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Para mí la vida es Cristo

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El misterio pascual

Para mí

la vida es Cristo

A r c h i d i ó c e s i s d e Va l e n c i a

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Para mí

la vida es Cristo

El misterio pascual

ARCHIDIÓCESIS

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Diseño y producción gráfica: Medianil Comunicación www.medianil.net Portada:

Pantocrátor del Sinaí. Temple sobre tabla. Siglo V. Monasterio de Santa Catalina. Egipto.

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Carta del Arzobispo

Tema 6. La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo Tema 7. El misterio de la Redención

Tema 8. Cristo Resucitado, nuestra salvación Tema 9. El Espíritu, don de la Pascua Tema 10. La vida nueva en Cristo Resucitado Celebración: Entrega del Credo

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por lema “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21). Si en la primera etapa acompañábamos a Jesús en su misión, ahora lo contempla-remos en su Misterio Pascual.

En los días de la Pascua, somos testigos de los misterios que nos han dado vida y que han mostrado el amor, hasta el extremo, de Dios hacia cada uno de nosotros. En este Año de la Fe, contemplar el Misterio Pascual es volver al origen y fundamento de nuestra fe, es volver la mirada a los acontecimientos que os han dado la Vida. Pero es algo más. La fe no es una mirada, nostálgica, al pa-sado, para recordar lo que ocurrió. La fe es una mirada clara en este presente en el que vivimos y en el futuro que, con la fuerza del Espíritu, estamos llamados a construir .

Por eso es tan importante que nos detengamos, en estos próxi-mos meses, a contemplar a Cristo, “el que inició y completa nues-tra fe” (Heb 12, 2) en su Misterio Pascual. Durante los próximos encuentros de los grupos del Itinerario (ya ha quedado acuñada esta expresión “soy del Itinerario”), se nos invitará a participar de los Misterios de la Vida del Señor, no como meros espectadores, sino como protagonistas, con él, de los acontecimientos que nos dieron nueva vida.

Se nos invitará a participar en la Eucaristía, sacramento del amor de Cristo y signo de su amor hasta el extremo. Aquella “última cena” es una nueva Pascua. Ahora el acontecimiento es su pro-pia muerte que iba a acontecer unas horas más tarde. No es un mero recuerdo. Jesús cambia el sentido de aquella liberación que recordaba la celebración anual de la Pascua: no se nos libera de un poder opresor, sino de la fuerza del mal que oprime al hombre, impidiéndole vivir en plenitud su condición de Hijo de Dios.

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La participación en esa “última cena”, nos llevará a acompañar a Jesús al pie de la Cruz en la que se realiza el misterio de nuestra redención. Jesús muere para salvarnos. Sólo Dios puede salvar nuestro anhelo de justicia, muy parcialmente satisfecho o muy in-satisfecho entre los humanos. Y lo puede porque es Dios y lo hace desde la condición del justo injustamente tratado.

Y, después de la espera, la resurrección, una intervención podero-sa y definitiva de Dios en la historia. En la resurrección de Jesús, Dios nos mostrará la plenitud de la historia humana, la consuma-ción de su proyecto de amor con nosotros. La resurrecconsuma-ción de Je-sús significa la salvación de la humanidad: podemos vivir ya nues-tra historia, la de cada uno y la de la humanidad entera, desde la luz que deja caer en ella la resurrección de Jesús.

Contemplar la resurrección nos llevará a recibir y a vivir del don del Espíritu Santo. Porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5, 5). El Espíritu ha acompañado a Jesús en su vida y minis-terio. Y ahora, derramado sobre nosotros como don de la Pascua, nos alentará en nuestra vida cristiana y hará surgir en nosotros una vida nueva en Cristo resucitado.

La Virgen María fue testigo privilegiado, protagonista junto a su Hijo, de todos estos acontecimientos, del Misterio Pascual. Ella nos fue entregada, al pie de la Cruz, como Madre. A ella encomen-damos esta nueva etapa del Itinerario Diocesano de Renovación en este Año de la Fe.

Con gran afecto os bendice

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La Eucaristía,

sacramento del amor

de Cristo

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Oración inicial

Habla, Señor, que tu siervo escucha. Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero.

Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón.

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema

1. Escuchamos

Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía”.

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. De modo que quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación. Por ello hay entre vosotros muchos enfermos y no pocos han muerto. Por el contrario, si nos examinamos per-sonalmente, no seremos juzgados. Aunque cuando nos juzga el Señor, recibimos una admonición, para no ser condenados junto con el mundo. Por ello, hermanos míos, cuando os reunís para comer espe-raos unos a otros. Si uno tiene hambre, que coma en casa, a fin de que no os reunáis para condena. Lo demás lo prescribiré cuando vaya.

(1Cor 11, 23-34)

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Breve análisis del texto, situación

1. La Primera Carta a los Corintios

El año 50 de nuestra era, el apóstol Pablo, en el que lla-mamos su segundo viaje misionero, atraviesa el Mar Egeo por el norte y consigue llegar a Europa. Le acompañan Silas, Timoteo y posiblemente también Lucas. En pocos meses, el pequeño equipo evangelizador logra establecer comunidades cristianas en varias ciudades de Macedonia: Filipos, Tesalónica y Berea. Después se dirigen hacia el sur y, tras una misión poco fructuosa en Atenas, llegan a Corinto, capital de la provincia romana de Acaya y sede del procurador romano, que en ese momento era el cor-dobés Galión, hermano de Séneca. Durante año y medio Pablo predica el Evangelio, primero a sus congéneres ju-díos y después a los paganos. Nacía así la comunidad más importante de las fundadas por el apóstol, la más nume-rosa, la más variopinta, la que más quebraderos de cabeza le produjo y también la que nos resultará más conocida, gracias a las dos grandes cartas que conservamos, de las cuatro que le dirigió Pablo, y a la abundante información de Lucas en Hechos de los Apóstoles. Conocemos los nom-bres de hasta dieciséis de sus miembros. En cuanto a su extracción social, había un núcleo de judíos, pero la ma-yoría eran paganos, hombres y mujeres, pertenecientes a lo que hoy llamaríamos clases medias, aunque con im-portantes diferencias económicas; estaban ausentes los estratos más altos y los más bajos de la escala social gre-corromana.

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

Cuatro años después, en el 54, Pablo se encuentra en Éfeso, capital de la provincia de Asia y principal objeti-vo evangelizador de su tercer viaje. Hasta allí le llegan informes orales y escritos de la delicada situación que está viviendo la joven y dinámica comunidad de Corin-to: divisiones internas, escándalos morales y peligrosas desviaciones doctrinales. Para resolver estos proble-mas, y a la espera de poder visitarles, entre el 54 y el 56, el apóstol decide escribirles la Carta que figura en el Nuevo Testamento con el nombre de Primera a los

Corintios.

Los contenidos de los dieciséis capítulos de esta larga Carta se pueden organizar del modo siguiente:

Introducción: Saludo y acción de gracias (1,1-9). PARTE PRIMERA:

Divisiones en la comunidad (1,10-4,21). PARTE SEGUNDA:

La importancia del cuerpo para el cristiano (5,1-6,20).

PARTE TERCERA:

Respuestas a las preguntas de los corintios (7,1-14,40).

1. Problemas relativos a la condición social (7,1-40). 2. Problemas derivados del entorno

pagano (8,1-11,1).

3. Problemas en las asambleas litúrgicas (11,2-14,40).

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PARTE CUARTA:

La resurrección de los muertos (15,1-58). Conclusión:

Colecta para la Iglesia de Jerusalén, planes de viaje de Pablo, saludos y recomendaciones (16,1-24).

2. La Cena del Señor

La Carta contiene dos referencias a lo que Pablo llama la

Cena del Señor, ambas importantísimas tanto por su

con-tenido como por ser rigurosamente las primeras dentro de los escritos del Nuevo Testamento. Las dos constitu-yen el principal fundamento de la fe de la Iglesia sobre el significado de Eucaristía y sobre las relaciones esenciales entre la Eucaristía y la Iglesia.

La primera (10,14-22) aparece en la tercera parte de la Carta, dentro del apartado dedicado a resolver los pro-blemas que le plantea al cristiano el entorno pagano. En concreto, el apóstol se plantea aquí si los cristianos pue-den participar en los banquetes rituales paganos, en los que se come carne sacrificada a los ídolos. La respuesta es absolutamente negativa, ya que semejante compor-tamiento significaría aceptar el significado religioso de tales banquetes, es decir, la unión con los “demonios”, los ídolos. Y esto entraría en contradicción con una reali-dad cristiana fundamental: cuando bebemos el cáliz del Señor, que es su sangre, y comemos el pan partido, que es su cuerpo, entramos en una “comunión”, en una unión vital profunda con Cristo y, como consecuencia, también entre nosotros los creyentes. De modo que, “porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

cuerpo, pues todos comemos del mismo pan”. Por tanto, concluye el apóstol, “no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios”. Pero lo más admi-rable es cómo Pablo ha logrado sintetizar en pocas pa-labras todo el misterio de la existencia cristiana, que es comunión con Cristo, y el misterio de la Iglesia, cuerpo orgánico animado por el Espíritu en el que la diversidad se enraíza en la unidad. Y la fuente de ambos misterios es la participación en el cuerpo y la sangre del Señor, pre-sentes misteriosamente en el pan y en el cáliz eucarís-ticos. Por lo tanto, la Eucaristía hace al cristiano y hace también la Iglesia.

La segunda referencia, que es el objeto directo de nues-tra reflexión (11,23-34), explica la razón de esa fecundidad única y admirable de la Eucaristía. Está situada también en la tercera parte de la Carta, pero en el apartado en que el apóstol trata de los problemas que afectan a las asam-bleas litúrgicas de los corintios. Pablo se ha enterado de que, en la comida fraternal que precede a la celebración propiamente dicha de la Eucaristía, los más ricos se pe-gan el gran banquete mientras que los pobres apenas logran saciar su hambre, “mientras uno pasa hambre, el otro está borracho” (11,21). Y piensa que esta falta de fra-ternidad y de solidaridad contradice la esencia misma de la Eucaristía: “cuando os reunís en comunidad, eso no es comer la Cena del Señor” (11,20). Para demostrarlo, Pa-blo nos ofrece el relato más antiguo de la institución de la Eucaristía; los que nos traen los tres Evangelios sinópti-cos hay que datarlos al menos veinticinco años después. Aunque sólo sea sucintamente, es necesario destacar las

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riquezas de este monumento de la fe cristiana, que con-tiene el núcleo esencial del cristianismo:

1. El nombre: Pablo llama a la Eucaristía Cena del

Se-ñor. Es el nombre más antiguo y que sigue utilizando la liturgia actual: “Dichosos los invitados a la Cena del Señor”. Pero hay que decir que los otros nom-bres antiguos como Fracción del pan (que aparece en Hechos de los Apóstoles), Eucaristía, Comunión, están inspirados también en los textos paulinos, aunque no como nombre propio.

2. El origen: Pablo se presenta como un eslabón de la

cadena de la tradición que se remonta hasta Jesús, cuya autoridad sigue estando presente en la Iglesia, de modo que cada cristiano y cada comunidad pue-den entrar en relación con el mismo Señor, conteni-do principal y origen de la tradición.

3. La ocasión: “En la noche en que iba a ser

entrega-do”. Es “la última Cena”, atestiguada por los cuatro Evangelios, a la que siguió la oración en Getsemaní y la detención de Jesús, el día antes de su muerte. El pasivo “entregado” se puede entender como refe-rido a la traición de Judas o a la voluntad del Padre, aceptada por Jesús.

4. Los gestos: Los cuatro relatos que conservamos

co-inciden fundamentalmente al describirnos los ges-tos del Señor: tomó el pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio; Pablo omite el “se lo dio”, dándolo por supuesto. Mateo y Marcos hablan de “bendición”, y Pablo y Lucas de “acción de

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gra-La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

cias”, pero todos se refieren a la gran oración que pronunciaban los judíos, no sólo al comienzo de la cena pascual sino en todos los convites, y que era al mismo tiempo acción de gracias por el don y ben-dición sobre el don. Sólo que, al pronunciarla Jesús en este contexto, le daría un contenido y significa-ción absolutamente nuevos y originales. El partir el pan era la función del padre de familia y también el gesto de hospitalidad por el que se hacía partícipe a otro de lo propio, acogiéndolo en la comunión de la mesa. Pero aquí adquiere una profundidad nueva: Jesús se entrega a sí mismo.

5. Las palabras: “Esto es mi cuerpo, que se entrega

por vosotros”, significa “Esto soy yo, que me entre-go a la muerte por vuestra salvación”. “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”, hace referencia a la profecía de Jer 31,33, que habla de una alianza gra-bada en el corazón que resultará inviolable. La obe-diencia de Jesús hasta la muerte asume la desobe-diencia humana, la sufre hasta el fondo y la vence. Y el mandato “haced esto en memoria mía”, repetido dos veces, está queriendo decir que lo que allí estaba aconteciendo por primera vez debía continuar suce-diendo: Jesús otorga a los ritos realizados un carác-ter fundante en relación con futuras repeticiones de los mismos en la comunidad de sus discípulos.

6. El significado fundamental: “Cada vez que coméis

de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor”. La muerte de Jesús, que es un acto de amor, se proclama existencialmente en y

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mediante la comida y la bebida compartidas. Pero no como algo ocurrido en el pasado sino como reali-dad que se hace presente, precisamente a través del memorial. En cada Eucaristía, la muerte de Cristo se vuelve a presentar ante nosotros y para nosotros con toda su eficacia salvadora. “Hasta que vuelva”. La Eucaristía nos orienta y dirige hacia la meta de nuestro encuentro glorioso con el Señor. Pero tam-bién anticipa ya de algún modo esa meta, porque nos permite pregustar, aunque sea en la oscuridad de la fe, lo que constituirá el objeto de nuestra feli-cidad futura.

7. Las consecuencias morales: “Quien coma del pan

y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor”. Es decir, si los par-ticipantes en la comida eucarística no están unidos en el amor, se incluyen a sí mismos en el número de los que mataron a Jesús. De ahí la importancia del examen de conciencia que conduce a la recon-ciliación previa a la participación eucarística. Hay que “discernir el cuerpo” que se recibe; lo cual, para Pablo significa acoger con fe y amor la entrega del Señor y evitar el egoísmo que destruye la comunión que debiera caracterizar la Eucaristía.

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

El apóstol Pablo nos sigue interpelando a los cristianos de hoy, que recibimos la inestimable tradición de la Eu-caristía. Y nos aconseja, como a los corintios, que “dis-cernamos el Cuerpo del Señor”. Lo cual quiere decir, en primer lugar, que valoremos lo que significa esa entrega total de Jesús que se produce en cada Eucaristía: nadie nos ama tanto como el Señor, que nos da su propia vida siempre que participamos con fe en la celebración de su muerte y resurrección. Y esto nos obliga a preguntarnos con toda seriedad: ¿Qué importancia tiene la Eucaristía en mi vida? ¿Es para mí una mera práctica sin relevan-cia o algo que considero imprescindible y necesario, más aún, como lo más importante que me sucede? ¿Me pre-paro adecuadamente para la celebración, purificando mi corazón y avivando mi fe en lo que voy a vivir?

Pero Pablo nos recuerda también con fuerza que “dis-cernir el Cuerpo del Señor” exige también descubrir que el banquete eucarístico es un banquete esencial-mente fraternal. Por eso, no lo podemos celebrar sin estar reconciliados con nuestros hermanos y estar dis-puestos a compartir con ellos lo que somos y tenemos; hemos de saber compartir nuestra mesa eucarística con todos, sin excluir a nadie; hemos de saber acoger en ellas a los pequeños, los sencillos, los marginados, los pecadores. Y, después de haber vivido y contempla-do la radicalidad del contempla-don y entrega por parte del Señor, hemos de descubrir que eso nos obliga a responder también con la radicalidad de nuestra entrega a todos

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los pobres de la tierra y con nuestro servicio humilde a la comunidad cristiana. Sólo así serán auténticas nues-tras Eucaristías y se convertirán en la fuente continua de nuestra caridad.

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

1. La Eucaristía, memorial del Señor Jesús

En el relato de la institución de la Eucaristía que nos trae San Pablo, nos llama la atención el mandato repetido de Jesús: “Haced esto en memoria mía”. El Señor quiso que lo recordásemos sobre todo a través de este gesto, porque en él se expresaba todo lo que su persona significa para nosotros. Para comprenderlo, necesitamos analizar las palabras que empleó y el contexto en que las pronunció, según los cuatro relatos que nos ofrece el Nuevo Testa-mento (cf. Mt 26,17-19.26-30; Mc 14,12-16.22-25; Lc 22,7-20; 1Cor 11,23-25). Pero también tendremos que prestar atención a su discurso en la sinagoga de Cafarnaún, en el que habló también de la Eucaristía (cf. Jn 6,51-59). Y todo ello desde la fe de la Iglesia, que, fiel al mandato de Jesús, no ha dejado de celebrar este gesto a lo largo de los siglos y de profundizar en su significado.

Jesús quiso explicar el significado de su sorprendente gesto sirviéndose de una serie de instituciones y conceptos de la historia religiosa de Israel, a los que dio un nuevo contenido. Y esto lo hizo, no sólo para que lo entendieran sus discípulos, que eran todos judíos, sino para mostrar la profunda unidad del obrar de Dios en toda la historia de la salvación: lo anti-guo había sido preparación y anuncio de lo nuevo, y por eso servía para explicarlo. Descubramos el nuevo sentido que

2. Reflexionamos

Exposición del tema

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1.1. Una nueva Pascua

Jesús quiso relacionar la Eucaristía con la gran fiesta ju-día de la Pascua. Por eso comenzó enviando a dos de sus apóstoles con este encargo: “Id a prepararnos la Pascua para que la comamos” (Lc 22,8). Y, cuando se sentaron todos a la mesa, dijo: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22,15). Ahora bien, lo que celebraban los judíos en la Pascua era el acontecimiento de la liberación de Egipto. Pero no como un mero recuerdo de un hecho pasado, sino como “memorial”, es decir, como un acontecimiento pasado que se vuelve a hacer presente en la celebración y se pro-yecta hacia el futuro: El Dios que liberó al pueblo seguía liberándolo y lo seguiría haciendo en el futuro.

Pues bien, en el marco de esta Pascua judía, Jesús insti-tuyó una nueva Pascua. Primero, porque al decir “Haced esto en memoria mía” cambió el acontecimiento libe-rador que se tendría que celebrar como hecho pasado, como presente actual y como anticipación del futuro. Ahora el acontecimiento era su propia muerte, que iba a suceder horas después; por eso habla de “cuerpo en-tregado” y de “sangre derramada”. Pero es que, además, Jesús cambia el sentido mismo de la liberación: ya no se trata de liberarse de un poder político opresor, sino de la fuerza del mal que oprime al hombre, impidiéndole vivir en plenitud su condición de Hijo de Dios; por eso habla de “sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26,28).

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

1.2. Una nueva Alianza

Como acabamos de ver, Jesús recurrió también a otro gran componente de la religión judía, la alianza. Después de la liberación de Egipto, el pueblo de Israel compareció en el Sinaí ante el Dios liberador y éste, a través de Moi-sés, le propuso un pacto de amistad y de unión mutua que les comprometía a los dos (cf. Éx 19,5-6). El pueblo aceptó el compromiso y en ese momento se estableció una especie de matrimonio: Dios se convertía en el Dios “de” Israel, e Israel en el pueblo “de” Dios. Pero, en la his-toria posterior, las dos partes contratantes se portaron de manera muy distinta. Dios mantuvo siempre la alianza con total fidelidad, pero el pueblo de Dios fue incapaz de serle fiel y de seguir sus caminos. Por eso los profetas le acusaron de adulterio y prostitución. Y, ante esta incapa-cidad para mantener el pacto, Dios comenzó a anunciar “una nueva alianza” en la que Dios tendría que realizar una acción más definitiva: cambiar el corazón del hom-bre para que fuera capaz de ser fiel al compromiso: “Ya llegan días, oráculo del Señor, en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva… Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer 31,31-33). Y el profeta Ezequiel explica aún mejor el cambio: “Os daré un cora-zón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos” (Ez 36,26-27).

Esta nueva alianza prometida es la que establece Jesús. Por tanto, él es quien cambia al hombre desde dentro

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para que sea capaz de vivir en comunión con Dios, que es el fin para el que ha sido creado.

1.3. Un nuevo sacrificio

Ahora bien, Jesús habla de “nueva alianza en mi sangre”; y, con ello, alude a otro acontecimiento de la historia de Israel. La primera alianza entre Dios e Israel fue sellada con un ritual solemne. Moisés construyó un altar, man-dó inmolar novillos “como sacrificios de comunión” (Éx 24,5) y después tomó la mitad de la sangre y la derramó sobre el altar, símbolo de la presencia divina; con la otra mitad de la sangre roció al pueblo diciendo: “Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vo-sotros…” (Éx 24,8).

Jesús, al instituir la Eucaristía, recuerda las palabras de Moisés pero las cambia: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”. Es decir, el sacrificio que hace posible y sella la nueva alianza es su propia muerte, que tendría lugar al día siguiente. La muerte de Jesús es el nuevo y definitivo acontecimiento salvador que reconcilia a la humanidad con Dios y la hace capaz de vivir la comunión con él. Y, para que esta reconciliación pueda llegar a los hombres de todos los tiempos, Jesús instituyó este memorial sa-crificial que perpetua el sacrificio de la cruz. Cada vez que celebramos la Eucaristía, el sacrificio redentor de Cris-to se actualiza para nosotros. Afirma Pablo: “Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1Cor 11,26). Y no-sotros, en cada Eucaristía, después de la consagración, proclamamos: “Anunciamos tu muerte”. De este modo,

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos, y los capacita para vivir la comu-nión divina.

Pero aún hay más. El sacrificio eucarístico no sólo hace presente la pasión y muerte del Señor, sino también su resurrección, con la que el Padre coronó su sacrificio. Por eso decimos también: “Proclamamos tu resurrección”. La Pascua de Cristo incluye tanto su entrega hasta la muerte por nosotros como su resurrección, que inaugu-ra la nueva creación. Y la Eucaristía, además de hacernos participar en su muerte, nos hace participar también en su resurrección, como lo prometió el mismo Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 5,54).

2. La Eucaristía, banquete del Señor

Jesús instituyó su memorial como un banquete, como una comida con dos elementos, el pan y el vino, que te-nían una gran importancia en la tradición judía. El pan era el alimento fundamental para saciar el hambre y por ello era símbolo de la vida. El vino era la bebida festiva, símbolo de alegría, de amistad y de alianza. Jesús los asumió, pero dándoles un nuevo sentido: son su cuerpo entregado y su sangre derramada, es decir, son él mismo que se entrega a favor de los hombres.

El hecho de que alguien diera a comer su cuerpo y beber su sangre fue una total innovación de Jesús, que causó escándalo entre sus contemporáneos. Para explicarlo, Jesús se comparó con otro elemento destacado de la

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his-toria de Israel, el “maná”, aquel pan milagroso con que Dios alimentó al pueblo durante su peregrinación por el desierto (cf. Éx 16): “En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo… Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera” (Jn 6,32.48-50).

Pero a continuación, les explicó cómo habíamos de comer ese nuevo pan del cielo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,53-56). No se trata, pues, de un alimento metafórico. Lo que recibimos bajo las apariencias del pan y del vino, después de pronunciar las palabras del Señor, es el cuerpo y la sangre del Señor, es decir a él mismo. Porque, al decir “Ésta es mi carne” (en las palabras arameas originales), “Ésta es mi sangre”, estaba diciendo: “Esto soy yo”. Se trata, como dice la fe de la Iglesia, de una presencia “verdadera, real y subs-tancial”: el pan y el vino dejan de ser tales, aunque sigan pareciéndolo, para ser el cuerpo, el alma y la divinidad de Jesús, todo lo que él es. Y se trata también de una pre-sencia a la vez servicial y gloriosa: Jesús sigue estando entre nosotros como el que sirve, pone a nuestra dispo-sición el abajamiento de la encarnación y el de la muerte en cruz; pero su presencia es ya la del Señor glorificado,

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

que quiere asociarnos a su triunfo, y por eso nos da ya la vida eterna que nos llevará a la resurrección. El banquete al que el Señor nos invita en nuestra vida terrena, que celebramos en la oscuridad de nuestra fe, es promesa y garantía del “banquete del reino de los cielos”, en el que gozaremos de la claridad de la visión.

Además, al compararse con el “maná”, Jesús quiso ense-ñarnos también que ese alimento que es él, es “pan para el camino”, es decir, un pan que necesitamos comer en las distintas etapas y jornadas de la vida. En la Eucaris-tía, él, como en el caso de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), quiere ser compañero de nuestro caminar con sus distintos problemas y necesidades. Por eso, aunque la Eucaristía sea siempre la misma, cada vez que la reci-bimos tiene un “sabor” distinto: el sabor del acompaña-miento concreto del Señor en las peculiaridades de cada “hoy” de nuestra vida.

3. La Eucaristía, fuente y cima de la vida

y misión de la Iglesia

Con esta afirmación, que sirve de título a la Exhortación apostólica de Benedicto XVI Sacramentum caritatis, se quiere expresar la relación esencial y compleja que exis-te entre la Eucaristía y la Iglesia. No se puede enexis-tender la una sin la otra, porque se implican mutuamente y se necesitan. Podemos explicarlo con tres afirmaciones.

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3.1. La Eucaristía hace la Iglesia

“Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1Cor 10,17). Nuestra unión con Cristo, que es don y gracia para cada uno, nos asocia también a su cuerpo que es la Iglesia: eleva nuestra experiencia de fraternidad y es fuerza genera-dora de unidad. La Eucaristía crea la Iglesia como comunión de personas, como imagen y participación de la comunión trinitaria, como “pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). En ella el Padre atiende y realiza el deseo del Hijo: “Que todos sean uno, como tú, Pa-dre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21). La razón de esta causalidad está en que Cristo engendró a la Iglesia como su esposa y su cuerpo en el sacrificio de la cruz. Y como este sacrificio redentor se hace presente en la Eucaristía, en ella renace continuamente la Iglesia. Ciertamente la Iglesia hace la Eucaristía; pero la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la cruz. La Iglesia puede hacer la Eucaristía por-que “Él nos ha amado primero” (1Jn 4,19).

Por el Bautismo, cada uno de nosotros nos insertamos en el misterio de la muerte y la resurrección de Cristo y, como consecuencia, nos incorporamos a su Iglesia. Pero en cada Eucaristía, precisamente porque se hace presente en pleni-tud ese misterio, se renueva, fortifica y profundiza nuestra incorporación a la Iglesia, nos introducimos con mayor ple-nitud en la “comunión de los santos”, esa solidaridad miste-riosa que crea el Espíritu entre todos los hijos de Dios.

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

3.2. La Eucaristía manifiesta la Iglesia

Si la Eucaristía es fuente de la comunión eclesial, es tam-bién su máxima manifestación. La Eucaristía es epifanía

de comunión, “la suprema manifestación sacramental

de la comunión de la Iglesia”, como afirmó Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (n. 38). En efecto, siempre que una comunidad local, por pequeña y pobre que sea, se reúne en torno al altar para celebrar la Cena del Señor, se manifiesta la comunión eclesial en toda su riqueza de aspectos. En primer lugar, vivimos juntos la comunión con Cristo, que se hace presente entre los su-yos para entregarles su vida y unirlos a su propia entrega. Con Cristo nos unimos a toda la Iglesia triunfante: la Vir-gen María y los santos del cielo. Y como Cristo es quien constituye a la Iglesia una, santa, católica y apostólica, nos hace entrar en comunión con ella; más aún, convier-te nuestra comunidad en presencia y manifestación de su única Iglesia en este lugar. Vivimos también la

orga-nicidad de la comunión, es decir, el ejercicio unido del

sacerdocio bautismal y del sacerdocio ministerial: la Eu-caristía la celebra el Pueblo de Dios presidido por el obis-po, a quien representa el presbítero. La Eucaristía nos permite y nos exige vivir la comunión fraterna, es decir, la apertura, el afecto, la comprensión y la capacidad de perdón entre todos los que nos reunimos. Y, por último, la Eucaristía nos abre necesariamente a la comunión con toda la humanidad y especialmente con todos los pobres de la tierra.

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3.3. La Eucaristía envía a la Iglesia

La Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión. En efecto, no pode-mos guardar para nosotros el amor que celebrapode-mos en el sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comu-nicado a todos. Una Iglesia auténticamente eucarística es por necesidad una Iglesia misionera.

En primer lugar, en la Eucaristía el Resucitado nos da su Espíritu y nos envía a proseguir la gran aventura de la evangelización. Los lazos que unen la Eucaristía con la evangelización son múltiples y variados. Podemos resu-mirlos así:

- La Eucaristía, contenido del Evangelio: la Eucaristía

contiene el núcleo central del Evangelio, que es la obra salvífica de Cristo, culminación y realización del plan divino sobre el hombre.

- La Eucaristía, móvil de la evangelización: Todos los

que se encuentran con el Resucitado se sienten lla-mados a comunicar a otros: “Hemos visto al Señor”. Quien participa intensamente en la Eucaristía y re-conoce en ella la presencia y el amor hasta el extre-mo del Señor, no tiene más remedio que concluir: “Si Cristo ha dado su vida por mí, también yo he de darla a mis hermanos”.

- La Eucaristía, fuerza de la evangelización: La

evan-gelización no es nunca una tarea fácil, ya que en-cuentra obstáculos serios en nosotros mismos y en los demás. La comunión con el sacrificio de Cristo rompe las ataduras de nuestro egoísmo, nos

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empu-La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

ja a servir y crea en nosotros esa valentía que es un don del Espíritu y que nos dispone a ser testigos de Cristo hasta el martirio.

- La Eucaristía, medio de evangelización: La

celebra-ción eucarística es un acto evangelizador privile-giado porque es la mejor expresión de nuestra fe. En ningún oro momento se visibiliza mejor nuestra actitud de creyentes y el contenido principal de lo que creemos. Y en ningún otro momento se mani-fiesta mejor la naturaleza de la comunidad cristiana, la Iglesia, como criatura, hogar y humilde servidora del Evangelio.

- La Eucaristía, meta de la evangelización: La meta de

la evangelización es la participación plena del hom-bre en la vida divina, en ese “banquete del reino de los cielos”, como dice Jesús. Pues bien, ese banquete final se anticipa en este otro banquete al que somos invitados en nuestra vida terrena. Por eso todo el es-fuerzo evangelizador de la Iglesia pretende llevar a los hombres a participar en la Eucaristía, para que, a través y gracias a ella, puedan alcanzar su plena reali-zación, la culminación de toda su aventura humana. Pero, además de la evangelización, forma parte esen-cial de la misión de la Iglesia el servicio de la caridad, que también encuentra en la Eucaristía su fuente y su fuerza. Cada celebración eucarística, precisamen-te porque actualiza el don de la propia vida que Je-sús ha hecho en la cruz por nosotros y por el mundo entero, nos impulsa a todos los que participamos a

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convertirnos en “pan partido” para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. En dos frentes, íntimamente relacionados.

- La caridad asistencial y promocional: El Señor

Je-sús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace es-tar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla gran parte de la humanidad. En concreto nos impulsa a denunciar las situaciones de injusticia y explotación que llevan a morir de hambre a tantas personas, y a compartir nuestros bienes con los más necesitados. Expresión concreta de esta exigencia de la Eucaristía son las instituciones eclesiales de beneficencia y, en particular Cáritas, que desarrollan el precioso servicio de ayudar a los más pobres.

- La transformación de las estructuras sociales: El

mis-terio de la Eucaristía nos capacita e impulsa también a un trabajo audaz en las estructuras de este mundo para llevarles aquel tipo de relaciones nuevas, que tiene su fuente inagotable en el don de Dios. En concreto nos impulsa a esforzarnos por establecer una paz verdadera, basada en la justicia, la recon-ciliación y el perdón. A intentar transformar las es-tructuras injustas para restablecer el respeto de la dignidad del hombre y favorecer el libre ejercicio de todos sus derechos. A actuar responsablemente en defensa de la creación, amenazada en tantas partes del mundo. Para todo ello nos educa el precioso pa-trimonio de la doctrina social de la Iglesia.

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

Para ayudarnos a asumir el contenido tan rico de este tema, podemos hacernos unas preguntas sencillas, si-guiendo las tres partes que hemos explicado.

1. La Eucaristía, memorial del Señor Jesús.

¿Qué recordamos en la celebración eucarística? ¿Qué significa este recuerdo, un simple traer a la memoria algo que pasó hace mucho tiempo? 2. La Eucaristía, banquete del Señor.

¿Por qué eligió Jesús el pan y el vino como ele-mentos de la Eucaristía? ¿Qué recibimos al tomar el pan y el vino consagrados? ¿Cómo está presen-te Jesús en la Eucaristía? ¿Instituyó Jesús la Euca-ristía para recibirla una sola vez en la vida?

3. La Eucaristía, fuente y cima de la vida y misión de la

Iglesia.

¿Por qué decimos que la Eucaristía hace la Iglesia? ¿Qué aspectos de la Iglesia se visibilizan en la ce-lebración eucarística? ¿A qué nos envía la Eucaris-tía?

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Sobre la primera Carta a los Corintios

- Juan M. DÍAZ RODELAS, Primera Carta a los

Corintios, Estella, Verbo Divino, 2003.

- Miguel SALVADOR GARCÍA, Primera Carta a los

Corintios, en: “Comentario al Nuevo Testamento”,

Estella, La Casa de la Biblia, 1995, pp. 449-480.

Sobre la Eucaristía

- CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, El

sacramento de la Eucaristía, nn. 1322-1419.

- JUAN PABLO II, Carta encíclica “La Iglesia vive

de la Eucaristía” (Ecclesia de Eucharistia) sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia, 2003.

- JUAN PABLO II, Carta apostólica “Quédate con

nosotros, Señor” (Mane nobiscum, Domine) para el Año de la Eucaristía, 2004.

- BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica

postsinodal “El Sacramento de la caridad”

(Sacramentum caritatis) sobre la Eucaristía, fuente y cima de la vida y misión de la Iglesia, 2007.

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

La celebración eucarística no es un espectáculo que se desarrolla ante nosotros, sino un acontecimiento que exige la participación plena, consciente y activa de todo el Pueblo de Dios. Esta participación tiene un aspecto exterior o corporal, que es importante: los cantos, las aclamaciones, las oraciones comunitarias, los gestos y posturas, los distintos servicios. Pero la participación ex-terna, para ser auténtica, requiere otra interior, que con-siste en poner en acto una serie de actitudes profundas. Estas actitudes no nos las inventamos nosotros, sino que nos son sugeridas y suscitadas por el Espíritu Santo. Y son actitudes que, a la vez, expresan los sentimientos más profundos del corazón humano, coinciden con las actitu-des religiosas del pueblo de Israel y, sobre todo, son las actitudes que Jesús enseña y practica. Por eso nos hacen vivir la Eucaristía desde Jesús, como Jesús y con Jesús. El mismo desarrollo de la celebración eucarística cons-tituye un itinerario pedagógico, que en cada momento nos sugiere la actitud principal a adoptar. Aunque hay que decir que cada una de ellas informa toda la celebra-ción. ¿Cuáles son estas actitudes?

1. Apertura a la comunión con los hermanos

Aunque la Eucaristía debe ser un acto personal de cada uno, no es un acto individual sino

comunita-3. Actualizamos

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rio. Precisamente porque nos lleva a participar de la comunión divina, nos exige abrirnos a la comunión fraterna con la comunidad concreta que celebra y, a través de ella, con toda la Iglesia. Más aún, la comu-nión intraeclesial nos exige abrirnos a la solidaridad con toda la familia humana.

Esta actitud, que informa toda la celebración, se nos pide ya en los “Ritos Iniciales” y encuentra su máxi-ma expresión en la “Oración Universal o de los fieles” y en las “Intercesiones” de la Plegaria Eucarística.

2. Arrepentimiento y conversión

No podemos sentarnos a esta sagrada Mesa con la conciencia manchada: sería contradecir la esencia misma de la comunión que vamos a recibir. Por eso no debemos acercarnos a ella con conciencia de pecado grave, sin antes haber recurrido al sacramento de la Reconciliación. Pero, aunque no sea éste el caso, siem-pre que nos disponemos a recibir el Cuerpo de Cristo nos sentimos indignos y necesitados de perdón. Por eso esta actitud de arrepentimiento aparece ya en el “Rito Penitencial” del principio de la celebra-ción. Más aún, se anticipa a ella en el gesto peniten-cial del ayuno eucarístico. Y vuelve a hacerse pre-sente en los momentos preparatorios a la recepción del Cuerpo del Señor.

3. Disposición para la escucha

El Espíritu Santo, “Maestro interior”, crea en noso-tros disponibilidad para escuchar la Palabra de Dios,

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

que nos descubre su plan sobre nosotros, y, sobre todo la Palabra que es Cristo mismo, referencia su-prema a la que debemos acomodar nuestra vida. Esta actitud supone dos exigencias: acoger la Pala-bra con total obediencia y humildad, y decisión de conformar nuestra vida con ella.

Esta actitud se nos pide, sobre todo, en la parte de la celebración que llamamos “Liturgia de la Palabra”. Pero ésta nos prepara para escuchar la gran Palabra de Dios que es la entrega total de Jesús por amor.

4. Adoración, alabanza y acción de gracias

Son tres actitudes íntimamente relacionadas, que nos sitúan ante lo que Dios es y hace por nosotros. La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador, el silencio respe-tuoso en presencia del Dios “siempre mayor”. Y este reconocimiento necesita manifestarse en la alaban-za, que es la proclamación admirada de lo que Dios es, y en la acción de gracias, que le agredece lo que ha hecho y sigue haciendo por nosotros.

Jesús instituyó la Eucaristía dentro de una gran ple-garia de bendición. Y nosotros seguimos celebrán-dola igual: la gran “Plegaria Eucarística”, desde el inicio solemne del “Prefacio” hasta su “Doxología” final, es toda ella un himno de bendición que conju-ga la adoración, la alabanza y la acción de gracias. No podía ser de otro modo, ya que la Eucaristía ce-lebra el mayor don que Dios ha hecho al hombre, el don de sí mismo.

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5. Ofrenda

En la Eucaristía presentamos al Padre el sacrificio de Cristo, ofrecido una vez por siempre en el Calvario. Pero Cristo no quiere volver al Padre solo, quiere llevar consigo la oblación de su Esposa, la Iglesia, el sacrificio espiritual de nuestra existencia, nuestra ofrenda total de amor. Sólo celebramos en verdad la Eucaristía si, al recibir todo lo que Dios es y tiene, le devolvemos también lo que somos y tenemos. La dinámica de la ofrenda se extiende también a toda la celebración. Pero se manifiesta especialmen-te en la “Liturgia Eucarística”. Comenzamos ofre-ciendo los dones de la creación y de nuestro trabajo en la “Presentación de los Dones” y en la “Oración sobre las Ofrendas”. Pero la ofrenda principal tiene lugar en la “Oblación” que sigue a la consagración, cuando la Iglesia ofrece al Padre la entrega de Cristo y, al mismo tiempo, se ofrece a sí misma. Éste es el momento en que todos debemos ofrecernos junta-mente con el sacrificio de la Iglesia. Y esta ofrenda alcanza toda su verdad cuando nos unimos a Cristo en la comunión.

6. Petición humilde

Nosotros somos criaturas limitadas y necesitadas; no nos bastamos a nosotros mismos. Por eso vamos también a la Eucaristía a pedir lo que necesitamos y no tenemos.

Toda la celebración está jalonada de oraciones de petición. Pedimos, ante todo, que se cumpla el plan

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

amoroso de Dios sobre la humanidad y que nosotros sepamos cooperar con él. Y, desde esta participación en el amor salvador de Dios, nos atrevemos a pedir con confianza por todas nuestras necesidades espi-rituales y materiales. Una petición destacada es la “Epíclesis” o invocación al Espíritu Santo. A él le pe-dimos que convierta el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, y que haga de nosotros el Cuerpo del Señor y un sacrificio agradable al Padre.

7. Esperanza de la gloria futura

La Eucaristía no sólo nos hace participar de la muer-te de Cristo, sino también de su resurrección, como lo prometió el mismo Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). Quien se alimenta de Cris-to en la Eucaristía posee ya la vida eterna como pri-micia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. La Eucaristía es, en cierto sentido, anticipación del Paraíso y prenda de la gloria futura. Toda la celebración eucarística nos invita a ejercer la virtud de la esperanza. Pero, de modo especial, esta actitud se expresa en la “Plegaria Eucarística”, cuan-do, al hacer memoria de la Virgen y de los Santos, le pedimos a Dios que nos admita en su asamblea y nos acepte en su compañía.

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4. Oramos juntos

Nuestra oración en grupo va a consistir hoy en un acto de adoración al Santísimo Sacramento. Para ello, nos trasla-daremos ante el Sagrario de nuestra parroquia o de otra iglesia. Si nos acompaña un sacerdote, hará exposición del Santísimo Sacramento, bien en una custodia o sacando so-bre el altar el copón con las formas consagradas. En caso contrario, haremos simplemente el acto ante el Sagrario. Comenzamos la oración recitando juntos el himno de Santo Tomás de Aquino, tan utilizado por la Iglesia. Si no hemos olvidado la bella melodía gregoriana, podíamos cantar en latín la primera estrofa (“Pange lingua”) y las dos últimas (“Tantum ergo”). Las restantes las recitamos en castellano.

Pange, lingua, gloriosi Que la lengua humana

corporis mysterium, cante este misterio:

sanguinisque pretiosi, la preciosa sangre quem in mundi pretium y el precioso cuerpo. fructus ventris generosi Quien nació de Virgen,

Rex effudit gentium. Rey del universo,

por salvar al mundo dio su sangre en precio. Nobis datus, nobis natus Se entregó a nosotros,

ex intacta Virgine, se nos dio naciendo

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

sparso verbi semine, y, acabado el tiempo,

sui moras incolatus tras haber sembrado

miro clausit ordine. la Palabra al pueblo,

coronó su obra con prodigio excelso. In supremae nocte cenae Fue en la última cena recumbens cum fratribus, —ágape fraterno—,

observata lege plene tras comer la Pascua

cibis in legalibus, según mandamiento,

cibum turbae duodenae con sus propias manos

se dat suis manibus. repartió su cuerpo,

lo entregó a los Doce para su alimento. Verbum caro panem verum La Palabra es carne

verbo carnem efficit, y hace carne y cuerpo

fitque sanguis Christi merum, lo que fue pan nuestro. et, si sensus déficit, Hace sangre el vino, ad firmandum cor sincerum y aunque no entendemos,

sola fide sufficit, basta fe si existe

corazón sincero. Tantum ergo sacramentum Adorad postrados

veneremur cernui, este Sacramento.

et antiquum documentum Cesa el viejo rito.

novo cedat ritui; Se establece el nuevo.

praestet fides suplementum Dudan los sentidos

sensuum defectui. y el entendimiento;

que la fe lo supla con asentimiento.

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Genitori Genitoque Himnos de alabanza,

laus et iubilatio, bendición y obsequio;

salus, honor, virtus quoque por igual la gloria, y el

sit et benedictio; poder, y el reino

procedenti ab utroque al eterno Padre, compar sit laudatio. con el Hijo eterno

Amen. y el divino Espíritu,

que procede de ellos. Amén.

Después del himno, un lector lee la siguiente monición:

El culto que se da a la Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración del Sacrificio eucarístico. La presencia de Cristo bajo las sagradas es-pecies que se conservan después de la Misa —presencia que dura mientras subsistan las especies del pan y del vino—, deriva de la celebración del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y espiritual. Corresponde a los pastores animar, incluso con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición del Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presen-te bajo las especies eucarísticas.

Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pe-cho como el discípulo predilecto (cf Jn 13,25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el “arte de la oración”, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación es-piritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor,

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo! (Juan Pablo II, Ecclesia de

Eucharistia, 25).

A continuación, todos nos dedicamos a orar en silencio, al menos durante diez minutos. Después, todos recitamos juntos este otro precioso himno de Santo Tomás:

Te adoro con fervor, Deidad oculta, que estás bajo estas formas escondida; a ti mi corazón se rinde entero

y desfallece todo si te mira.

Se engaña en ti la vista, el tacto, el gusto, mas tu palabra engendra fe rendida; cuanto el Hijo de Dios ha dicho, creo, pues no hay verdad cual la verdad divina. En la cruz la Deidad oculta estaba, aquí la Humanidad yace escondida; una y otra creyendo y confesando, imploro yo lo que imploraba Dimas. No veo, como vio Tomás, tus llagas, mas por su Dios te aclama el alma mía; haz que siempre, Señor, en ti yo crea, que espere en ti, que te ame sin medida. Oh memorial de la pasión de Cristo, oh Pan vivo que al hombre das la vida; concede que de ti viva mi alma

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Jesús mío, pelícano piadoso,

con tu sangre mi pecho impuro limpia; que de tal sangre una gotita puede todo el mundo salvar de su malicia. Jesús, a quien ahora miro oculto, te ruego des lo que mi pecho ansía: que, a cara descubierta contemplándote, por siempre goce de tu clara vista. Amén.

Después, el sacerdote o el animador dice la siguiente ora-ción:

V/. Les diste pan del cielo.

R/. Que contiene en sí todo deleite.

Oremos: Oh Dios, que en este admirable sacramento nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Para finalizar, si hay exposición el sacerdote da la bendi-ción con el Santísimo Sacramento. En caso contrario, el animador dice:

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R/. Amén.

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La Eucaristía, sacramento del amor de Cristo

Tema 6

Mare de Déu dels Desamparats, Madre de Misericordia,

haz este camino con nosotros.

Enséñanos a proclamar al Dios vivo y verdadero. Ayúdanos a ser testigos de Jesucristo,

el único Salvador del mundo. Mare de Déu,

vela por la Iglesia que peregrina en Valencia. Que sea hogar auténtico de comunión

y servidora ilusionada de la misión;

para que contemplando, viviendo y anunciando el amor de Dios,

mostremos a todos los hombres el Evangelio de la esperanza. Amén.

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5. Preparamos

la jornada siguiente

En el próximo encuentro reflexionaremos sobre aque-llo que la Eucaristía celebra y actualiza, el Sacrificio de la Cruz, la entrega total del Señor por nosotros, culminación de toda su vida y acontecimiento salvador para toda la humanidad. Como siempre, conviene que leamos antes con detención el texto bíblico que encabeza el tema y lo analicemos en profundidad. Igualmente, nuestra reunión será más provechosa si hacemos una primera lectura de la “Exposición del tema” y preparamos las “Preguntas para el diálogo”. Seamos conscientes de que estamos tocando los temas centrales de la fe cristiana. Vale la pena que nos esforcemos por asimilarlos lo mejor posible.

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Cristo crucificado. S.XIV.

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El misterio de la Redención

El misterio de la Redención

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Oración inicial

Habla, Señor, que tu siervo escucha. Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero.

Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón.

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El misterio de la Redención

Tema

1. Escuchamos

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho [con Lázaro], creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: “¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación”. Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: “Vosotros no enten-déis ni palabra; no comprenenten-déis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”. Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anun-ciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dis-persos. Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aque-lla región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: “¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?”. Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

(Jn 11, 45-57)

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Breve análisis del texto, situación

1. Muerte frente a Vida

Estamos al final del ministerio público de Jesús y antes del relato de su pasión, muerte y resurrección, según el evangelio de Juan. Éste es el evangelio de los signos de Jesús que manifiestan la vida y la gloria del Dios que nos ama. Nuestro texto sigue al relato del signo de vida y resurrección que nos da Jesús, al resucitar a Lázaro, el hermano de Marta y María en Betania, amigos de Jesús. En contraste con este signo de vida, nos narra Juan la de-cisión de condenar a muerte a Jesús por parte de los ene-migos de Jesús. Con la resurrección de Lázaro, “muchos judíos creyeron en Jesús”. Al signo de vida que despierta la fe en el Dios de vida, sucederá el cerrarse a esta fe, la cerrazón y autodefensa extrema, que recurrirá a la muer-te: “algunos de ellos acudieron a los fariseos” y, al contar lo que había hecho Jesús, los fariseos y los sumos sacer-dotes convocan el Sanedrín para deliberar sobre Jesús y concluir que conviene a todos acabar con él.

Los temas de la muerte y la vida introducidos por el re-lato de Lázaro y la decisión del Sanedrín continúan en el episodio de la unción de Jesús con un perfume caro por parte de María, de nuevo en Betania con Marta y Lázaro. Esta unción que anticipará la de su sepultura, y los Sinóp-ticos, la sitúan en casa de Simón el leproso (Jn 12,1-10;

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El misterio de la Redención

Tema 7

Vida y muerte, pues, enmarcan el texto que meditamos hoy. Por tanto, estamos ante lo más decisivo de la exis-tencia humana, la vida y la muerte. Estamos ante la hora de las tinieblas y ante la hora de Jesús. Cuanto mayor po-der cree demostrar el ser humano, el popo-der de la muerte que se ha enseñoreado de este mundo (“el príncipe de este mundo” en Jn 12,31), mayor es el poder que mues-tra Dios en su respuesta redentora, a saber, su poder de vida: “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a to-dos hacia mí” (Jn 12,32). Y es que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

2. El conflicto

¿Qué nos dice la Palabra de Dios que hemos proclama-do? Nos habla de una conflictividad, de un combate en-tre dos fuerzas desiguales, dos formas de reinar, la de los hombres y la de Dios. Contra todo pronóstico, el hombre le gana a Dios, aunque su victoria será su fracaso y, gra-cias a Dios, no será la última palabra en la historia. Dios busca que el hombre viva en libertad, justicia y fidelidad, en relación de amor y amistad con Él y con sus hermanos. Y, frente a ello, la actuación del hombre es servirse de su libertad para autoafirmarse y asegurar su vida frente a la de los otros, domesticando incluso al mismo Dios a su servicio. Jesús cae en el epicentro de este conflicto, esa lucha, ese desafío que hace el hombre a Dios.

Cuando llega la noticia de la resurrección de Lázaro a los fariseos se provoca una convocatoria del Sanedrín. To-dos los evangelistas hablarán de una implicación en la

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condena a muerte de Jesús, por parte del judaísmo ofi-cial, reunido en su órgano deliberativo y decisorio, el Sa-nedrín. Es probable que Juan sea el más exacto al situar la reunión del Sanedrín, que decidió la condena de Jesús, unos días antes de la pasión y muerte. Luego, cuando Je-sús compareció, ya preso después de la Cena, ante los sumos sacerdotes, bastó un simple interrogatorio para precipitar la ejecución decidida en la reunión del Sane-drín. En los sinópticos, por facilitar la memorización, se sintetizarían los dos momentos en una sola reunión del Sanedrín en la noche de la fiesta grande de la Pascua ju-día (Brown 445).

Según Juan, en la reunión del Sanedrín no se pone en duda la realidad de las obras milagrosas de Jesús, sino lo que éstas despiertan en muchos: una fe, una apertura a las nuevas posibilidades de Dios, a la novedad del reinado de Dios en acción, que pone en peligro el ordenamiento religioso y político establecido. Decían: “Todos creerán en él, y vendrán los romanos y arrasarán nuestro lugar santo y nuestra nación”. Se trata pues de salvaguardar el orden religioso y el orden político establecido, que con Jesús se están resintiendo y se ven amenazados.

Juan habla de clara profecía en las palabras del

sacer-dote Caifás, porque cuando escribe su evangelio era ya profecía cumplida: lo que buscaba salvar Caifás, ironía de la historia, ya había sido destruido en los años 70, el Templo y la nación de Israel. Las palabras de Caifás pue-den ser las de un cínico: es preferible que perezca sólo este hombre, aunque sea inocente, a que, por causa de él, los romanos destruyan quizá a todo el pueblo. Pero,

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El misterio de la Redención

Tema 7

precisamente aquella motivación histórica de la conde-na a muerte de Jesús expresa en sus palabras un aconte-cimiento de una gran significación, algo muy profundo y de gran alcance: que convenía que Jesús muriera por el pueblo para salvarlo. Lo leemos a continuación: Caifás anunciaba “que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,52).

3. El misterio

En estas palabras nos alcanza algo muy profundo, un verdadero misterio. Lo llamamos el misterio de la reden-ción. Y es normal que nos cueste comprender, porque no se trata de comprender las circunstancias históricas, que eso no es tan difícil, pues eliminando al que socava el orden todo vuelve a estar bajo el control de los que sostienen ese orden. Se trata de comprender y aceptar algo más profundo: que Jesús, al morir por nosotros, nos salva, y no sólo a nosotros sino a los hijos de Dios disper-sos, que no serán ya sólo los hijos de Israel sino toda la humanidad.

Las palabras de Caifás nos siguen impactando: “Voso-tros no entendéis nada; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo”. Es así; y, como hombres y mujeres modernos que somos, nos cuesta mucho que la muerte de uno, y además inocente, sea la salvación de todos. Pero si nos cuesta comprender, como cristianos que somos, también intuimos que aquí hay algo gran-de, no dejamos de permanecer ahí en la escucha y con-templación, evocando los cánticos del Siervo de Yahvé

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del Segundo Isaías: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos lepro-so, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53, 4-5). Éste es el misterio que nos sal-va, y debe ser misterio grandioso y hasta bello, revelador de nuestra mejor verdad y nuestra mayor esperanza.

1. ¿Qué es perder o ganar la vida?

Jesús mismo comenta la parábola del grano de trigo que ha de caer en la tierra para morir y ser fecundo para dar vida. Dice: “El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí estará también mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,25-28). También en los Sinópticos advertía Jesús a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mis-mo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? (Mc 8,35-36).

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El misterio de la Redención

Tema 7

A veces aceptamos perder para no perder más. Sucede, por ejemplo, en la partición de la herencia paterna, cuan-do aceptamos ceder nosotros o quedarnos con la peor parte y, en definitiva, perder, por no perder más, o sea, por no perder algo que apreciamos más, como es no per-der a un hermano o una hermana para siempre.

Aceptamos renuncias o sacrificios o trabajos porque con ellos esperamos ganar algo que necesitamos o deseamos conseguir. Sucede en el tema de los estudios, del traba-jo, la vocación y, sobre todo, en las relaciones de amor o amistad.

Podemos ir más allá y si queremos incluir en nuestra rela-ción a los que otros excluyen; si deseamos solidarizarnos con los de abajo, con los pequeños, con los que sufren, con los débiles o frágiles, con los más vulnerables, com-prenderemos que hemos de abajarnos, acercarnos, ase-mejarnos, compartir, desapropiarnos, entregarnos. Lo saben bien los padres respecto de sus hijos, los herma-nos, los amigos, los voluntarios, tantas personas que se sienten solidarios y practican la solidaridad.

Y si pedimos más todavía, como hacer justicia a lo que anida en el corazón de nuestros hermanos, en el de cada ser humano, al que podemos hacer herma-no nuestro…, entonces, deberemos renunciar a par-te de nuestras exigencias, de nuestros derechos, de nuestra autoafirmación… Y, aun así, comprobaremos que no podemos tanto, que algo podemos, pero sólo Dios puede hacer justicia a cuanto anhela cada ser hu-mano, pues es Él quien lo creó, lo llamó, y sembró en

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cada ser humano ese corazón inquieto que sólo des-cansará en Él.

Por el contrario, todos conocemos lo que es querer sal-var la propia vida a toda costa, asegurarse la propia vida a costa de otros, o a costa de todos. Entonces desencade-namos injusticias en nuestro entorno, insolidaridad, ex-clusión. Entonces, pierde el sentido del para qué vivimos.

2. Y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?

¿Aparta de mí este cáliz?

Como nos pasa a nosotros, Jesús sintió humanamente la agitación de su alma ante la amenaza de una muerte violenta, fruto del conflicto en el que había caído y has-ta provocado. Pero trasforma su sentimiento, su deseo de librarse de la muerte, en voluntad de entrega: “si para esto he venido”, y se confía al Padre (Jn 12,27-28). Es lo mismo que recuerdan los Sinópticos en la oración en el huerto de Getsemaní (Mc 14,32-42) y en la carta a los He-breos (Heb 5,7).

Al fin, resulta que el perder la vida para ganarla no es un sabio consejo, propio de un maestro de sabiduría y pru-dencia. Se trata más bien de la dinámica del amor divino, amor excesivo, sobreabundante, pleno, hasta el punto de parecernos locura. Es la dinámica conocida como kéno-sis, abajamiento, desapropiación: “Cristo, siendo de con-dición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres…” (Flp 2,6-7). A nosotros no nos sale esa dinámica del amor porque partimos de carencias y finitud. Pero Dios se nos ha

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re-El misterio de la Redención

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velado así, porque nos cree capaces de un amor como el suyo. Para eso se nos dio en su Hijo Jesús.

Si perdemos una forma de vida por seguir a Jesús hasta el final y por su Evangelio, entonces es cuando ganare-mos una vida plena de sentido, una vida que enlaza con la del mismo Dios. Él mismo se escogió lo débil de este mundo para confundir a los fuertes (1 Cor 1,27), desde la Encarnación hasta la cruz. Parecía que se perdía como Dios en la muerte de cruz; en cambio se ganó como Dios de amor, en todos cuantos miraron y mirarán al que traspasaron.

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1. Los relatos de la Pasión

Los cuatro relatos de la pasión de Jesús suelen ser cono-cidos entre los cristianos por la Semana Santa. Aportan cada uno algunas variantes y responden a preocupa-ciones diferentes, pero siguen una secuencia bastante coincidente: en los días de la Pascua judía, después de una cena de despedida con sus discípulos en Jerusalén, entregado por Judas, Jesús es arrestado en la zona del monte de los Olivos, al otro lado del Cedrón, a donde se habían retirado a orar. Conducido ante el sumo sacer-dote, sufre un interrogatorio acerca de su mesianismo. Entre tanto, Pedro le niega tres veces. Luego es llevado ante Pilato, quien le pregunta si es el rey de los judíos, a lo que responde Jesús con “Tú lo dices”. En el contexto de la acostumbrada liberación de un preso con motivo de la fiesta de la Pascua, entre Jesús y Barrabás, la mul-titud escoge a este último; por eso Pilato se ve forzado a entregar a Jesús para la crucifixión.

Jesús es azotado, escarnecido y sometido a otros malos tratos por parte de los soldados romanos y, finalmente, conducido al Gólgota. Allí se le crucifica entre otros dos y se procede al reparto de sus vestidos. En su cruz hay un letrero donde se lee la acusación: “El rey de los judíos”. Después de haberle sido ofrecido vino agrio, muere.

2. Reflexionamos

Exposición del tema

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