• No se han encontrado resultados

Dos familias distintas

In document Logoterapia Elisabeth Lukas (página 41-44)

A continuación me gustaría presentar a dos familias que conocí en el transcurso de mi actividad profesional: una que funciona y otra que no. Con ello queremos destacar los elementos que diferencian entre sí a ambas familias.

La familia A se compone de una abuela, los padres y dos hijos, niño y niña, mientras que la B la forman únicamente los padres y una hija. La familia A es de condición humilde, sin que por ello pase estrecheces, y la familia B pertenece a la clase media alta. La familia A vive bajo la sombra de un dolor causado por la pérdida de un ojo de uno de los hijos a causa de un accidente deportivo. Los miembros de la familia B disfrutan de buena salud. Todos los hechos citados hasta ahora parecen apuntar a que la familia B disfruta de condiciones de vida más favorables: bienestar, salud y una libertad de movimiento relativamente grande gracias a su menor número de miembros. ¿Estás mejores circunstancias dan lugar a un clima familiar agradable?

El padre de la familia B es directivo de una pequeña empresa y de él depende que el negocio se desarrolle sin contratiempos. Por la noche, llega tarde a casa, fatigado, y se retira a su despacho, donde consulta revistas especializadas para estar al día en un sector, el de la informática, que se transforma vertiginosamente. Este padre no aprecia en su justa medida la cena en familia con una hija impertinente, porque durante todo el día tiene que hablar y negociar mucho y por la noche sólo busca paz y tranquilidad. Durante los fines de semana se muestra más bien accesible para la familia, pero nota con frecuencia que el interés por esta accesibilidad es mínimo, por-1 que la mujer y la hija ya tienen sus planes hechos para el domingo. Así, el padre se va tomar el aperitivo o se reúne con conocidos y pasa varias horas del fin de semana en los bares.

La madre es esteticista y sigue mucho la moda. Considera esencial su aspecto externo y siempre viste muy chic. Debido a ello, le molesta sobremanera que su hija vaya por ahí con el pelo descuidado y pantalones vaqueros despedazados; siempre: discuten por ello. Cuando la madre llega a casa, sobre las cinco de la tarde, la hija casi siempre «ha desaparecido» y sólo los platos sucios en la cocina y las cosas del colegio esparcidas desordenadamente delatan la presencia pasajera de la joven. Esto tampoco contribuye a una relación madre-hija inalterable. Entonces, mientras la madre ordena la casa y prepara la cena, se va guardando todo su rencor y lo descarga sobre la hija cuando ésta llega a casa. A continuación, la hija se dirige directamente a su habitación con la comida y se encierra. A falta de interlocutores, la madre se instala frente al televisor y, masticando su cena y evadiéndose en el mundo de una película, sueña con una felicidad echada a perder.

42 La hija es una joven moderna de su tiempo: precoz, reivindicativa y bien ilustrada en lo tocante a sus derechos y ventajas. Aprueba los estudios con notas variables, tirando a mediocres. En su tiempo libre se reúne con la pandilla y hace viajes en ciclomotor que acostumbran a finalizar en discotecas y, en verano, en piscinas al aire libre o parques donde se escucha la música, se fuma y se liga. Los planes profesionales de la joven son confusos, la relación con los padres se reduce a un ―ah, ésos...» y su filosofía de la vida se resume rápidamente: lo importante es que hoy esté bien».

Hasta aquí la familia B, que, a decir verdad, ha dejado de ser una unidad familiar porque cada miembro sigue su camino. Veamos a continuación la familia A, que vive en unas condiciones más difíciles: con una abuela anciana que, aunque mentalmente ágil, físicamente ha dejado de estar en su mejor momento; una hija tuerta que tiene considerables dificultades escolares; un hijo pequeño que, por su viveza, requiere muchas atenciones; un padre que gana el dinero justo para vivir y una madre bastante estresada.

En esta familia se han establecido una serie de hábitos destinados al alivio mutuo. La abuela ha asumido dos deberes: por las mañanas, ayuda a la madre en la cocina, asumiendo actividades como limpiar la verdura, y, por las tardes, practica lectura y escritura con la joven discapacitada (y, además, legasténica). La hija también tiene una tarea que cumplir: cuida del hermano pequeño cuando la madre se va a limpiar por horas para mejorar un poco el presupuesto doméstico.

El hijo no es más que un crío, pero también ha asumido una labor que desempeña con entusiasmo. El es el acompañante del padre durante el tiempo libre. Tan pronto como el cabeza de familia se deja ver tras el trabajo, el hijo ya no se separa de su lado. Se arrastra con él debajo del coche cuando hay que hacer alguna reparación, cosa que sucede con frecuencia porque el vehículo ya es viejo, y miran juntos todos los partidos de fútbol que dan por la tele. El niño apila los leños que su padre sierra en el sótano y se queda fascinado cuando, para variar, se utiliza uno de los troncos para tallar una cabeza de guiñol. El padre se esfuerza ostensiblemente en contribuir en el mantenimiento de la casa. Se ocupa de la calefacción y de las reparaciones, que nunca faltan en la casa de una familia de varios miembros. El también fue quien, años atrás, accedió a admitir a la abuela en la familia, lo cual resultó al final de gran ayuda.' La madre representa el centro de la familia. Se preocupa por todos y recibe algo de todos, ya sean las alegres sonrisas^ de los niños o un beso fugaz del marido en medio del trabajo* La familia A es una familia intacta y una comunidad feliz a su¡ humilde manera, a pesar de la estrechez económica y del accidente que sufrió la hija.

¡A cada miembro de la familia, su función llena de sentido!

De las dos situaciones familiares descritas con anterioridad no debemos inferir que las condiciones de vida fáciles son nefastas y las difíciles son las deseables. Simplemente, demuestran que la alegría y el dolor de una familia no dependen forzosamente de las

43 condiciones de vida externas. Existe un factor relevante que desempeña el papel decisivo en lo relativo al bienestar y la cohesión de una comunidad familiar.

Vistas más de cerca, las familias A y B se diferencian no sólo por la calidad de sus condiciones de vida, sino también por las funciones que desempeña cada miembro. En la familia B, ni el padre, ni la madre ni la hija ejercen una función reconocible para los demás. Es cierto que los padres ganan el dinero y la madre, encima, limpia la casa y hace la comida, pero estas aportaciones —sin duda importantes— no se traducen en contactos personales, sino que, simplemente, se ponen a disposición para satisfacer las necesidades de la familia y cada uno toma de ello lo que quiere y se va. Por el contrario, en la familia A, cada miembro tiene su tarea llena de sentido claramente definida. Desde la abuela hasta el niño pequeño, cada uno ocupa un lugar que le hace, por así decirlo, imprescindible para los otros componentes de la familia, o en el que, por lo menos, dejaría un gran vacío si, de pronto, desapareciese.^ Al igual que a la chica tuerta le faltarían las horas de ejercicios con la abuela, el padre echaría de menos el excitado par-; loteo de su pequeño acompañante; y al igual que a la madre le faltarían los servicios de vigilancia de su hija, la familia en general lamentaría hondamente la desaparición del padre o la madre, y no sólo por la pérdida de ingresos o de manos para; trabajar.

Por supuesto, las funciones que deben desempeñar cambian cuantitativa y cualitativamente conforme pasa el tiempo y los hijos van madurando. Sin embargo, no hay ninguna situación familiar donde una sintonía llena de sentido entre los distintos miembros sea algo trivial. Una familia está sana sólo cuando cada miembro —desde el bebé hasta el anciano— desempeña una función llena de sentido. Pero ejercer una función con sentido no sólo implica dar, sino también tomar. Porque para ocupar un sitio donde uno es, hasta cierto punto, insustituible, es necesario que la persona que haya delante sea utilizada. Si, por ejemplo, la abuela de la familia A viviera en su propia casa, la hija no tuviera problemas escolares y la madre ganase dinero suficiente para permitirse una niñera, desaparecerían algunas de las funciones llenas de sentido en el seno de esa familia, porque ya no haría falta tanta ayuda. En su lugar se podrían incluir voluntariamente otras funciones llenas de sentido, pero también podría suceder que se aproximaran a la estructura de la familia B.

Resulta, como mínimo, igual de difícil atreverse a utilizar a otra persona que realizar una tarea para la cual uno mismo es utilizado. Sin embargo, ambas cosas a la vez dan como resultado esa alternancia de dar y tomar que caracteriza a una comunidad que funciona bien. Esto no significa que haya que ser dependiente para que los demás puedan ayudar, sino, más exactamente, que cada uno debe aceptar agradecido, allí donde tenga una deficiencia o se encuentre en desventaja, la detección y la compensación en la familia de estas deficiencias para, por otro lado, devolver el agradecimiento allí donde se tengan aptitudes y talento. Los niños pequeños y las personas discapacitadas son, precisamente, quienes pueden hacerlo extraordinariamente bien: aceptan sin problemas la mano que les tienden y, al mismo tiempo,

44 por su carácter natural, arrancan de la gente que les atiende unas enormes dosis de amor, cuidados e ingenuidad.

In document Logoterapia Elisabeth Lukas (página 41-44)

Documento similar