• No se han encontrado resultados

Cuáles deben ser los primeros ejercicios del que estudia retórica

In document INSTITUCIONES ORATORIAS QUINTILIANO (página 65-71)

I. Narraciones históricas. (La facundia en los jóvenes es laudable... En corregir los defectos de sus composiciones no se debe usar de mucho rigor... Acostúmbrese a componer con la enmienda posible).-II. Confirmación y refutación de las narraciones.-III. Alabanza y vituperio de las personas.- IV. Lugares comunes y cuestiones o causas particulares... Repréndese a los que trabajan en sus casas estos lugares comunes, para usar de ellos cuando la ocasión lo pida.-V. Alabanza y vituperio de las leyes.

I. Ahora comenzaremos a tratar de la principal obligación de un maestro de retórica, dilatando por un breve tiempo lo que comúnmente se piensa ser el constitutivo de esta arte. Y lo primero de todo me parece debe comenzar el niño por aquellos ejercicios que tienen alguna semejanza con lo que ya aprendió en la gramática. Y supuesto que hay tres maneras de narraciones, fuera de la que usamos en las causas judiciales: a saber, la poética , usada en las tragedias y otros poemas, en la que ni hay verdad, ni aun sombra de verdad; el argumento , que aunque falso, la comedia le hace ser verosímil; y la histórica , que es la exposición de cosa sucedida; dejando para los gramáticos la poética , el retórico debe comenzar por la histórica , que es de tanta fuerza, cuanta es la verdad en que estriba.

Cuando tratemos del género judicial, enseñaremos el modo que nos parece mejor de formar la narración. Entre tanto basta advertir que ésta no debe ser seca y sin jugo. Según esto ¿para qué tantos estudios, si bastara el contar las cosas sin aliño ni adornos de palabras? Ni tampoco debe ser de cosas superfluas, ni llena de descripciones traídas violentamente; vicio en que muchos caen, imitando la licencia poética. De estos dos defectos más vale que peque la narración por abundancia que por escasez. La razón es, porque a los niños ni se les debe pedir ni esperar de ellos nada perfecto; y así más vale que manifiesten un esfuerzo generoso, y que a veces discurran y hablen más de lo que se les pide. Ni nos debemos ofender de que en los principiantes haya algo de redundante 68 . Y aun quisiera

68

Parece que Quintiliano sigue la opinión que después han abrazado otros maestros de elocuencia, fundados en el testimonio de Cicerón, de que en los jóvenes no es reprehensible el estilo asiático y pomposo, aunque desdice mucho de los que están en edad madura. Pues aunque semejante estilo tiene por lo común más de hojarasca de palabras que de solidez de pensamientos, con todo, debe disimularse este defecto en una edad que está escasa y pobre de conceptos y sentencias, hasta que adquiriendo

que los maestros, a la manera de las amas de leche, traten a los entendimientos tiernos con algo más de regalo, digamos así; y no lleven a mal el hartarlos de leche de una enseñanza gustosa. Pues este cuerpo grueso, y lleno, vendrá después con la edad a quedar enjuto: y de aquí proviene el vigor. Por el contrario un niño de miembros delicadamente formados, ya para adelante pronostica flaqueza y debilidad. Atrévase a mucho esta primera edad, invente, y alégrese de lo que haya inventado, aunque sean cosas de poco vigor y sustancia. Para la lozanía hay remedio, mas no para la esterilidad. Pocas esperanzas podremos fundar en un niño, a cuyo ingenio se anticipa el juicio 69 . La materia, en que se ejercite, ante todo ofrezca mucho campo, y aun más de lo justo: pues los años y la razón quitarán mucho de lo superfluo, y aun con la misma experiencia lo irán perdiendo, siempre que haya de donde quitar y desbastar; a la manera que el buril podrá profundizar y tendrá dónde cebarse, si la lámina no es delgada en demasía. Nadie extrañará lo que digo, si ha leído lo que dice Cicerón: Quiero que en los jóvenes se descubra la afluencia . Por donde debe huirse tanto de un maestro sin palabras y sin explicación, cuanto de un terreno seco y árido para las plantas tiernas. De aquí resulta que los discípulos son de ingenios apocados y rastreros, no atreviéndose a levantar el estilo sobre el lenguaje vulgar. Éstos la flaqueza la tienen por salud, y la debilidad por juicio; dando en el vicio, cuando piensan estar ajenos de él, pues carecen de lo que es virtud. Yo no gusto de frutos muy anticipados, ni del mosto, que ya en el mismo lugar comienza a tomar sabor de vino: todo esto el tiempo lo ha de ir sazonando.

Cosa es también que merece tenerse presente, el que los niños desmayan cuando nada se les disimula: porque se desalientan, sienten el estudio, y por último le cobran aborrecimiento y, lo que es peor, temiéndose de todo, a nada se atreven. Esto aun la gente del campo lo sabe: pues a los arbolitos pequeños no les arriman la podadera, porque en cierto modo tienen horror al hierro, cuya herida no tienen fuerzas para sufrir. Debe pues el maestro ejercer su oficio con agrado, suavizando el trabajo, que por sí mismo es agradable: alabe algunas cosas, pase por alto otras, o enmiéndelas, dando la razón de hacerlo así; y poniendo alguna cosa de su casa, ilústrelos. A veces no dañará que él mismo les dicte lo que ha compuesto él, para que el discípulo lo imite y lo aprecie, como si fuera parto suyo. Pero si éste hiciere una composición tan mala que no admite enmienda, me ha enseñado la experiencia, que es útil el echarles la misma materia y asunto ilustrado por el maestro, para que lo trabajen de nuevo,

con el tiempo mayores luces e ideas, vayan llenando en su oración éstas el lugar que ocupaba aquel follaje de palabras nacido de la lozanía del ingenio o pobreza de pensamientos.

69

Alude a lo que dice en el libro 1, capítulo 3, de no ser buena señal el que en los niños se anticipe cierta madurez en el juicio, no menos intempestiva que anunciadora de su corta duración.

diciéndoles que pueden hacer otra cosa mejor; porque ninguna cosa alienta más en los estudios que la esperanza. A los adultos trátelos de otra manera; de los que a proporción de la edad y fuerzas exigirá cosas mayores y les corregirá sus obras. Cuando mis discípulos usaban de pensamientos atrevidos o de estilo demasiado brillante, solía decirles, que lo alababa 70 por entonces, pero que vendría tiempo en que no pasaría por ello. De este modo se alegraban de las producciones de su ingenio y no quedaban engañados de su propio juicio.

Pero para volver al propósito, quiero que las narraciones se trabajen con el esmero posible. Porque así como al principio cuando aprenden a hablar, es útil a los niños, para adquirir facilidad en el lenguaje, el referir lo que oyeron y obligarlos a repetir la misma relación, ya retrocediendo desde el medio hasta el principio, ya continuando hasta el fin; pero esto será mientras son niños y van uniendo las palabras, y no pueden más que afirmar la memoria; así cuando ya supieren bien hablar, el charlar de repente de todo, el hablar sin reflexión, sin dar lugar a levantarse, sólo merecerá nombre de charlatanería 71 . De aquí nace el gozo de los padres necios e ignorantes, y en los hijos la aversión al trabajo y el descaro, que adquieren juntamente con la costumbre de hablar mal, el ejercitarse en cosas malas, y por último la arrogancia con que presumen de sí, y que por lo común impide el aprovechar en cosas de importancia. Ya vendrá tiempo en que adquieran facilidad en hablar, y de esto trataremos muy de veras. Entretanto baste el que el discípulo componga con todo cuidado y esmero, en cuanto lo permite su edad, alguna cosa que merezca alabanza, ejercitándose en esto hasta adquirir hábito. Por último podrá de este modo proporcionarse para el fin que intentamos, cuidando más de hablar bien que pronto.

II. No será inútil añadir a las narraciones su comprobación y destrucción, que los griegos llaman confirmación y refutación ; y no solamente a las fabulosas y poéticas, sino también a las que contienen algún hecho histórico. Por ejemplo, servirá de grande materia para discurrir, el proponer la duda de si es creíble que estando peleando Valerio, se sentó sobre su cabeza un cuervo que con las alas hería el rostro y los ojos del francés enemigo: del mismo modo sobre la serpiente, que dicen crió

70

[«alababan» en el original (N. del E.)]

71

Hay ciertas ocurrencias en los niños, ciertas agudezas y gracias, que hacen concebir grandes esperanzas de ingenio agigantado a los padres ignorantes de los verdaderos caracteres del talento; pero seguramente no hay señales más equívocas, o por mejor decir más evidentes de un ingenio muy somero; y en otra parte Quintiliano compara esta viveza anticipada a aquellas hierbas o espiguillas que el campo produce voluntariamente, pero sin esperanza de fruto.

a Escipión; sobre la loba de Rómulo y la ninfa de Numa Pompilio. Porque los historiadores griegos fingen casi tanto como los poetas. Muchas veces se disputa del tiempo y del lugar donde acaeció la cosa; y aun de las mismas personas, como vemos que Tito Livio duda de algunas si existieron; y otros historiadores discuerdan sobre las circunstancias.

III. Después de este ejercicio, irá poco a poco pasando a cosas mayores; como por ejemplo: alabar a los hombres esclarecidos y afear a los malos, lo que acarrea grande utilidad: porque además de ofrecer abundante materia para ejercitar el ingenio, se va formando el ánimo, contemplando la diferencia entre la virtud y el vicio, y se adquieren muchos conocimientos y acopio de ejemplos, que a su tiempo han de servir de mucho; como que son muy eficaces para mover en todos los géneros de causas. Aquí también pertenece el comparar unos sujetos con otros: pues aunque esto se funda en una misma razón, con todo eso ofrece mayor campo, y no sólo se trata de la naturaleza de las virtudes y vicios, sino del modo. Pero ya a su tiempo trataremos del orden de estas alabanzas o vituperios: pues esto toca a la tercera parte de la retórica.

IV. También los lugares comunes (hablo de aquéllos que, sin nombrar sujetos, tienen por objeto afear el vicio, como declamar contra el adúltero, el tahúr, el desvergonzado) pertenecen a la esencia de las causas judiciales: pues si recaen sobre persona determinada, son acusaciones perfectas. Bien es verdad que a veces solemos descender a especies determinadas, como si se finge un adúltero ciego, un tahúr pobre, un desvergonzado anciano. A veces a estas acusaciones se les añade su defensa: pues solemos defender al lujurioso y al entregado al amor; y a veces al rufián y al truhán se le hace su defensa, no defendiendo la persona, sino disculpando el delito.

Las cuestiones tomadas de la comparación de las cosas; por ejemplo: si es mejor vivir en la aldea que en la ciudad; si la profesión del abogado es mejor que la de la milicia , dan abundante y hermoso campo para ejercitar el ingenio, y ayudan mucho para los géneros demostrativo, deliberativo, y judicial. Así vemos que Cicerón en la oración en defensa de Murena trata muy a la larga del último de estos lugares. También miran al género deliberativo las cuestiones: de si el hombre debe casarse ; y si deben pretenderse los empleos : y si entra en ellas alguna persona, serán oraciones completas del género deliberativo.

Solían mis maestros ejercitarnos con no poca utilidad y contento nuestro en causas de mera conjetura, mandándonos examinar y tratar: verbigracia: ¿por qué causa los lacedemonios pintaban armada a Venus? y ¿qué motivo pudo haber para pintar a Cupido en figura de niño alado, con saetas, y tea en la mano? y otras cuestiones a este tenor, en las cuales indagábamos la atención de

los inventores: de todo lo cual se hace frecuente uso en las causas particulares, y puede llamarse una especie de cría.

Porque aquellos lugares de si siempre se ha de estar al dicho de los testigos , y en las pruebas si las débiles tienen o no fuerza , es cosa tan llana, que miran a las causas forenses, que algunos abogados de buena nota no sólo los trataron y aprendieron con mucho cuidado, sino que, cuando se les ofrecía una causa de pronto, los engastaban e insertaban enteros en sus discursos. Con lo cual ciertamente (pues quiero exponer mi sentir) me parece que daban a entender su pobreza grande de talento. Porque ¿qué podrán los tales inventar de nuevo en las causas donde la una no se parece a la otra? ¿Cómo podrán responder a las objeciones de los contrarios, ocurrir de pronto a las razones que alegan contra nuestra causa, y preguntar a los testigos, cuando en cosas tan trilladas, y que son comunes a todas las causas, no saben tratar un asunto tan cuotidiano, sino llevando de antemano estudiado el papel? Los tales preciso es que, o fastidien no menos que las comidas frías y estadizas (pues en causas distintas tendrán que repetir la misma canción), o que ellos mismos se sonrojen al ver que los oyentes siempre les oyen unas mismas ideas, empleadas en diversos usos, como hacen los pobres ambiciosos. Fuera de que por maravilla habrá lugar tan común que cuadre a todas las causas que ocurren, si por otra parte no tiene parentesco con la cuestión en que se funda; sin que se eche de ver que es una cosa postiza, o porque es de distinto paño que todo lo demás, o porque por lo común no se usa donde conviene 72 . Así vemos que algunos para aumentar los conceptos de su oración, traen como arrastrados varios lugares explicados con mucho rodeo de palabras; siendo así que las sentencias deben nacer de las entrañas de la causa; y solamente cuando nacen de ella son útiles y dan hermosura a la oración. Además de esto, la elocución, cuando no se encamina a triunfar de los oyentes, por más bellezas que tenga, es enteramente inútil, y a veces nociva. Pero basta de digresión.

V. La alabanza y vituperio de las leyes necesita de mayores fuerzas, como que es obra de las más difíciles.

Los antiguos ejercitaron en esto la facultad del decir, pero tomaban de los dialécticos el modo de argumentar, pues sabemos que entre los griegos sólo en tiempo de Demetrio Falereo se introdujo proponer diversos asuntos fingidos a imitación de las causas forenses. Pero no tengo bastante averiguado si éste fue el primero que inventó esta manera de ejercicio, como he dicho en otro libro: pues los que defienden esto con más empeño no se fundan en autoridad de bastante fuerza. Por lo

72

Vicio que reprueba Horacio, cuando dice: Purpureus, late qui splendeat, unus, et alter Assuitur pannus; cum lucus, et ara Dianae , etc. Sed nunc non erat his locus , etc.

que mira a los latinos, dice Cicerón que los primeros maestros de elocuencia vivieron en los últimos tiempos de Craso, y que entre ellos Plocio rayó más que ninguno.

Capítulo V. Qué oradores e historiadores se deben leer en las

In document INSTITUCIONES ORATORIAS QUINTILIANO (página 65-71)