi consejo sólo podía ser el siguiente: «¡Deje por un tiempo sus libros de psicología en el rincón más apartado de su casa y olvide todo lo que ha leído! ¡No se preocupe por las in-sustancialidades, regresiones y demás palabras grandilocuentes y deje de observarse a sí misma! Es mucho más sensato empezar a organizarse la vida de manera constructiva, porque, si lo piensa, hoy es el primer día del resto de su vida. Sólo de usted depende lo que haga con ese "resto", es decir, si lo llena o no de tareas con sentido y llega a hacer de él el período más bello y adulto de su vida. Mire un poco a su alrededor, en el mundo exterior, en su círculo de amistades. En todos los sitios la necesitarán si está dispuesta a abrirse en un acto de amor al prójimo. En el campo educativo, en el campo musical, ¡en todas partes hay posibilidades que, si se fijara y dejara de roer destructivamente en su propio yo, le harían feliz!».

Por lo visto, la mujer logró seguir mi consejo, porque me llamó una segunda vez para expresarme su agradecimiento.

El poder de las influencias sugestivas

Una cierta clase de literatura psicológica ejerce un enorme poder de sugestión porque habla de fenómenos que todo el mundo, por propia experiencia, conoce demasiado bien: deseos y anhelos secretos, traumas e ilusiones, debilidades y dificultades psíquicas, desengaños, odio, ira, angustia, etc. Sin embargo, el poder de sugestión de persona a persona (de terapeuta a paciente, por ejemplo) todavía es mucho más fuerte. Una madre me explicó un episodio realmente ilustrativo: un día, cuando su hijo todavía era pequeño, tuvo que ir al médico con el niño porque no podía dejarlo solo en casa. El doctor, después de atender a la madre, se permitió hacer una broma al hijo: le vendó el dedo y, con el rostro serio, le dijo que estaba enfermo como su madre y que por ello también necesitaba tratamiento médico. Cuando la madre llegó a casa con el hijo, le quiso quitar la venda del dedo, pero el pequeño se negó. Estaba plenamente convencido de su enfermedad y pidió que lo llevaran a la cama. Sin saber lo que debía hacer, la madre acostó al hijo y supuso que ya se cansaría. Sin embargo, cuando volvió para vigilarlo, el niño estaba a 38° y tuvo que llamar al pediatra, esta vez de verdad, quien, sin poder establecer un diagnóstico concreto, le recetó supositorios para la fiebre. Al día siguiente, todo volvió a la normalidad.

Este ejemplo ilustra la fuerza de una sugestión que no sólo afecta a los niños. He conocido a muchos adultos a quienes, como al pequeño del caso anterior, se les ha fijado un rumbo patológico e, inmediatamente, han caído en una verdadera enfermedad. No pocas veces, el factor desencadenante que, por así decirlo, les ha envuelto el dedo con una pseudovenda, ha sido, desgraciadamente, un psicólogo o un psicoterapeuta. Viktor E. Frankl acuñó en este contexto el término «neurosis iatrógenas» para referirse a los trastornos psíquicos provocados exclusivamente cuando un o una especialista etiquetan a alguien de «caso raro».

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16 «A mucha luz, muchas sombras», dice un proverbio alemán, pero también expresa que donde todo es sombrío debe existir una luz potente. Puesta en las manos adecuadas y en el momento preciso, la sugestión es una medida curativa y se puede incorporar con eficacia en el proceso terapéutico. Análogamente, la literatura psicológica ofrece la inmensa oportunidad biblioterapéutica de vacunar positivamente a sus lectores contra las corrientes nihilistas y marcadas por la resignación.

Las ciencias de la psicología y la psicoterapia documentan las características de nuestra sociedad, pero también sus ideales. Debido a ello, no sólo están para señalar síntomas, sino que, además, están invitadas a proporcionar terapia. Esto no puede hacerse describiendo constantemente las frustraciones en masa y los terrenos de las crisis actuales, sino presentando soluciones a los problemas y salidas accesibles. En cualquier caso, entre los mensajes de una psicología consciente de su responsabilidad, siempre prevalecen las posibilidades llenas de sentido de la vida humana ante los deslices emocionales.

Ante tanta interpretación de sueños, escepticismo

Normalmente, el ser humano olvida los sueños de la noche anterior cuando despierta. Los sueños ejercen una función relajadora biológicamente importante. Hay experimentos en los que se impide artificialmente soñar, lo cual daña a los sujetos de experimentación, quienes, días después, se sienten como «hechos polvo». Un «déficit de sueños» parecido es el que se provoca con los somníferos, lo cual ya es un argumento más para evitarlos. Por tanto, soñar es importante y sano, y olvidar lo soñado es igual de importante y sano, porque, de no ser así, la naturaleza lo habría dispuesto.

En psicoterapia se suele proponer a los pacientes que registren sus sueños y que, junto con el terapeuta, escudriñen el «material interpretable». Esto no sólo genera trastornos en el descanso nocturno, como está comprobado, sino también sueños más frecuentes y angustiosos. Algunas escuelas psicológicas fomentan, con fines diagnósticos, un entrenamiento minucioso del sueño con el que se provocan en el paciente las ensoñaciones más salvajes e increíbles.

Por ejemplo, una vez me contaron que, tras una serie de sesiones de psicología profunda, un joven había soñado con unas cuchillas de afeitar situadas junto a una bolsa de tabaco. Ello provocó un grito de júbilo en el terapeuta, porque —como él mismo explicaba— por fin se había manifestado de forma clara en el joven el complejo de castración sospechado desde hacía tiempo por aquél. Según el terapeuta, la bolsa de tabaco sería, naturalmente, el símbolo de la masculinidad, y las cuchillas de afeitar serían la expresión del miedo reprimido a la automutilación masoquista. Las aseveraciones del joven negando que en su vida había pensado nada parecido no sirvieron de nada y se le diagnosticó tenazmente un complejo de castración. Irritado por esta determinación, el chico se encontró de repente en su vida amorosa con unas serias dificultades que nunca había conocido.

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17 En principio, ante esta clase de interpretaciones psicológicas se plantea la cuestión de si dan realmente en el blanco. Al fin y al cabo, las cuchillas de afeitar y las bolsas de tabaco son simples objetos de uso cotidiano con los cuales uno puede soñar casualmente, como también sucede con otras cosas de cada día. Pero, sobre todo, se pone en cuestión algo totalmente distinto, como es el beneficio que aportan esas interpretaciones. ¿Qué sacaba el joven del «conocimiento» de su complejo de castración? Yo no pude distinguir en el relato del chico ninguna ventaja o ningún progreso para su persona atribuible a este conocimiento.

La psicología todavía no ha superado las discutibles tendencias al desenmascaramiento. Hace mucho tiempo, un colega se presentó en mi consulta para solicitarme un puesto de colaborador. Le pedí que me explicara algún suceso ocurrido en su práctica profesional y me respondió que, ejerciendo de psiquiatra social, había conocido a un hombre postrado en una cama, gravemente enfermo. Aquel hombre confió a mi colega un sueño desagradable que había tenido. La muerte se le había aparecido junto a la ventana de la habitación del hospital y había intentado llevárselo. Yo estaba impaciente por conocer la reacción de mi colega. Sin embargo, ¿qué fue lo que oí? El psicólogo había intentado persuadir al enfermo para que se sometiera a una «breve» terapia psicoanalítica de dos años de duración con el objeto de descubrir el origen de la fuerte pulsión de muerte que (¡presuntamente!) dominaba a aquel hombre...

El recuerdo no es como una película fotográfica

Las dudosas tendencias al desenmascaramiento no sólo se presentan en relación con los sueños, sino que también los recuerdos de la primera infancia son un campo abierto para las estrategias psicológicas de descubrimiento. Y ello a pesar de que hoy sabemos, a raíz de miles de atestados policiales, que las declaraciones de testigos tras un accidente o un crimen difieren sorprendentemente entre sí y, a menudo, hasta se contradicen, incluso si se trata de testimonios honrados o si el suceso en discusión se remonta a no mucho tiempo atrás. Los recuerdos de la infancia son extraordinariamente más difusos y subjetivos y, en consecuencia, deberán interpretarse con sumo cuidado.

Hace años, en una residencia pediátrica donde yo prestaba asesoramiento psicológico, estuve en contacto con cuatro hermanos, dos chicas y dos chicos, que tenían problemas escolares y padecían deficiencias intelectuales. Mi tarea consistió en hacerles algunas pruebas y recomendar a cada uno la mejor salida académica. Los hermanos, con edades comprendidas entre siete y catorce años, habían vivido con sus padres hasta hacía tres años y llegaron a la residencia, de la noche a la mañana, porque sus progenitores se habían separado y ninguno de los dos podía hacerse cargo de ellos.

Durante las pruebas hablé a solas con cada hermano y les pedí que me explicaran sus impresiones sobre la residencia y sobre las escasas visitas a casa. Cuál fue mi sorpresa cuando escuché de cada uno de ellos una descripción de los padres y una justificación de su conducta totalmente distintas. Mientras una de las niñas consideraba al padre extremadamente estricto

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18 —lo cual, desde el punto de vista psicológico, siempre parece «delicado»—, la otra hermana, un año más joven, opinaba que era ante todo simpático y siempre dispuesto a gastar bromas. Y mientras el hermano mayor definía al padre como un hombre sumamente ocupado y sin tiempo para jugar, el menor decía que sólo su padre, y nadie más, le había comprado juguetes y le había enseñado a jugar con ellos. Cada hijo guardaba un recuerdo distinto de la familia, y si hubiera que contemplar también la posibilidad de que los padres se hubieran podido comportar de manera distinta con cada hijo, es muy poco probable que hubieran tenido que desarrollar tales conductas contrarias en el seno de la familia. Si tuviera que imaginar a estos cuatro hermanos como pacientes adultos tumbados en un diván psicoanalítico y explicando sus recuerdos de la infancia, cosa que, afortunadamente, no necesitan, no tendría más remedio que temer las peores interpretaciones erróneas sobre su situación original.

El recuerdo del ser humano no es como una película fotográfica que lo registra todo en relaciones fieles a la realidad, sino una serie escogida de flashes sobre un nebuloso y oscuro fondo olvidado. Dependiendo de los flashes que uno haya recopilado y de la dirección hacia la que uno haya mirado principalmente, resultará en conjunto una secuencia de imágenes con impresiones variopintas de uno u otro matiz. Por ello, hemos de moderarnos en las interpretaciones psicológicas de los sueños nocturnos y los recuerdos infantiles, porque nadie sabe del todo qué «se esconde» realmente hay detrás y si eso es relevante para el presente.

¿Eres finalmente lo que eres?

Eres finalmente lo que eres.

Aunque te pongas pelucas con miles de rizos, Aunque te pongas tacones de un codo de altura, Seguirás siendo lo que eres.

Cuando Goethe puso en boca de su Mefistófeles estas palabras a Fausto no se imaginaba que ponía en boca de su «espíritu que siempre niega» una opinión que aún estaría extendida en el umbral del tercer milenio. Extendida y equivocada, porque precisamente en psicología somos testigos de todo lo contrario a las palabras de Mefistófeles. Somos testigos de que, al final, una persona no es la misma que antes, sino que se ha convertido en otra distinta. Observamos repetidamente que, también desde una situación de debilidad, enfermedad y necesidad, es posible un cambio interior, una maduración y un crecimiento espiritual, y que, además, estos cambios se pueden alentar directamente desde esos estados.

Si, por ejemplo, un hijo no ha sido deseado, no es lícito extraer de ello ninguna clave para explicar la posterior relación madre-hijo. Tras los primeros años de vida, la madre no tiene por qué ser la que era durante la gestación. Su amor hacia el hijo puede haber prosperado y su antiguo rechazo puede haber quedado muy relegado. «Finalmente», con el tiempo, la madre se sentirá dichosa con su hijo. También Fausto, a pesar de los pronósticos de Mefistófeles, creció con sus dudas y su pesada culpa, y quizá fue eso lo que el anciano Goethe quería

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19 proclamar en su retrato de la humanidad. El hombre no debe quedarse como es: ni como criminal, ni como enfermo ni como anciano. Siempre tendrá la capacidad de transformarse.

Bajo este prometedor punto de vista, algunos subterfugios de la psicología popular se desmoronan. Un hombre se enfada por culpa de su jefe, ¿debe por ello descargar su ira en su mujer y sus hijos? Una mujer era muy tímida en el colegio de niña, ¿debe por ello no atreverse a hacerse respetar en la vida laboral? Una mujer que ha sido prostituta se casa un día con un hombre bueno, ¿debe por ello ser incapaz de demostrarle ternura? Un joven ha tenido una educación autoritaria, ¿debe por ello arremeter ahora contra sus subordinados por cualquier cosa? ¿Debe ser todo esto así? Eres finalmente lo que eres; no lo puedes remediar... ¡Qué excusa tan cómoda y qué perspectiva tan poco esperanzadora! No se trata tanto de interpretaciones psicológicas erróneas como de disculpas psicológicas utilizadas con demasiada ligereza por legos en la materia y, también, por quienes no lo son. Por desgracia, el supuesto de Mefistófeles (en términos técnicos: determinista) según el cual el espacio de reacción espiritual de una persona sería, por así decirlo, igual a cero porque su pasado habría marcado totalmente su vida y su conducta es sostenido por ciertos «expertos en el alma» deseosos por liberar a sus pacientes de desagradables sentimientos de culpa, sin tener en cuenta algo que Viktor E. Frankl expresó con una hermosa frase: «Cuando se quita la culpa a la persona, se le quita también la dignidad».

Porque la dignidad se compone también, y sobre todo, de ese pequeño espacio de libre configuración que la persona tiene permanentemente garantizado en cada momento consciente, en virtud de su condición de ser humano.

De lo que la persona es capaz a pesar de todo

He conocido a personas a quienes el destino les ha impuesto una enorme carga y no las he visto desfallecer. He conocido a otras que no cargaban con ningún peso a sus espaldas y, sin embargo, las he visto arrodillarse, simbólicamente hablando. La psiquiatría contempla enfermedades graves que escapan a la voluntad de los pacientes. A pesar de ello, a éstos todavía les queda la «minielección» de adoptar una actitud positiva o negativa frente a la propia enfermedad y, a veces, esta pequeña fisura en la pared psicótica es suficiente para conseguir un cambio a mejor.

Una vez conocí a una mujer con una depresión (endógena) de gravedad moderada que había aceptado su dolencia y estaba interiormente preparada para soportar con paciencia los ciclos recurrentes de fases depresivas. La mujer había pintado un cartel que colocaba sobre la mesilla de noche durante los inmotivados episodios de llanto convulsivo y melancolía, en el que ponía lo siguiente: «¡Peor ya no puedo estar!». Todo el que la visitaba no podía evitar soltar una carcajada al leer el cartel y así, a pesar de que ella misma era incapaz de reír, al menos veía de vez en cuando caras sonrientes, tal como ella explicaba.

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20 ¡Qué actitud tan sublime refleja esta situación a pesar de los factores del destino! Estoy segura de que esta mujer, sólo por su actitud valerosa, ha logrado llevar una vida completamente normal y sosegada en las fases intermedias entre depresión y depresión, cosa que pocos enfermos depresivos (endógenos) consiguen. De este ejemplo se desprende que muchas veces no es posible vencer una enfermedad o evitar un obstáculo a base de voluntad, pero que casi siempre se puede pensar en una mejora de la actitud de cada uno frente a la enfermedad o al obstáculo.

En una carta privada, Viktor E. Frankl me escribió las siguientes palabras: «Cuando una situación sin salida no se deja dominar externamente, sólo queda la huida hacia arriba, hacia la autorrealización, hacia el crecimiento interior junto a la situación desesperada en cuya víctima indefensa uno se ha convertido. ¡Por ello, siempre acostumbro a recordar que los árboles que se agolpan en un bosque frondoso están obligados, más que nunca, a crecer a lo alto!».

Como amante de la naturaleza, puedo confirmar que, en los oquedales de mi patria austríaca, los abetos más bellos y altos se encuentran allí donde se apretujan tanto que ni los rayos de luz pueden llegar hasta las profundidades del suelo ni los excursionistas abrirse camino a través del bosque. De la misma manera, como psicóloga, puedo asegurar que las personas más conmovedoras que he tenido la oportunidad de conocer, y a las que profeso una profunda veneración, se encuentran entre las que sufren, y dentro de éstas, entre las que se han visto afectadas por golpes del destino tan bajos que se podría haber pensado que tendrían que haber perdido necesariamente cualquier esperanza. Pero ocurrió lo contrario: sumidas en esta situación, empezaron a crecer por encima de sí mismas.

Por ejemplo, en uno de mis grupos terapéuticos había una señora que padecía una enfermedad incurable. Ella me apoyaba en mis esfuerzos para ofrecer estímulos en las conversaciones de grupo y, a menudo, conseguía hacer que los deprimidos participantes percibieran algo positivo o valioso en su entorno. Un día hablé con ella a solas y le di las gracias por su colaboración casi coterapéutica, a lo que me respondió: «¿Sabe? Desde que vivo con mi enfermedad y sus apreciables consecuencias, vivo con muchísima más intensidad que antes. Es como si hubiera vuelto a nacer. Veo las cosas bellas que me rodean y que antes nunca había percibido. Escucho atentamente las palabras de los demás y me alegro de cada día que pasa. Doy gracias a Dios por todo lo que todavía puedo hacer. Cuando estaba sana, pasaban los días como si estuviera sorda o ciega. Ahora, cada momento es un lujo para mí, y por ello me duele observar cómo otras personas desperdician sus vidas con mal humor. Me gustaría ayudarles, recordarles el increíble regalo que es vivir, antes de que sea demasiado tarde». Yo sólo podía asombrarme ante la valentía de esta mujer. Sobraban las palabras y, enmudecida, le estreché la mano. Esta mujer era una prueba de lo que el ser humano aún es capaz en una situación irreversible.

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El difícil camino hacia la integración

A veces, una experiencia dolorosa representa un motivo de peso para apreciar en su justa medida las condiciones de vida favorables del presente y alegrarse por ello, en vez de sufrir a solas y generar más problemas. Esto es especialmente aplicable a los refugiados, inmigrantes u otros grupos amenazados por el aislamiento social. A estos colectivos les sería útil pensar en todas las cosas dignas de ser aceptadas que, a diferencia de antes, poseen ahora. Los trabajadores extranjeros de otras culturas, por ejemplo, huyen a menudo de las malas condiciones económicas de su país y reciben a cambio unos ingresos modestos, aunque pagando el precio de tener que adaptarse. Pero incluso la necesaria adaptación, como es, por ejemplo, aprender un idioma nuevo, se puede entender desde la perspectiva de una actitud positiva como algo aceptable (como una oportunidad para ampliar los conocimientos o conocer un mundo nuevo que, de otro modo, no se habría presentado).

Un trabajador extranjero con esta actitud interior, es decir, que valore la seguridad política, su puesto de trabajo o una buena educación para sus hijos, se moverá en su nuevo entorno con un espíritu abierto y pronto dejará de ser realmente extranjero. Con su agradecimiento ganará alegría, con su sensibilidad ganará amigos, y ambas cosas le ayudarán a conseguir el requisito más importante para la integración social: la tolerancia.

Ello no significa que el país de inmigración esté exento de contribuir en la solución del problema. Esta solución también depende de la actitud interior de las personas que viven en el país. Si calculan egoístamente, rechazarán a sus «invitados» como si fueran «cuerpos extraños». Sin embargo, también pueden considerarlos como una «inyección de sangre nueva e ideas frescas» capaz de evitar el envejecimiento social propio y la degeneración en la mera repetición de las tradiciones transmitidas. En tal caso, si el país levanta el aislamiento a sus «cuerpos extraños» evitaría un futuro aislamiento propio en la evolución de la historia de los pueblos.

El camino del politeísmo a la creencia en un dios único que reúne todo lo que al espíritu humano se le escapa desde sus limitaciones ha sido largo y espinoso, y todavía no ha acabado en todas las partes del mundo. El camino del egoísmo nacional al conocimiento de una única humanidad no es menos largo y espinoso, y tampoco ha acabado todavía en ninguna parte. Puede ser que la mezcla de pueblos, aunque acarree asperezas y sentimientos de extrañeza inevitables, sea un requisito indispensable para que este camino se haga cada vez más transitable. «Si se trata de hallar un sentido válido para todos» —escribió Viktor E. Frankl1 a

este respecto—, ahora, miles de años después de haber creado el monoteísmo, la creencia en un único dios, la humanidad debe dar un paso más: el reconocimiento de una única humanidad. Hoy, más que nunca, necesitamos un monoantropismo.» ¡Unas palabras proféticas!

1. Viktor E. Frankl, Der leidende Mensch, Berna, Huber, 1996, 2a ed., pág. 41 (trad. cast.:

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Sobre el dominio del estrés y el ocio

Arthur Schopenhauer sostenía que la vida humana oscila constantemente entre dos extremos: la necesidad y el aburrimiento. Nosotros, desde la práctica psicoterapéutica, somos conscientes de la certeza de esta hipótesis, porque ambos extremos pueden arrastrar a la persona a situaciones de malestar: la necesidad, a la supuesta falta de esperanza, y el aburrimiento, a la supuesta falta de sentido. Si hacemos caso a las estadísticas, cerca de un 20% de la población europea actual adolece tanto de lo uno como de lo otro; de la frustración de tener que preocuparse continuamente por la propia existencia o de la «frustración existencial» definida por Frankl, es decir, del vacío interior y la saturación en la falta de preocupaciones materiales.

Las alternativas a ello existen, por supuesto. Ambos extremos pueden contemplarse también como estímulos para movilizar las fuerzas espirituales y, al ejercer esta función, pueden desarrollar el potencial humano en lugar de entorpecerlo. Así, la necesidad puede convertirse en impulso si el afectado concentra todas sus capacidades para superarla, y el aburrimiento puede ser un impulso para romper definitivamente las ataduras de la pasividad y volver a ser consciente de que la vida se caracteriza por plantear unas tareas en virtud de las cuales tenemos el encargo, por así llamarlo, de desempeñar lo mejor de nosotros. «La acción no está para escapar del aburrimiento —escribió Viktor E. Frankl4—, sino que el aburrimiento

está para que escapemos de la inacción y satisfagamos el sentido de nuestra vida.»'

Los dos extremos se pueden definir con los vocablos «estrés» y «ocio». Cualquier forma de carga o sobrecarga psíquica produce estrés, mientras que las formas de alivio crítico y ausencia de estrés están generalmente asociadas a un exceso de ocio. Desde el punto de vista psicohigiénico, hay una regla sencilla a este respecto que dice: El estrés necesita un futuro y el ocio un pasado para poder dominarlos. ¿Por qué?

Trabajar, prestar un servicio y, en general, los procesos creativos y productivos, ya sean manuales o intelectuales, están orientados hacia el futuro. Incluso en el complicado funcionamiento de una empresa, cada trabajador tiene el aliciente de satisfacer determinados deseos de futuro: asumir una tarea de responsabilidad, obtener reconocimiento o, simplemente, ganarse el pan de cada día. En el terreno privado, los objetivos marcados son más concretos. El que se hace sus propios muebles de madera o el que escribe la crónica de su familia quiere producir algo en el futuro, y el pensamiento en el retoque final de su obra da sentido a su actividad presente. En esta orientación hacia el futuro, el estrés no se percibe tanto como una carga. En cambio, cuando un agente exterior altera el trabajo orientado al futuro, el estrés se experimentará más bien como algo irritante. Por ejemplo, un pintor que trabaja en un retrato puede enojarse si se ve obligado a dejar el pincel para atender una

4 Viktor E. Frankl, Árztliche Seelsorge. Grundlagen del Logotherapie und Existenzanalyse, Francfort del Meno, Fischer, 1998, T ed., pág. 148

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23 obligación externa. Esta persona se halla interiormente entregada a una tarea que le impulsa a su conclusión, y le gusta trabajar a pesar de tener que perseverar durante horas en su producción.

Algo muy distinto ocurre con el tiempo de ocio, el cual, comprensiblemente, no puede estar orientado al futuro. Es una pausa entre períodos de producción que sirve para esparcirse y recogerse interiormente. Sin embargo, el tiempo consumido ociosamente también necesita una conexión de sentido con una actividad anterior que se haya interrumpido o que haya finalizado. El mejor ocio es aquel que sigue a una fase de trabajo intenso que haya dado un buen resultado final o provisional. La satisfacción por la obra hecha y por uno mismo ilumina la pausa posterior que uno se merece para reponer fuerzas. Quien llega cansado a casa tras una jornada de trabajo disfrutará de una tarde tranquila. El pintor que ha acabado su retrato se arrellanará en su sillón, quizás agotado, pero emocionado. El amante del bricolaje que ha conseguido construir su propio mobiliario se paseará lentamente por las habitaciones, orgulloso de haber llevado a cabo su proyecto.

Sin embargo, las cosas toman otro cariz cuando el estrés no tiene futuro y el ocio carece de pasado. Si el trabajo no tiene rumbo, si, por ejemplo, consiste en una mera repetición rutinaria, y si la pausa (a menudo como consecuencia del trabajo, pero también en casos de desempleo) no entraña ninguna relación satisfactoria con la actividad anterior, entonces el estrés se hace insoportable, porque uno no sabe para qué se mata trabajando, y los ratos de ocio se vuelven terriblemente aburridos, porque uno no sabe de qué está descansando. Arrancados de su entramado de sentido, ambos polos pierden su efecto dinamizador y de recreo, y siempre queda la cantidad pura de tensión o relajación que, a partir de determinado volumen, resulta patógena.

No sólo para el pan vive el hombre

Decíamos que la salud mental requiere un ritmo equilibrado de carga y descarga, de estrés y ocio. Cuando una persona no halla absolutamente ninguna satisfacción en su trabajo diario y sólo lo realiza para ganar dinero, existe un «truco terapéutico» (que se explica a veces a los pacientes durante la fase de convalecencia) que proporciona un poco de alivio. En él, el tiempo libre se divide funcionalmente, una vez más, en una parte activa y una contemplativa. La parte activa está destinada en realidad a compensar la falta de un trabajo lleno de sentido y dirigido a un objetivo, mientras que la parte contemplativa conserva la función original del tiempo libre como depósito de tranquilidad y relajación. Si la división funciona, el afectado disfrutará con su eficacia (en el mejor sentido de la palabra) en la parte activa y, en consecuencia, también hallará satisfacción por la obra acabada en la posterior parte contemplativa, durante la cual vuelve a «cargar las pilas». Por tanto, la situación natural y agradable de contraste entre trabajo realizado con sentido y recreo bañado por la emoción se genera artificialmente despertando un compromiso dentro del tiempo libre vacío que, si bien

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24 reduce la pausa, permite vivirla con mayor satisfacción que antes.

Una vez conocí a una paciente con una depresión psicógena grave que, en su letargo, se pasaba los días sumida en el aburrimiento, hasta que la casualidad quiso que se levantara un campamento de refugiados extranjeros cerca de su casa. La mujer empezó a mostrar interés por la construcción de aquel campamento y, especialmente, por la colecta de juguetes para los hijos de los refugiados. A todos sus conocidos les mendigaba ropa usada y juguetes, y se pasaba las noches despierta para arreglar los objetos y devolverles un buen aspecto. El resultado, no esperado ni deseado, de su intensa actividad fue que el estado depresivo que no había remitido durante años desapareció de golpe y la mujer no volvió a aburrirse más. No se concedió ni un momento de respiro y, a pesar de ello, valoró de repente su tiempo libre como algo «que le daba alas».

Otro ejemplo parecido es el de una funcionaría soltera que estuvo a punto de echar su vida por la borda porque se consideraba a sí misma inútil y superflua. El trabajo diario era monótono y su tiempo libre carecía de profundidad y contenido. En el transcurso de nuestras conversaciones de orientación, se le ocurrió la idea de ofrecer cursos gratuitos de formación para gente joven, sobre todo para principiantes en la carrera de la función pública. Como puso mucho empeño para que los cursos fueran dinámicos y variados, la respuesta fue en gran medida positiva y se vio contagiada por la constancia y el entusiasmo de sus alumnos. Su vida ganó un sentido completamente nuevo, la mujer colmó de actividad sus noches y fines de semana y nunca más volvió a pensar, ni siquiera remotamente, en querer morir.

No sólo de pan vive el hombre. Esta conocida frase también se puede reformular del siguiente modo: ¡No sólo para el pan vive el hombre! El individuo necesita un campo de acción personal donde realizar claramente lo suyo y donde él, por tanto, sea irreemplazable. Que el momento más adecuado para ello sea el tiempo «de servicio», el tiempo libre o, en el mejor de los casos, ambos, es algo que cambia según la persona o la situación, pero si no se reserva absolutamente ningún momento para ese campo de acción, el alma no descansará. La paz verdaderamente profunda la creamos únicamente desde la satisfacción con nosotros mismos, y ésta es, a su vez, la recompensa por nuestra intervención constructiva y positiva en el lugar donde nos ha tocado estar. Especialmente la experiencia de sentido o de ausencia de sentido en el tiempo libre se asemeja, en cierto modo, a la experiencia de sentido o de ausencia de sentido en el conjunto de nuestra «visita» por este mundo como «invitados». Porque también el hecho de morir, de deslizarse hacia el más profundo y definitivo de los descansos, es amargo cuando tenemos que echar la vista atrás hacia una vida desaprovechada y vacía, y es dulce y benigno cuando está iluminado por la satisfacción de una vida plenamente realizada.

Dar un rodeo para encontrarnos

Quien suele ir a pasear al parque para dar alpiste a los pajarillos conoce perfectamente ese misterio que Viktor E. Frankl redescubrió en su logoterapia, a saber, que ciertos lujos no

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25 se consiguen por la vía directa y es necesario dar un rodeo. En cualquier caso, el amante de las aves sabe que no puede extender la mano a sus queridos animales, es decir, que si intentara tocarlos, los ahuyentaría y no los volvería a ver. Pero tiene paciencia y es capaz de esperar con el alpiste en sus manos extendidas; tarde o temprano, un pequeño héroe plumado se atreverá a posarse sobre su palma y le «escamoteará» la ofrenda.

Lo mismo le sucede al hombre moderno en relación con su fervientemente anhelado autoencuentro que se escabulle de cualquier intento de acceder a él directamente. «Llevo veinte años buscándome a mí misma y no he encontrado nada», se quejaba en mi consulta una paciente con mucha experiencia en grupos de autoconocimiento y encuentro. Mi tarea consistió en hacerle atractivo el rodeo, un rodeo por exterior del yo. «Mire a su alrededor. ¿Qué ve?»

La paciente todavía seguía ciega con respecto a sus semejantes, al mundo exterior y al entorno. Sin embargo, la conversación logoterapéutica le agudizaría los sentidos y le aclararía la visión. Hablamos de otras personas y de sus experiencias. También hablamos de cambios objetivos que pudieran aportar algo de futuro allí donde hasta ahora sólo iban a parar callejones sin salida. Poco a poco, la mujer fue capaz de seguirme. Se puso de manifiesto que había descuidado muchos bienes iniciales de su vida: las antiguas amistades, tocar en familia la música que tanto le gustaba, la irrefrenable creatividad de su adolescencia. «¿Cómo ha podido pasar?», me preguntó. Convenimos en formular la pregunta de otro modo: «¿Cuál puede ser el sentido de que esto haya pasado?». La mujer se figuró la respuesta. El sentido podía encontrarse en el hecho de pensar en todo ello.

Para empezar, se fijaron tres proyectos en el programa terapéutico:

1.- Mantener un trato afable con otra persona. Podía consistir también en un trato imaginario, un saludo escrito o una conversación telefónica. En este trato, la paciente debía dirigirse conscientemente al otro, percibirlo, reflexionar sobre su situación y elegir las palabras adecuadas para él.

2.- Realizar una actividad útil. No hizo falta cavilar mucho acerca del significado de «útil», porque la paciente lo comprendió perfectamente: una actividad que tenga un sentido y que conduzca a algo positivo; un acto para el cual se necesiten ideas, pero también esfuerzo, perseverancia y, si es necesario, superación.

3.- Hacer una pausa tranquila y llena de meditación, pero una meditación objetiva. Había que contemplar algo y sentirlo. El cielo rojizo del atardecer era lo más adecuado, así como el tronco nudoso del árbol frente a la ventana o las flores de la planta de navidad del escaparate. Se trataba de meditar enlazando el sujeto con el objeto. Los proyectos resultaron difíciles, pero realizables al fin y ni cabo, y después se dedicó un tiempo al reaprendizaje curativo. Cuando la mujer volvió a la consulta, le pregunté: «¿Qué

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26 ha visto con sus "ojos espirituales"?». La paciente no dejó de explicarme cosas. Había recuperado las viejas amistades, había retomado los ejercicios olvidados de acordeón y su sensibilidad hacia el mundo había aumentado. Al poco tiempo ya no necesitó fijarse ningún plan diario porque el contacto humano, las actividades útiles y las pausas pensativas se habían convertido para ella en algo natural. Incluso celebraba veladas musicales en casa cada semana. «Me encuentro mejor que nunca —me dijo—; es como si hubiera vivido una pesadilla.» Pensativa, la observé y saqué el tema «tabú» por última vez: «¿Y cómo lleva la búsqueda de sí misma?». La mujer sonrió: «Es curioso, pero cuando dejo de buscarme, empiezo a encontrarme...».

¿Hay que pensar finalmente en uno mismo?

Busqué a Dios y no lo encontré. Me busqué a mí mismo

y tampoco me encontré. Busqué al prójimo

y encontré a los tres. Extracto del Talmud

Las personalidades más dignas de admiración son aquellas que se entregan a un ideal de tal manera que se olvidan de sí mismas. Las personas que más éxito obtienen son aquellas que no se preocupan en absoluto por el éxito, sino que tienen ante sí un objetivo lleno de sentido en el que aplicarse. Uno de mis pacientes curados me escribió una carta de agradecimiento en la que había una frase muy ilustrativa: «Desde que todo lo que yo creía importante para mí ya me da igual, es como si el éxito me persiguiera...». Las personas más felices son aquellas que no derrochan un solo pensamiento en la expectativa de felicidad, sino que se entregan a la alegría del momento. Quien extiende la mano al éxito y a la felicidad se encuentra irremediablemente con el vacío, o, tal como lo formuló Frankl: la «voluntad de poder» se perjudica a sí misma tanto como la «voluntad de placer». En cambio, quien ansia, espera, combate y soporta la «cosa por sí misma» obtendrá a cambio éxito y felicidad.

Conozco el caso de una enfermera ya mayor que ejercía su profesión de forma abnegada y siempre hacía por los enfermos un poco más de lo que era su obligación. En su rostro se reflejaban incontables noches en vela y su espalda estaba curvada por el constante ajetreo, pero la mujer aventajaba en perseverancia, energía y bondad a las chicas más jóvenes de su unidad.

Un día, las enfermeras internas fueron llamadas a participar en unas sesiones semanales de supervisión. El objetivo de las sesiones consistía en explicar al supervisor cuáles eran los conflictos insuperables que más desanimaban a las enfermeras en su trabajo diario. También tenían que confesarse mutuamente los sentimientos de envidia, antipatía o celos que más les

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27 molestaban. Como la enfermera veterana consideraba ¡irrelevantes estas sesiones de supervisión y manifestó que prefería dedicar su tiempo a los enfermos, fue clasificada como «neurótica» y calificada de ejemplo típico de persona que padece un «síndrome del ayudante» y que piensa de manera compulsiva que debe socorrer permanentemente a los demás. La enfermera fue obligada, con buenas palabras, a someterse a tratamiento psicoterapéutico.

Durante el tratamiento se escudriñó el historial de la enfermera para encontrar disfunciones neuróticas, con lo cual se puso el acento en el hecho de ser soltera y de no vivir con ningún hombre. Cuando ésta declaró que su amado había muerto en la guerra y que había mantenido su recuerdo quedándose soltera, se le diagnosticaron complejos sexuales que habrían conducido a una satisfacción sustitutiva en el trabajo. La enfermera se negaba a aceptarlo y opinaba, simplemente, que el trabajo con personas siempre le había proporcionado alegrías, pero su réplica se interpretó como una prueba más de su trastorno mental.

Al final, el tema central de la terapia consistió en recordar insistentemente a la enfermera que debía dejar de pensar en los demás y empezar a pensar en ella misma. Le dijeron que tenía que explorar sus necesidades más íntimas y reflexionar sobre sus sueños más secretos para descubrir hacia qué satisfacción le empujaba principalmente todo aquello. De tanto especular acerca de sí misma, la mujer acabó muy confusa y pronto dudó de todos sus actos y motivaciones anteriores. Se volvió triste, negativa y reservada, ya no sonreía a los enfermos de su unidad y dejó de infundirles ánimos. Todo le resultaba sospechoso de ser una «expresión de complejos inconscientes» y, cuanto más cavilaba sobre los motivos de cada uno de sus actos, más sombría y «desperdiciada» le parecía de repente su vida. La profunda tristeza que le invadió se interpretó como una «depresión neurótica» y, al poco tiempo, surgió la cuestión de si todavía estaba a la altura del ajetreo de la clínica o si era mejor que se jubilara. En tal caso, tendría más tiempo para sí misma que bajo el estrés constante del trabajo. La enfermera no quería ninguna jubilación anticipada, pero, sumida en el letargo y la inseguridad, cedió a las propuestas externas.

Una persona que durante décadas se ha visto necesitada por otros individuos y ha encontrado ahí su satisfacción personal, no se recuperará sentándose de repente a solas en su casa y reflexionando sobre sí misma, no necesitada por nadie y sin una ocupación llena de sentido. Después de un año de retiro y falta de alicientes, la enfermera jubilada murió sin una causa fisiológica seria. ¿Habría vivido más si no hubiera asistido nunca a aquellas incompetentes sesiones de supervisión y terapia? Quién sabe.

Experimentar con la «trampa de la crítica»

La elección de a qué prestamos preferentemente nuestra atención es un acto del que dependen muchas cosas, tal como se demuestra en el pequeño experimento de la psicología

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