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MODERNIZACIÓN, REPUBLICANISMO Y POSMODERNISMO

In document Libro El Chile q Viene (página 87-90)

IDENTIDAD Y RELATOS NACIONALES

6. MODERNIZACIÓN, REPUBLICANISMO Y POSMODERNISMO

Aparte de los relatos liberal-autoritario y de la transición, ha habido otros esfuerzos, ninguno de los cuales ha llegado demasiado lejos. Mencionábamos más arriba el de Frei Ruiz-Tagle a mediados de los 90, quien buscó construir un discurso y una épica en torno a la modernización. Este intento tuvo algu- nos éxitos. El manifi esto de los “autocomplacientes” fue una verbalización de

este relato, el cual alcanzó alta resonancia en la Concertación. Pero vino, sin embargo, la reacción de los “autofl agelantes”, y el propio gobierno se dividió en dos bandos, con lo cual ese relato fue perdiendo energía. Después llegó la crisis asiática, lo que terminó por hundir defi nitivamente este intento.

En su presidencia Ricardo Lagos exploró varios caminos en la búsqueda de un relato que superara los dos predominantes hasta entonces (el de la transición y el liberal-autoritario); pero no tuvo éxito en instaurar un nuevo relato nacional. Lo intentó, primero, retomando el relato de la moderniza- ción, pero sacándolo de la infraestructura para ponerlo en la economía del conocimiento y sumándole una meta: llegar al desarrollo para el Bicente- nario. Esto se frustró por un panorama económico mucho más difícil de lo previsto, que lo obligó a ponerse metas más modestas, y que se tradujo en la Agenda Pro-Crecimiento. Lagos intentó también armar un relato en torno a la recuperación del ethos y la institucionalidad republicanas, lo que fue coro- nado con la reforma de la Constitución y con la fi nalización, en gloria y ma- jestad, de un presidente de izquierda. Pero ciertamente este relato está en la lógica de la transición antes que en el de la fundación de un nuevo rumbo.

Michelle Bachelet se diferenció radicalmente de Lagos al no proponer nada parecido a un gran diseño estratégico, un horizonte histórico, una integración retórica entre el pasado y el futuro; vale decir, un relato. Esto claramente no estuvo en el ADN de su administración. No hay discurso ni

grandilocuencia; solo medidas puntuales y casi domésticas, unidas vagamen- te en torno a conceptos generéricos como “inclusión”, “protección social” y “competitividad” –más la fi gura imponente de la primera mujer presidenta de la república. Es otra lógica: la de un Chile que parece haber entrado a la condición posmoderna, que rechaza los discursos totalizantes propios de una modernidad obsesionada con la idea del progreso y de la trascendencia.

Dicho de otro modo, con Bachelet se intentó hacer el relato del no-relato. A la luz de la desorganización que se observa en el gobierno y la coalición ofi cial, y el grado de abatimiento y desconcierto que se observa en el país, esto tampoco ha resultado: unos y otros parecen requerir, con angustia, de una idea, de un proyec- to –en fi n, de un relato– que les permita sacar la cabeza de las miserias de lo coti- diano y mirar el horizonte. Estamos como aquellos estudiantes de mayo del 68 en París, que pedían más sueños y promesas, y menos realidad y menos medidas. 7. MODERNIZACIÓN SIN RELATO

Toda revolución tiene efectos sobre la identidad nacional, y esta no es la excepción. En los últimos treinta años Chile giró hacia el “paradigma nor- teamericano”, quebrando la trayectoria que llevaba en gran parte del siglo

XX. Este giro no reparó en desgarros ni en traumas, y ha sido asumido por

Este cambio ha trastocado la manera como los chilenos y chilenas viven. Pero la revolución modernizadora chilena no ha encontrado la manera de contar su historia, de transformarla en un proyecto compartido e incorpora- do al núcleo de la identidad chilena contemporánea. Aquí radica su mayor fracaso. De ahí que, hasta hoy, persiste un sordo confl icto –que se acentúa con el tiempo, en vez de mitigarse– entre dos identidades contrapuestas acer- ca de Chile: la que se ha llamado aquí la identidad “europea”, de una parte, y la identidad modernizadora o “estadounidense” de la otra.

El resultado es que mientras la sociedad chilena hoy se mueve por una ra- cionalidad de tipo moderno-liberal que sigue el “paradigma estadounidense” (basada en la promoción del individuo, la extensión del mercado, el culto al trabajo, la privatización de los riesgos y oportunidades, la masifi cación de la democracia, centralidad de la religión y pautas culturales conservadoras), el mito que identifi ca a gran parte de los chilenos sigue siendo otro, un mito anti- modernizador. Esto se revela en la nostalgia por un Chile que nunca existió en la realidad, pero sí vivió en el imaginario de sus elites políticas: una nación fun- dada en la solidaridad, donde el mérito era premiado por el apoyo generoso del Estado, quien protegía a los individuos de las fatalidades y regulaba al mercado para defender el bien común; donde la infl uencia de los poderes religiosos iba cediendo ante el avance de la lógica secular y republicana, donde la cultura se hacía cada vez más liberal y donde la democracia iba más allá de lo “formal”.

En suma, Chile aún no logra conformar una identidad nacional frente a la cual –como diría Rorty– “la vergüenza tenga menos peso que el orgullo”. Ésta oscila entre las promesas de una modernización liberal anclada en el dinamis- mo económico, que se ha transformado en la fantasía motivadora de gran parte de las elites económicas y políticas y de los grupos sociales emergentes, y la nostalgia por un idealizado orden de corte más estatista, que domina la imaginación de un amplio grupo de la población, y tiene como soporte prin- cipal a la escuela y a los profesores de un lado, y a los intelectuales del otro.

Es sabido que la educación es la gran correa transmisora que reproduce, generación tras generación, la visión que una nación tiene de sí misma.15 Su

poder creador de un relato es infi nitamente superior a todo lo que digan los libros o los papers o lo que se plantee en conferencias y discursos. Pues bien, en el caso de Chile, es precisamente el sistema educativo el que reproduce –con el éxito ya mencionado– una mirada crítica, escéptica y pesimista acer- ca de la modernización; y el que reproduce y proyecta, al mismo tiempo, una mirada idealizada de aquel país imaginado que habría existido a mediados del siglo XX. Esto se apoya, de una parte, en la mentalidad y la actitud de

15 Como señala Durkheim, la educación “es la manera a través de la cual la sociedad perpetuamente re-crea las condiciones de su existencia como tal” por medio de “una sistemática socialización de la ge- neración jóven”. Citado por Lukes, 1973: 111.

los profesores, entre quienes prevalece la identifi cación nostálgica por los símbolos de ese Chile que se fue. Pero se apoya también en los currículos y textos escolares que, como lo demuestra Cristián Cox en una investigación de CIEPLAN, “muestran un declive consistente de las presencia de referentes

simbólicos fuertes de lo común”, los que son reemplazados por la apelación a “valores universales o globales y la celebración de la diversidad”.

Richard Rorty recuerda que “las naciones confían en los artistas e intelec- tuales para crear imágenes y crear historias acerca de su pasado nacional”.16

Este no es el caso de Chile. En el seno de la comunidad intelectual y artís- tica chilena se cuenta siempre con más voluntarios para hacer la anatomía de los mitos nacionales que para erigirlos; más disposición a emprender la destrucción de las imágenes de logro que a construirlas; más interés en de- rribar los símbolos de grandeza que en edifi carlos; en fi n, más motivación en refl exionar acerca de lo que nos diferencia como sociedad que sobre lo que nos integra como nación.

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