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3 ¿Y cuál es el contenido de nuestra fe en Jesús resucitado, o sea, qué afirmamos

In document Para mí la vida es Cristo (página 97-113)

cuando decimos Jesús ha resucitado?

a. En primer lugar, decimos que nos hallamos ante la in- tervención poderosa y definitiva de Dios en la historia.

El NT presenta a Jesús como el primero de los resuci- tados (Hch 26,23; 1Cor 15,20 ss.; Col 1,18). Es acción de Dios Padre que mediante su Espíritu Santo resucita a su Hijo Jesús de entre los muertos. De ahora en adelante, el nuevo nombre histórico de Dios será “Aquel que resu- citó a Cristo de entre los muertos”, y su Espíritu Santo será “el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos”, que habitará en nosotros (Rom 8,11).

Pero no se trata de una acción más dentro de la serie de intervenciones de Dios en la Historia de la salva- ción, sino que estamos ante la intervención definitiva, por ser Dios mismo en persona, en la persona de su Hijo Jesús, quien se ha dado de una vez para siempre en la historia humana. Es acción última por definitiva, plena por personal, llamada también “escatológica”, o sea, la intervención de los últimos tiempos.

La historia humana continúa en diálogo de libertades, pero hemos visto ya, anticipada en la resurrección de Jesús, la plenitud de la historia, su acabamiento, su futuro final, cuando el Amor de Dios vence y vencerá sobre el poder de los enemigos de la vida y del amor. El último enemigo aniquilado será la muerte (1Cor 15,26). Y “cuando hayan sido sometidas a él [el Hijo] todas las cosas, entonces, también el Hijo se somete- rá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1Cor 15, 28-29).

b. En segundo lugar, la resurrección significa un cambio en Jesús: su exaltación.

Dios intervino efectivamente en la situación histórica de Jesús, crucificado y sepultado, habiendo compar- tido por un tiempo el lugar de los muertos, el misterio del Sábado Santo. Y ese cuerpo sin vida, en el instan- te sólo conocido y actuado por Dios, es levantado, re- sucitado, exaltado a la vida propia de Dios. No vuelve a la vida como Lázaro para de nuevo morir definiti- vamente; sino que recobra la Vida que le pertenecía desde su origen como Hijo de Dios, pero esta vez con

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su cuerpo entregado y su sangre derramada. Penetra en el seno de la Trinidad divina llevando consigo todo lo vivido con sus hermanos los hombres. Las heridas cicatrizadas del crucificado no se pierden. La historia padecida de Dios con los hombres es redimida por el Amor al resucitar a su Hijo Jesús.

En consecuencia, los encuentros de sus discípulos con el Resucitado fueron experiencias vividas por ellos en todas las dimensiones de sus personas, fueron afec- tados desde lo más íntimo de su ser hasta su misma corporalidad, porque el Resucitado es el cuerpo en- tregado de Jesús. No se trata ya de un cuerpo biológi- camente determinado en su finitud y caducidad. Hay una identidad personal que continúa y es reconocida por las personas de sus discípulos. Pero también son testigos de una transformación que no pueden aca- bar de definir.

c. Por último, la resurrección de Jesús significa la salvación de la humanidad.

Con la resurrección de Jesús, no sólo afirmamos algo sobre Dios y algo sobre Jesús, sino también algo de- cisivo sobre nosotros. Puente para ello ha sido ha- blar de la corporeidad transfigurada del Resucitado. Con él, ha dado comienzo y se ha anticipado en la historia lo que esperaban los judíos para el final de los tiempos: la resurrección general de los muertos (1Cor 15,20; Col 1,18; Hch 26,23). Podemos vivir ya la historia presente desde la luz que deja caer en ella la resurrección anticipada de Jesús. La esperanza de la

humanidad, expresada de tantos modos en las reli- giones, recibe un fundamento mientras peregrina- mos todavía en este mundo.

En virtud de la aceptación que hace el Padre al exaltar a su Hijo Jesús, acepta el ser de Jesús para nosotros los hombres y, en su Hijo, el amor de Dios se halla aho- ra definitivamente volcado hacia todos los hombres. Cambia la situación objetiva de todos los hombres. Antes, históricamente determinada por el poder del pecado, la injusticia y la muerte. Ahora, donde abun- dó el pecado sobreabundó la gracia.

La resurrección y la vida de Dios cualifica ya toda la historia humana con un nuevo potencial de vida. Ha irrumpido en la historia la salvación de Dios. Queda pendiente la participación personal de cada uno en dicha salvación. La voluntad salvífica de Dios se ha manifestado universal. Pero también hemos visto que la anticipación del final de la historia es personal, porque se dio en la persona de Jesucristo. Luego el final esperado para el fin de los tiempos acontecerá también bajo el signo de lo personal. Hemos sido sal- vados ya pero en esperanza. Éste es el tiempo oportu- no, el tiempo de gracia, el tiempo de la conversión. Cada persona humana va decidiendo con su vida su relación con dicha salvación ofrecida por Dios. De ahí la importancia de la misión cristiana, la evangeliza- ción y la vida cristiana para todos los evangelizados. Para los no evangelizados, su situación ya no es des- esperada. En Jesucristo crucificado y resucitado, Dios

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ha hecho de los dos pueblos, el de los israelitas y el de los gentiles, un solo pueblo nuevo (Ef 2,14-16). Todos están contemplados en el nuevo pueblo de Dios al que son convocados todos los hombres, aunque to- dos no viven de igual modo su relación con él.

Que ya estamos salvados, lo estamos en esperanza, porque todavía esperamos una plenitud y una reden- ción que aún no experimentamos. Por eso, el Concilio Vaticano II nos dice:

“Por medio del Espíritu [que comunica el Resucitado] se restaura internamente todo el hombre, hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23). […] Urge al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con mu- chas tribulaciones, contra el poder del mal, hasta pa- decer la muerte. Pero asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corro- borado por la esperanza, a la resurrección.

Esto vale no sólo para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en rea- lidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, del modo sólo conocido por Dios, se asocien a este misterio pascual” (GS 22).

¿Crees en la Resurrección?

La Resurrección es un acontecimiento histórico. Jesús sigue en la historia de otro modo. ¿Qué supone eso para nuestras vidas?

Las pruebas de la Resurrección se centran en los encuen- tros con el Resucitado, al que sólo es posible reconocer desde la fe. ¿Te has encontrado con Cristo Resucitado? La Resurrección de Jesús significa la salvación de la huma- nidad. ¿Su resurrección es la nuestra? ¿En qué modo?

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ELÍAS YANES (editor), La síntesis de fe. Itinerario de

formación cristiana para adultos. Ser cristianos en el corazón del mundo, Edice, Madrid 2012, pp. 325-320.

WALTER KASPER, “El fundamento de la fe en la resurrección de Jesús” y “El contenido de la fe en la resurrección de Jesús, en Jesús, el Cristo, Sígueme, Salamanca 2006, pp. 209-264. KARL LEHMANN, Jesucristo resucitado, nuestra

esperanza, Sal Terrae, Santander 1982.

HEINRICH SCHLIER, De la resurrección de

Jesucristo, Desclée de Brouwer, Bilbao 1970.

F. G. BRAMBILLA, El Crucificado resucitado, Sígueme, Salamanca 2003.

L. F. LADARIA, Jesucristo, salvación de

todos, Comillas, Madrid 2007.

N. T. WRIGHT, La resurrección del Hijo de

Dios, Verbo divino, Estella 2008 (estudio

exegético para especialistas).

Bibliografía complementaria

Hemos visto que la resurrección de Jesucristo es el fun- damento del cristianismo. Sin ella no habría Iglesia, ni siquiera Nuevo Testamento. Sin ella la fe cristiana sería una vana ilusión. Vamos a reflexionar sobre nuestra ex- periencia actual de encuentro con Jesús resucitado y las implicaciones que tiene para nuestra vida de fe y para la esperanza de los hombres.

1) Nuestros encuentros con el resucitado. ¿Somos cons- cientes cuando vamos a la Eucaristía de que Cristo resucitado hoy nos habla con la Palabra de Dios de cada día, se entrega por nosotros hoy en el memorial de su muerte y resurrección y nos envía hoy a la mi- sión evangelizadora en el mundo?

2) ¿Vivimos los cristianos como resucitados, hemos muerto con Cristo para vivir con Él y como Él? Vivir como resucitados es vivir libres del miedo a la muer- te, a los enemigos, a lo que nos pueda disminuir… y vivir en la confianza en la Vida, en Dios, en la vida eterna. Ello nos permite gozar de una paz interior y de una renovación constante en el Espíritu, vivir ale- gres, esperanzados, resistentes, generosos…

3) Nosotros no podemos resucitar a los muertos, pero sí que podemos, habiendo resucitado con Cristo y lle- nos de su Espíritu, comunicar mucha vida, levantar

3. Actualizamos

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ánimos, apoyar a quien necesita de ayuda nuestra, comunicar nuestra esperanza a quienes están faltos de ella y amar. Amar a alguien es decirle vive siem- pre. Afirmemos la vida y esperemos una vida que no acabe, una vida eterna, la de Dios.

4. Oramos juntos

En la mesa de la reunión o en otro lugar adecuado se pone un cirio apagado y unas flores y todos guardan unos mo- mentos de silencio.

El sacerdote, o el animador si no está el sacerdote, comienza con la señal de la cruz y, después, hace la siguiente monición:

La luz y las flores son símbolos de la Pascua. Ahora uno de nosotros, evocando la gran Vigilia que es la madre de todas las vigilias de la Iglesia, encenderá este cirio como imagen de la resurrección del Señor.

Y prosigue, mientras uno de los presentes enciende el cirio:

La luz de Cristo, que resucitó glorioso y está en la Igle- sia como su sacerdote, su pastor y su Señor, ilumine nuestros corazones y nos enseñe el camino por el que hemos de seguirle para continuar su obra.

Cuando está encendida la luz, se puede cantar:

Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste, in- mortal ¡Santo y feliz, Jesucristo!

El que dirige la oración dice:

En la misa del domingo de Pascua y también en la liturgia de las Horas de la Cincuentena Pascual, reci- tamos esta “secuencia”, que es un hermoso poema escrito en la Edad Media; lo escucharemos con aten-

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ción y, al final, nos uniremos en una sola voz pro- clamando nuestra fe en Cristo resucitado.

Estando todos de pie, un lector va proclamando con pausa y claridad las estrofas de la “secuencia”. Mien- tras, si es posible, se puede acompañar la recitación con unas suaves cadencias de guitarra u otro instrumento. Lector:

Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua. Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza. Lucharon vida y muerte en singular batalla

y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta. ¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua.

Todos:

Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda. Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte

en tu victoria santa. Amén. Aleluya.

Acabada la recitación de la “secuencia”, se permanece un poco de tiempo en silencio y luego el que dirige la oración dice:

Escucha, Señor, nuestras plegarias y, ya que confesamos que Cristo, el Salvador de los hombres, vive junto a ti en la gloria, haz que le sintamos presente también entre nosotros hasta el fin de los tiempos, como él mismo nos lo prometió. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Mare de Déu dels Desamparats, Madre de Misericordia,

haz este camino con nosotros.

Enséñanos a proclamar al Dios vivo y verdadero. Ayúdanos a ser testigos de Jesucristo,

el único Salvador del mundo. Mare de Déu,

vela por la Iglesia que peregrina en Valencia. Que sea hogar auténtico de comunión

y servidora ilusionada de la misión;

para que contemplando, viviendo y anunciando el amor de Dios,

mostremos a todos los hombres el Evangelio de la esperanza. Amén.

5. Preparamos

la jornada siguiente

El Espíritu Santo es el don, el regalo de la Pascua. Jesús irrumpe en medio de su pueblo y nos entrega su Espíritu que nos envía a la misión. Sin la fuerza del Espíritu de Je- sús estamos encerrados por miedo.

El próximo tema del Itinerario nos hará conocer más al Espíritu Santo, “Señor y dador de vida” como rezamos en el Símbolo de la Fe.

Como cada vez que nos disponemos a preparar la próxi- ma jornada, no podemos olvidar la lectura orante del texto que se nos sugiere. En este caso el evangelio de Juan ( 20, 19-23) nos acompañará en la contemplación y el estudio del próximo destino de nuestro itinerario. Éste será el último de los temas de este ciclo. En el próxi- mo ciclo, enviados con la fuerza del Espíritu, descubrire- mos y conoceremos en profundidad los distintos ámbi- tos y lugares de vida y testimonio del cristiano.

El Espíritu Santo.

José Segrelles. Óleo sobre lienzo.

Tema 9

El Espíritu,

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