En la disciplina logoterapéutica hay mucho de los métodos descritos antes, pero, con el aspecto añadido del sentido, se introduce un elemento que trasciende al individuo y a todas sus debilidades psíquicas y corporales. Se tiende un puente que va del espacio clínico al metaclínico, con unos pilares que se erigen del espacio metaclínico al metafísico.
97 logoterapia piensa que no sólo se puede revelar lo inconsciente, sino también lo no reconocido, concretamente, las perspectivas de sentido no reconocidas que trastocan la percepción de la situación general del paciente. Respecto a los métodos sugestivos y persuasivos, la logoterapia opina que no es asunto del terapeuta convencer a nadie de nada, sino que es el asunto en sí lo que es capaz de convencer a una persona; el asunto lleno de sentido es el que debe hablar por sí mismo. Finalmente, en lo que a los métodos de entrenamiento y ejercicio se refiere, la logoterapia sostiene que cualquier predisposición al entrenamiento desemboca en una pregunta: ¿para qué merece la pena lograr el objetivo del entrenamiento? La persona quiere saber para qué necesita conseguir la transformación que hay que lograr y ejercitar: ¿para hacer qué? ¿Para ser quién? ¿Ser quién para quién? Si lo sabe, reunirá antes la enorme autosuperación necesaria que, finalmente, es el precio que hay que pagar para hacer realidad un sentido o un valor.
Veamos un último ejemplo. Una vez me presentaron a un señor mayor, de aspecto robusto pero profundamente deprimido. Sus amigos me dijeron que hacía siete años que todo le iba mal. Desde la muerte de su esposa se había vuelto pesimista, había reducido todas sus actividades y ya no mostraba interés por nada. Los amigos lo habían intentado todo para levantarle la moral y distraerlo, pero la situación fue de mal en peor. Decían que ya no se movía de casa y me preguntaron si creía necesario el ingreso en una clínica. Yo observaba al paciente con interés. Tenía una mirada despierta, pero nublada por el sufrimiento. No gesticulaba, como si quisiera decir: «No me puede ayudar nadie». No le faltaba razón, porque nadie podía devolverle a su mujer, a la que tanto debía haber amado. Estaba muerta, pero su amor hacia ella pervivía. Mientas observaba al paciente, noté que ese amor podría ser una pequeña llave dorada que, con la ayuda de su mano o su alma, abriría la inmensa puerta por la que saldría la depresión y la desesperanza con sólo encontrar la cerradura adecuada.
«Hábleme de su matrimonio», propuse a aquel señor mayor, y me habló de cómo había conocido a su mujer a una edad ya avanzada, de cómo ella había supuesto un milagro para él, que siempre había sido un solitario, y de cómo cada momento que había pasado a su lado multiplicó por dos y por tres su satisfacción interior. Y de cómo entonces, cuando al poco tiempo diagnosticaron un cáncer a la mujer, ambos reforzaron su voluntad de permanecer unidos, pasara lo que pasara. El paciente también describió la época de la enfermedad como llena de un cariño indescriptible. Él había cuidado de ella hasta el final, le había lavado los pies hasta que su espíritu fue desvaneciéndose poco a poco. «Ahora ya no puedo hacer nada por ella», dijo en tono cansado al finalizar su relato.
Entonces, tomé la palabra: «Sea como fuere, usted influya en todo lo que su mujer ha dejado atrás, en las huellas que ha dejado en este mundo». El paciente prestaba atención. Su mirada parecía más despierta. «¿Puedo influir en ello?», preguntó. «En parte, sí —respondí—, porque de usted depende que su esposa deje atrás un montón de ruinas, un hombre totalmente roto cuya visión haga pensar en privado a la gente que lo mejor para usted hubiera sido no
98 haber conocido nunca a su mujer. O de usted depende también que ella deje atrás a un hombre que irradia felicidad, que camina con la cabeza bien alta, y que todo el mundo confirme lo beneficioso que fue para él el antiguo amor de una mujer única...».
«Dios mío —se lamentó el paciente agarrándome de la manga—. Pero ¿qué estoy haciendo? ¿Qué le estoy haciendo?» Animado por la nueva perspectiva que se le abría, el hombre se levantó y empezó a caminar de un lado a otro. Poco a poco fue cobrando ánimos y nos explicó, a mí y a sus amigos: «Nunca había reparado en ello, pero es cierto. Tengo que demostrar lo extraordinaria que fue y que sólo ha podido dejar cosas buenas. Los lugares por donde ha pasado deben convertirse en campos de flores de alegría y no en mares de lágrimas. Ahora sé cuál va a ser mi labor a partir de hoy». Con estas palabras, el paciente se despidió y dejó atrás, como primer acto de una vida reparada y recuperada, a una terapeuta aliviada que presenció agradecida cómo la llave dorada del espíritu humano había encontrado la cerradura adecuada al dar forma a un sentido en una situación extraordinariamente delicada.