Nuestro mensaje de salvación incluye la obra del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Lo que el Padre ha planeado, el Hijo lo ha llevado a efecto por su muerte y resurrección. Y lo que El ha hecho posible, el Espíritu lo opera en nosotros.
La obra del Espíritu
El término conversión proviene de una palabra que quiere decir ―dar media vuelta‖. Cuando éramos pecadores estábamos en el camino que conduce al infierno, pero luego conocimos a Jesús. Cuando lo aceptamos como nuestro Salvador y Señor, el Espíritu Santo nos hizo dar media vuelta y nos puso en rumbo hacia el cielo. Nos ayudó a arrepentirnos y derribó las barreras que había en nuestros pensamientos, emociones y voluntad en contra de Dios. Nos dio la fe necesaria para creer en Cristo.
Cuando rendimos nuestra vida a Cristo, su Espíritu vino a vivir en nosotros para guiarnos, ayudarnos y darnos una nueva naturaleza. El nos une a Cristo, haciéndonos
miembros de su Cuerpo, la Iglesia. El Espíritu nos hace nacer de nuevo. Por medio de este milagro del nuevo nacimiento llegamos a ser hijos de Dios (2 Corintios 5:17, 18; Juan 3:3 – 6; Romanos 5:5). También nos ayuda a tener pensamientos correctos, a cultivar las
emociones correctas y hacer lo que es correcto.
Responsabilidad de la persona
¿Ha intentado alguna vez alimentar a un bebé mientras él sacaba de la boca todo cuanto usted le ponía en ella? Por mucho que quisiera darle lo que necesitaba, le sería imposible mientras él no estuviera dispuesto a recibirlo. Dios no alimenta a nadie a la fuerza. Aunque nuestra alma tenga hambre de la vida que El ofrece, no puede dárnosla a menos que
estemos dispuestos a aceptarla. Si deseamos la salvación, tenemos que responder a la oferta de Dios y aceptar su dádiva del Salvador.
La conversión es el cambio que se efectúa en un pecador cuando rinde por compl eto su ser entero a Dios
Podemos resumir en dos palabras lo que el pecador debe hacer para ser salvo: arrepentirse y creer . La conversión es un cambio completo de dirección. Primero, nos hallamos en camino hacia el infierno, dándole las espaldas a Dios.
Entonces nos arrepentimos: cambiamos nuestra actitud en relación con el pecado y tomamos la resolución de abandonarlo.
Nuestra conversión se completa cuando ponemos nuestra fe en Jesús. Creemos el Evangelio y aceptamos a Cristo como nuestro Salvador y Señor. Entonces lo seguimos.
Arrepentirse es cambiar de actitud hacia el pecado en todos los aspectos de la
personalidad. En la mente reconocemos que hemos hecho lo incorrecto, que estamos en el camino errado, y que debemos abandonar nuestros pecados si queremos ser salvos.
Emocionalmente, nos hallamos tristes por haber desobedecido a Dios; sentimos nuestra culpabilidad y tememos nuestro castigo. En cuanto a nuestra voluntad, tomamos la decisión de apartarnos del pecado. Una traducción libre de la Versión Ampliada dice en Mateo 3:2: Arrepiéntanse — esto es, piensen de manera diferente; cambien de actitud, lamentando sus pecados y cambiando su conducta — porque el reino de los cielos está cerca.
El arrepentimiento comienza en la mente cuando creemos lo que dice Dios acerca del pecado, de sus consecuencias y de nuestro estado. Pasa luego a nuestras emociones y
voluntad.
Cuando nos arrepentimos y creemos en Cristo, las barreras contra Dios (la incredulidad, la indiferencia y la rebeldía) se derrumban. Luego respondemos en fe, aceptando a Cristo como nuestro Señor y aceptando a la vez cuanto nos brinda para cada parte de nuestra personalidad. Compare el cuadro de abajo con los que están en las páginas 67 y 68.
Cooperamos con el Espíritu Santo en el arrepentimiento, permitiéndole hacer su obra transformadora en nosotros. El nos conduce al arrepentimiento. Obra en nuestra mente y emociones convenciéndonos de pecado y haciéndonos ver la necesidad de cambiar nuestro rumbo. El fortalece nuestra voluntad en su decisión de apartarse del pecado y volver a Dios. ¡El destrona el pecado de nuestra vida!
¿Ha notado usted que el Espíritu Santo trata de distintas maneras con las personas? Algunos se desesperan por el estado en que se hallan. Otros prorrumpen en lágrimas sin tener idea de por qué lloran; el Espíritu realiza en ellos una obra que n o comprenden. Hay otros que no parecen conmoverse en lo más mínimo; sencillamente toman la decisión de
abandonar el pecado y seguir a Cristo. En algunos la conversión es instantánea. En otros la convicción, el arrepentimiento y la fe en Cristo vienen de manera tan gradual, que no pueden señalar el momento exacto de su conversión.
Vemos claramente en la Biblia que el arrepentimiento es una parte vital del mensaje del Evangelio. Tanto Jesús como Juan el Bautista lo predicaban (Mateo 3:2; 4:17). Es p osible que algunos vacilen en predicar el arrepentimiento porque no quieren ofender a nadie. Hay personas que se atreven a decirnos que no tenemos derecho a decirles a otros cómo deben
vivir. ¿Será cierto? ¿Qué me dice de los trabajadores de carreteras que colocan una barrera a través del camino y un letrero que dice: Desvío: puente roto? ¿Qué decir del médico que le ordena a un paciente que cambie su dieta con el fin de salvar su vida, o del bombero que derriba la puerta de un edificio en llamas para rescatar a la gente que se encuentra allí atrapada? ¿Vacilan ellos en cumplir con su tarea por temor de ofender a las personas cuya vida está en peligro? ¡Dios nos ayude a ver el día de juicio que se avecina y a instar a la gente para que se arrepienta antes de que sea tarde! Lea 2 Timoteo 4:1, 2; Hechos 2:38.
Tengamos presente en nuestro evangelismo que el Espíritu Santo obra por medio de la Palabra y la oración para producir el cambio que se necesita en las personas. Así que, ya puede ver la importancia de ayudarlas con enseñanza bíblica y oración antes y después de
que acepten a Cristo. Recordemos que la conversión es más gradual en algunas personas que en otras. El cambio comienza con el nuevo nacimiento y continúa mientras crecen espiritualmente. Por tanto, debemos alentar a los nuevos convertidos a que continúen respondiendo a Dios con fe, amor y obediencia.
El pensamiento de todo lo que Dios nos da en la salvación debe inspirarnos a hacer todo lo posible para compartir con otros las buenas nuevas y llevarlos al Salvador. La salvación que predicamos es mucho más que escapar del pecado y de su castigo. Es más aún que una nueva naturaleza y nueva relación con Dios. Es vida eterna: una nueva calidad de vida ahora y una vida futura inconmensurablemente maravillosa, vida perfecta con Cristo en su hogar celestial. Tenemos bendiciones sin número en la actualidad y tendremos gozo eterno en el futuro.
El Nuevo Testamento promete todo esto y manda darlo a conocer. Un testamento es un documento hecho por una persona para indicar su voluntad respecto a la distribución de sus bienes después de su muerte. El Testamento de Jesucristo nos señala las riquezas que puso
a disposición de todos con su muerte. Tenemos que hacer saber a los herederos lo que deben hacer para recibir su parte de la herencia. Pablo, encadenado en prisión y esperando ser ejecutado pronto por su trabajo evangelístico, escribió: ―Todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna‖ (2 Timoteo 2:10).