Pedro Puigvert
4. Los problemas culturales que presenta la Biblia
En la traducción bíblica, el traductor tiene que enfrentarse con una serie de problemas culturales que trataremos de identificar, así como sus posibles soluciones.
4.1. La confrontación de culturas.
Al traducir las Sagradas Escrituras debemos tener presente que trabajamos con un texto escrito que pertenece a una cultura antigua el cual tenemos que pasar a otro texto escrito para ser leído en una cultura diferente. La solución aquí es buscar la equivalencia que no cambie mucho el sentido que tuvo siempre.
4.2. Pérdidas inevitables.
Cuando al traducir se pasa de una cultura a otra es inevitable que se sufran pérdidas porque no siempre se encuentra la equivalencia ideal y además está toda la gama de matices que hace difícil la operación. Evidentemente una mala traducción pierde mucho más que una buena. Aquí la solución más conveniente al traductor es la de procurar repro- ducir con la máxima exactitud posible el sentido general de un pasaje y que éste constituya una guía para la comprensión particular de todo el texto.
4.3. La distancia en el tiempo.
Como en nuestro caso el objeto de la traducción es la Biblia, nos enfrentamos con textos que fueron escritos hace 3.500 años y algunos de ellos proceden de una fuente anterior, aspecto éste del que discrepan los críticos liberales. Por tanto, la distancia a salvar no es sólo cultural sino cronológica que implica una cultura sumamente alejada de la nuestra sujeta a dificultades de traducción múltiples: palabras, contexto social, histórico, religioso, variaciones geográficas, etc.
Por eso la solución que podamos dar aquí es tener presentes estos dos factores: semántico y contextual, en sus dos versiones: secular y religiosa.
4.4. Parcialidad en la elección de las dificultades.
Este problema no corresponde tanto al texto original como a la actitud del traductor. Se podría dar el caso que al elegir un elemento
contextual como el factor cultural, actualizando su sentido y el resto traducirlo más fielmente o literalmente, el traductor dejase al albur de los lectores la comprensión de aquellos pasajes no actualizados.
4.5. La comprensión global de un texto.
Evidentemente éste es un problema con el que debe enfrentarse el traductor, porque si no es capaz de entender el significado general de un pasaje, difícilmente puede llegar a traducir con acierto cada una de sus partes. Tratándose de un texto culturalmente lejano la dificultad aumenta, por tanto, es el primer paso que debe dar al leer el original de manera que el resultado de su traducción refleje claramente en la lengua traducida la misma posibilidad de comprensión del lector.
4.6. La falta de equivalencias.
¿Cómo reproducir en otra lengua un término o una frase cuando se carece de la palabra adecuada o se ignora el hecho original por falta de experiencia o conocimiento? ¿Podemos crear una palabra nueva, al traducir, sin dar explicaciones? En el primer caso, debemos considerar la clase de palabra que queremos traducir y, si es posible, que aun no existiendo la palabra, los lectores sean capaces de iden- tificarla. Por ejemplo, la nieve citada en el libro de Isaías es desconocida en algunos países, pero ¿queda alguien en el mundo que no sepa lo que es aunque no la haya pisado jamás? Seguramente no. Hoy en día, por televisión, cine, revistas, libros o cualquier otro medio visual, todo el mundo conoce la nieve. Si consideramos, pues, que la palabra o el hecho son conocidos, podemos crear una palabra nueva. ¿No sucedió acaso eso mismo con términos como bautismo, presbítero, etc. que fueron trasliterados del griego y han terminado por implantarse? Quizá la única que se tradujo de las mencionadas fue presbítero como «an- ciano», pero en cambio se dejó «bautizar» en lugar de «sumergir». Pero a pesar de todo lo dicho la mejor solución es siempre la analogía porque en el caso de la nieve se puede buscar otra cosa que sea tan blanca como ella. Donde se debería ir con cuidado es con palabras que pueden ofender o crear conflictos. Por ejemplo es habitual oír que el pecado es negro, cuando en la Biblia es rojo. En relación a la creación de una nueva palabra, la solución mejor es la frase descriptiva a sabiendas que podemos parafrasear y no traducir. Entendiendo que puede ser legítimo, sin embargo, lo aconsejable es restringir su uso.
4.7. Elección de posibilidades. Cuando se traduce un texto, tanto si es lejano como próximo, siempre existen varias posibilidades de traducción. El problema que se plantea es saber si se ha elegido la probabilidad mejor. Dado que existen varias posibilidades el traductor debe buscar medios que le lleven a la seguridad de una elección objetiva. Pero es realmente difícil porque siempre que elegimos apor- tamos una carga subjetiva que puede ser suficiente para fallar. En opinión de Buzzetti hay varias soluciones legítimas
«cuyo valor deba calcularse basándose en criterios diversos, de los que el primero es la meta que se propone el traductor en su traduc- ción».(17)
Pero esta meta no está exenta de subjetivismo por lo que creo que el mejor criterio debe darlo el contexto del pasaje a traducir y que éste sea lo más amplio posible.
4.8. Alternativas científica o artística. Según Francis Otto Matthiessen,(18)
«toda traducción es algo imperfecto casi de forma inevitable: o es una reproducción sin estilo propio, un pálido reflejo del original, o la época del traductor la colorea tanto que se convierte, sí, en algo vivo para sus contemporáneos, pero ya no gusta veinte años después».
Si aplicamos estas palabras a la traducción de la Biblia, tenemos que plantearnos la alternativa de hacer un trabajo científico que sea poco vivo y comunicativo, excesivamente técnico, o por el contrario reproducir el original con los matices propios de la época en que vivimos con un lenguaje y un estilo contemporáneos que será prácticamente ilegible dentro de unos años. Esto es lo que ha ocurrido con las versiones tradicionales cuyo léxico es anacrónico y precisa, no sólo la explicación del significado original, sino también de la traducción. De manera parecida ha ocurrido con las versiones populares que envejecen al ritmo de los cambios generacionales.
17. Op. cit., pág. 99.