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MOSTRAR A LA GENTE SU NECESIDAD

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Jesús, el Gran médico, se ofrece para curar a los humanos de la terrible enfermedad del  pecado, pero muchos no se interesan porque no se dan cuenta de su estado. La única

manera de salvarles la vida es convencerlos de su necesidad, mostrarles el diagnóstico que el Médico ha hecho de su situación. Esto es lo que hace el Espíritu cuando los convence de su pecado para que se sometan a la operación que necesitan para salvar la vida.

El mensaje evangelístico del Edén hizo que los primeros pecadores se enfrentaran con su culpa y las consecuencias de ella. Ahora Dios nos envía a nosotros con un mensaje destinado a convencer de pecado. Le debemos hacer ver a la gente su culpabilidad y el  peligro en que se halla.

Mostrarles su culpabilidad

¿Ha notado usted que las personas más difíciles de ganar para Cristo son las que se creen lo suficientemente buenas tales como son? Pueden estar de acuerdo en que los alcohólicos y los criminales necesitan ser salvos, pero dicen: ― Las cosas buenas que hago tienen mayor peso que las pocas cosas malas que he hecho. No miento, no engaño, ni peleo con los vecinos. Soy bueno y no necesito nada de eso.‖

Convencer de pecado es hacer que una persona comprenda que es culpable de rebelión contra Dios y necesita ser perdonada.

¿Ha tenido alguna vez una mancha de hollín, tinta o grasa en la cara sin saberlo? Luego usted se miró en el espejo. ¡El mensaje del espejo le envió directamente a lavarse la cara! Lo mismo sucede en la convicción de pecado. Nos miramos en el espejo de la Palabra de Dios. En ella vemos nuestra persona a la luz de las normas de la santidad de Dios (Santiago 1:21 – 25). El Espíritu Santo nos ayuda a ver aquellos pecados nuestros que ni siquiera

sabíamos que existían. ¡Gracias a Dios, hallamos limpieza en Cristo! Luego El nos da la tarea de presentar el espejo de su Palabra a otros para que puedan verse tal como son (1 Juan 1:8; Isaías 64:6; Romanos 3:23; Santiago 2:10).

Quebrantar las leyes de Dios es pecar. No es necesario quebrantar todas las que se hallan en la Biblia para ser transgresor de la le y. Con una que se quebrante basta. Todas las cosas buenas que podamos hacer no podrán borrar la culpa por haber quebrantado una ley

de Dios. De eso tendrá que ocuparse el tribunal de Dios y la pena tendrá que ser pagada. ¿Quién es culpable? Todos en la tierra hemos quebrantado las dos leyes que Jesús

mencionó como las más importantes. Por consiguiente, todos hemos pecado (Mateo 22:37, 38).

Moisés y los profetas pronunciaron atronadores mensajes de Dios contra la idolatría, la desobediencia, la injusticia social, la hipocresía y la corrupción moral del pueblo. Jesús avanzó un paso más y denunció los pecados del espíritu: el egoísmo, los pensamientos lascivos, la actitud crítica, la incredulidad. Los profetas y Jesús le mostraron al hombre su culpabilidad y lo exhortaron a arrepentirse para po der ser salvo.

Al hombre no le gusta que le recuerden que es pecador. Por eso el pueblo apedreó a muchos de los profetas y crucificó a Jesús. Los que predican contra el pecado pueden esperar oposición hoy también. Cuando el Espíritu Santo convence a la gente de pecado, a menudo se pone irritable y rebelde contra el Evangelio. Por eso, no debemos desalentarnos si una persona reacciona fuertemente contra el Evangelio. Es posible que esté luchando con la convicción y se halla a punto de rendirse al Señor. No debemos perder la paciencia ni hablar ásperamente a una persona que resiste nuestro testimonio. Tal vez lo que necesita es ver el amor de Dios manifestado en nosotros; el amor que perdona los insultos.

Ya hemos hablado de ser canales del amor que Dios les tiene a los pecadores. Esto es especialmente importante cuando hablamos en contra del pecado. Si reprendemos con aspereza a una persona por sus faltas, no la ganaremos. Si adoptamos un aire de

superioridad, ahuyentaremos a la gente. Unicamente el Espíritu Santo puede convencer al hombre de que es pecador y ponerlo en disposición de reconocer su culpabilidad, y lo hace aplicando la Palabra de Dios a su conciencia.

Lea Jeremías 23:28, 29 y Hebreos 4:12. Si nosotros, como mensajeros de Dios, somos fieles en dar su Palabra a la gente, el Espíritu la utilizará como un martillo para derriba r las  barreras, como fuego para derretir la dureza de espíritu, y como espada para desbaratar las

excusas, el orgullo y la rebeldía. Todo esto dejará al alma pecaminosa impotente y culpable ante Dios, convicta de pecado y ansiosa de ser perdonada. Por tanto, prediquemos la

Palabra, enseñemos la Palabra, citemos la Palabra. Alentemos a los demás a que lean la Biblia, orando y confiando en que el Espíritu Santo les mostrará su culpabilidad y

necesidad.

Mostrarles el peligro

¿Ha pensado usted alguna vez en lo que sería del mundo sin las leyes naturales que Dios ha establecido? ¡Ni siquiera podría mantenerse unido! Del mismo modo, cualquier sociedad o individuo que se niegue a vivir conforme a las le yes físicas, morales y

espirituales de Dios, se encamina a la destrucción. Si ignoramos la ley de la gravedad y saltamos a un precipicio, nos destruiremos. Si ignoramos las leyes de Dios en cuanto a la vida espiritual y tratamos de regir nuestra propia vida, no s destruiremos.

Mientras mejor comprendamos los resultados del pecado, con mayor urgencia y eficacia obraremos para tratar de salvar a las personas de su poder. Y mientras mejor podamos

mostrarles el peligro en que se hallan, más dispuestas estarán a apartarse del pecado y ser salvas.

¡Peligro! separación esclavitud ¡El pecado en operación! error uicio

infortunio muerte  La separación

El pecado separa a los seres humanos de Dios, los separa unos de otros, y también los aleja del hogar que Dios ha preparado para sus hijos. Ya hemos visto que el hombre se separa de Dios al rechazar su verdad, amor y autoridad. Su incredulidad, indiferencia y rebeldía son barreras que mantienen a Dios alejado de su vida. La separación es voluntaria de parte del hombre. ¿Recuerda como Adán y Eva trataron de esconderse de Dios en el Edén? Su culpabilidad les hacía evitar un encuentro con Dios. Dios también tiene parte en la separación. El expulsó a Adán y Eva del Edén, mostrándonos que al apartarnos de El nos alejamos del lugar de bendición y felicidad (Genesis 3:23, 24; Isaías 59:2).

La naturaleza de Dios no le permite recibirnos como hijos suyos si nos negamos a abandonar el pecado. El es absolutamente puro, bueno y santo; separado de todo mal. Su rectitud y justicia le exigen que destruya el pecado y castigue a los pecadores. En su misericordia nos da la oportunidad de arrepentirnos de nu estros pecados y volver a El. Si nos aceptara como hijos suyos y nos dejara seguir pecando sin corregirnos o castigarnos por ello, se haría partícipe de nuestra culpabilidad. El pecado rompe la posibilidad de relación con un Dios santo. Aun siendo hijos de Dios, si pecamos de nuevo, debemos arrepentirnos y pedir perdón (1 Juan 1:5 – 2:2).

El pecado impide que la gente entre al cielo. Separado de Dios, el pecador no puede vivir en el hogar de Dios. Dios no permitirá que entre al cielo quien podría echarlo a perder con su maldad. Si lo hiciera, la violencia, el odio y la injusticia que arruinan la tierra

arruinarían muy pronto el maravilloso hogar que nos ha preparado (Apocalipsis 21:27; Mateo 7:21).

 No sólo se produce con el pecado la separación entre el hombre y Dios, sino que

también separa al hombre de sus semejantes. El rechazo de la verdad, el amor y la autoridad de Dios deja al hombre víctima de pensamientos erróneos respecto de sí y de otras

 personas; emociones erróneas y acciones erróneas. Mire el triste estado actual del mundo. ¿Por qué se ven tantos hogares destruidos por el divorcio? ¿Cuál es la razón de tanto  prejuicio y discriminación? ¿Por qué hay tanta agitación, violencia y crimen? ¿Por qué

fracasan todos los esfuerzos para producir una paz duradera? El hombre no puede vivir en  paz consigo mismo ni con los demás mientras esté en guerra con Dios (Santiago 4:1 – 4).  El error 

El pecado enceguece a la gente para que no vea la verdad. Le hace creer toda clase de errores. La separa de Cristo —  la luz del mundo —  y la hace ir tropezando en la oscuridad de sus propias teorías y falsas filosofías de la vida (Efesios 4:17, 18; Mateo 15:12 – 14; Juan 7:17; 8:12; Romanos 1:18 – 32).

 El infortunio

El pecado que separa a una persona de Dios la priva de las bendiciones que provienen de El: paz, gozo, amor, autorrealización y verdadera satisfacción en la vida. Los

sufrimientos que han aparecido en el mundo aparecieron como consecuencia del pecado. El rechazo del bien que Dios ha planeado para nosotros conduce a la perversidad, con sus desastrosas consecuencias.

 Nos hallamos en un conflicto entre el bien y el mal. Dios nos habla, invitándonos a seguir su camino. En cambio, el diablo intenta arrastrarnos a la perdición. El gozo se mezcla con la tristeza. El ser humano es en parte bueno y en parte malo: ama a algunas

 personas y aborrece a otras; es bueno en ciertas situaciones y malo en otras. Si escogemos a Dios, El nos llevará a la felicidad perfecta que nunca termina. En cambio, los que se

decidan por el pecado perderán aun la medida de felicidad que este mundo ofrece, al quedar excluidos para siempre de la presencia de todo lo que es bueno. Jesús describió la vida del  pecador después de la muerte como un lugar de angustia física y mental llena de

recriminaciones.  La esclavitud 

El pecado esclaviza, destruyendo el poder que su víctima tenía para resistir la tentación. Probablemente usted conozca personas esclavas de sus hábitos y apetitos. ¡Cuántas son empujadas al crimen por un temperamento incontrolable, por los celos o por un apetito insaciable por las drogas! Mientras más se rinde al pecado la persona, más aumenta el  poder satánico sobre ella. Algunas personas llegan a estar poseídas por demonios. Hay

quienes se comunican con espíritus malignos y usan el poder satánico para hacerles daño a otros. ¡Esclavos de Satanás! ¡Atados para estar con él por siempre y compartir su

condenación! La libertad que les promete a quienes rechacen la autoridad de Dios no es más que una mentira. Sólo quiere vernos convertidos en esclavos suyos (Juan 8:34; Romanos 6:15 – 23).

 El juicio

El pecado nos lleva a juicio ante Dios y nos hace reos de muerte. El Gobernante del universo no sería justo si no cumpliera con las le yes que El mismo ha establecido para el  bien de su mundo. Los que quebrantan la ley deben ser juzgados y castigados conforme la

seriedad del delito. Puesto que nos hemos rebelado en contra del Gobernante del universo, somos culpables de traición. La pena que merece nuestro pecado es la muerte. Todo

 pecador vive ―en capilla ardiente‖, bajo sentencia de muerte, condenado a estar  separado eternamente de Dios, y esperando el día de su ejecución.

Dios nos ama tanto, que vino a sufrir nuestro castigo. Cristo murió en nuestro lugar. Ahora, basado en su muerte, Dios les ofrece ahora el perdón gratuito a todos los que se aparten del pecado y lo acepten como Salvador y Señor. ¿Qué le sucede al que rechace su oferta? Lo único que le queda es sufrir el castigo (Romanos 2:1 – 11, 16; Juan 3:18 – 20; Hebreos 9:27).

En los primeros años de la Iglesia Metodista sus predicadores denunciaban fuertemente el pecado y alertaban a la gente acerca del juicio venidero. La convicción del Espíritu Santo era tan fuerte que muchos pecadores caían a tierra (como Saulo de Tarso), incapaces de  permanecer de pie en la presencia de Dios. Hoy el juicio de Dios sobre un mundo

 pecaminoso está más cerca que nunca. ¡Que el Espíritu Santo le unja y use a usted para que les muestre a los demás el peligro que corren y los persuada a aceptar la salvación antes de que sea demasiado tarde!

 La muerte

El pecado lleva a sus prisioneros a una muerte que está más allá de los límites de nuestra imaginación: sufrimiento eterno, pesar y remordimiento interminables, sin

esperanza de liberación, separados eternamente de Dios y de todo el bien, encerrados para siempre con la horrible presencia de Satanás y sus demonios (Mateo 25:41; Romanos 6:23; Apocalipsis 20:11 – 15; 21:8).

¡No es de sorprenderse que los evangelistas alerten a todos respecto de las terribles consecuencias del pecado! Tal predicación convence a las personas de su necesidad del Salvador. Jonathan Edwards predicó un sermón titulado Pecadores en las manos de un  Dios airado. Antes de su conclusión había gente llorando y clamando a Dios por

misericordia en toda la congregación. Dios hizo que el infierno fuese tan real para ellos, que un diácono se abrazó de un pilar porque tenía la sensación de estar deslizándose hacia él. ¡Que Dios despierte también con nuestro ministerio a las personas pa ra que comprendan lo terribles que son el pecado y sus consecuencias!

Estudie ahora el cuadro siguiente junto con Isaías 58:1 y el Salmo 139:1 – 7. Fíjese en el total final de cada una de las columnas. Pídale a Dios que le hable con respecto de lo que ha estudiado en este capítulo.

Sector de la personalidad La oferta de Dios La respuesta del hombre Resultados progresivos

Mente verdad incredulidad error Emociones amor indiferencia desdicha Voluntad autoridad rebeldía esclavitud Total Total Total Total LA PERSONA CRISTO RECHAZO MUERTE

REPASO Y APLICACION PERSONAL

 Después de contestar, compare sus respuestas con las que se dan para el capítulo 5 al final del libro.

En su obra de evangelismo tendrá necesidad de encontrar rápidamente los textos bíblicos relacionados al pecado y la salvación. Le sugiero que los subraye con lápices de color: uno  para la salvación y otro para el pecado y sus consecuencias. Le será útil repasar la lección

ahora marcando así en su Biblia los textos citados o la parte que piensa usar en su evangelismo.

1 Nombre las tres descripciones bíblicas del pecado.

2 En Isaías 1

a ¿Cómo se describe el pecado?

b Describa su progreso.

3 ¿Qué capítulo en el Nuevo Testamento describe el progreso del pecado en la raza humana?

4 Copie las tres figuras relacionadas con la provisión de Dios para nuestra personalidad y el rechazo que el hombre hace de El, hasta poderlas repetir de memoria. ¿Qué ocasión tiene de usarlas?

5 ¿Por qué muchos no comprenden que son pecadores? 2 Corintios 10:12.

6 ¿Por qué se debe enseñar más sobre lo que el pecado es?

7 Suponga que usted va a dar un estudio sobre errar el blanco usando los tres puntos de la figura en el libro. Lea estos textos, márquelos con lápiz de color, y escriba la referenda de cada uno en su bosquejo bajo el punto al que corresponde: Isaías 1:4; 44:20; 53:6; Salmo 14:2, 3; 78:56, 57; Números 14:43; Juan 14:6; Daniel 5:27; Romanos 1:18; 3:23; 7:15 – 23; Mateo 6:33.

8 ¿Cuáles son las dos cosas que debemos mostrarles a los inconversos para que comprend an su necesidad del Salvador?

9 Nombre seis consecuencias que el pecado tiene para el pecador.

10 El cuadro final de este capítulo es un resumen de los puntos principales. Ensaye hasta poder reproducirlo de memoria.

11 Le sugiero que hable con varias personas (conversas e inconversas) sobre lo que piensan que son el pecado y sus efectos.

12 ¿Cómo han cambiado las ideas de usted sobre el pecado como resultado del estudio de este capítulo?

CAPITULO

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