Una bella metáfora compara la vida humana con un mosaico formado por infinidad de teselas de los más variados colores. Las hay grandes y pequeñas, fulgurantemente claras, cristalinas, que simbolizan los puntos luminosos de la vida, y las hay terriblemente sombrías, negras, que representan la desgracia y el dolor. Al final de nuestras vidas, el mosaico compone un cuadro acabado, con determinadas formas y colores, que nuestra existencia inconfundible refleja en la sencillez y unicidad de su forma. El cuadro de cada persona es distinto y, a su manera, irrepetible.
Algunas teselas, tanto claras como oscuras, son, por así decirlo, «lanzadas al mosaico» por el destino y se quedan enganchadas en el fondo pegajoso sin que podamos cambiar su
34 posición. Son las condiciones que se escapan de nuestras manos: la herencia que no se puede elegir, la casa de los padres o la época y la cultura en la que nacemos. De vez en cuando, una tesela oscura «se desploma a nuestros pies»; sucede algo espantoso, incomprensible, y no es posible defenderse. De la misma manera, también caen teselas claras en el mosaico, casualidades benditas que ocurren sin nuestra intervención, pero que, naturalmente, dejamos gustosos que ocurran.
Sin embargo, entre estas piezas fortuitas quedan espacios libres, lagunas de mayor o menor tamaño donde todavía no hay ninguna tesela. Son lugares que se pueden llenar de decisiones y aportaciones personales que tomamos y realizamos voluntariamente. Es decir, aparte del mosaico, hay por todas partes piedrecillas sueltas de las que podemos disponer libremente; teselas claras, oscuras o de colores que simbolizan las múltiples posibilidades que se nos presentan en casi todas las situaciones. Éstas las podemos colocar en el cuadro con nuestro propio esfuerzo como mejor nos parezca para dar forma al mosaico definitivo. Al hacerlo, puede ocurrir lo siguiente:
1.- Que el individuo vea únicamente el mosaico propio sin acabar, con sus piedrecillas enganchadas, pero no mire hacia fuera, donde hay repartidas por el suelo teselas sueltas y desaprovechadas, es decir, posibilidades de hacer realidad valores y sentidos. Esta persona se encuentra bloqueada en la esencia de su propio yo, sin tratar de imaginar ninguna posibilidad alternativa: egocentrismo.
2.- Que el individuo vea exclusivamente las piedras oscuras, tanto en el mosaico como fuera de él. Esta persona es «ciega» para las tonalidades claras y, por ello, en el cuadro de su vida sólo pone teselas oscuras: negatividad.
3.- Que el individuo tenga únicamente una piedra negra ante sus ojos que contemple como si estuviera hechizado, sin apartar la vista de ella. Cuanto más la mira, más se desespera: hiperreflexión.
¿Cómo interviene aquí la logoterapia? Ninguna explicación científica expresa con tanta precisión su procedimiento típico como la siguiente descripción metafórica utilizada en logoterapia:
El orientador logoterapéutico lleva cautelosamente la mano de una persona sobre su mosaico y palpan juntos los lugares donde hay «huecos», o sea, allí donde, entre las teselas pegadas, hay áreas abiertas a la libre elección del afectado. Es decir, antes de proporcionar una curación psicológica, primero sigue el rastro de los espacios libres de una vida y, al mismo tiempo, de la responsabilidad de llenarlos con contenidos adecuados, para lo cual, en determinadas circunstancias, deberá lograr separar al paciente del fatalismo (determinista). Durante la fase de «palpación», el terapeuta llama continuamente la atención sobre las piedras resplandecientes que recorren el mosaico para que penetren profundamente en la conciencia
35 del paciente y no sean obviadas.
En el siguiente paso, el terapeuta toma al paciente de la mano y lo conduce fuera del mosaico, en las distintas direcciones de su entorno, donde le enseña a buscar piedras que puedan encajar en su mosaico. El terapeuta se entrega con el paciente a la búsqueda de sentido para averiguar juntos las posibilidades dignas de ser hechas realidad y que descansan ocultas en cada situación. También aquí, el terapeuta señala sobre todo las teselas de color claro que, a veces escondidas en la sombra, tanto cuesta percibir.
Si, entonces, el paciente ha reconocido los espacios libres interiores que posee sin haberlo sabido o haberse dado cuenta hasta el momento, y ha encontrado contenidos externos que serían adecuados para completar con sentido esos espacios libres, es decir, si el paciente está en vías de dar forma a su mosaico de manera activa y conforme a su conciencia, el logo- terapeuta culminará su labor ofreciendo a su protegido una última «medicina» antes de que éste se emancipe. Se trata de la aceptación de las piedras oscuras e inamovibles.
Por ejemplo, para hacer brillar una silueta clara y radiante en un cuadro (como los rostros de las pinturas de Antón Van Dick, por ejemplo) se necesita algún fondo oscuro; una tesela blanca nunca resaltará al lado de desaliñados tonos grises. De la misma manera, el mosaico de nuestra vida también necesita del contraste para hacer madurar de verdad lo que dormita en nosotros; necesita del desafío del destino para desplegar todo el potencial de nuestras fuerzas espirituales. Las obras humanas más sorprendentes y los actos heroicos más asombrosos nunca habrían tenido lugar si no hubieran nacido de un sufrimiento inalterable, y al hablar de héroes no nos referimos a los vencedores de batallas históricas, sino al minusválido que domina su vida desde una silla de ruedas o a la viejecita que, con una tierna sonrisa en los labios, pasa sus últimos días cojeando. Si nuestros pacientes quieren seguir dando forma al mosaico de sus vidas, deben saber que no sólo tienen la elección de colocar ellos mismos teselas blancas en el cuadro, sino que también tienen la oportunidad de incluirlas precisamente junto a piedras del destino oscuras para que, a través del contraste creado, hagan su efecto completo. ¿Qué otra piedra brilla más que las demás que una tesela blanca en medio de un grupo de negras?
La logoterapia se orienta hacia los momentos luminosos de la vida, pero también vislumbra el sentido de los oscuros.