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Escritos extra-bíblicos

La fidedignidad del Nuevo Testamento

5. Escritos extra-bíblicos

¿Y qué nos dicen otros textos del primer siglo (o de los primeros siglos) acerca de Jesucristo y del evangelio? ¿Vienen a confirmar el texto del Nuevo Testamento o a contradecirlo? ¿Qué decían sus contempo- ráneos acerca de los apóstoles y de la iglesia primitiva?

Nuevamente hemos de reconocer que las evidencias no son muy abundantes. Algunas personas suponen que en algún lugar del mundo tiene que haber una biblioteca repleta de textos del primer siglo, pero desgraciadamente no es así. La inmensa mayoría de archivos, docu- mentos, libros, cartas y demás escritos de aquella época han desapa- recido para siempre. Lo poco que nos queda, y que arroja luz sobre el cristianismo, se puede dividir en tres categorías:

a. Escritos de autores gentiles (haremos referencia sólo de los anteriores al 150 d.C).

b. Escritos de autores judíos del mismo período.

c. Escritos no-bíblicos de autores cristianos, también del mismo período.

a. Escritos de autores gentiles

Podemos mencionar los siguientes: 1) Thallus

La Historia de Grecia de Thallus, escrita en el 52 d.C., es una obra perdida para nosotros, pero fue mencionada por Julio el Africano en el año 221. El carácter despectivo de la referencia nos asegura que es verídica. Se trata de la oscuridad que cubrió la tierra en el momento de la Crucifixión de Jesús (por cierto, uno de los detalles del evangelio que más dudas ha provocado en occidente, como se ve en un pasaje notoriamente escéptico del gran historiador de la Ilustración, Edward Gibbon, en su La grandeza y declive del Imperio Romano). Así dice Julio:

En el libro tercero de sus relatos, Thallus explica esa oscuridad diciendo que fue producida por un eclipse solar, y lo hace sin ninguna clase de razonamientos.14

Tal y como dice Maurice Goguel, aquí tenemos dos hechos de gran importancia: (a) Que a mediados del siglo primero ya era conocida la tradición del Evangelio o por lo menos la narración tradicional de la Pasión en los círculos de Roma que no eran cristianos, y (b) Que los enemigos del cristianismo pretendieron destruir la tradición cristiana formulando una interpretación natural de los hechos que contiene.15

2) Informes de Pilato

Otra obra desaparecida es el informe que Pilato escribió a Roma sobre la crucifixión de Jesús. Sabemos, sin embargo, de la existencia de este informe, porque Justino Mártir, en su Defensa del Cristianismo dirigida al emperador Antonino Pío (aproxima- damente en el año 150), describe la crucifixión de Jesús y luego añade:

Que estas cosas fueron así, el que desee puede aprenderlas de las Actas que se levantaron bajo Poncio Pilato.16

Más adelante dice algo parecido en torno a los milagros de Jesús:

De que Él realizó tales milagros podéis saberlo leyendo las Actas de Pilato.17

Justino estaba persuadido de que en los archivos imperiales de mediados del siglo II existían documentos procedentes de Pales- tina en tiempos de Pilato, los cuales confirmarían sus argumentos. 3) Mara Bar-Serapión

Allá por el año 73 d.C., un sirio llamado Mara Bar-Serapión escribió desde la cárcel una carta a su hijo en la que describe

¿Nos podemos fiar del Nuevo Testamento?

14 Citado por Bruce. op. cit., pág. 110.

15 Maurice Goguel, Life of Jesus (1935), pág. 93.

16 Defensa del cristianismo, i.35. Citado por Bruce. op. cit., pág. 112. 17 Ibíd., i. 48.

lo que ocurre con las naciones que sacrifican a sus hijos ilustres. Concretamente cita los casos de Sócrates, Pitágoras y Jesucristo, y en el caso de este último afirma que la caída de Jerusalén en el año 70 fue el castigo de Dios sobre los judíos por haber crucificado a su rey. Desde luego Mara Bar-Serapión no era cristiano, pero él reconoce la perseverancia de los cristianos en la frase con la cual concluye su tesis:

Y tampoco este Rey sabio murió para siempre, porque él sigue viviendo por medio de la enseñanza que él había dado.18

Sus palabras nos indican que, ya en la segunda mitad del primer siglo, Jesucristo era considerado por ciertos sectores del mundo gentil como un gran maestro de la talla de Sócrates, que su muerte era conocida como un hecho histórico y que la Iglesia promul- gaba sus enseñanzas.

4) Suetonio

Los grandes historiadores imperiales de los primeros siglos apenas hacen mención del cristianismo, debido a que aún había pene- trado poco en los círculos más aristocráticos de Roma y era considerado algo del vulgo, una superstición digna sólo del populacho. Como había dicho Pablo a los corintios:

Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es (1 Corintios 1:26-28).

Lo poco que dicen, sin embargo, viene a confirmar la narración bíblica, no a perjudicarla. Así pues, Suetonio, en su Vida de Claudio (de 120 d.C. aproximadamente) habla de las malas cosechas habidas en el reinado de Claudio, lo cual confirma un detalle de la narración de Lucas:

Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio (Hechos 11:28).

Además, Suetonio describe la expulsión de los judíos de Roma, que también es mencionada en Hechos 18:2 (entre los expulsados se encontraban Aquila y Priscila). Lo curioso es que, según Suetonio, la expulsión vino como consecuencia de una revuelta entre los judíos por la instigación de un tal Chrestus.

Como los judíos continuaran produciendo desórdenes, instigados por Chrestus, él los expulsó de Roma.19

Todo hace pensar que el historiador no conocía bien los detalles y que en realidad se trataba de un alboroto causado por la confrontación entre los judíos que habían abrazado el evangelio y los que se oponían a Cristo (Chrestus).

5) Tácito

En su Historia de la Roma Imperial (del 115 d.C. aproximada- mente), Tácito hace mención de varios personajes destacados de la ciudad que fueron castigados por asociarse con una «supers- tición extranjera» (por ejemplo Pomponia Graecina, esposa de un general que participó en la subyugación de Gran Bretaña en el 57 d.C). Aunque no se puede demostrar de una manera absoluta, muchos creen que la «superstición» en cuestión era el cristianismo. Esto viene a confirmar lo que dice Pablo en Filipenses 1:13 (escrito en el 60 d.C. aproximadamente): que el evangelio ya había penetrado los círculos altos de Roma.

Explícitamente Tácito menciona a los cristianos en torno al gran incendio de Roma. Nerón, presionado porque se hacía cada vez más claro que él mismo había causado el incendio, hizo de los cristianos el chivo expiatorio.

Por consiguiente, Nerón, con el propósito de esquivar el rumor, declaró culpables y castigó empleando los mayores refinamientos de

¿Nos podemos fiar del Nuevo Testamento?

crueldad a una clase de hombres a quienes el populacho denominaba cristianos, y que eran aborrecidos por sus vicios. Cristus, de quien deri- vaban el apelativo, había sido ejecutado por sentencia del procurador Poncio Pilato cuando Tiberio era emperador. La superstición perniciosa quedó detenida por un tiempo, pero para estallar más estrepitosamente, no solamente en Judea, su lugar de origen, sino en la misma Roma también, donde se agolpan todas las cosas horribles y vergonzosas del mundo, y donde encuentran albergue.20

Obviamente, la cita, aunque declara que los cristianos eran inocentes del incendio, demuestra una actitud incrédula y hostil hacia el cristianismo. Pero establece que un historiador secular de gran prestigio, que escribía a principios del siglo segundo, aceptaba como un hecho incontrovertible la muerte de Cristo bajo Poncio Pilato.

6) Plinio el Joven

En el año 112 d.C. Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribió una carta al emperador Trajano, en la cual pide consejo sobre cómo tratar a los cristianos, que proliferaban en su provincia. En medio de la carta hace una descripción de sus cultos, según evi- dencias conseguidas mediante la tortura de algunos cristianos:

Tenían la costumbre de reunirse en un día determinado antes del alba, cuando cantaban un himno a Cristo como Dios, y se comprometían por juramento (literalmente por sacramento) a no cometer ningún acto malo, sino a abstenerse de todo fraude, hurto y adulterio, a no quebrantar su palabra ni negar su confianza cuando debían honrarla; después de lo cual era su costumbre separarse y volverse a encontrar para comer juntos.21

Aunque esta cita arroja poca luz sobre el Nuevo Testamento, confirma que a principios del siglo segundo la Iglesia había crecido mucho en Asia Menor, que los cristianos practicaban una ética sana y noble y que enseñaban la divinidad de Cristo. Éstas, pues, son las evidencias que hay de autores gentiles. No las he seleccionado por ser las que hablan en apoyo del Nuevo Testamento.

20 Anales, xv. 44; citado por Bruce, op. cit., pág. 114. 21 Citado por Bruce, versión inglesa, pág. 119.

Sencillamente, no hay más. Pero las que hay son suficientes en sí para descartar la teoría, popular a mediados de nuestro siglo, de que Jesús sólo fue un mito. Más aún, confirman algunos detalles significativos: la figura histórica de Poncio Pilato, la crucifixión de Jesús cuando Pilato era procurador, el hecho de que Jesús era tenido por Cristo y por Dios entre los cristianos, el hecho de que el cielo se oscureció en el momento de la crucifixión. La apelación de autores cristianos a los archivos imperiales, a su vez indica la existencia de otros documentos, hoy perdidos, que habrían servido para reforzar más aún la historicidad del evangelio.

b. Escritores judíos

1) La Mishnah y el Talmud

Con la caída de Jerusalén en el año 70 y la posterior expulsión de los judíos de la ciudad, los dirigentes religiosos empezaron a temer que se perdiesen muchas de las tradiciones orales de la nación y las interpretaciones rabínicas de la Ley. Como conse- cuencia, varios de los rabinos se dedicaron a clasificar y poner por escrito el cuerpo de enseñanzas de los años anteriores. La Mishnah es el nombre dado a esta codificación de la juris- prudencia religiosa de los judíos. Representa la tradición de los ancianos que había sido trasmitida oralmente de generación en generación. Su redacción fue acabada más o menos en el año 200.

El Talmud está compuesto por la Mishnah juntamente con los comentarios añadidos a la misma por los rabinos de las escuelas de Jerusalén o Babilonia. El Talmud de Jerusalén data del año 300; el de Babilonia del 500. Puesto que la Mishnah es un código de leyes y el Talmud una serie de comentarios legales, no debe- mos esperar encontrar en ellos muchas referencias ni a Jesús ni al evangelio. Pero algunas hay.

Bruce las resume de esta manera:

Según aquellos rabinos cuyas opiniones están registradas en esos escritos, Jesús de Nazaret fue un transgresor de Israel que practicaba la magia, se burlaba de las enseñanzas de los entendidos, encaminó erró- neamente al pueblo y dijo que no había venido para destruir la ley sino para ampliarla (véase Mateo 5:17). Fue colgado en la víspera de la Pascua

por herejía y por pervertir a la gente. Sus discípulos curaban a los enfermos en su nombre, y se menciona a cinco de ellos.22

Estas referencias confirman:

• La crucifixión de Jesús («colgado» es la manera hebrea de indicar crucifixión, tal y como vemos en Gálatas 3:13: Maldito todo el que es colgado en un madero);

• La acusación de los enemigos de Jesús en cuanto a su interpretación de la ley (cuando afirman que Cristo había dicho que no había venido para abrogar la ley sino para «añadir» a ella, podemos reconocer que no corresponde exactamente a las palabras de Jesús -registradas en Mateo 5:17- sino a una interpretación malévola de la enseñanza del Sermón del Monte);

• El elemento milagroso del ministerio de Cristo y los apóstoles. Es de observar que las autoridades judías nunca cuestionaron los milagros de Jesús, ni sus palabras registradas en el Nuevo Tes- tamento, ni en sus propios escritos; en ambos casos los atribu- yeron a poderes satánicos. Es decir, discrepaban del Nuevo Testamento en cuanto a la interpretación de los hechos –tal y como el mismo Nuevo Testamento lo admite–, pero no dudan de los hechos en sí. Aquí tenemos una buena evidencia a favor de la historicidad de los milagros.

Otros detalles del Talmud indican que Jesús era llamado Ben- Pantera por los rabinos. Probablemente este nombre es una co- rrupción del griego parthenos y confirma que popularmente Jesús era conocido como el Hijo de la Virgen.

Los rabinos hacen también un torpe juego de palabras con la idea del evangelio. Hacen que el griego euangelion se parezca al hebreo awon-gillayon (pecado de la tableta). Aunque es un de- talle sin gran trascendencia, al menos es un testimonio objetivo de la existencia entre los cristianos del primer siglo de un cuerpo de enseñanza llamado evangelio. Esto pone en un apuro a aquellos teólogos que pretenden que el «evangelio» sea una interpretación tardía de la vida de Jesús.

2) Josefo

El testimonio más sorprendente de todos los autores no cristianos de los primeros siglos, nos llega de la pluma del historiador judío Josefo, cuyo libro Las Antigüedades de los Judíos vio la luz en Roma en el año 75 aproximadamente.

En él aparecen casi todas las figuras políticas del Nuevo Testa- mento:

En las páginas de Josefo encontramos muchas figuras bien conocidas a través del Nuevo Testamento: la dramática familia de Herodes; Tiberio, Claudio y Nerón, los emperadores romanos; Quirino, el gobernador de Siria; Pilato, Félix y Festo, los procuradores de Palestina; la familia de sumos sacerdotes: de Anás, Caifás, Ananías y los demás; los fariseos y saduceos y el resto, al punto que nos es posible alcanzar una mayor comprensión del Nuevo Testamento con los datos que Josefo suministra.23

Además, Josefo describe la sublevación de Judas el Galileo, ci- tada por Gamaliel en Hechos 5:37. Nos cuenta la muerte de Juan el Bautista y la de Herodes (cf. Hechos 12:19-23). Aunque su narración es muy diferente de la del Nuevo Testamento, las dos se confirman mutuamente. Describe también la muerte de Jacobo, el hermano de Jesucristo, no descrita en el Nuevo Testamento. Sin embargo, el texto más sorprendente de todos, tan sorpren- dente que ha sido motivo de gran polémica, versa sobre el ministerio del mismo Jesús:

Y sucedió que más o menos en esta época un tal Jesús, un hombre sabio, si es que en verdad podemos llamarlo un hombre, fue obrador de hechos maravillosos, el maestro de hombres que reciben la verdad con placer. Llevó tras sí a muchos judíos y a muchos griegos también. Este hombre era el Cristo. Y cuando Pilato lo hubo condenado a la cruz debido a la acusación que le formularon los principales hombres de entre ellos, aquellos que lo amaban desde el principio continuaron amándolo; por- que él apareció vivo a ellos al tercer día, habiendo hablado los profetas divinos todas estas cosas maravillosas y otras mil acerca de él; y hasta ahora la tribu de los cristianos, llamados así por causa de él, no ha desaparecido.24

¿Nos podemos fiar del Nuevo Testamento?

23 Bruce, op. cit., pág. 101.

Es un texto muy discutido, principalmente porque, según nuestro conocimiento, Josefo nunca llegó a ser cristiano y, sin embargo, su escrito parece dar crédito a todas las enseñanzas fundamen- tales del cristianismo. Hay al menos cinco teorías ofrecidas por los expertos:

a) El texto es verídico y, por lo tanto, es evidencia de que Josefo era un simpatizante cristiano.

b) Es una interpolación cristiana posterior. Ésta es la tesis preferida de todos aquellos que tienen interés en desacreditar la historicidad del Nuevo Testamento. Sin embargo, es una teoría totalmente arbitraria (en cualquier investigación textual es una solución demasiado fácil e interesada eliminar aquellos párrafos que no encajan en nuestras teorías preferidas). Carece totalmente de base documental. Además los expertos están de acuerdo en que este texto es del estilo de Josefo.

c) Algunas frases del texto son interpolaciones (concreta- mente las que hemos escrito en negrita). Sin embargo, la selección de esas frases es arbitraria y sin fundamento documental.

d) Josefo está empleando un tono irónico. ¡Otra solución demasiado fácil! Convertir cualquier frase que no nos guste en una afirmación irónica es hacer que el autor diga justo lo contrario de lo que dice.

e) El texto que tenemos es abreviado. Es decir, se trataba de unos apuntes extensos de Josefo, el cual los ampliaría en una versión posterior. Allí donde dice que Jesús es el Mesías, en su versión final habría dicho que los discípulos sostenían que Jesús era el Mesías, etc.

Ninguna de estas teorías es completamente satisfactoria. Bruce hace su resumen de la importancia de la cita en las palabras siguientes:

Por consiguiente tenemos muy buenas razones para creer que Josefo se refiere a Jesús, y da testimonio (1) de su fecha, (2) de su reputación de obrador de milagros, (3) de que es hermano de Santiago, (4) de que fue crucificado bajo la procuración de Pilato como resultado de los infor- mes presentados por los dirigentes judíos, (5) de sus pretensiones

mesiánicas, (6) de que fundó la tribu de los cristianos y, probablemente, (7) de la creencia de que resucitó de entre los muertos.25

Cuando menos, el texto de Josefo demuestra que, ya en el año 75, habían llegado a Roma las noticias de que los apóstoles enseñaban estas cosas. Quizás más aún: que Josefo mismo, sin llegar a convertirse al cristianismo, aceptaba la probabilidad de estas enseñanzas. Y este texto, desde luego, hace callar a cual- quiera que pretenda decirnos que no hay escritos seculares contemporáneos al Nuevo Testamento que nos hablen de Jesús. Sólo es el más destacado entre varios.

c. Escritos cristianos no-bíblicos

Además del testimonio del Nuevo Testamento (mejor dicho, testimo- nios, porque el Nuevo Testamento es la recopilación de varios testimo- nios independientes), nos han llegado otros escritos de diferentes autores cristianos que no fueron incorporados en el canon de las Escrituras, pero que aportan cada uno su granito de arena.

1) Papiros de Oxyrhynchus

Escritos con anterioridad al 140 d.C., contienen diversos dichos de Jesús. Algunos tienen su paralelo en el Nuevo Testamento, pero otros no.

2) Papiros llamados de Bell y Skeat

Escritos con anterioridad al 150 d.C., contienen fragmentos de un Evangelio con cierto parecido a los sinópticos pero distinto de cualquiera de ellos.

3) Epístola de Bernabé

Escrito aproximadamente en el año 100 d.C. 4) La Didajé (o Enseñanza de los doce apóstoles)

También del año 100 d.C.

¿Nos podemos fiar del Nuevo Testamento?

5) La Epístola de Clemente, obispo de Roma, a los Corintios Escrita en el año 96, aproximadamente.

En estos tres últimos escritos, además de referencias a la vida de Jesús, encontramos citas de varios libros canónicos del Nuevo Testamento (concretamente de los Evangelios Sinópticos, Hechos, Romanos, 1 Corintios, Efesios, Tito, Hebreos y 1 Pedro). Estas citas establecen que todos estos libros fueron escritos, distribuidos y conocidos en las iglesias antes de finalizar el primer siglo. 6) Epístolas de Ignacio, obispo de Antioquía