El panorama que ofrecía América a mediados del siglo XVIII era, pues, el de
un conjunto de territorios dotados de una administración extensa y no siem- pre profesional, vinculada con el centro por lazos claramente regulados, pero que la práctica los había hecho muy tenues, y en que el poder, ejercido en cascada, se debilitaba hasta llegar a su mínima expresión. Esto signifi ca que los territorios americanos adquirieron, debido a la estructura misma de la ad- ministración, un sorprendente grado de libertad en su gestión, con un virrey o un gobernador dotado de gran autonomía. Semejante cuadro experimentó un cambio con el acceso al trono de Carlos III, quien, con su experiencia de
gobierno en Nápoles entre 1734 y 1759, supo rodearse de un conjunto de funcionarios que, además de estar imbuidos de los principios de la Ilustración, exhibían una notable expedición administrativa. El período que va de 1759 a 1788 fue testigo de la aplicación en todo el imperio español de profundas reformas que, al no obedecer a un plan general, resultaron contradictorias e incompletas.45 Dejando de lado la más llamativa, la creación del virreinato
del Río de la Plata, tal vez lo que resulta más digno de destacar es el defi nitivo
43 Fernando Silva Vargas, “Los gobernadores como agentes estructuradores de la sociedad chilena en los siglos XVII y XVIII”, en Boletín de la Academia Chilena de la Historia, 116, Santiago, enero-junio 2007,
pp. 177-218.
44 José Rafael Reyes Reyes, “Ascendencia y prole del último gobernador real de Santiago, don Jerónimo Pizana”, en Revista de Estudios Históricos, 34, Santiago, 1989, pp. 261-262.
45 Luis Navarro García, “El reformismo borbónico: proyectos y realidades”, en El Gobierno de un Mundo,
desplazamiento del Consejo de Indias por la vía reservada, mecanismo que permitía al rey, o más específi camente a sus ministros, dar órdenes directas a sus altos funcionarios americanos y obtener el cumplimiento rápido de ellas.46 Junto a esto sobresalen otras cuatro grandes reformas: la moderniza-
ción de la Real Hacienda, que se convirtió en una ofi cina con empleados de planta, sometidos a un régimen de ascensos y que aplicó rigurosos sistemas de control fi scal; la progresiva incorporación de la administración de los im- puestos a la Corona; el régimen de libre comercio, y el diseño y aplicación del régimen de intendentes. Las dos primeras reformas provocaron movimientos de rechazo, conatos de sublevaciones o abiertas revueltas –Chile sufrió el llamado “motín de las alcabalas”–, y la última sólo se completó durante la república. Una importante iniciativa dirigida a estimular la economía de las Indias, entre otras fi nalidades, se desarrolló en forma anterior o paralela a la aplicación de las reformas aludidas, y fue constituida por las visitas generales. Un funcionario, dotado de amplísimas atribuciones en todos los campos, examinaba el estado de un territorio, desde el funcionamiento de las depen- dencias administrativas hasta el desarrollo de la agricultura, de la ganadería y de la minería, y ordenaba las medidas necesarias para reducir o eliminar los problemas y las malas prácticas, y para estimular el crecimiento económico. Extensas visitas generales se habían hecho en el siglo XVII en Quito, México,
Bogotá, Lima y Charcas. Las dos grandes visitas generales del siglo XVIII fue-
ron la de José de Gálvez en Nueva España, y la de José Antonio de Areche en Perú, continuada más adelante por Jorge Escobedo. Esta última comprendió también a Chile, a través de un visitador subdelegado. El propósito que ha- bía detrás de este conjunto de medidas reformistas era muy explícito: que la administración indiana fuera reformulada a fi n de que los territorios ameri- canos contribuyeran a las necesidades económicas de la metrópoli.
Lo que la literatura histórica suele denominar centralismo borbónico oculta, como siempre ocurre con proyectos reformistas tan ambiciosos como el examinado, numerosos matices, múltiples contradicciones y una gran pa- radoja. Así, por ejemplo, la libertad comercial no fue exactamente eso, sino una mera liberalización en benefi cio de varios puertos de la península; la reforma hacendística fue incapaz de implantar una medida tan elemental como la contabilidad por partida doble; la creación del virreinato del Río de la Plata debilitó, y de manera defi nitiva, al del Perú. Es indispensable, sin embargo, referirse a las reformas de Carlos III, porque, al darle una estructura
más ordenada y funcional a cada uno de los territorios americanos, al obli- garlos a modernizar la percepción tributaria, al dotarlos, en fi n de ofi cinas, los proveyó de “toda la maquinaria administrativa de un Estado absolutista”;
46 Margarita Gómez Gómez, “La nueva tramitación de los negocios de Indias en el siglo XVIII: de la ‘vía del Consejo’ a la ‘vía reservada’”, en El Gobierno de un Mundo, op. cit., pp. 203-250.
es decir, les entregó las herramientas para que pudieran seguir caminando al margen de la tuición del rey de España, que era el nexo de unión de todo el imperio.47 Una de las comprobaciones más notables que se pueden hacer al
concluir el siglo de las grandes reformas es la generalizada sensación entre los altos funcionarios de la Corona en América de que, por una parte, ellas ha- bían fracasado y que, por otra, era inevitable la pérdida de esos territorios.48