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El cristianismo, una fe histórica

Cuando los autores del Nuevo Testamento se pusieron a redactar los veintisiete libros que lo componen, decidieron correr un gran riesgo. Se atrevieron a situar los eventos que narraban dentro de un marco histórico determinado. Más aun, sostuvieron que el mensaje divino que habían de comunicar brotaba directamente de esos eventos. O sea, escribieron unos textos de contenido espiritual como si trataran de narraciones históricas. No escribieron como teólogos, sino como testigos de unos acontecimientos extraordinarios. El evangelio –el mensaje divino de salvación para los hombres– y el marco histórico en el cual está inserto en el Nuevo Testamento son inseparables.

Fue un atrevimiento de su parte porque, obviamente, cualquier error suyo en la recopilación de datos históricos sembraría en nosotros cierta desconfianza en cuanto a su fiabilidad o integridad como autores y, por extensión, en cuanto a la fidedignidad y veracidad del evangelio. Pero, por otra parte, su atrevimiento ofrece esperanza a cualquier persona deseosa de saber, con un mínimo de objetividad, si se puede fiar de los textos del Nuevo Testamento. Nos proporciona un medio por el cual examinar su veracidad. La exactitud del contenido espiritual del evangelio, por definición, no se presta ni a ser demostrada ni a ser refutada; se acepta -o no- por fe y por convicción personal. En cambio,

la exactitud del marco histórico sí se presta a ser demostrada o refutada. Por lo tanto, si nuestra investigación del soporte histórico revela a los autores como historiadores dignos de confianza, aumentará también su credibilidad como escritores religiosos. Su veracidad en una área puede darnos confianza para creer lo que dicen en otra.

Cuando, pues, afirmamos que el cristianismo es una fe histórica, no solamente estamos diciendo que ha existido desde hace muchos siglos; tampoco que ha surgido inicialmente en medio de determinadas circunstancias históricas (lo cual es cierto de todas las demás religiones, ideologías y filosofías); ni siquiera que, para entenderlo bien, hay que conocer su origen histórico (lo cual también es cierto de las demás). No. Queremos decir algo más específico: que el mensaje del cristia- nismo no consiste sólo en pensamientos teóricos, sino también en hechos históricos.

El evangelio sostiene que Dios ha intervenido en la historia de maneras concretas. No sólo ha revelado su voluntad por medio de «mensajes» dados a los profetas y apóstoles, sino que ha actuado en la historia mediante hechos que sirven como refrendo y, a la vez, como fundamento de su revelación. Las palabras de los profetas y apóstoles y los hechos de Dios en la historia son inseparables. Juntos constituyen la revelación divina.

Dios ha hablado y ha actuado. Su actuación no es comprensible sin su comunicación, ni su comunicación sin su actuación. Ha obrado con hechos que se prestan a ser examinados por el método histórico. Él mismo ha entrado corporalmente en la historia en la persona de Jesucristo. El evangelio consiste, no sólo en las enseñanzas de Jesucristo, sino también en los hechos de su vida.

Es a todo esto a lo que nos referimos cuando hablamos de una fe histórica.

Hechos y mitos

Como punto de contraste –y a fin de entendernos– consideremos las religiones de los romanos y los griegos. Eran religiones llenas de «historias». Los dioses tomaban forma humana y participaban en el devenir humano. Sin embargo, en tiempos de Jesucristo, muy pocos se tomaban en serio estas historias. No eran tenidas por «históricas». Eran

«mitos», historias que, en el mejor de los casos, podían tener una función didáctica y, en el peor, constituían una proyección de los anhelos y temores más profundos del ser humano y de su inmensa capacidad supersticiosa.

Algo muy parecido ocurre hoy en día con las «historias» del hinduismo. Supuestamente, cada vez que un hindú ve un mono o un elefante se encuentra con una manifestación de alguno de sus dioses. Pero hay una gran ambivalencia, incomprensible para la mentalidad occidental, en su manera de relacionarse con ellos:

¿Tales historias [los mitos del hinduismo] se toman realmente en serio? Pues lo bastante como para asegurar el culto al dios en cuestión y para hacer que los fieles estén pendientes de su favor, pero no lo suficiente como para ser de verdadero valor religioso. Al mono, cuando se baja del árbol y empieza a destrozar la propiedad de una persona, puede que inicial- mente se le salude con reverencia como el dios Hanuman, pero pronto se le arrojará del lugar apedreándole. También es normal que la gente coloque un poco de arroz delante de la imagen de Ganes, el dios elefante, pero sin estar muy convencidos del valor de esta acción. Es un hecho que para el hindú no importa que sean verídicas o no estas historias.1

Las «historias» del hinduismo, como las del paganismo de la an- tigüedad, son mitos que no pueden sostenerse a la luz del análisis histórico.

Algunos intentarían decir lo mismo de las historias del cristianismo. Dan por sentado que los elementos milagrosos de la narración bíblica no pueden haber sido históricos. Sin embargo, los mismos autores bíblicos, que sabían distinguir muy bien entre mitos y hechos históricos, sostuvieron que eran verídicos:

No os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad (2 Pedro 1:16).

En contraste con las leyendas y supersticiones de otras religiones, el cristianismo pretende fundarse en hechos sólidos e históricos.

¿Nos podemos fiar del Nuevo Testamento?

Hechos y mentiras

El cristianismo, sin embargo, no es la única religión que pretende ser histórica en este sentido. Como botón de muestra de otras religiones supuestamente históricas, podríamos señalar el Islam o el Mormonismo. Nuestra acusación contra ellas es aun más seria que en el caso de los mitos: las «historias» que narran, y que sirven de soporte a sus creencias, han sido inventadas por el fundador de la religión en cuestión, sin base alguna en la verdadera historia y sin el apoyo de documentos, restos arqueológicos y demás herramientas de la historicidad.

Es de observar que, en ambos casos, la «revelación» fue dada a un solo hombre –Mahoma y José Smith–, mientras la revelación bíblica vino a lo largo de muchos siglos a una variedad de personas, y su propia coherencia en tales condiciones constituye un poderoso argumento a favor de su autenticidad.

Además, sabemos que la honradez y veracidad de aquellos dos hombres eran seriamente cuestionadas por sus contemporáneos. Pero lo más importante, para nuestros efectos, es que recibieron «revelación» acerca de lo que había ocurrido (supuestamente) siglos antes de que ellos mismos nacieran. No son testigos de hechos contemporáneos, sino se atreven a darnos la «versión correcta» de historias del pasado. Lo hacen sin poder aducir ningún testimonio documental o arqueológico. Todo depende de su propia palabra.

Así, el Libro del Mormón narra la historia «verídica» de poblaciones y civilizaciones antiguas de América, que en realidad no han dejado ni rastro de su existencia. Todo es producto de la fértil imaginación de José Smith.

Mahoma, por su parte, volvió a escribir la historia de muchos de los personajes bíblicos. Pero lo hizo sin referencia a ninguna otra fuente sino su propia imaginación (a excepción de aquellos detalles que tomó prestados a la Biblia). Es decir, no hay ningún documento anterior a Mahoma que dé apoyo a sus invenciones. ¡Desde luego es una nueva manera de escribir la historia! Por ejemplo, para creer que lo que él dice acerca de Abraham es cierto, tendremos que suponer que, en el siglo séptimo después de Cristo, Mahoma recibió de Dios la versión correcta de lo que ocurrió quince siglos antes de Cristo. Lo que resulta increíble es que millones de personas acepten esta «revelación» como historia verídica.

En cambio, los historiadores bíblicos siempre narran hechos con- temporáneos o cercanos, o se toman la molestia de hacer una seria investigación de los documentos y demás fuentes de otros autores con- temporáneos (p.ej. en el caso de los libros de los Reyes y las Crónicas del Antiguo Testamento). O bien son testigos oculares de los eventos que narran, o bien han hecho una investigación histórica de rigor. El evangelista Lucas, por ejemplo, no estuvo presente en los eventos de la vida de Cristo –cosa que él mismo reconoce abiertamente–, pero, en cambio, dedicó grandes esfuerzos a garantizar la exactitud de su Evangelio:

Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo (Lucas 1:1-3).

Los escritores del Nuevo Testamento no pretendían ser teólogos profesionales, pero sí mantuvieron vez tras vez que eran testigos fieles que no hacían más que transmitir a otros las cosas que habían visto y oído:

A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos (Hechos 2:32).

Vosotros matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos (Hechos 3:15).

El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de peca- dos. Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas (Hechos 5:30-32).

Nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; a quien mataron colgándole en un madero. A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos (Hechos 10:39-41).

De hecho, en contraste con José Smith y Mahoma, los apóstoles nunca pretendieron ser los inventores de una nueva religión. No eran tanto teólogos como testigos. Lo que recibieron de Dios por revelación no fueron los hechos históricos en sí, sino el significado espiritual de los hechos (el cual, como veremos, es algo bien distinto). Por esto, la palabra «testigo» es empleada frecuentemente por Jesucristo y por los mismos apóstoles para describir su función.2

La historia auténtica, la que realmente ocurrió, se presta a la investigación y tiene el soporte de evidencias fehacientes. Nada de esto se da en el Mormonismo ni en el Islam. Por lo cual consideramos que son «historias» fraudulentas. En cambio –y este es el tema de nuestro estudio– el cristianismo no sólo se presta a un análisis histórico, sino se confirma por medio de él.

Fe histórica e ideología teórica

Otras religiones –por ejemplo el budismo o el confucianismo en sus formas más puras– no pretenden que sus enseñanzas tengan raíz histórica alguna. Se componen de ideas éticas y espirituales que no tienen nada que ver con hechos históricos determinados.

Por supuesto, esto es cierto también de la gran mayoría de ideo- logías políticas y sistemas filosóficos que han surgido a lo largo de la historia humana. Quizás acudan a ciertos hechos históricos como ejem- plos o ilustraciones de sus postulados. Puede que no sean comprensibles fuera de su contexto histórico. Pero no son «históricos» en el sentido que hemos dicho: no son ratificados por hechos históricos, ni tienen unos hechos históricos como su mismo origen y fundamento.

En cambio, el cristianismo sí. Algunos dirían que esto constituye una debilidad del cristianismo. Desde luego -como ya hemos dicho- su carácter histórico le hace vulnerable a cierta clase de ataque. Si los hechos históricos sobre los cuales se fundamenta pueden ser demostra- dos como falsos, entonces todo el sistema se tambalea. Pero esto es algo que los cristianos han reconocido desde el principio. Por ejemplo, esto es lo que escribió el apóstol Pablo:

2 Ver, además de los textos ya citados, Lucas 24:48; Hechos 1:8,22; 22:15; 26:16; 1 Pedro 5:1.

Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados (1 Corintios 15:13-17).

Él sostiene que toda la fe cristiana descansa sobre el hecho histórico de la resurrección de Jesucristo. Si se pudiese demostrar que la resu- rrección no ocurrió, automáticamente se desmontaría toda la doctrina cristiana. Ya no habría evangelio.

Pero –repito– lo que a primera vista parece una debilidad del cristianismo, de hecho constituye su gran fuerza. Si los hechos históricos sobre los cuales descansa se mantienen ilesos ante los ataques de los escépticos; si una rigurosa investigación histórica no hace que se tam- baleen las evidencias que los apoyan, sino que viene a confirmarlos; si el paso de los siglos confirma la existencia de una sólida base documental y arqueológica sobre la cual los hechos históricos del cristianismo descansan, entonces el carácter histórico del cristianismo resulta ser una razón de peso para creer en él.

Pensémoslo bien. Las ideas religiosas en sí no se prestan a ser comprobadas ni refutadas. ¿Cómo podemos medirlas? ¿Con qué herra- mienta determinar su veracidad? Jesucristo mismo tuvo que afrontar este problema, cuando los líderes del judaísmo cuestionaban la autoridad de su enseñanza. Y en diferentes ocasiones utilizó los «hechos histó- ricos» de carácter demostrable, para confirmar realidades espirituales que no lo eran. Así pues, en una ocasión dijo a los judíos:

Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre (Juan 10:37-38).

Es decir, las obras de Jesucristo (hechos históricos) demuestran la autenticidad de sus enseñanzas y de su autoridad espiritual (las cuales de otro modo no tendrían ninguna demostración fehaciente).

En otra ocasión afirmó que los pecados de cierto hombre para- lítico eran perdonados. Con esta afirmación, se atribuía a sí mismo una autoridad divina porque, como bien decían sus adversarios, ¿quién

puede perdonar pecados sino sólo Dios? ¿Qué hacer en tal caso? ¿Cómo saber si Jesús tenía esa autoridad o no? El perdón de pecados no es algo que puedas demostrar objetivamente. Jesús confirmó su autoridad en una materia invisible ejerciendo autoridad en una esfera visible:

Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos, respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa. Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando a Dios (Lucas 5:22-25).

Los hechos históricos demuestran la autoridad espiritual de Jesús. De la misma manera, los hechos históricos del evangelio nos pueden servir de guía y confirmación en medio de la confusión religiosa de nuestros días. Porque –reconozcámoslo– el tema de la religión a finales del siglo XX se nos presenta turbio y confuso. Es como si estuviéramos en un mercadillo de religiones, ideologías y filosofías. En cada puesto quieren vendernos su sistema. Todos dicen tener la verdad. ¿Cómo podemos decidirnos? ¿O debemos ir a la tumba sin llegar nunca a ninguna conclusión en cuanto al propósito de la vida y a la existencia de un más allá?

En medio de esta confusión, el evangelio cristiano nos dice: Si quieres, puedes saber; no necesitas quedarte con dudas; no es cuestión de hacer una selección arbitraria, sino de examinar las evidencias; y las evidencias que te propongo son evidencias históricas. ¿Quieres mirarlas?

Ya no es cuestión de seleccionar al azar aquella religión que «mejor nos va», sino de examinar los hechos y escuchar los testimonios de testigos oculares. Por ser el cristianismo una fe con contexto histórico y con enseñanzas arraigadas en la historia, adquiere una dimensión objetiva que admite una comprobación histórica que las demás religio- nes no tienen.

Mientras las historias de la vida de Buda no sirven ni para demostrar ni para cuestionar la veracidad de sus enseñanzas, la vida de Jesucristo se relaciona estrechísimamente con su doctrina. Los hechos de Jesús son

una parte tan íntegra de su mensaje como sus palabras. No puede haber divorcio entre ellos. Lo que él revela no son teorías abstractas sino el mismo carácter de Dios manifestado en su propia persona, y la obra salvadora de Dios manifestada en su muerte, resurrección y ascensión. Las enseñanzas de las grandes religiones del mundo existen con casi total independencia de la vida de sus fundadores. No es así en el caso de Jesucristo. Él mismo es el tema principal de su evangelio. Así resumen los apóstoles el mensaje cristiano:

Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella... A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos (Hechos 2:22-24, 32).

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos (Hechos 3:13-15).

Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; Y que apareció a Cefas, y después a los doce (1 Corintios 15:3-5).

La base del evangelio son ciertos hechos históricos de la vida de Jesucristo: especialmente su muerte, resurrección, apariciones y ascen- sión. Estos hechos, por supuesto, tienen un significado espiritual, que constituye el mensaje del evangelio para nosotros. Así pues, si exami- namos la última de estas citas, vemos que la razón de la crucifixión fue que Jesús murió por nuestros pecados. Ahora bien, esta última frase