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LA CONSTRUCCIÓN DE AMÉRICA

In document Libro El Chile q Viene (página 39-43)

América fue un gigantesco esfuerzo de ingeniería social. En verdad, hubo dos proyectos de dicha ingeniería que se oponen, se superponen e interactúan entre ellos: el estatal, es decir, el impulsado por la Corona castellana, y el ecle- siástico. Sabemos que la etapa inicial de los descubrimientos y de la conquista del territorio americano fue entregada a la iniciativa privada, siguiendo un modelo jurídico basado en el derecho mercantil, pero muy pronto la Corona empezó a tener una injerencia cada vez más marcada en la administración del territorio americano. Existió el propósito de lograr que América fuera algo muy diferente de España, en especial en las relaciones entre los súbditos y la Corona. La sociedad castellana fue, con matices, estamental. La sociedad que se constituyó en América tuvo dos vertientes. Por una parte, se basó en la existencia de razas diferentes, con una infi nita variedad de mezclas, y, por otra, fue también estamental, pero sólo desde una perspectiva formal. En efecto, las distinciones de Estado entre nobleza, titulada y no titulada, y pecheros, tuvo una singular modifi cación en América. La nobleza titulada de la península sólo pasó al nuevo mundo en el cumplimiento de funciones administrativas. La nobleza no titulada, es decir, la formada por los hidalgos, perdió su sentido original: el hidalgo no necesitó en América litigar su hidalguía, como en Espa- ña, y tampoco tuvo tribunales donde hacerlo, que eran las reales chancillerías de Granada y de Valladolid. Y el pechero, al pasar a América, dejó de estar su- jeto a los tributos específi cos que recaían sobre él por su calidad de tal, que en líneas generales eran los servicios ordinarios y extraordinarios y la moneda fo- rera; en cambio, el indígena tributario fue asimilado al pechero castellano. En otras palabras, el mérito desplegado en el Nuevo Mundo en el servicio de la Corona fue el factor que elevó a las personas en la sociedad que aquí surgía.

1 Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1976, I, pp. 471-472.

La nobleza formada en América exhibió una diferencia fundamental con la de España: nunca sus miembros llegaron a ser señores de vasallos. El seño- río fue una institución clave en el poder de la nobleza peninsular. Consistió en el traspaso, por el rey, de ciertas competencias de las que era titular en favor del señor. Estas competencias solían ser de gobierno, jurisdiccionales y tributarias, y el señor las ejercía sobre el señorío, territorio acotado, es decir, cerrado, para los funcionarios del rey.2 En otros términos, los señores admi-

nistraban un sector de la fi scalidad pública.3 Las rentas señoriales permitie-

ron, por consiguiente, un sustento económico asegurado a la nobleza. En América muchos conquistadores pretendieron hacerse de señoríos, y Hernán Cortés lo logró con su señorío jurisdiccional sobre las tierras del marquesado del Valle de Oaxaca, pero sobre sus descendientes actuó implacablemente la Corona,4 tan implacablemente como lo había hecho contra la sucesión de

Cristóbal Colón. El régimen señorial, en consecuencia, no existió en Amé- rica, y lo que más se le aproximó fue la encomienda de indios. Fue la acti- va injerencia de la Corona la que llevó a la encomienda a evolucionar en un sentido diferente al perseguido por los conquistadores, impidiendo, por ejemplo, su perpetuación en una misma familia.

Conviene agregar que si bien, y en forma sistemática desde el siglo XVII,

las órdenes militares admitieron a americanos en su seno y la Corona otorgó títulos de Castilla, no hubo grandes de España en el nuevo mundo. El título de duque, que llevaba aneja la grandeza, se otorgó a unos pocos americanos, entre ellos al chileno Fermín Francisco de Carvajal-Vargas, primer duque de San Carlos. Pero la Corona lo obligó a radicarse en la península.

América fue, pues, estructurada de manera diferente de la península. El rey jamás estuvo en el Nuevo Mundo, pero sí sus funcionarios, sus Reales Audiencias, sus gobernadores y, sobre todo, sus virreyes, es decir, sus represen- tantes directos, cada uno de los cuales era el alter ego, el otro yo del rey. ¿Qué signifi ca esto? Que tan pronto los conquistadores lograban ocupar los diversos territorios americanos, se hacía presente una burocracia muy estrechamente vinculada a los organismos de administración de la metrópoli, que se iba am- pliando y que los desplazaba para dejarlos en un segundo plano. La sensación de los hijos y nietos de conquistadores de que los méritos de sus mayores no habían sido debidamente reconocidos por los órganos superiores de la mo- narquía es una constante que se advierte en todos los territorios americanos.5

2 Alfonso María Guilarte, El régimen señorial en el siglo XVI, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1962, pp. 77-88, 117-135, 146-157.

3 Miguel Ladero Quesada, “Estructuras y valores sociales en la España del descubrimiento”, en Real Aca- demia de la Historia, Congreso de Historia del Descubrimiento (1492-1556), Actas, III, Madrid, 1992, p. 238.

4 Bernardo García Martínez, El Marquesado del Valle. Tres siglos de régimen señorial en Nueva España, El Colegio de México, México, 1969.

5 Juan Marchena Fernández, “Los hijos de la guerra: modelo para armar”, en Real Academia de la His- toria, Congreso de Historia del Descubrimiento, Actas, III, Madrid, 1992, pp. 311-420.

La estructura administrativa no tuvo, en consecuencia, un contrapeso social sólido y homogéneo, no obstante lo cual la Corona no logró aplicar un mode- lo uniforme a todo el territorio americano tanto por razones geográfi cas como por la lentitud de las decisiones adoptadas según el régimen polisinodial o de consejos vigente durante buena parte del régimen monárquico en América. EL ELEMENTO UTÓPICO EN LA CONSTRUCCIÓN DE AMÉRICA

Hay una conciencia generalizada en el siglo XVI de que en América todo

era posible. El mismo avance de los peninsulares en Tierra Firme no hacía más que confi rmar la existencia de un mundo de posibilidades ilimitadas. El descubrimiento de la avanzadísima cultura azteca sólo fue opacada en parte por el encuentro con el imperio inca, de tan vasta extensión y de tan compleja estructura. La existencia de esas sociedades no hacía sino estimular la imagi- nación y dar visos de realidad potencial a lo que habrían de resultar simples espacios de la imaginación: la desesperada búsqueda por Juan Ponce de León de la fuente de Bímini y del río de la eterna juventud; las expediciones de Felipe de Hutten, Hernán Pérez de Quesada, Pedro de Ursúa y muchos otros en busca de El Dorado; los viajes tras el Paititi, mito andino que pervive hasta hoy,6 o la persecución desde Chile de la ciudad de los Césares, situada en al-

gún punto de la cordillera entre Nahuel-Huapi y el estrecho de Magallanes.7

En otras palabras, la estructuración de los nuevos territorios en América esti- muló los rasgos utópicos en la población, tanto española como aborigen. En esta última, por ejemplo, la reconstrucción del incario tuvo expresiones mani- fi estas en la segunda mitad del siglo XVI, en el Estado neoinca de Vilcabamba

y a fi nes del siglo XVIII en las sublevaciones de José Gabriel Condorcanqui,

Túpac Amaru II, en el Cuzco; de Túpac Catari en La Paz, y de Tomás Catari,

en Challanta, al norte de Potosí.8 Cuando el componente religioso era muy

marcado, la tendencia utópica daba pie a las manifestaciones mesiánicas, tan abundantes hasta el siglo XX en la América hispana y en la portuguesa.9

La creación de una sociedad nueva en América, como aspiración de la Co- rona, se expresó en actuaciones materiales llenas de simbolismo. La fundación de ciudades es, sin duda, un hecho notable y que, en cierto sentido, transfor- mó en realidad las elaboraciones medievales del franciscano Francesc Eixime- nic y del obispo Rodrigo Sánchez de Arévalo, tan similares a las aspiraciones

6 Alberto Flores Galindo, Buscando un inca: identidad y utopía en los Andes, editorial Horizonte, Lima, 1988, pp. 54-55.

7 Patricio Estellé y Ricardo Couyoumdjian, “La ciudad de los Césares: origen y evolución de una leyenda (1526-1880)”, en Historia, 7, Santiago, 1968, pp. 283-309.

8 Nathan Wachtel, Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española (1530-1570), Alianza Editorial, Madrid, 1976, pp. 269-291; María Eugenia del Valle de Siles, Testimonios del cerco de La Paz. El campo contra la ciudad, Biblioteca Popular de Última Hora, La Paz, 1980; Sergio Serulnikov, Confl ictos sociales e insurgencias en el mundo colonial andino. El norte de Potosí en el siglo XVIII, Fondo de Cultura

Económica, Buenos Aires, 2006.

9 Maria Isaura Pereira de Queiroz, Historia y etnología de los movimientos mesiánicos. Reforma y revo-

renacentistas de la ciudad ideal, abordada por los tratadistas, por los utopistas y por los pintores.10 Aunque en Navarra y en Valencia hay casos de fundacio-

nes de ciudades desde el siglo XII, en Castilla su número es muy reducido. Es

Andalucía la que ofrece casos de más interés como precedentes americanos: Puerto Real, en 1483 y, especialmente, Santa Fe, en las inmediaciones de Gra- nada, que se alzó entre 1491 y 1492 sobre el que había sido el campamento de las tropas de los Reyes Católicos. En América los peninsulares, asombrados al comprobar que los indios antillanos no vivían en ciudades, se preocuparon de fundarlas, todas ellas de acuerdo a la planta ortogonal. Es cierto que, ya en Tierra Firme, ciudades indígenas como Tlaxcala, Tenochtitlán y Cuzco sor- prendieron a los conquistadores, quienes las compararon con Sevilla o Córdo- ba, y sobre ellas se construyeron las nuevas estructuras.

En el caso chileno, sin embargo, al igual que en muchos otros territorios americanos, las fundaciones se hicieron en espacios vacíos, cuidándose de res- petar ciertas regulaciones procedimentales y urbanísticas, y procurándose la proximidad de los aborígenes. El programa fundacional de Pedro de Valdivia, al poniente y al oriente de la cordillera, fue seguido por sus sucesores a pesar de las destrucciones ocasionadas por los indígenas y, más adelante, de las causadas por los terremotos. El catastro de “ciudades peregrinas”, es decir, de ciudades que cambiaron de lugar, hecho para América incluye más de 200 con esas ca- racterísticas, y varias de ellas pertenecieron a Chile. Pero el acto de voluntad de hacer una ciudad desde la nada, además de constituir una señal de los recién llegados de echar raíces en la tierra, fue ciertamente utópico en su origen.

Existió, como se dijo, otro intento de ingeniería social, el de la Iglesia. Más preciso es afi rmar que se trató de un intento de las órdenes religiosas, en particular de los franciscanos, de los dominicos y, algo más tardíamente, de los jesuitas. A fi nales del siglo XV se vivió la oleada fi nal de las corrientes ba-

jomedievales del milenarismo mesiánico. El año 1492 fue considerado como la prefi guración y el anuncio profético de la unifi cación del mundo bajo la bandera de la cristiandad.11 Los franciscanos parecen haber conservado mejor

los mitos de reforma y de retorno a la pureza originaria como preparación para el cumplimiento de las esperanzas milenaristas en el triunfo del cris- tianismo y el fi n de los tiempos.12 En la visión radical franciscana, América

era un territorio prístino, libre de todos los lastres y las taras de Europa, en el cual sería posible construir una sociedad enteramente diferente, sin la

10 Gabriel Guarda, O. S. B., “Santo Tomás de Aquino y las fuentes del urbanismo indiano”, en Boletín de

la Academia Chilena de la Historia, 72, primer semestre 1965, pp. 5-50.

11 Mario Góngora, “El Nuevo Mundo en algunas escatologías y utopías de los siglos XVI al XVIII”, en Estudios

de historia de las ideas y de historia social, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Santiago, 1980, pp. 13-69.

12 Fundamental en esta materia es Alain Milhou, Colón y su mentalidad mesiánica en el ambiente fran-

ciscano español, Valladolid, 1983. Vid. También José Sánchez Herrero, “Los movimientos franciscanos ra-

dicales y la misión y evangelización franciscanas en América”, en Real Academia de la Historia, Congreso de Historia del Descubrimiento, Actas, IV, Madrid, 1992, pp. 565-592.

presencia de soldados, comerciantes, terratenientes y funcionarios españoles; sin la presencia, incluso, de la jerarquía eclesiástica. La pretensión última era construir una iglesia cristiana primitiva sobre la base de la población aborigen.13 Son notables los ejemplos que se conocen de estos intentos de

establecer sociedades nuevas: la fantasiosa iniciativa del padre Las Casas en la Verapaz, en Guatemala;14 los establecimientos del obispo Vasco de Qui-

roga en Cumaná, inspirados en Tomás Moro,15 y las misiones jesuitas del

Paraguay. Pero no es necesario alejarse tanto. Diferentes en magnitud, pero no en los propósitos, fueron las misiones jesuitas en Nahuel-Huapi entre los indios poyas y puelches, a fi nes del siglo XVII y comienzo del XVIII, extensión

al oriente de la cordillera de los Andes del colegio de Castro, en Chiloé, de la Compañía de Jesús.

Sectores muy relevantes de la Iglesia tuvieron, por consiguiente, un mo- delo de lo que debía ser una sociedad cristiana en un medio completamente diferente al de Europa, en cierto sentido incontaminado. La idea de la se- paración residencial, es decir, el establecimiento de zonas en las cuales los indígenas pudieran desarrollarse sin contacto con los españoles, así se tratara de soldados, de funcionarios o de miembros del clero secular y de la jerarquía eclesiástica, estuvo en la base de los proyectos de los religiosos. Esto llevó a constantes fricciones entre miembros de la Iglesia y autoridades militares, en particular en lo relativo al tratamiento de los indígenas. Incluso fue determi- nante la presencia eclesiástica en el diseño de la forma en que debía efectuarse la relación con ellos. Sin perjuicio de que la sociedad americana fue marca- damente mestiza, la separación residencial se mantuvo como una aspiración, recogida en la legislación indiana y heredada más adelante por la república.

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