El Espíritu, don de la Pascua
5. El Espíritu, don del Resucitado
5.1. Jesús promete el Espíritu
Durante su vida terrena, Jesús, el Ungido y portador del Espíritu, prometió que comunicaría ese mismo Espíritu a los que creyeran en él. La primera promesa la pronunció Jesús en el contexto de la fiesta judía de las Tiendas, al
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regreso de la procesión que traía el agua desde la fuente de Siloé hasta el Templo para impetrar la lluvia: “El últi- mo día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritó: ‘El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: «de sus entrañas manarán ríos de agua viva»’. Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él” (Jn 7,37-39a). En bastantes textos proféticos y sapienciales, el agua sim- bolizaba al Espíritu, que se esperaba para cuando apare- ciese el Mesías. Jesús se presenta aquí como el que dará o concederá esta agua. Aunque esto no sucederá hasta que Jesús sea glorificado por su muerte, como señala el mismo evangelista: “Todavía no se había dado el Espí- ritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,39b). La donación del Espíritu a los creyentes tendrá que ser ganada por la muerte de Jesús.
Por eso Jesús transmitió su enseñanza más importante sobre la misión del Espíritu en las horas inmediatamente anteriores a su pasión, en cuatro momentos de sus dis- cursos de despedida:
1º. “Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros” (Jn 14,16-17). Lo llama “Paráclito”, es decir, el “Defensor”, el “Abo- gado”, el que asiste y defiende a los discípulos. Y dice que es “otro Paráclito”, porque el primer defensor es el mismo Cristo, que en la presencia del Padre inter- cede por nosotros continuamente. Lo llama también
“Espíritu de la verdad”, porque va a ser quien revele la verdad y nos haga vivir en la verdad. Y añade que no puede ser conocido por el mundo, por los poderes que se oponen a Dios, sino sólo por sus discípulos, porque está con ellos y en ellos.
2º. “Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que envia- rá el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14,25-26). Aquí lo presenta como el maestro in- terior del cristiano. No nos revelará cosas nuevas, porque la verdad de Dios ya ha sido revelada por el mismo Jesucristo. Lo que hará es dar a los discípulos una inteligencia cada vez más profunda del misterio de Jesús, de su vida, de sus obras y palabras, hasta llevarnos a la comprensión plena de su persona y mensaje.
3º. “Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Pa- dre, el dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo” (Jn 15,26-27). Jesús sigue diciendo que en el Paráclito encontraremos los discípulos la fuerza necesaria para no dejarnos encadenas por la mentira del mundo y para permanecer fieles en nuestro tes- timonio del Señor.
4º. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comuni-
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cará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará” (Jn 16,13-15). Je- sús acaba presentándonos al Espíritu como el agen- te que nos va introduciendo en el misterio mismo de la Santísima Trinidad. Por eso todos estos textos que jalonan los discursos de despedida, no sólo constitu- yen la base principal de nuestra fe en el Espíritu San- to, sino también de nuestra fe en la Trinidad.
5.2. Jesús comunica el Espíritu
La “hora de Jesús”, el momento supremo establecido por el Padre para la salvación del mundo, fue la de su muer- te y resurrección. Pues bien, en aquella “hora”, Jesús, al morir, “entregó el Espíritu” (Jn 19,30). El Espíritu que él había recibido del Padre, ahora lo daba a los creyentes, precisamente en el acto de su muerte redentora. Por eso el domingo de Pascua, dirigiéndose a los Once y soplan- do sobre ellos, Jesús les dijo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22). Es decir, Jesús, “constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos” (Rom 1,4), da a sus discípulos el Espíritu para hacerlos hombres nuevos, capaces de cum- plir la misión a ellos confiada: llevar a todos los hombres la misma vida que él había recibido del Padre y el mismo amor que el Padre tiene hacia él.
Y esto fue lo que se cumplió plenamente el día de Pente- costés, cuando el Espíritu descendió sobre los Apóstoles y la Virgen María, completando así su obra en la Pascua
de Jesús. San Pedro lo explicó en su discurso: “A este Je- sús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos tes- tigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo” (Hch 2,32-33). En este acontecimiento de Pentecostés, el Es- píritu se manifestó a través de potentes imágenes que expresaban su acción: el viento, es decir, el hálito de la nueva vida; las lenguas de fuego, que indicaban la capa- citación y fuerza para dar testimonio del Evangelio; el poder de hablar y comprender lenguas extranjeras, que sugería la misión universal de los discípulos para agrupar a todos los pueblos en un solo Pueblo de Dios.
Y así, en Pentecostés comenzó la era de la Iglesia. Porque, a partir de aquel momento, Jesús continúa ejerciendo su misión a través de sus discípulos, a quienes les comuni- ca el mismo Espíritu que él posee. Como Jesús, los discí- pulos van a ser dirigidos y guiados por el Espíritu. Pero, también como Jesús, los discípulos van a ser portadores y trasmisores del Espíritu a todos los hombres. Por eso San Pedro acabó su discurso diciendo: “Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro” (Hch 2, 38-39). La palabras y acciones de Jesús durante su vida terrena eran portadoras de salvación. Ahora, Jesús sigue salvando por medio del Espíritu en la acción sacramental de la Iglesia. Es el Espíritu el que hace a Jesús contempo-
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ráneo de todos los hombres y de todas las generaciones, y quien los incorpora al nacimiento, muerte y resurrec- ción de Jesús.
Para grupo de adultos:
El Espíritu Santo es tan decisivo para nosotros que a nuestra vida de cristianos la llamamos “vida espiritual”, es decir, vida creada y dirigida por el Espíritu. Por eso conviene que le conozcamos muy bien. Y, para eso, po- demos ayudarnos a responder entre todos a estas pre- guntas:
- ¿Qué imágenes y nombres utiliza la Sagrada Escritura para hablar del Espíritu?
- ¿Qué grandes acciones le atribuye el Antiguo Testamento al Espíritu de Dios?
- ¿Qué hizo el Espíritu Santo en la persona y en la vida de Jesús, según los Evangelios?
- ¿Qué nos dijo Jesús que haría en nosotros el Espíritu San- to?
- ¿Cuándo les comunicó Jesús el Espíritu Santo a sus discí- pulos? Y, ¿cuándo me lo comunica a mí?
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Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 687-747; 1091-1112.
COMITÉ PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000, El
Espíritu del Señor, Madrid, BAC, 1997.
Y. M.J. CONGAR, El Espíritu Santo, Barcelona, Herder, 1983.
1. Todos nosotros fuimos bautizados en una fuente de agua, signo del manantial de agua viva que se nos co- municaba, el Espíritu. Y, de este modo, nos convertimos en “ungidos” (cristianos), es decir, en personas transfor- madas por el Espíritu y portadoras del Espíriru, como partícipes del “Ungido” (Cristo) y de su tripla misión sa- cerdotal, profética y real. Y esta gracia del Bautismo fue completada en nosotros por la Confirmación, cuando el obispo impuso sobre nosotros las manos y nos volvió a ungir. El Espíritu nos enriqueció entonces con una fuer- za especial que nos vinculaba más fuertemente a la Igle- sia y nos capacitaba para difundir y defender la fe, con obras y palabras, como auténticos testigos de Cristo. Estos dos sacramentos fueron nuestro primer Pente- costés. Y, como imprimieron en nuestra alma un ca- rácter, es decir, un sello del Espíritu que es promesa de su presencia continua en nuestra vida, pueden ser renovados, es decir, revividos, siempre que nosotros actualicemos nuestra fe. Por eso os proponemos: 1.1. Que celebréis todos los años la fecha de vuestro
Bautismo y de vuestra Confirmación renovando estos dos sacramentos, al menos rezando devo- tamente el Credo. (Si no recordáis las fechas, ésta es una buena ocasión para averiguarlas).
3. Actualizamos
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1.2. Que asistáis siempre que os sea posible a la Vigilia Pascual, el Sábado Santo, donde toda la comuni- dad cristiana renueva solemnemente estos sacra- mentos.
1.3. También en la Misa de todos los Domingos se renuevan cuando rezamos el Credo (y a veces la Misa comienza con el rito expresivo de la asper- sión con agua).
1.4. Los podemos renovar también en nuestra oración personal siempre que queramos. Para ello basta que hagamos un acto personal de fe.
2. El Espíritu creador se manifiesta en todas sus criatu- ras. Por eso todas, incluso las más pequeñas, son una maravilla de bondad y belleza. Debemos aprender a admirarlas y a alabar a su autor por ellas y en ellas. Además, hemos de cuidarlas y respetarlas, evitando todo maltrato o intento de destrucción. Sólo debemos utilizarlas para nuestro bien, pero no para nuestro ca- pricho o codicia.
3. Toda la Biblia es Palabra de Dios porque ha sido ins- pirada por el Espíritu Santo. Pero para que nosotros la oigamos como tal, el Espíritu necesita iluminarnos con la luz de la fe. Por eso es muy conveniente que nos acostumbremos a invocarle antes de leer cualquier texto de la Sagrada Escritura. Basta una sencilla invo- cación como ésta: “Ven, Espíritu Santo, ilumina mi co- razón y enciende en él el fuego de tu amor”.
4. El Padre escucha siempre la oración de la Iglesia de su Hijo, cuando ésta invoca en cada sacramento al Espí-
ritu Santo. Y, por eso, el Espíritu otorga en ellos, a la Iglesia y a cada uno de sus miembros, los beneficios de la entrega de Cristo en la cruz. Y así, a través de los sa- cramentos, el Espíritu santificador hace que el creyen- te vaya descubriendo poco a poco a Cristo, le consagra a él, le incorpora y le hace semejante a él, hasta que pueda decir: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20). Si el Espíritu es a la vez el agente principal y el don que recibimos en los sacramentos, es conveniente que lo invoquemos cuando vamos a celebrarlos. Y, sobre todo, cuando vamos a celebrar la Eucaristía, que es el gran Pentecostés en nuestra vida actual.
5. El Espíritu Santo se nos ha dado también como fuerza para nuestro testimonio cristiano, en palabras y obras. Por eso debemos invocarlo al comienzo de toda obra apostólica, en todas aquellas circunstancias en que nos resulta difícil manifestar nuestra fe y en aquellas otras en las que se nos ataca o persigue por ser cristianos. Porque sólo él nos puede dar sabiduría y fortaleza para ser auténticos testigos del Señor.
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4. Oramos juntos
El sacerdote o animador:
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Todos:
Amén.
Monitor:
Comencemos oyendo lo que nos enseña la Iglesia: “La unidad de la Iglesia orante es realizada por el Espíritu Santo, que es el mismo en Cristo, en la to- talidad de la Iglesia y en cada uno de los bautizados. El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debili- dad e intercede por nosotros con gemidos inefables; siendo el Espíritu del Hijo, nos infunde el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). No puede darse, pues, oración cristiana sin la acción del Espíritu Santo, el cual, realizando la unidad de la Iglesia, nos lleva al Padre por medio del Hijo” (Orde-
nación general de la Liturgia de las Horas, 8).
El Espíritu Santo es, pues, Maestro interior, impulso y alma de nuestra oración. Pero hoy queremos, ade- más, que sea el destinatario de nuestra oración. Des- de el Espíritu, nos dirigimos al Espíritu y pedimos el Espíritu. Y lo hacemos en tres momentos.