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Origen y fundamento de la nueva vida

In document Para mí la vida es Cristo (página 161-167)

La vida nueva en Cristo Resucitado

1. Origen y fundamento de la nueva vida

La vida nueva de Pablo comenzó en el camino de Da- masco. Jesús, una persona que él creía muerta, se le apa- reció, le habló, lo atrapó y lo transformó por completo. Es decir, Pablo se encontró con Jesús Resucitado, con el Señor. O, más bien, fue el Resucitado quien vino a su encuentro. Este hecho fue el punto de partida de toda su nueva vida, y será también el punto de partida de su visión de la vida cristiana.

1.1. La humanidad bajo el dominio del pecado

Lo que más impresionó a Pablo es que Jesús lo eligiera y se le manifestara precisamente cuando él era su perse- guidor, su enemigo. Y esto le llevó a reflexionar sobre la situación de la humanidad antes de la venida de Cristo. Para él, antes de Cristo todos los seres humanos eran pe- cadores; aunque se esforzaran por vivir correctamente, nunca alcanzaban esa meta ni el destino de gloria que el Creador había previsto para ellos. Como ya reconocía el AT, la tendencia a pecar está presente en el corazón humano desde su nacimiento: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Pero Pablo es más radical: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (Rom 3,23). Y esto vale para los judíos y para los gentiles, aunque estén en diferentes situaciones religio-

sas (cf. Rom 3,9). Los gentiles porque, pudiendo conocer a Dios a partir de la creación, no le reconocieron, sino que se esclavizaron a seres que no eran dioses y caye- ron en toda clase de depravaciones (cf. Rom 1,18-32). Y los judíos porque, a pesar de tener la ley de Moisés como manifestación de la voluntad de Dios, fueron incapaces de cumplirla (cf. Rom 2,17-29).

Para Pablo, el origen de esta condición pecadora de la humanidad está ya en el primer hombre, en Adán: “por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hom- bres, porque todos pecaron” (Rom 5,12). Atribuye a Adán no sólo la situación de muerte universal que afecta a todo ser humano, sino también el contagio del pecado que se ratifica con el pecado personal. De modo que, para él, el pecado, además de ser una culpa o transgresión per- sonal, es también como una fuerza o poder que opera sobre toda la humanidad, la engaña y la mata (cf. Rom 7,11). Y esta fuerza maligna la experimenta el apóstol en sí mismo: “Querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno no… En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Desgra- ciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muer- te? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!” (Rom 7,18-25).

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1.2. El acontecimiento salvador

Aunque Pablo conocía muchos detalles de la vida y del mensaje de Jesús, su interés se centra fundamentalmen- te en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, porque representan el momento decisivo del plan divino de sal- vación, el acontecimiento salvador por excelencia. Las tres fases están íntimamente unidas y forman “el mensa- je de la cruz” (1Cor 1,18), porque quien fue crucificado es “el Señor de la gloria” (1Cor 2,8). Para Pablo, la pasión y la muerte son el preludio de la resurrección y juntas cons- tituyen el Evangelio, que no es solamente sabiduría de Dios sino también fuerza de Dios, que justifica, santifica y redime (cf. 1Cor 1,17-31).

Frente a las reticencias de algunos predicadores, que no se atrevían a destacar el modo humillante como murió Jesús, Pablo hace de la crucifixión el centro de su mensaje: “No- sotros predicamos a Cristo crucificado” (1Cor 1,23); “pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1Cor 2,2). Y es que, para él, la muerte infamante de Jesús marca el límite ex- tremo de su obediencia al Padre: “hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8) y constituye la prueba abrumadora de su amor por nosotros: “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2,20). ¿Cómo no amar al que nos ha amado así? Pablo sacará las consecuencias formulando así el secreto de su vida y de toda vida cristia- na: “Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2Cor 5,14-15).

Pero el Padre respondió a la amorosa generosidad de Cristo resucitándolo de entre los muertos con el poder de su gloria (cf. Rom 6,4). El que se había humillado has- ta la muerte en la cruz fue exaltado a su condición glo- riosa junto al Padre (cf. Flp 2,10). Y la gloria que recibió del Padre se convirtió en un “poder según el Espíritu de santidad” para crear nueva vida en los que creen en él (cf.

Rom 1,4).

Para Pablo, este acontecimiento salvador es la “plenitud del tiempo” (Gál 4,4), en que Dios Padre manifiesta y rea- liza su designio eterno de salvación a favor de la huma- nidad, un designio que hasta ahora había permanecido escondido y al que el apóstol llama “el misterio” (Ef 1,9).

1.3. Los efectos del acontecimiento salvador en la humanidad

Los efectos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús sobre la humanidad, son descritos por Pablo con una gran riqueza de imágenes, que pasarán a integrar el vocabula- rio cristiano de todos los tiempos. Hay un texto clave que nos permite organizarlas: “Jesucristo nuestro Señor… fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). Aquí aparece con toda claridad un doble efecto del acontecimiento salvador: la eliminación de las transgresiones humanas (en el aspec- to negativo) y el nacimiento de una nueva condición de justicia (en el aspecto positivo).

Para expresar el primer efecto destaca sobre todo la ima- gen de “salvación”, que significa la liberación o rescate del mal (moral y de otros tipos). Dios nos ha salvado de

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forma absolutamente gratuita: “por gracia estáis salva- dos” (Ef 2,8), y lo ha hecho a través de Cristo; él es “el Salvador” (Flp 3,20; Ef 5,23). Pero, aunque este efecto ya ha comenzado a realizarse, su resultado definitivo se producirá en el futuro: “hemos sido salvados en esperan- za” (Rom 8,24). Por eso el apóstol nos aconseja que co- laboremos con la gracia: “Trabajad por vuestra salvación con temor y temblor” (Flp 2,12). Otra imagen muy pa- recida es la de “redención”, que supone rescatar a una persona de la esclavitud. Pablo nunca llama a Cristo “Re- dentor”, pero lo llama “nuestra redención” (1Cor, 1,30;

Rom 3,24), en el sentido de que su pasión y muerte son

un rescate para liberar a los pecadores de la esclavitud. Por eso nos dice: “habéis sido comprados a buen precio” (1Cor 6,20; 7,23). Y la misma idea la expresa como “libe-

ración”: “Para la libertad nos ha liberado Cristo. Mante-

neos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud” (Gál 5,1). Los yugos a que se refiere son los del pecado, de la ley y de uno mismo. En una oca- sión el apóstol emplea también la imagen de “propicia-

ción” o “expiación”, que hace referencia al rito judío del

Día de la Expiación, en el que el sacerdote untaba con la sangre de un novillo degollado la cubierta del arca de la alianza para purificar a los israelitas de todas las impure- zas y pecados (cf. Lv 16). Cristo, con el derramamiento de su sangre, ha conseguido de una vez por todas para la humanidad lo que simbolizaba ese rito: “Dios lo consti- tuyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre” (Rom 3,25). Y otra imagen importante usada por Pablo es

“reconciliación”, que indica un cambio de relaciones: de

blo la aplica a la iniciativa de Dios que, por la muerte de su Hijo, consigue que los hombres pecadores pasen de un estado de enemistad a otro de amistad (cf. 2Cor 5,18- 19; Rom 5,10-11). Y esta reconciliación con Dios produce también la reconciliación entre los judíos y los gentiles (cf. Ef 2,11-19).

Pero el aspecto negativo de la salvación, con ser impor- tante, es sólo la condición previa para el gran efecto del acontecimiento salvador, que es la creación de un hom- bre nuevo. Para explicarlo, Pablo, en un crescendo impre- sionante, emplea también cinco grandes imágenes. La más frecuente es la “justificación”, que indica un cam- bio total de la relación entre Dios y el hombre. Cristo ha logrado que el hombre pecador se convierta en inocente ante el tribunal de Dios con independencia de sus obras. Porque Dios, que es “el justo”, comunica al hombre su propia justicia de forma absolutamente gratuita (cf. Rom 3, 21-24; 2Cor 5,21; Flp 3,9). Y no se trata simplemente de que Dios “declare justo” al pecador, sino que lo “hace justo”. Por eso Pablo habla de una “transformación”, de una metamorfosis, en el ser mismo del hombre. El Dios creador hace brillar de nuevo la luz creadora en la vida humana, que queda transformada por ella. Porque somos transformados en imagen de Cristo resucitado y reflejamos la gloria del Señor (cf. 2Cor 3,18; 4,6). Natural- mente, sigue profundizando Pablo, esto equivale a una

“nueva creación” (Gál 6,15): Dios ha creado de nuevo a

la humanidad en Cristo, que se convierte en el “último Adán” (1Cor 15,45), cabeza de la nueva humanidad, “pri- mogénito de muchos hermanos”, que han sido “predes-

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tinados a reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). La novedad de la vida que Cristo ha traído es una participa- ción en su propia vida resucitada (cf. Rom 6,4-5). El resul- tado de este cambio es, primero, la “santificación”, que es una nueva consagración a Dios: hemos sido santifica- dos o hechos santos por Cristo Jesús (cf. 1Cor 1,2) o por su Espíritu (cf. Rom 15,16); por eso la palabra “santos” es la designación corriente de los cristianos en las cartas pau- linas. Pero el efecto más sorprendente lo expresa con la imagen más atrevida, “glorificación”: Cristo nos ha con- cedido de antemano una participación en la gloria que él, una vez resucitado, disfruta actualmente junto al Padre: “a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justi- ficó; a los que justificó, los glorificó” (Rom 8,30).

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