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Transmisión oral y escrita

¿Cómo se llegó a un canon1 neotestamentario de 27 libros? ¿Qué

criterios se siguieron para seleccionar y considerar como inspirados los documentos del Nuevo Testamento? ¿Cuándo podemos hablar ya de un canon definitivo, como el que conocemos hoy en día? La respuesta a estas preguntas conlleva, necesariamente, un análisis riguroso de los hechos históricos que se inscriben en el proceso de formación del canon neotestamentario, y esto es lo que intentaremos hacer, brevemente, en este escrito.

Durante un periodo de unos veinte años después de la ascensión del Señor, la naciente iglesia cristiana no disponía todavía de ninguno de los escritos del Nuevo Testamento.2

El Antiguo Testamento era la Biblia de los primeros creyentes. En consecuencia, vemos como Pedro predica a Cristo desde una base ve-

1 El término griego canon designa una vara para construir algo recto y derecho –como las reglas de los carpinteros y albañiles–. También la regla de las proporciones de la figura humana y de las construcciones arquitectónicas se incluye en el concepto de canon. En una acepción pasiva el canon designa aquello que ha sido aceptado como regla de fe y prác- tica. En el caso concreto del Nuevo Testamento, el canon designa el catálogo de los libros sagrados admitidos por la iglesia cristiana. Es a partir del Sínodo de Laodicea, del año 363, que el término canon se aplica definitivamente a la normativa de las Escrituras. Con anterioridad, la autoridad de los libros sagrados venía implícita en los términos de Antiguo Testamento y Nuevo Testamento (o los pactos antiguo y nuevo).

2 Como resultado de las identificaciones de algunos de los papiros del Qumrân, realizadas recientemente por el padre O’Callaghan, este periodo podría reducirse a la mitad.

totestamentaria; Esteban interpreta la economía de la salvación desde las promesas de la antigua dispensación; Felipe identifica la pasión de Jesús con el siervo sufriente de Isaías 53, y Pablo hace del Antiguo Testamento el fundamento y punto de partida de su mensaje y doctrina.3

El Antiguo Testamento es interpretado como teniendo cumplimiento en la persona y obra de Jesucristo. Y es por esto que los creyentes de Berea «recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hch. 17:11).

Es muy posible que el primer libro del Nuevo Testamento que se escribió fuera la Epístola de Santiago –en la última parte de la déca- da de los cuarenta–, mientras que el Apocalipsis sería el último de los libros del canon –escrito en torno al año 95–. Al principio, la predi- cación evangélica se realizó a través del testimonio oral de los Apóstoles y discípulos. La repetición del mensaje central sobre Jesús pronto ad- quiriría unos esquemas fijos de presentación y transmisión –formas estereotipadas–, que en buena parte explicaría el paralelo verbal y de contenido de los evangelios sinópticos. A ningún lector de los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas puede pasar desapercibida una nota de semejanza en la mayor parte de los hechos y dichos que relatan. De los 661 versículos de Marcos, 606 de ellos reaparecen en Mateo, y 380, con ligeros cambios, en Lucas. Únicamente 31 versículos de Mar- cos no tienen paralelo en Mateo ni en Lucas. Al comparar entre sí los evangelios de Mateo y Lucas, observamos que unos 250 versículos son comunes –en tanto que guardan un estrecho paralelo verbal y de contenido–.

En opinión de algunos eruditos del Nuevo Testamento, esta iden- tidad verbal y de contenido, de hecho reproduce el lenguaje originario de una forma oral de proclamación del Evangelio (Alford, Westcott y muchos exponentes de la crítica formal). En contra de estos esquemas estereotipados de transmisión oral, se ha aducido la imposibilidad de memorizar con fidelidad unos contenidos tan extensos como los que encontramos en los evangelios. No es ésta, sin embargo, una argumen-

3 Hch. 2:3,10; y los capítulos 7 y 8. Los creyentes gentiles que no conocían el hebreo, utilizaban el texto griego del Antiguo Testamento de la version de los Setenta, la llamada Septuaginta. Fue precisamente esta familiaridad de los creyentes gentiles con el Antiguo Testamento que los judaizantes intentaron aprovechar para pervertir el evangelio de la salvación por la gracia.

tación convincente. Muchos han sido los creyentes, sobre todo en periodos de persecución, que lograron una perfecta memorización de las Escrituras. Fuera de la esfera religiosa, nos consta, por ejemplo, que Dante había conseguido memorizar toda la Eneida de Virgilio; y, según el testimonio de los hermanos Grimm, muchos de los cuentos y leyendas germánicas se transmitieron de generación en generación con una fidelidad asombrosa. Sin que con ello se rechacen otras fuentes de información accesibles a los evangelistas, F. F. Bruce escribe:

«el estilo estereotipado en muchos narrativos y discur- sos de los evangelios constituye una garantía de fidelidad esencial».4

No se olvide, por otro lado, la agencia del Espíritu Santo en la preservación de las formas de transmisión oral del Evangelio.

Que Marcos, por ejemplo, que no era apóstol, tuvo recurso directo a la forma estereotipada oral del relato evangélico de labios del apóstol Pedro, es evidente por el testimonio de Papias, recogido por Eusebio en su Historia Eclesiástica:

«Marcos, habiendo sido el intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que él [Pedro] dijo, ya se tratara de los dichos o de los hechos de Cristo, aunque no en orden. Porque no había sido oyente ni compañero del Señor; pero después,

Transmisión de los documentos del N.T.

4 F.F. Bruce, The New Testament Documents, Wm. B. Eerdmans, Grand Rapids, Michigan, 1962, pág. 32. Añade Bruce: «No nos gustan los estilos orales o literarios estereotipados; nosotros preferimos la variedad. Pero hay casos en que prima el estilo estereotipado, inclu- so en la vida moderna. Cuando un agente policial, por ejemplo, aporta su evidencia ante un juzgado, no adorna su relato con las gracias de la oratoria, sino que intentará ceñirse, tan estrechamente como le sea posible, a una forma prescrita y estereotipada. Lo que de hecho se busca es una estricta conformidad con la realidad que se describe... Como resul- tado de esta observancia a la forma concreta, con frecuencia el reportaje de incidentes y dichos parecidos serán hechos en un lenguaje idéntico y en una trama organizada seme- jante. De esta identidad de lenguaje y trama no debe inferirse que dos relatos similares hagan referencia a un mismo y único suceso, o que dos parábolas semejantes –como pueda ser la boda de Mateo 22 y la gran cena de Lucas 14–, sean, necesariamente, dos versiones distintas de una misma y única parábola. No porque un policía nos haga una descripción de dos accidentes urbanos en un lenguaje casi idéntico hemos de suponer que se trata de dos variantes de un único e idéntico accidente». Ibíd. 32.

como ya dije, acompañó a Pedro, que adaptó sus enseñan- zas según la necesidad y no como si buscara hacer una re- copilación de los dichos del Señor. Así pues, Marcos no come- tió ningún error, escribiendo de este modo algunas de las cosas que él [Pedro] había mencionado, pues con atención buscó no omitir nada de lo que había oído, ni incluir en ello algo erróneo».5

Muchos son los eruditos del Nuevo Testamento que consideran el evangelio de Marcos como el más antiguo y, a la vez, fuente de depen- dencia de Mateo y Lucas. Aunque un estudio de la llamada «hipótesis marquiana» nos alejaría del marco específico de este escrito, en favor de la antigüedad de este evangelio diremos que, a la luz de las recien- tes identificaciones de O’Callaghan, el papiro más antiguo que nos ha llegado del Nuevo Testamento se corresponde con una porción de Marcos, concretamente con los versículos 52-53 del capítulo 6 (7Q5). En sus inicios, el testimonio apostólico se centraba de un modo especial en lo que Jesús hizo en favor del pecador, de ahí la importancia de su muerte y resurrección. Pero una vez pasaron de muerte a vida, los primeros cristianos habían de ser instruidos en las cosas que dijo Jesús. Resulta sorprendente, observa F.F. Bruce, el hecho de que la ma- yor parte de los contenidos de Mateo y Lucas, que no tienen paralelo en el evangelio de Marcos, tienen que ver con los dichos de Jesús.6

Entre los estudiosos del Nuevo Testamento está muy extendida la creen- cia de que estos dichos de Jesús se contenían en un documento original arameo –al que se hace referencia con la letra «Q»–. Nuevamente aquí

5 Op. cit., III, 39. Papias fue obispo de Hierápolis, discípulo de san Juan y amigo de Policarpo de Esmirna, según testimonio de Ireneo (Adv. haer., V, 33, 4) que fue su discípu- lo. En confirmación de la autoridad petrina, detrás del evangelio de Marcos, F.F. Bruce escribe: «Further confirmation of the Petrine authority behind Mark was suplied in a series of acute linguistic studies by C.H. Turner, entitled “Marcan Usage”, in the Journal of Theological Studies for 1924 and 1925, showing, among other things, how Mark’s use of pronouns in narratives involving Peter seems time after time to reflect a reminiscence by the apostle in the first person. The reader can receive from such passages a vivid impression of the testimo- ny that lies behind the Gospel: thus in 1,29, “we came into our house with James and John: and my wife’s mother was ill in bed with fever, and at once we tell him about her”». Op. cit., 36.

el testimonio de Papias, recogido también por Eusebio, parece corro- borar la existencia de un texto arameo:

«Mateo recopiló las logia en habla hebrea [aramea] y cada cual las tradujo como mejor pudo».7

Con toda probabilidad, el plural logia (oráculos), hace referencia a «los dichos del Señor». Con lo cual las palabras de Jesús, tal y cual las pronunció en arameo, serían traducidas al griego en los evangelios de Mateo y Lucas. El estilo peculiar del griego utilizado refleja el lenguaje profético del Antiguo Testamento y el paralelismo poético de los ritmos hebreos. El evangelio de Mateo, además de las fuentes ya mencionadas –comunes a Marcos y a Lucas– contiene otros dichos de Jesús que se supone fueron compilados y conservados por la comunidad judeocristiana de Jerusalén. Todo apunta a que el evangelio apareció en la Antioquía siríaca a principios de la décadas de los setenta.

Lucas, el autor de los Hechos de los Apóstoles y del evangelio que lleva su nombre, se nos muestra como una persona culta y con un gran dominio del griego koiné. Discípulo de Pablo y médico de profesión, se distingue en todo momento por la objetividad de su enfoque y la exactitud histórica de sus relatos.

La dedicatoria con la que empieza su evangelio resume elocuen- temente el método de trabajo que ha seguido y el rigor de la inves- tigación que se ha propuesto: «Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido» (Lc. 1:1-4).

Transmisión de los documentos del N.T.

7 Eusebio, Historia Eclesiástica, III, 39. Curiosamente, la utilización de la letra Q para la designación de este supuesto texto arameo, se debió a dos eruditos que, trabajando inde- pendientemente el uno del otro, propusieron –simultáneamente– la misma letra. Wellhausen lo designó Q por ser ésta la letra inicial de la palabra alemana Quelle, fuente. En Cambridge, J.A. Robinson, que ya había designado el fondo petrino de Marcos y de los otros sinópticos, con la letra P (de Pedro), estimó conveniente designar el material arameo subyacente en Mateo y Lucas, por la siguiente letra del alfabeto, es decir, por la Q.

Lucas recogió información de labios de aquellos «que vieron con sus ojos» todo lo concerniente a Jesús, y después «de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen», decidió escribir su evangelio. Ciertamente el Espíritu Santo podía haber inspirado direc- tamente a Lucas toda la información pertinente a Jesús, pero, por lo general, el método divino de operación no excluye los medios objetivos y humanos. Sin fango ni saliva hubiera podido Jesús devolver la visión al ciego, sin embargo, recurrió a estos medios para obrar el milagro. El Evangelio de Lucas –al igual que los Hechos de los Apóstoles– fue escrito muy posiblemente en Roma a principios de la década de los sesenta.

Los evangelios sinópticos, citando de nuevo a F. F. Bruce:

«fueron escritos durante un tiempo cuando todavía vivían muchos que podían recordar las cosas que dijo e hizo Jesús; y algunos, por lo menos, vivían todavía cuando se escribió el cuarto evangelio».8

Esta es, pues, la información ciertísima que nos transmiten los evangelios.

El cuarto evangelio, considerado por muchos autores liberales del pasado como una producción tardía de la comunidad cristiana, tanto por el testimonio histórico en el que se enmarca, como por la evidencia interna que revela, constituye un documento valiosísimo sobre Jesús, ya que su autor se nos muestra como un testigo directo de los hechos y de las palabras que relata. Juan escribe como uno que «vio la gloria» del Dios encarnado (1:14); como «el discípulo amado que da testimonio de estas cosas y escribió estas cosas» (21:24); y las ha escrito en su evangelio «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (20,31). Sobre san Juan, el autor del cuarto evangelio, Ireneo (104-203), escribe:

8 Op. cit., 13.

9 Adv. haer., III,1. Ireneo fue obispo de Lyon y uno de los primeros polemistas de la Iglesia, llamado por Jerónimo «varón de los tiempos apostólicos» (Epist., LXXXV; P.L., 22, 687). En su carta a Florino hace Ireneo memoria de los días en que ambos se sentaron a los pies de Policarpo (69-155), obispo de Esmirna, que había sido discípulo del apóstol Juan, y de cuyos labios habían oído las cosas relatadas por Juan sobre Jesús (citado por Eusebio en su Historia Eclesiástica, V, 20).

«Juan, el discípulo del Señor, el mismo que reclinaba su cabeza sobre su pecho, el mismo escribió también su evan- gelio cuando vivía en Éfeso, en Asia».9

Poco después de que Juan completara su evangelio, en lo que podríamos llamar el primer paso hacia la formación del canon, los cuatro Evangelios empiezan a circular como constituyendo una co- lección unitaria de libros sagrados a la que se designaba con el título –en singular– de El Evangelio. Para la iglesia primitiva sólo había un único Evangelio, del que daban testimonio Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Las epístolas paulinas fueron escritas entre los años 48 y 60, y presu- ponen ya en los lectores un conocimiento de los evangelios –si bien en algunos aspectos, como el de la resurrección del Señor, el Apóstol aduce una información adicional sobre los testigos de la resurrección–. En sus epístolas, el apóstol Pablo desarrolla y explicita las implicaciones doctrinales y prácticas del Evangelio.

Con toda probabilidad, a partir de la segunda mitad del siglo II, las epístolas paulinas –como colección unitaria– circularían ampliamente entre las comunidades cristianas.10

El proceso a través del cual los documentos del Nuevo Testamento llegarían a ser posesión de toda la colectividad cristiana, podría ser descrito –más o menos– en estos términos: durante algún tiempo –que nosotros estimamos como muy breve–, los Evangelios y las Epístolas constituirían el tesoro preciado de sus destinatarios (iglesias o indivi- duos); en el caso de la iglesia de Colosas –y posiblemente también la de Éfeso– una determinada epístola circularía de una iglesia a otra iglesia, pero retornaría a la iglesia destinataria; pronto los individuos y las iglesias receptoras harían copias de los documentos recibidos y los enviarían a otras congregaciones, las cuales, a su vez, harían lo mismo con los textos recibidos. De este modo, y en un periodo de tiempo muy breve, los libros del Nuevo Testamento adquirirían una amplia difusión.

El recurso al códice, o libro manuscrito, en sustitución del rollo, Transmisión de los documentos del N.T.

10 En la Segunda Epístola de Pedro (3:15, 16), se alude a las epístolas paulinas de un mo- do general como conocidas por la Iglesia. Muy posiblemente aquí no se incluían las Epís- tolas Pastorales de Pablo –entonces en proceso de redacción–. La Segunda Epístola a Timoteo debió de escribirse, más o menos, por las mismas fechas en que Pedro escribió su segunda carta.

facilitaría enormemente el agrupamiento de documentos neotestamen- tarios en una sola colección unitaria. No es de extrañar, pues, que en una porción de códice como la de los llamados Papiros de Chester Beatty, de principios del siglo III, encontremos ya reunidos los cuatro Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, y en otra porción del mismo códice tengamos las epístolas paulinas.

A la luz de la evidencia histórica podemos afirmar que ya a finales del siglo II el canon del Nuevo Testamento había adquirido su confi- guración actual. Desde Ireneo (140-203), escribe Westcott,

«el Nuevo Testamento se componía esencialmente de los mismos libros que nosotros poseemos en la actualidad, y ha- cia ellos se observaba la misma reverencia que nosotros les otorgamos ahora».11

La necesidad de confeccionar un canon de libros inspirados se agudizó al tener que afrontar la Iglesia primitiva las mutilaciones de los Evangelios, y otros libros del Nuevo Testamento, por obra de Marción en su falso canon. A partir, pues, de mediados del siglo II, la línea de demarcación entre los escritos inspirados y los libros apócrifos empieza a perfilarse con toda claridad, y de esto es buen ejemplo la firme actitud de Ireneo y Tertuliano en su defensa de los libros inspirados. Otro factor, que también se apunta como decisivo en la formación definitiva del canon, se relaciona con el edicto del emperador Diocleciano del año 303, en virtud del cual todos los libros religiosos habían de ser que- mados. Ello hizo que la Iglesia mostrara un cuidado muy especial en la preservación de los libros inspirados, para de este modo poder hacer frente al decreto de destrucción.

En el tema de la formación del canon llama poderosamente la atención el hecho de que la selección –y consiguiente reconocimiento del carácter inspirado de los 27 libros que lo constituyen–, no se debió a decreto alguno de los primeros concilios. Ni el concilio de Nicea

11 F.F. Westcott, A General Survey of the History of the Canon of the New Testament, pág. 6. Añade Westcott: «All the Fathers at the close of the second century agree in appealing to the testimony of antiquity as proving the authenticity of the books which they used as Chris- tian Scriptures. And the appeal was made at a time when it was easy to try its worth».